LA TRADICIÓN PUNTANA 1 LA TRADICION PUNTANA BOCETOS BIOGRAFICOS Y...

LA TRADICIÓN PUNTANA
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LA TRADICION PUNTANA
BOCETOS BIOGRAFICOS Y RECUERDOS
JUAN W. GEZ

LA TRADICIÓN PUNTANA
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LA TRADICIÓN PUNTANA
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PROLOGO
La Tradición Puntana
El Profesor Juan Wenceslao Gez, ha sido llamado “El hijo dilecto de San Luis”. Esta
designación tan especial, fue una creación de Don Edmundo Tello Cornejo, cuando tituló así la
biografía que sobre la vida y obra del señor Gez escribiera.
Gez nació el 28 de septiembre de 1865 y falleció un 17 de mayo de 1932. Fue educador,
periodista, historiador, geógrafo y, sobre todo, un intelectual y un hombre de la cultura. Junto
con Germán Avé Lallemant son los dos intelectuales más importantes que dio la Provincia de
San Luis a fines del Siglo XIX.
El Profesor Juan Wenceslao Gez era un hombre corpulento, de gran estatura, serio, usaba
bigote y anteojos, lo que le daba un aire señorial y de pensador que lo caracterizaba.
Desarrolló su vida pública y privada, siempre mirando y teniendo como centro a la
Provincia de San Luis. Él vivió en su casa paterna, en Nogolí, con su familia y sus hijos, y
frecuentaba mucho, en la Ciudad de San Luis, una casona antigua de propiedad de la hermana
de su esposa.
Esta casona estaba ubicada en la calle San Martín, lo que hoy sería aproximadamente el
número 451, es decir sobre la vereda oeste de esa arteria. A dos casas de distancia, vivía la
familia de mi madre, Doña Lilia Esther Páez Montero. Ella me ha contado numerosas veces
una anécdota, que yo voy a tratar de relatar brevemente: cuenta mi madre que cuando tenía
aproximadamente seis años, fue a la casa de sus vecinos. En su imaginación infantil, tenía la
intención, en realidad, de conocer y observar a Don Juan Wenceslao Gez, a quien ya en su
inteligencia de niña, conocía como un personaje fantástico, importante de la cultura y las
ciencias de San Luis. En eso apareció un perro enojado que le comenzó a ladrar y a perseguir.
Entonces, se presentó Juan Wenceslao Gez y pegó un grito que todavía ella recuerda: “¡Salven
a esa niña!”. Yo lo cuento casi con una sonrisa pero imagino el miedo o el susto que tendría mi
madre, y la bondad de este hombre que siendo tan importante y, viendo a una niña en esas
circunstancias, se preocupó y dejó los estudios de geología que estaba realizando en una mesa
de un patio antiguo, para atender el problema de esa pequeña que era mi madre.
Por supuesto que todo está agigantado en la memoria de mi madre por haber participado,
de alguna manera, unos segundos en la vida de Juan Wenceslao Gez. Esto que ella recuerda
tanto, lo relato como una forma de mostrar la calidez, el señorío y la importancia de este
personaje tan querible.

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Las obras escritas de Juan Wenceslao Gez llegan casi a un centenar. Se destaca para los
puntanos, especialmente, la “Historia de la Provincia de San Luis”. Pensemos que se trata de
un monumento literario, un monumento histórico y científico muy importante porque fue la
primera historia completa que se escribió de la Provincia con las dificultades que el propio Gez
destaca: la falta de archivo, la falta de documentos que él mismo se preocupó por buscar.
La otra obra importantísima es la “Geografía de San Luis”. Ésta es una obra científica
que no ha sido aún superada. Han sido sí superados los datos, por supuesto, imaginemos la
geografía económica, por ejemplo, cómo ha variado. Pero la investigación realizada por Gez
todavía es la guía para cualquier personalidad que quiera estudiar las características
geográficas de nuestra Provincia.
Esto lo presenta como un hombre de la historia, de la cultura y de la ciencia. Pero él
escribe, en la época del Centenario, un libro que es el que estamos prologando y que muestra
otra faceta de Gez; la tradición puntana.
En “La Tradición Puntana” destaca su amor por la Provincia de San Luis, un amor
incondicional y al que le dedica tiempo, empeño, pasión. Este amor por San Luis está puesto
en “La Tradición Puntana”, que es un libro que todas las generaciones de puntanos han leído, o
han querido tener en sus bibliotecas. Por eso este empeño ahora y este elogio que hago a San
Luis Libro que vuelve a publicar otra edición de “La Tradición Puntana”.
En esta obra Gez muestra todo el esfuerzo de la familia de San Luis trabajando por la
libertad, por la justicia, participando de los gobiernos, participando en la vida creativa y
cultural de la Provincia. Se destacan en esta obra las biografías de Pedernera, Dupuy, Lucio
Lucero, José Santos Ortiz, Justo Daract, Paula Domínguez de Bazán, entre otras. Sobresale
también el trabajo que después va a ser tomado por todos los historiadores sobre la
participación de San Luis en la Gesta Sanmartiniana.
Recuerdo otra obra de Gez, la “Apoteosis de Pringles” que, con “La Tradición Puntana”,
han sido dos obras señeras para todos los historiadores de San Luis. Sobre todo en la
“Apoteosis de Pringles” hace un alarde de honestidad intelectual porque al final de la obra
incorpora todos los documentos en que se fundamentó y se basó su estudio histórico.
Esto es un esfuerzo enorme realizado por un Maestro, y digo así, porque sólo un Maestro
tiene la generosidad de mostrar todas sus cartas, todos sus documentos para que otros, en base
a sus aportes, mejoren sus trabajos. Por eso cuando estoy prologando este libro, lo hago como
un deber de reconocer en Juan Wenceslao Gez, a un intelectual, a un hombre de la cultura, a un
hombre de las ciencias, a un maestro. Y me sumo a Don Edmundo Tello Cornejo para decir
“Juan Wenceslao Gez, hijo dilecto de la Provincia de San Luis”.
Dr. Alberto Rodríguez Saá
Gobernador de la Provincia. de San Luis

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ADVERTENCIA
CORONEL JUAN PASCUAL PRINGLES
DOCTOR JUAN CRISÓSTOMO LAFINUR
Mayo de 1810

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JUICIOS SOBRE LA PRIMERA EDICIÓN
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El nuevo libro del señor Juan W. Gez y sus escritos publicados en La Nación, con tanta
oportunidad en nuestro primer centenario de emancipación, son de suma importancia a la vida
del país en el presente y futuro, particularmente a San Luis, modesta provincia, pero tan
esforzada y gloriosa en la epopeya como sus más culminantes hermanas.
El historiador del alto coturno de la opinión es cómplice de la ingratitud de la posteridad;
pues no acentuó merecidamente los hechos y omitió otros con la filosofía de Sancho, de pasar
de corrido los ojos por el pobre. Por esto San Luis ha resultado la Cenicienta relegada al rincón
de la casa.
Bien inferido está el concepto de Bacón, de que el tiempo es río que arrastra en su
corriente lo ligero e hinchado y sumerge al principio lo consistente.
Para reivindicar sus legítimos derechos, preciosa parte de la herencia de las generaciones
argentinas, menester ha sido que uno de sus más amantes hijos, que desde niño se consagra y
corre en busca de la fama del terruño, remueva el polvo de los archivos y exhiba
extraordinarias novedades, timbres de un temple varonil insuperable.
La noble acción del autor de La Tradición Puntana tiene la audacia de la empresa que no
mide el sacrificio; se ha lanzado con acontecimientos y hombres, por los historiadores
precedentes enterrados; en el lugar más mediterráneo y solitario de la patria, descubre al
mundo una cuna de insondable abnegación en los días de las supremas resoluciones.
Hacer grande, intenso y trascendental lo que el olvido y la injusticia, operando de
consuno, habían hecho pequeño, es obra del varón recto y fuerte.
La reciente y justa demostración acaba de evidenciar que San Luis, en su aislamiento y
situación singular, a pesar de carecer de las ventajas que la civilización tiene para aclarar los
deberes morales y comunicar el entusiasmo de altiveces, se pronuncia en la guerra como un
pueblo espartano, reproducido a través de los siglos y del espacio con un soberbio y titánico
destino.
Todos sus bienes y su vida entrega con fervorosa pasión de libertad; es de los primeros y
de los últimos del sacrificio; no dió tregua ni en la cruzada americana, ni en la organización
nacional.
El general San Martín, cuyo juicio desarma toda prevención o controversia, con
excepcional admiración proclamó el patriotismo y concurso de San Luis.
De los escritos comentados se desprende, a la manera de fecundo vigor del tronco, un
portento de enseñanza de energías y de virtudes naturales, con influencia de inmortalidad en la
existencia y soberanía de la República, y para esta provincia, además, ráfagas de resurrección
en su ideal contrastado por el hado.

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Aunque no sea exacto que siempre se vive de los muertos, en San Luis el ejemplo de los
que encierran sus tumbas es eficaz fortaleza en la reparación de sus desgracias públicas. El
degenerado hijo del león, ante el recuerdo de su padre, ha de sublevarse en cualquier trance de
su abatimiento en los achaques viles.
Con tanta exaltación en las campañas libertadoras, todavía la gratitud no se conmueve ni
para erigir una estatua a alguno, siquiera, de los héroes puntanos, ni en la época en que ellas se
prodigan hasta para celebridades ab ovo. Pedernera y Pringles, ínclitos fundadores de la
nacionalidad argentina, acreedores a monumentos en la plaza metropolitana, no consiguen
tenerlos ni en su provincia(1). En medio de esta frialdad del deber que petrifica, nadie se
atreverá a reclamar por el granadero Baigorria; no se recuerda su acción de San Lorenzo,
cuando San Luis dejó en el ara de la patria mayor tributo de sangre que las otras provincias,
donde fué el iniciador y el primero en salvar a San Martín, hazaña jamás suficientemente
ponderada, porque con la muerte del genio habría sucumbido la causa de la revolución; y es
tanto más mortificante esta ingratitud, cuanto que el soldado puntano es separado de Cabral, su
compañero de episodio, para hacer justicia a la memoria de éste.
En lo que vengo discurriendo, sin duda de que casi la totalidad de los argentinos tienen
rectitud de conciencia, los sentimientos e ideas individuales son sanas y levantadas; empero, en
la decisión colectiva anda la sugestión del error.
Inmensa es la misión que Gez, por su vocación, se ha impuesto. Fichte santifica al
sincero escritor de la verdad; considéralo columna de fuego que perdura irradiando calor y luz
en la indefinida peregrinación humana; por otra parte, detesta al falsario de las letras, lo
califica de charlatán o vanilocuente que se esparce entre las pompas y prosperidades que le
gustan. Carlyle, en el escritor de aspiración pura y afanosa, ha reconocido otra clase de héroe,
propio de la civilización contemporánea, que con su mentalidad, después de muerto, sigue
enseñando la esencia de las cosas y dirigiendo al mundo, superior en su destino al Dios de la
fe, al profeta y al sacerdote.
Mercedes de San Luis, 9 de julio de 1910.
JUAN T. ZAVALA.
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Por J. W. Gez. .Son bastante conocidas las anteriores interesantes contribuciones que a la
historia particular de San Luis y sus hombres, ha consagrado el autor de este libro, que
contiene biografías de puntanos eminentes, y varios capítulos sobre asuntos relacionados con la
historia de esa provincia.
(1) El olvido ha sido reparado. Los dos próceres tienen ya estatuas, N de E.

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El señor Gez es erudito de buena cepa y escritor correcto y culto; y la obra que hace al
estudiar particularmente su provincia y sus hombres, es singularmente interesante y de la
mayor importancia, dado que esos estudios, cuando son hechos como éste con sinceridad y
arte, complementan la labor de los historiadores generales y preparan las futuras síntesis
definitivas de la historia nacional.
4 de julio.
La Nación
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El profesor don J. W. Gez conocido y aplaudido autor de obras de historia argentina, ha
publicado un libro con el título de «La Tradición Puntana», colección de bocetos biográficos y
recuerdos de hombres y cosas de San Luis. Como contribución a los estudios de la historia
nacional, tiene mucho valor, pues, a parte de abarcar la vida de próceres, trae noticias
interesantísimas acerca de hechos poco conocidos en su verdad histórica. La conciencia en la
investigación y la sobriedad eficaz en el estilo, son notas que ponen siempre de relieve la labor
intelectual de este escritor.
30 de mayo.
La Prensa.
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Los diarios de Buenos Aires señalaban días pasados la profusión de libros, unos
aparecidos y otros en prensa, con que los escritores de la Capital Federal han celebrado el
centenario de nuestra emancipación.
La corriente de la producción intelectual, empujada por el anhelo de los holocaustos, no
se ha circunscripto al radio de nuestra gran metrópoli.
También en las provincias, muchos cultores de las letras, han hallado fuente informativa
y manantial de inspiración, en diversos acontecimientos con cuyo recuerdo han querido saludar
el advenimiento de nuestro siglo.
Entre esos obreros esforzados, el versado historiador don Juan W. Gez, ha vuelto la vista
desde Corrientes al valle puntano, y en sus evocaciones, ha llegado a abrevar su espíritu en la
pura linfa del suelo nativo, para asociarse al secular homenaje, con digno tributo a su
provincia.

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La erudición histórica del señor Gez, ya revelado escritor galano en las páginas brillantes
que dedicara a Lafinur y a Pringles, ha encontrado nuevo material en «La Tradición Puntana»,
que le ha ofrecido campo propicio para presentarnos, en medio de sus tareas absorbentes,
recuerdos y bocetos biográficos de las personalidades más representativas que ha tenido la
provincia de San Luis.
El meritorio libro del señor Gez, evidencia nuevamente no sólo al jornalero infatigable y
cultor afortunado de las letras, sino también al patriota acendrado, que ha sabido exhumar del
olvido el nombre de guerreros y hombres de estado como Pedernera, Daract, Llerena, Ortiz, los
Luceros y otros puntanos esclarecidos.
El doctor Juan M. Garro, en los términos honrosos y encomiásticos que ofreceremos
mañana a nuestros lectores, ha prologado el nuevo libro del señor Gez, que consta de más de
doscientas páginas pletóricas de amenidad y de interesante información histórica.
No dudamos que estas páginas palpitantes, sobresaturadas de amores patrios, han de
llegar a la tierra puntana, haciendo vibrar la cuerda épica, despertando fibras adormidas,
derramando efluvios, provocando aplausos y esparciendo el hálito del alma sana de su autor.
A aquellas palmas que han de batir al señor Gez sus comprovincianos, unimos los
plácemes sinceros que merece este educador profícuo que sabe rendir tributo a sus dioses
penates.
La Unión, de Corrientes.
NOTA─ En términos igualmente benévolos se han expresado La Libertad de Corrientes, El Imparcial de
Villa Mercedes y El Heraldo de San Luis, así como varios distinguidos escritores cuyos juicios hacen
honor al autor y que éste agradece como un estímulo para continuar la grata tarea de hacer conocer la
historia de su provincia natal.
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PREFACIO
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La historia de la República Argentina está por escribirse. Nos referimos a la historia en
el concepto moderno de la palabra, o sea la resurrección del pasado de una sociedad en todas
las fases de su vida. El sólo enunciado vasta para demostrar la magnitud i dificultad de la
empresa, tanta que su ejecución requiere el esfuerzo de muchas generaciones.
Grandes o chicas, ricas o pobres, esclarecidas o no, las naciones recorren su camino
desenvolviéndose gradualmente en el espacio i en el tiempo. Muchos i diversos son los
factores que intervienen en este proceso, i su acción combinada impulsa i caracteriza la
evolución social. No pocos pueden parecer nimios aisladamente considerados, pero es lo cierto
que todos son cantidades apreciables en la determinación del movimiento colectivo.
Quiere esto decir que para escribir la historia de un pueblo hay que ir de lo particular a lo
general, del detalle al conjunto, i no viceversa. Deben preceder a ella las historias de las partes
que lo constituyan, i a éstas el conocimiento prolijo de las manifestaciones de su existencia. De
otra manera el empeño tiene que resultar ineficaz, especialmente en países de obscuros
orígenes i escasas tradiciones.
Muy meritorios son los esfuerzos hechos entre nosotros en pro de la historia patria, i lo
que se ha escrito al respecto es digno de encomio i refleja sobre sus autores honra perdurable.
Débese reconocer, empero, que sus obras, aun las más completas, no registran en sus páginas
el pasado de todas las provincias argentinas, en las múltiples fases de su vida i no por falta de
talento e ilustración, sino por una causa superior a su voluntad: por no existir todavía, en
cantidad suficiente, publicaciones especiales que permitan conocerlo.
Algo i no poco se ha hecho ya, sin embargo, i llegará día en que el fondo histórico
nacional, acrecentado con aportes sucesivos, suministre a nuestros historiadores los elementos
necesarios para la realización de la magna obra.
Buenos Aires ha sido la primera, naturalmente, en ocuparse de su historia, siendo
muchos e importantes los trabajos que se han dado a luz, i empiezan a hacerlo también las
demás provincias, según sus medios i recursos. Han pagado su tributo a esta labor solidaria i de
común utilidad: Lassaga en Santa Fe; Martínez, Ruiz Moreno i Leguizamón en Entre Ríos;
Mantilla en Corrientes; Garzón en Córdoba; Carranza i Olachea Alcorta en Santiago; Granillo i
Groussac en Tucumán; Zorreguieta, Dávalos y Frías en Salta; Carrillo en Jujuy; Dávila i
González en la Rioja; Lafone Quevedo, Quiroga i Soria en Catamarca; Igarzábal i N. Larrain
en San Juan; Hudson en Mendoza; i Llerena, Lallemant i el autor del presente libro en San
Luis. Acaso no son los únicos; pero los demás no vienen en este momento a nuestro recuerdo.
El señor Gez aumenta su contribución con un libro valioso. Había escrito i publicado
antes: Apoteosis de Pringles, En la Insula puntana, Vindicación Constitucional, El Dr. Juan
Crisóstomo Lafinur y Reseña histórica y estadística de la provincia de San Luis
, fuera de otras

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producciones de distinta índole, i nos ofrece hoy LA TRADICION PUNTANA, que no
dudamos será acogida como se merece.
Se compone el libro de Bocetos biográficos i recuerdos, novedosos e interesantes unos i
otros. Los primeros están consagrados a las personalidades puntanas del teniente general D.
Juan Esteban Pedernera, de D. José Santos Ortiz, del general D. Pablo Lucero, de D. Justo
Daract, del coronel D. Cecilio L. Lucero, de D. Juan Llerena i D.ª Paula Domínguez de Bazán.
Versan los segundos sobre los temas siguientes: cooperación del pueblo puntano en las
campañas de la independencia, ostracismo de Pueyrredón, el escudo de San Luis, un detalle
sobre las causas de la conspiración de los prisioneros españoles en 1819, la cabeza de Acha, un
recuerdo de Sarmiento i Villa Mercedes.
Hay que alabar ante todo en el señor Gez su piadoso i patriótico afán de exhumar del
polvo del olvido hombres i cosas que son incompletamente conocidos. Tiene ello el doble
mérito de la investigación paciente i silenciosa, i el de la justicia discernida imparcialmente a
los que han dedicado su vida al bien de la sociedad i héchose acreedores a su gratitud.
Acrecienta la obra del señor Gez la circunstancia de haberla realizado en medio de las
absorbentes tareas del profesorado, a las que viene dando desde muchos años ha, con
conciencia i gran preparación, sus energías i entusiasmos. No todos hacen lo mismo.
Un hálito de patriotismo bien entendido exhálase de las páginas de LA TRADICION
PUNTANA, i todo en ello propende a mantener siempre vivo en las generaciones que se
sucedan, el culto de la patria, como deber inexcusable de sus hijos, i antídoto también contra
los sentimientos bajos, groseros e innobles que comienzan a relegarlo a segundo término.
Hace falta en este momento defender el espíritu nacional del cosmopolitismo enervante
que nos invade, i uno de los medios de conseguirlo es oponerle nuestra tradición de pueblo
altivo, viril i celoso de sus glorias. «Los pueblos que olvidan sus tradiciones, ha dicho el Dr.
Avellaneda, pierden la conciencia de sus destinos; i los que se apoyan sobre tumbas gloriosas
son los que mejor preparan el porvenir».
El libro del señor Gez déjase leer con interés. Información escrupulosa, juicio discreto i
sereno, elevación de tono i belleza de estilo: he ahí sus méritos principales. Edificante es su
lectura para los argentinos, i los hijos de San Luis al recorrer sus páginas sentirán exaltarse el
cariño por el terruño i se complacerán con el recuerdo de personas i escenas que impresionaron
su imaginación de niños.
También nosotros, a medida que las leíamos, nos hemos transportados con el
pensamiento a aquellos tiempos felices, i reconstruído, deleitándonos, el cuadro casi esfumado
de la vida de entonces, «con los recuerdos, encantos i alegrías de los pasados días».
Tiene el señor Gez ideas en la mente, sentimiento en el corazón, i luz i colores en su
paleta. Debe seguir laborando el filón i ofreciéndonos producciones como LA TRADICION
PUNTANA. Acepte este voto junto con nuestro aplauso.
JUAN M. GARRO.
Buenos Aires.
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TENIENTE GENERAL PEDERNERA
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Allá en el extremo sudeste de la sierra puntana y en un intervalo que la separa del
sistema cordobés, se levanta un grupo granítico aislado cuya cima dominante es el Cerro del
Morro. Ese apartado lugar ofrece al observador los más raros y pintorescos contrastes. A las
rocas abruptas y agrietadas, a la aridez de una naturaleza muerta por antiguas convulsiones
volcánicas, sucédense suaves hondonadas y verdes mesetas cubiertas de gramíneas y de trébol
por donde corre a saltos el cristalino arroyo de La Guardia, antes de ir a terminar en la llanura
cercana.
En los valles y en las proximidades del agua, se reconcentra toda la vida de la región y
los escasos habitantes de la aldea San José. Desde su origen fue acantonamiento de las milicias
de frontera para proteger el comercio y las comunicaciones entre Cuyo y el litoral y a su
amparo creció el vecindario en limitada extensión, a causa de estar siempre amenazado por los
feroces ranqueles, que, inopinadamente, caían como un azote, al favor de las sombras de la
noche o de las nieblas del día.
A través de los lejanos años se conservan en las tradiciones de la localidad cien
interesantes y dramáticos episodios de aquella lucha sin gloria, en la cual a diario se jugaba el
problema de la existencia.
Al lado del arado, en el rodeo y en cualquier sitio apartado, había que tener a mano un
buen sable o una lanza de punta acerada, en cuyas armas confiaba más el criollo y con las
cuales se bastaba para la defensa y el ataque. Era menester cierto ardid para luchar
ventajosamente con el indio, como para matar al tigre, y el aprendizaje se hacía desde muy
temprano, en la ruda escuela de la experiencia personal.
Así se explica aquel estoicismo, aquella serenidad y bravura de los primitivos moradores
del Morro, que dieron excelentes soldados a la patria. De esa cepa provenía el teniente general
Juan Esteban Pedernera, nacido, en aquel célebre lugar, el 25 de diciembre de 1796. Creció en
el peligro y en la ruda faena del campo, hasta que sus padres le mandaron a educarse al
convento de dominicos en Mendoza, a cuya comunidad pertenecían sus tíos los frailes
Domingo y Pedro Pedernera. Poco tiempo debía permanecer allí, pues su espíritu vivaz,
inquieto y soñador mal se avenía con la severa disciplina monacal. Exaltada su imaginación
por la magna empresa de la reconquista de Chile y por el llamado que hizo el general San
Martín al patriotismo de la juventud, para formar el famoso Ejército de los Andes, no trepidó
en abandonar el convento y la gramática latina y en ceñir el traje viril de granadero a caballo,
en cuyo regimiento presentóse como voluntario el 1º de septiembre de 1815. Desde entonces
su vida está vinculada a todos los sucesos que han cambiado fundamentalmente los destinos de
América.
Cadete a los veinte años de edad, recogió el primer laurel en Chacabuco y el ascenso
a alférez por acción recomendable. En la primera prueba había salido airoso y retemplado; todo


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lo demás que pudo caber en las nobles ambiciones de un soldado de la época, era cuestión de
tiempo y oportunidad. Y ésta se le brindó en el desempeño de importantes comisiones en el Sur
de Chile, en la noche triste de Cancha Rayada y en Maypú, donde mereció otro ascenso, el
cordón de honor y la medalla con el título de heroico defensor de la Nación, acordado a los
vencedores por el gobierno de Chile y el de las Provincias Unidas.
Teniente General Pedernera
En seguida tocóle hacer la segunda y definitiva campaña del sur a las órdenes del general
Antonio González Balcarce hasta aniquilar en la batalla del Bio Bio la última resistencia de los
realistas, valeroso y hábilmente sostenido por el general Sánchez.
Desde entonces el territorio chileno quedó libre de enemigos y sus hombres dirigentes
pudieron dedicarse a la patriótica tarea de organizar el país.
La primera etapa de la acción externa de la revolución argentina estaba feliz y
gloriosamente terminada; el Perú les esperaba y allá irían pronto nuestras bizarras legiones
llevando el ideal de la independencia americana.


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*
* *
Pedernera formó parte de la expedición libertadora del Perú, encontrándose en la toma
de Lima y en el primer asalto a las formidables fortificaciones del Callao. Por estos
antecedentes fue comprendido en el decreto 15 de agosto de 1821 y como tal declarado
acreedor a la medalla y demás gracias, autorizándosele a usarla .«para que pueda recordar con
orgullo a cuantos participen los beneficios de la Independencia del Perú, que él tuvo la gloria
de ser del Ejército Libertador».
Asistió a las guerrillas de la defensa de Lima y destinado a marchar sobre Ica, a las
órdenes del comandante Raulet, se encontró en el combate del 25 de mayo de 1822, arrollando
con sus granaderos la caballería e infantería realista de Carratalá. Por esta brillante acción fue
aclamado Héroe de Ica y ascendido a Sargento Mayor. Un año después se embarcaba en el
Callao con el general Santa Cruz para la expedición a las provincias del Alto Perú, donde la
fortuna les fue muy adversa.
Derrotados y perseguidos, consiguió ganar la costa y embarcarse en Ilo, con el resto de
los regimientos de lanceros y húsares; pero, al poco tiempo fueron apresados por el bergantín
corsario Valdez y confinados a Chiloé. En aquellas lejanas e inhospitalarias regiones sufrió
durante un año el más duro cautiverio, hasta que pudo fugar, y afrontando los mayores
peligros, tuvo la suerte de incorporarse al Ejército Libertador, en prueba de que nada podía
abatir el temple de su alma legendaria.
Pedernera en 1826

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No se había aún repuesto de las fatigas y privaciones que habían quebrantado su salud,
cuando ya estaba otra vez sobre el corcel de guerra y llevaba a sus soldados al combate de la
Legua y de Mirave, donde su intrepidez hubo de costarle la vida, pues se retiró mortalmente
herido del campo. Sin embargo, poco después, la toma definitiva del Callao le contó entre los
esforzados campeones de este hecho. Recién dio tregua el enemigo y ya con el grado de
teniente coronel pasó a presidir el consejo permanente de oficiales generales, cargo que ocupó
durante un año.
En 1826 fue víctima de las arbitrariedades de Bolívar, quien ordenó su prisión y
extrañamiento del Perú con Necochea, Suárez y otros beneméritos jefes argentinos, por
suponérseles en oposición a sus miras dictatoriales, cada vez más absorbentes y peligrosas.
Pedernera se dirigió entonces a nuestro país y en circunstancias de haberse declarado la guerra
al Brasil, marchó a incorporarse al ejército republicano, en las fronteras de la Banda Oriental.
Como jefe del bizarro regimiento Nº 8 de caballería estuvo en toda la campaña hasta los
preliminares de la paz.
De regreso con el ejército nacional, hizo con el general Paz la expedición del interior,
encontrándose en las batallas de la Tablada y Oncativo, a cuyos triunfos contribuyó de una
manera decisiva con las brillantes cargas de la caballería de su comando. Su conducta como la
del heroico Pringles fue elogiada por el severo vencedor de Facundo.
Después de la casual prisión del general Paz, siguió la suerte del Ejército Liberal hasta la
sangrienta batalla de la Ciudadela, en mayo de 1831. Allí fueron deshechos por las infernales
legiones de Quiroga y vióse obligado a emigrar a Bolivia, para seguir viaje al Perú.
Reincorporado a su ejército en 1834, tomó parte en toda la campaña de la Confederación Perú-
Boliviana hasta quedar ésta vencida y disuelta en la batalla de Yungay. Triunfante el general
Gamarra y electo presidente del Perú, fueron deportados a Chile los principales jefes rivales,
contándose Pedernera entre ellos. Entonces pasó los Andes y vino a ofrecer su espada al
general Lavalle, cuando éste emprendió la cruzada contra la tiranía. Encuéntrase en toda
aquella guerra irregular y bárbara, batiéndose al lado de su ilustre jefe en Famaillá y le
acompaña en su retirada a Jujuy, donde el paladín rindió su vida al infortunio. Todo estaba
perdido por la derrota, la desmoralización y el estéril sacrificio de tan preciosas existencias;
pero quedaba por cumplir un último deber, deber piadoso y grato para aquellas nobles almas:
salvar de la profanación los despojos venerables del general Lavalle.
En torno de ellos, los valientes camaradas se abrazan y sellan, sobre la empuñadura de su
espada, un juramento solemne. Pedernera se coloca resueltamente al frente de aquellos
compañeros, tan bravos como leales y abnegados, y envolviendo el cadáver en la bandera de la
patria, emprendieron rápida retirada hacia Bolivia.
La persecución del envalentonado enemigo era tenaz; pero se estrellaba ante aquella
columna invulnerable por la fortaleza de su espíritu, más templado, si es posible, en la
desgracia, que se abre paso venciendo los obstáculos que le oponen los hombres y la
naturaleza, hasta franquear las fronteras argentinas. Y así salvan y así llegan a Potosí para dar
piadosa sepultura a los sagrados despojos.
¡Hay también triunfos en los mayores infortunios y éste es uno de los más conmovedores
y honrosos del soldado argentino! El pintor Blanes ha trazado esa epopeya con su pincel
genial, mientras la lira del futuro cantor de nuestras glorias la celebre en estrofas inmortales.

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Al inaugurarse en Buenos Aires la estatua del general Lavalle, se recordó la hazaña del
denodado Pedernera y se le llamó .«El Ney del Ejército Libertador»., como lo fue el mariscal
francés, cuando protegió la retirada del grande ejército, en la desastrosa campaña de Rusia.
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A los dos años de cruel incertidumbre vuelve Pedernera a su querida Lima, donde había
formado su hogar, y se refugia en el seno de la familia, para reconfortarse y referirle las
infinitas desventuras de la ausencia. El Perú también se conmueve con el relato romancesco de
aquella lucha de exterminio, y premia, en él, a los esforzados campeones de nuestra libertad,
acordándole un alto destino en las filas de su ejército. Allí esperó la hora solemne de la
redención argentina. A raíz de Caseros le llega la fausta noticia que su provincia natal le había
elegido senador al Congreso Nacional. Pedernera se siente recompensado con este honor y
anuncia su viaje, manifestando su decisión de no escatimar nuevos sacrificios a la patria.
Incorporado a la cámara legislativa, bien pronto tuvo la oportunidad de prestar otros
valiosos servicios al país. Nombrado en agosto de 1856 comandante en jefe de la división del
Sur y de la frontera de Córdoba y San Luis, marchó a ponerse de acuerdo con sus respectivos
gobiernos, sobre la mejor manera de desempeñar su cometido.
El gobernador Justo Daract, a quien hacía tiempo preocupaba la cuestión fronteras, en
prueba de lo cual había resuelto fundar un pueblo en las márgenes del Río V, le ofreció todo su
concurso y de común acuerdo echaron los cimientos del Fuerte Constitucional a fines de ese
año, en la población ya establecida por aquél. Mientras Pedernera se ocupaba de la buena
organización militar y de todo cuanto podía contribuir a formar una fuerza eficiente a la buena
policía de la frontera, el gobernador Daract dictaba una serie de disposiciones acertadas para el
fomento de la naciente población.
Colocado en buen pie este primer establecimiento, Pedernera se dirigió a Córdoba para
pedir a su gobierno nuevos recursos con que extender y asegurar la línea de fronteras. En Río
IV, reunió un contingente de 500 hombres y un convoy de carretas para el transporte de los
artículos de guerra, instrumentos de labranza, semillas y las familias pobladoras. Con tan
valiosos elementos fue a fundar, a 10 leguas del Constitucional, el Fuerte 3 de Febrero, el 29
de mayo de 1857, eligiendo una hermosa planicie sobre el Río V, poco más arriba del Paso
«El Lechuzo». Como en el Fuerte Constitucional, se distribuyeron las mejores tierras, se
aseguró el riego y se entregaron herramientas para su cultivo. Fue un ensayo feliz de las
colonias militares, pues se conciliaban perfectamente las exigencias de la disciplina con el
anhelo de arraigar una población laboriosa. El soldado al defender la frontera, defendía su
hogar y sus propios intereses.
El parque de la maestranza sirvió, además, para formar buenos artesanos. Así se explica
el rápido incremento que tomaron aquellas poblaciones. Entregado estaba a tareas tan útiles y
civilizadoras, que tanto contrastaban con la holganza de la soldadesca a quien la ociosidad
predisponía a todos los vicios, cuando fue electo gobernador de San Luis el año 1859. Al poco
tiempo tuvo que alejarse del territorio de la provincia, en servicio de la Nación y habiéndose
excedido su licencia, fue declarado cesante por la celosa legislatura puntana. Se estaba en los

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preliminares de la campaña de la integridad nacional, y concurrió a la acción de Cepeda con la
división de su mando. Después de Cepeda se la nombró en comisión con el general T. Guido y
doctor Aráoz para entenderse con los delegados de Buenos Aires, Dr. C. Tejedor, Antonio C.
Obligado y Juan A. Peña, con los cuales se reunieron en San José de Flores, animados del
firme propósito de solucionar patrióticamente el problema de la Unión Nacional; generoso
anhelo que ratificó el tratado del 11 de noviembre, destinado a poner término a la discordia de
la familia argentina.
Bajo estos buenos auspicios se renovó, en mayo de 1860, el P. E. Nacional, siendo electo
el doctor Derqui y el general Pedernera para presidente y vice, respectivamente, de la
Confederación. Las pasiones se calmaban y aparentemente encaminábamos a consolidar los
beneficios de la paz, cuando se produjeron los lamentables sucesos de San Juan que costaron la
vida al doctor Aberastain, originando serias reclamaciones de Buenos Aires al gobierno de la
Confederación, a lo que se agregó después el rechazo de sus diputados, electos de acuerdo con
la ley provincial. La falta de tacto político de ambos contendientes produjo la ruptura definitiva
de las relaciones. Los acontecimientos ahora, eran superiores a la voluntad de los hombres. La
crisis política llegaba a su estado álgido y no hubo más remedio que entregar a la suerte de las
armas la solución del grave conflicto; pero, felizmente, Buenos Aires reaccionaba de sus miras
separatistas y levantaba la amplia bandera de la unión nacional. Esa debía ser la fuerza
irresistible de su triunfo. Durante los preliminares y la campaña de Pavón, ejerció Pedernera la
Presidencia, por ausencia del titular doctor Derqui y no obstante el apasionamiento de la lucha,
demostró aquella moderación y aquel acatamiento a los principios que eran la característica de
su espíritu sereno y ecuánime.
A raíz de la victoria de Buenos Aires, el gobierno de la Confederación recibió un golpe,
más rudo aún, con la actitud de la legislatura de Entre Ríos al asumir la plenitud de su
soberanía, lo que importaba quitar la capital a la Confederación y sus rentas aduaneras;
substraer a su obediencia las fuerzas militares y todo otro recurso para organizar la resistencia.
Era la hábil maniobra de Urquiza, empeñado, ahora más que nunca, en la obra de la
unión, pues no hubiera tolerado jamás el triunfo de Derqui ni de sus amigos, de los cuales
estaba muy distanciado.
Por otra parte la opinión general del país se pronunciaba a favor de Buenos Aires. En tan
difícil situación debieron prevalecer los sanos dictados de la prudencia y del más alto
patriotismo y de ello dieron pruebas el presidente Pedernera y su consejo de ministros, al
declarar en receso el poder ejecutivo, mientras la Nación, reunida en Congreso, tomara las
medidas para salvar las dificultades de aquel momento solemne.
Así descendía del gobierno el general Pedernera y se retiraba a la vida privada sin
reproches ni amarguras en el alma, porque entendía haber cumplido con dignidad su deber de
mandatario y de ciudadano en tan difícil situación. Era el camino más corto para facilitar el
magno pensamiento de la reorganización nacional, que debía presidir el afortunado vencedor
de Pavón.
El general Pedernera dispuso, entonces, emprender viaje al Perú. El ministro
plenipotenciario de esa República, doctor Seoane, se apresuró a poner a su disposición una
nave para que lo condujera a aquellas hospitalarias playas y el mismo Mitre le dispensó
honrosas atenciones cuando se alejaba del país con el pesar de sus compatriotas que apreciaban

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sus méritos y hacían justicia a sus altas dotes morales.
El Perú, por cuarta vez, volvió a recibirlo como a uno de sus hijos preclaros y le decretó
una pensión vitalicia, igual a la que se acordaba a los miembros de la Suprema Corte de
Justicia, de las más elevadas y honrosas de aquel país.
Cuando el tiempo hubo disipado las pasiones de aquella lucha fratricida, regresó el
General Pedernera para tener la satisfacción de cerrar los ojos en la patria, a la que había
consagrado tantos afanes.
Al tocar en Valparaíso, la prensa chilena y el eminente escritor Vicuña Mackenna, le
dedicaron honrosos saludos, llamándole venerable reliquia de la independencia y uno de los
varones más ilustres de América por su valor, severas costumbres y austero cumplimiento de
sus deberes como patriota.
Sus conciudadanos también le recibieron con las consideraciones debidas a sus méritos,
virtudes y a su ancianidad, como que personificaba nuestra honrosa tradición. Sus últimos días
se deslizaron plácidos en el seno de la familia y de la amistad, donde a menudo refería los mil
episodios de las homéricas campañas en que actuó, rindiendo justiciero homenaje a todos sus
compañeros de armas, hasta que, a la avanzada edad de 90 años, expiró con la tranquilidad del
justo.
El 1º de febrero de 1886 fue, pues, un día de duelo nacional. El gobierno, el ejército y el
pueblo le tributaron los honores correspondientes a su alta jerarquía militar y a sus grandes
servicios prestados al país. En su ataúd se grabaron estas palabras: Guerrero de la
Independencia ─ Fundador de la Libertad Republicana de la América.

Había recorrido, como nadie, el escabroso camino de la existencia, desde soldado raso a
teniente general y ejerció, como ciudadano, los más altos destinos de la República. Así se
explica cómo su vida era la historia misma de la patria desde el memorable Paso de los Andes,
campañas de Chile Y Perú, guerra de Brasil, expedición contra los caudillos del Interior y
cruzada libertadora contra la tiranía, hasta la campaña de la integridad nacional. Había vestido
setenta años el uniforme del guerrero argentino y durante cincuenta, lució los entorchados de
general.
En oportunidad de su centenario, el Museo Histórico colocó una placa en su tumba y se
acuñó una medalla conmemorativa con la inscripción de sus gloriosas campañas.
Su provincia natal decretóle otros honores y dispuso el traslado de sus restos a San Luis,
para guardarlos al lado de los de Pringles, su hermano en la gloria.
Algún día se ha de cumplir este legítimo anhelo de su pueblo.
El 9 de julio de 1915 inaugoróse su estatua ecuestre en Mercedes.
Bien merecida la apoteosis de quien, como el teniente general Pedernera, puede exhibir
tantos títulos a la gratitud póstuma.


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Estatua del General Pedernera en Mercedes
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CORONEL VICENTE DUPUY
——
El nombre del coronel Dupuy, está vinculado honrosamente a la historia de San Luis, en
una de las épocas de más actividad, de mayor esfuerzo y sacrificio que haya tenido la provincia
por la causa de la emancipación americana. Los mejores títulos conquistados en la gran
campaña, débelos aquella, también, al celo patriótico, a la energía moderada y al ingenio
inagotable del coronel Dupuy. Fue uno de los agentes más eficaces del general San Martín en
Cuyo, servidor obsecuente del Ejército de los Andes y probo funcionario.
Había nacido en Buenos Aires, en 1774, y cuando las invasiones inglesas, entró en la
carrera militar, hallándose en las jornadas de la reconquista y defensa de la ciudad. La
Revolución de Mayo, tuvo en él uno de los oficiales más activos e intrépidos, al lado de
aquella entusiasta juventud que, con French y Beruti a la cabeza, comunicaba al pueblo la
intensa vibración de su patriotismo. Ascendido a capitán de infantería, hizo la campaña de la
Banda Oriental, hasta el sitio de Montevideo. A su regreso, premiáronse sus buenos servicios y
excelentes cualidades, nombrándosele para el delicado y honroso cargo de teniente gobernador
de San Luis. En este nuevo destino debía aplicar sus dotes de militar organizador y de experto
funcionario.
En las instrucciones recibidas, se le decía que como uno de los grandes objetos de su
misión debía ser la seguridad del Estado, tendría especial cuidado de fomentar el espíritu
militar, distinguiendo a los sujetos que, desde el 25 de mayo, se hubieran consagrado
constantemente a tan honrosa profesión y prestado buenos servicios. Al efecto, tomaría
informes en la imparcialidad de los ciudadanos más probos y mejor conceptuados del pueblo, a
fin de que presidiera el mayor acierto en la designación de candidatos para servir a la patria.
Insistíase en las condiciones que debían reunir los aspirantes al empleo de oficial,
recomendándosele echar mano, con preferencia, de los individuos de más luces, honradez y
aplicación militar, y teniendo particular empeño de decidirse siempre en sus propuestas, por los
que tuviesen esas cualidades, pues no se debía buscar sino la virtud, las buenas costumbres y el
talento «que nos han de salvar de los peligros y han de consolidar el sistema a que aspiramos».
Después, se le ordenaba comenzar cuanto antes la organización de las milicias, atendiendo al
número de habitantes y a los recursos propios con que pudiera contarse.
Y, finalmente, decíasele que todos los obstáculos se vencen, en los proyectos más
difíciles, cuando domina el espíritu de libertad y se sabe imponer con destreza, obediencia a las
leyes, amor al gobierno y respeto a los magistrados, cuidando de establecer el orden y la
disciplina militar, tan necesarios en las críticas circunstancias del momento.
En el espíritu de estas breves instrucciones, estaba todo provisto; lo demás era la obra
inteligente y tesonera del funcionario, a quien se confiaba tan delicada misión.
Dupuy llegó a San Luis a fines de marzo del año 1814, tomando posesión inmediata de
su empleo. En nota dirigida al Director Supremo, comunicó haber recibido las más expresivas

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demostraciones del Ayuntamiento, de su antecesor y de los habitantes, todo lo cual era una
prueba de la obediencia y adhesión al gobierno, circunstancia favorable que le estimulaba a
llenar debidamente los deberes de su cargo.
Empleó la primera semana en informarse de los menores detalles de la administración
local, en conversar con las personas más caracterizadas y en recoger cuánto dato pudiera serle
útil a sus propósitos.
El cuatro de mayo, publicó el primer bando fundado en que, siendo su deber y las altas
miras del Supremo Director, procurar el adelantamiento de esta población, fomentar el espíritu
público, proteger la agricultura, industria y comercio, velar por la seguridad y bienestar de los
habitantes, a efectos de lograr tan importantes fines, mandaba lo siguiente:
Todo estante y habitante de esta ciudad y su jurisdicción, que, en acciones o
conversaciones, ofendiera la santidad de nuestro sistema e insultara la dignidad y decoro de
nuestros derechos, sería declarado traidor a la patria y castigado, en consecuencia, con rigor
inexorable. También incurriría en las más graves responsabilidades, aquel que tuviera
conocimiento de esos hechos y no los denunciara a la autoridad.
Las personas desconocidas o sospechosas que fueran encontradas por las patrullas,
después de la queda, serían detenidas hasta su identificación. Se obligaba a los dueños de casa
a dar aviso inmediato a la policía de la llegada de algún forastero.
Poníanse en vigencia las más rigurosas disposiciones para perseguir a los jugadores y a
los que permitiesen los juegos prohibidos.
Se ordenaba el alumbrado de los negocios, con puerta a la calle y se prohibía arrojar
basuras a la vía pública.
Se disponía la limpieza de las acequias de riego, debiendo conservarlas debidamente,
para evitar el derrame y desperdicio del agua.
Se establecía la obligación, para la gente del pueblo, de la papeleta de conchavo, como
medio de perseguir la vagancia.
Merece transcribirse íntegro, el artículo 14 de dicha ordenanza:
«Ningún pueblo puede llegar a un perfecto grado de riqueza, si entre las producciones de
su tierra, no cuenta, como la principal, la del sustento necesario a sus habitantes. Esta
consideración me ha hecho fijar mis cuidados y anhelos, en el fomento de la agricultura del
que hoy tengo la honra de mandar, y he visto, con sentimiento, que la mayor parte de sus
terrenos feraces y productivos, están destinados al alimento del bruto, por una preferencia de
cálculos equivocados. Vastos y numerosos alfalfares son únicamente el cultivo exclusivo de
todo el recinto de esta ciudad, cuando apenas se ve una mezquina y mal cuidada huerta, y
cuando, hasta el mismo pan que comemos, debe venir de distancias enormes, con mengua de la
aptitud y bella disposición de estos habitantes. Deseando, pues, remediar este mal por los
medios que están a mis alcances y sean compatibles con la escasez que sufrimos de aguas de
riego, y oídas repetidas quejas de este vecindario, sobre la dificultad que tiene de regar sus
pequeños heredades, a causa del exorbitante y perjudicialísimo consumo que hacen los citados
alfalfares, he dispuesto, conforme a las miras benéficas del Excmo. Supremo Director del
Estado, que todo individuo, sin excepción alguna, que tenga o plante árboles frutales, viñas,
siembre trigos, chacras, huertas, etc., sea preferido al goce del agua que necesite y que repartirá
el juez que se nombrará, sin demora, con las competentes instrucciones, y mando que nadie

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pueda regar alfalfares, sin previo permiso del juez de aguas, bajo la pena de 50 pesos de
multa».
Finalmente, para el cultivo de la tierra, se ofrecía proporcionar peones, a fin de
estimular, eficazmente, la agricultura y sus industrias derivadas.
Toda infracción era castigada con multa o trabajos aplicados a las obras públicas,
encargándose de hacer efectivas esas responsabilidades, en la ciudad, al alguacil mayor D.
Pedro Lucero y en la campaña, a los jueces respectivos.
La primera de estas medidas, se imponía con todo rigor, porque en Cuyo existían agentes
secretos de los realistas y americanos indiferentes, que desacreditaban el nuevo orden de cosas
o toleraban las maquinaciones reaccionarias de nuestros enemigos, precisamente cuando por
todas partes asomaban serios peligros. La vigilancia y la energía de Dupuy, no dieron lugar a
que, por entonces, se aplicara ningún castigo por esta causa.
Después, no podían ser más acertadas y previsoras las razones y estímulos con que se
fomentaba la agricultura, necesitando sacar los productos de la tierra, no solamente para el
sustento de la población, sino también para el abastecimiento del ejército, que debía sostener la
provincia con sus propios recursos.
Las demás, eran actos de buen gobierno, tendientes a cambiar el miserable aspecto de la
ciudad, debido en gran parte a la apatía de los vecinos y al abandono de la autoridad comunal.
Tan oportunas medidas, produjeron un verdadero despertamiento en toda la provincia,
traduciéndose en iniciativas y actividades bien dirigidas y fecundas para el progreso local.
Mientras se alentaba al trabajo, los alcaldes de Hermandad hacían componer los
caminos, recogían los datos sobre todos los recursos con que se pudiera contar en un caso
necesario y levantaban un minucioso censo de la población masculina, en vista de un
reclutamiento general, para la defensa de la patria.
Diariamente llegaban de todas partes los informes requeridos, y con la mayor celeridad
posible, se tomaban las medidas tendientes a asegurar el orden, el método y los buenos
resultados de tan múltiples tareas.
El activo Dupuy, no se daba un momento de reposo, pues, cuando no atendía su
despacho, estaba en la comandancia militar, en el cuartel o recorría la ciudad para imponerse
personalmente de sus necesidades y remediarlas dentro de sus facultades. Y se estaba recién en
los preliminares de la gran labor que debía imponerle su celo de funcionario y su honor de
soldado.
Dupuy estaba consagrado a estas tareas, cuando, a fines de agosto, llegó a San Luis el
general San Martín, nombrado gobernador intendente de Cuyo. Al informarse de tan afanosa
labor, sintióse satisfecho. Había dado con uno de los hombres que necesitaba para secundar sus
planes. También Dupuy le proporcionó otra íntima satisfacción, encontrando la discreta
oportunidad para entrevistarse con D. Juan Martín de Pueyrredón, enemistado con San Martín
por los sucesos del año 1812, que lo habían arrojado del gobierno y condenado al destierro en
San Luis. Estos dos ilustres compatriotas, al encontrarse al pie de la sierra puntana, se
reconciliaban sinceramente, para realizar, poco después, una gran misión histórica. Al
continuar San Martín su viaje a Mendoza, se despidió de los dos amigos, sellando, con un
cariñoso apretón de manos, una amistad que debía ser duradera y fecunda para la libertad de
América.


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Coronel Dupuy
Otra preocupación del teniente gobernador Dupuy, fue la de regularizar la percepción de
los impuestos, para hacer frente a las urgentes necesidades públicas, como ser: fomento de la
escuela de primeras letras, reparación de ruinoso edificio del cabildo y el establecimiento de un
hospital.
Por entonces se difundió la vacuna, encargándose de esta tarea a fray Domingo Coria, de
la orden de predicadores.
Y se iniciaba el pedido de la contribución patriótica al vecindario, para reunir 2.000$,
suma impuesta a San Luis en el sacrificio común que las circunstancias exigían a las
Provincias Unidas. Y con el dinero, comenzaban a marchar los contingentes de hombres a
Buenos Aires, para abastecer los ejércitos de la patria.
A mediados de octubre, se supo, en San Luis, la derrota sufrida en Rancagua por los
patriotas chilenos y la pérdida de Chile. Los vencidos, deshechos y perseguidos, pasaron la

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cordillera y se refugiaron en Mendoza. A esta infausta noticia, agregábase la muy grave, de que
los realistas se disponían a invadir las provincias de Cuyo, mientras otro ejército enemigo,
amenazaría las provincias del norte.
Ante tan serio peligro, no se perdió ni la calma ni la confianza necesarias, aunque
provisionalmente se tomaron las más acertadas disposiciones, tendientes a estar listos para
afrontar los grandes deberes del momento.
Dupuy dirigió una proclama a los habitantes, cuyo texto transcribimos íntegro, porque
revela el espíritu que animaba al digno jefe y su confianza plena en la lealtad y valor de nuestro
pueblo.
El Teniente Gobernador de San Luis, a sus habitantes:
«Puntanos: los últimos y desgraciados acontecimientos del Estado de Chile, y las
órdenes más estrechas del Gobernador Intendente de la provincia, me hacen fijar la
imaginación en la seguridad de esta jurisdicción que tengo la honra de mandar, en la de
nuestros intereses, en la de vuestras propias vidas, y en la de vuestras dulces esposas, y tiernos
hijos; pero ─ ¿qué deberé temer cuando tiendo la vista sobre vuestro coraje, sobre la robustez
de vuestros brazos y sobre vuestra decidida adhesión a la causa, de que habéis dado tan
indelebles y tan repetidas pruebas? Tranquilizaos pues: No perdais de vista las asechanzas de
nuestros enemigos domésticos, para atacarlas y destruirlas en sus primeros pasos: Oid la voz de
vuestro jefe y sus órdenes, para cumplirlas con la mayor exactitud: Confiad en sus desvelos
para adoptar todas las medidas capaces de contener y escarmentar las tentativas de nuestros
irreconciliables enemigos: No dudéis un momento que él será el primero, que a la par de los
bravos puntanos, (en cualquier caso), derramará su sangre, y se expondrá a recibir los primero
golpes: Tranquilizaos pues, y estad prontos a cumplir sus segundas órdenes, para dar una
prueba, en caso necesario, de que el patriotismo, la intrepidez y obediencia de los puntanos, no
equivocaron jamás el concepto del Supremo Gobierno, que tan justamente habéis merecido:
San Luis y octubre 17 de 1814.
Firmado: Vicente Dupuy»
Esta proclama, la hizo circular en toda la campaña por intermedio de su secretario Juan
Manuel Panelo, comisionado, a la vez, para recoger un exacto conocimiento del número de
ciudadanos capaces de tomar las armas, una noticia individual de los españoles europeos
avecinados en la provincia y de los americanos indiferentes a la causa patriótica. En
consecuencia, ordenaba a las autoridades civiles y militares, lo hicieron reconocer como tal
comisionado, se le auxiliáse y obedeciése en todo lo relativo a su delicada misión.
Como a Renca se habían confinado algunos realistas y, entre ellos, un sacerdote fanático
por el rey, aprovechó la ocasión para dirigir otra proclama a ese vecindario, advirtiéndole
estuviese prevenido contra la propaganda dañina de esos hombres ingratos, que faltaban a los
deberes de la hospitalidad, pretendiendo extraviar la opinión de los sencillos habitantes.
Dupuy estaba listo para acudir con sus tropas donde fuese necesario.
En diciembre, se trasladó Pueyrredón a Mendoza, para visitar al general San Martín. En
carta que dirigió a Dupuy, y cuya original poseo, le habla de la cariñosa acogida con que fue

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recibido, agregando: «Se había hablado generalmente de los motivos de enemistad que debía
haber entre San Martín y yo, y ha servido de sorpresa el recibimiento que me hizo en público,
abrazándome y besándome con ternura fraternal»
Entre tanto, graves sucesos acaecían en Buenos Aires, con la renuncia del director
Posadas y el advenimiento al gobierno supremo de Alvear. Las primeras disposiciones del
nuevo director, colocaban a San Martín en una posición subalterna y lo llamaban a la Capital.
Cambiando impresiones Dupuy con Pueyrredón, que todavía estaba en Mendoza, sobre
estos acontecimientos y como se hablaba de la posible renuncia de San Martín y de que sería
substituido por Pueyrredón, este último le escribe negando el hecho y diciéndole: .«Yo no sé
de donde han sacado la noticia de la provisión de esta intendencia en mí; yo no sé porque se
resiste tanto mi corazón a volver a entrar en el peligro de los negocios públicos. Mi destino
secreto me ha conducido hasta aquí, por fuerza, en todos los lances de mi vida; lo dejaré seguir
sus caprichos, mientras no me separen de los principios de honor y virtud que forman mi
carácter». Eso de la renuncia del general San Martín, era exacto, pues, poco más tarde, se
nombraba en su reemplazo al coronel Perdriel. Algo más que un descontento, una no
disimulada protesta, causó en Cuyo esta designación. Dupuy recibió fríamente al coronel
Perdriel y estuvo dispuesto a detenerlo en San Luis; pero, el mismo San Martín, por intermedio
de Pueyrredón, le aconsejó prudencia. En cuanto el nuevo gobernador llegó a Mendoza, pudo
cerciorarse del descontento general contra su persona, y del propósito de resistir su autoridad.
Sin opinión y temeroso de un estallido popular, emprendió viaje de regreso a Buenos Aires. El
Cabildo mendocino, de acuerdo con el de San Luis, asumió la representación soberana de la
provincia y quedó a la espera de los acontecimientos.
Pueyrredón había sido llamado a la capital y, desde allí, informó ampliamente a Dupuy
sobre la difícil situación en que se encontraba Alvear. No tardó, pues, en producirse su
estrepitosa caída. El cabildo de Mendoza, de acuerdo con las facultades que le habían
conferido los pueblos de Cuyo, nombró al general San Martín gobernador intendente de la
provincia. En el intervalo de tiempo que duró la acefalía del gobierno, también Dupuy había
elevado su renuncia al Cabildo de San Luis, fundándola en la conveniencia de que el pueblo,
en plena libertad, eligiese sus mandatarios, advirtiendo «que en ningún caso se consideraría
agraviado por su relevo, firmemente persuadido que jamás adoptó la carrera de las armas para
sostener sus intereses particulares, ni los partidos ni facciones de los gobiernos corrompidos,
sino, únicamente, la libertad de los derechos del bien público».
El 5 de mayo de 1815, se reunió un cabildo abierto, presidido por el Ayuntamiento, para
tomar en cuenta esta renuncia y resolver lo más conveniente en tan difícil situación. Informado
ampliamente el pueblo de los recientes sucesos y de la noble actitud del teniente gobernador,
resolvió:
1º Reconocer como director provisorio el benemérito general Rondeau, y como suplente,
al coronel Álvarez Thomas.
2º Reconocer la ciudad de Mendoza como capital de Cuyo y al general José de San
Martín como gobernador intendente de la misma.
3º Que el teniente gobernador, Sargento Mayor D. Vicente Dupuy, continúe en el mando
de la jurisdicción puntana.

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En el acto fueron comunicadas, oficialmente, estas resoluciones al mayor Dupuy, quien,
al acusar recibo de ellas, elogiaba la sensatez, prudencia y patriotismo del pueblo puntano y en
cuanto a la forma que había sido aclamado para continuar en el puesto de teniente gobernador,
les expresaba haber estimulado sus esfuerzos, excitando su gratitud, más allá de lo que puede
imaginarse.
Los males de la anarquía interna, estaban conjurados y los dignos mandatarios y jefes del
ejército, podían volver a su gran tarea de hacer frente al enemigo común.
*
* *
Dupuy continuaba arbitrando recursos e instruyendo las milicias.
En junio, pasó una circular a los alcaldes de hermandad de la campaña, diciéndoles que
sabía, por informes reservados y ciertos, los preparativos del enemigo de Chile tendientes a
apoderarse de esta provincia, en la primavera próxima, y que siendo un deber, el más sagrado
para todo americano, tomar las armas para defender sus bienes, sus esposas, sus hijos y su
propia vida, se imponía la necesidad de aumentar la fuerza de nuestro ejército con nuevos
contingentes. Estos elementos se destinaban a formar el 5º escuadrón de granaderos a caballo,
para el cual pedía el general San Martín, gente hermosa. Y allá fueron los elegidos mocetones,
y expertos ginetes.
A estas grandes preocupaciones, se agregaban las dificultades creadas por las rencillas
caseras, que distraían atenciones y malograban esfuerzos. Dupuy pudo suprimirlas de un golpe;
pero, demasiado respetuoso de la opinión y de la libertad del pueblo, prefirió soportarlas hasta
que la razón pública se encargara de hacerlas desaparecer. Al comunicarlas a San Martín, éste
le contestaba: «¡Ese corazón está ya más tranquilo! Trabajemos, mi amigo, por nuestro suelo y
dejemos que nuestros enemigos nos persigan; yo no espero otra recompensa de mis afanes sino
la de poder decir: Por mi Patria hice cuanto pude».
En julio, se hizo una nueva lista de donativos, obteniéndose 1267 caballos, 818 mulas y
213 aparejos.
Antes de finalizar el año 1815, se recogían 400 novillos y 200 caballos más. Se
recibieron en charqui, bayeta y pieles de carnero, por valor de 4.500 pesos; para pago de
oficiales y remuneración de tropa, 1.200 pesos y en efectivo, destinado a la caja del ejército,
2601 pesos, todo lo cual fue proporcionado por el abnegado pueblo puntano. Después, sorteó
sus esclavos y los entregó al ejército, para que en las nobles luchas, conquistaran su libertad
por sus propias manos. ¡Hermosa contribución!
En ese tiempo el Supremo Director del Estado le enviaba una circular, adjuntándole el
decreto del rey Fernando, referente a los medios que se había propuesto adoptar para subyugar
de nuevo a los americanos, en cuya virtud, le recomendaba la pronta remisión de soldados.
Dupuy no pudo contenerse más y contestó sin ceremonias: No es posible eso; esta jurisdicción
se ha quedado con muy escasos habitantes, debido al gran número de reclutas que se han hecho
desde los primeros pasos de nuestra revolución, y que por los documentos que obran en este
sentido, pasan de tres mil hombres, y de cuyas resultas, la mayor parte de los que han quedado
son pobres obligados a sostener crecida familia. Además de esto, las circunstancias peligrosas

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y las amenazas por el lado de la cordillera, dice, «me han hecho apurar todos los recursos a
aquel propósito, para aumentar la fuerza de este ejército, a cuyo efecto he remitido a la capital
de Mendoza más de 200 hombres y debía preparar otro contingente...». Sin embargo; haría
todos los esfuerzos posibles para satisfacer su pedido.
Era esto demasiado, si se tiene en cuenta que la provincia de San Luis apenas contaba
con 16.000 habitantes. A pesar de todo, no sería éste el último sacrificio, y tras esas exigencias
vendrían otros pedidos con igual carácter apremiante. Había que tener un millar de mulas
cargueras, para transportar, de la Capital hacia el interior, las municiones y parque, en caso de
verificarse la expedición naval española sobre Buenos Aires, y San Luis contestaba, por
intermedio de su teniente gobernador: «Están listas las mulas y los arrieros y los soldados que
deben conducir las armas y los artículos de guerra». Dupuy era el espíritu y la acción misma de
su ilustre jefe general San Martín. Había conseguido inflamar todos los corazones en el santo
amor a la patria; ya no había indiferentes, sino nobles estímulos para cooperar, con el brazo y
el haber, en la campaña libertadora. Se explica por estos hechos que San Luis mereciera la
admiración del general San Martín y el aplauso de todos los hombres que estaban al frente de
la revolución.
El ejército de los Andes se sostenía a expensas de las provincias de Cuyo. Sus recursos
comenzaban a escasear y el efectivo de las fuerzas no era aún suficiente para emprender la
expedición a Chile. Entonces el cabildo mendocino comisionó al licenciado Molina, para que
se trasladara a Buenos Aires y representara, ante el Supremo Gobierno, la urgencia de proteger
este ejército. El cabildo puntano confirmóle la designación y se comprometió a costear parte de
los gastos de viaje y estada en Buenos Aires. No hacía mucho tiempo que acababa de arbitrar
4.000 pesos, para costear a su diputado Pueyrredón al Congreso de Tucumán y volvía a pedir
nuevas contribuciones, mientras Dupuy mandaba a entregar, íntegras, las entradas que por
conceptos de impuestos y derechos de aduana, se guardaban en la caja de San Luis y que
pasaban de 6.000 pesos, todo lo cual certifica el general Espejo en su obra«Paso de los Andes».
Y San Martín seguía pidiendo: vengan los otros negros libertos, vengan mil mulas de
silla y más caballos y dos mil arrobas de charqui y ocho mil pieles de carnero y todo cuanto
pudiera ser útil al ejército. «Ya apuran los instantes para realizar la grande empresa en que se
haya comprometida la provincia. Estos son los últimos recursos que van a coronar la obra que
ha preparado el laborioso afán de los hijos de la Patria en esta provincia». A lo cual contestaba
Dupuy con un nuevo llamamiento al pueblo puntano, «cuyos esfuerzos siempre han sido
superiores a otros pueblos, con grandes proporciones y facultades», pidiéndole el último
sacrificio. Y el milagro se realizó ampliamente, remitiéndose todo cuanto se pedía y más de lo
que se pedía. Y la tarea iba a continuar, pues, había que prever el caso de un desastre, a fin de
tener listas las reservas de hombres y elementos de guerra; para eso se quedaba en San Luis el
infatigable Dupuy, mientras el ejército se ponía en marcha a través de la gran cordillera.
El Supremo Director del Estado reconoció estos afanes y en cuanto al Cabildo puntano,
en solemne reunión del 7 de febrero de 1817, después de poner en posesión a los nuevos
concejales, resolvió dirigir al teniente gobernador Dupuy, una muy expresiva nota de la cual
tomamos estos párrafos:
«Con este motivo, el Cabildo que ha representado a este pueblo benemérito en el año
próximo pasado, no puede menos que a su nombre y por la voz pública, de la cual está bien

LA TRADICIÓN PUNTANA
28
persuadido, dar a V. S. las gracias por sus nobles tareas y sacrificios, no sólo en la
conservación del orden, sino igualmente en los adelantamientos de este pueblo, aniquilado por
su indigencia y por los auxilios que ha proporcionado el Ejército de los Andes de un modo
extraordinario y debido, (casi puede decirse), únicamente a sus desvelos».
Termina la nota diciéndole que tiene el honor de proclamar estos hechos para su
satisfacción y en justo premio de sus notorias y grandes fatigas por amor a la Patria y por su
delicadeza en el cumplimiento de sus deberes.
Dupuy contestó conmovido, prometiendo redoblar sus esfuerzos, en bien del benemérito
pueblo de San Luis.
*
* *
El Paso de los Andes y la victoria de Chacabuco, acababan de recompensar los
extraordinarios sacrificios de Cuyo. El pueblo, delirante de entusiasmo, se lanzó a las calles
entregándose a las más legítimas expansiones del triunfo. Por su parte el cabildo, decretó, el
26, que para perpetuar la memoria de este hecho glorioso y el nombre del general vencedor, se
celebrase todos los años, el día 12 de febrero, una misa solemne de gracias y se festejase ese
aniversario, con fiestas y regocijos públicos, porque ese triunfo fue, también, conquistado por
el esfuerzo y el heroísmo puntano.
En el pecho de nuestros valientes, iba, pues, a ostentarse el testimonio de la gratitud
eterna de los pueblos.
En momentos de acordárseles este insigne honor, premio de tantos afanes y sacrificios,
colocóse el virtuoso Jefe al frente de las milicias y en presencia del pueblo congregado, leyó
esta proclama:
«El Teniente Gobernador de San Luis, a los beneméritos y valientes milicianos que
pasaron los Andes: Oficiales y soldados: El jefe que tiene la satisfacción de haberos organizado
bajo la bandera de la Patria, va a distribuiros las medallas y escudos con que el Supremo
Gobierno ha premiado a los bravos que treparon los Andes, y que en Chacabuco, rompieron las
cadenas del tirano que oprimían el precioso Estado de Chile, bajo las órdenes del benemérito
general San Martín.
Mis amados oficiales y soldados: Este va a ser el término eterno de vuestros servicios y
el más honroso distintivo que, recompensando vuestras virtudes, os debe excitar a la
adquisición de otras más recomendables, que perfecciona vuestra gloria y la buena reputación
de los defensores del país.
El jefe que os manda, os recomienda eficazmente la gratitud y el honor: Vuestro
representante, el respetable ayuntamiento; los magistrados y honrados ciudadanos espectadores
de este acto, con su muda y tierna expresión, os ruegan la observancia de las virtudes, en
protección de nuestra amada Patria, la obediencia y subordinación a las autoridades, y la
conducta que caracteriza al buen ciudadano y al amante de la independencia del país».
Poco después, llegó el estandarte de los dragones de Chile, tomado en Chacabuco y
destinado a San Luis, como testimonio eterno con que el Supremo Gobierno quería reconocer y
premiar sus grandes sacrificios.

LA TRADICIÓN PUNTANA
29
La recepción de este trofeo, dio una nueva oportunidad a Dupuy para elogiar los
sentimientos patrióticos del pueblo puntano.
Dupuy que no había podido conquistar en el campo de batalla los laureles de Chacabuco,
aunque tan eficazmente había contribuido el éxito de la empresa, quería ir a ocupar un puesto
de combatiente en las filas del ejército. Con este motivo, comunicó el propósito de renunciar la
tenencia de San Luis, para continuar, según decía, la carrera militar de su dedicación, con
utilidad de la patria, del ejército y de sí mismo.
Sorprendidos los señores cabildantes con esta noticia, se reunieron, precipitadamente,
para deliberar sobre tan grave asunto, pues consideraban la separación de Dupuy como un
amago contra el orden y la tranquilidad pública. En consecuencia, se levantó un acta, en la cual
se dejó constancia de los importantes servicios prestados por el teniente gobernador,
resolviendo se dirigiera a petición, al Soberano Congreso y al Director del Estado, para que no
admitieran su renuncia, caso de ser presentada, por ser ella incompatible con las altas miras del
país. La nota que se elevó con tal motivo, es un documento honrosísimo para el benemérito
ciudadano y digno gobernante, que supo salir airoso, en épocas tan difíciles como en las que le
tocó actuar, encargado, no solamente del gobierno civil de San Luis, sino también de cooperar,
de una manera tan decisiva, en la formación del Ejército de los Andes.
Durante la campaña de Chile, hizo construir la toma y una red de canales que llegaron a
medir 39 cuadras. Satisfechas las necesidades locales, aún pensó en extender el beneficio a la
«travesía», sobre el camino de Mendoza, que en una extensión de 20 leguas carecía
completamente de agua. Todos sus esfuerzos tendieron a remediar este mal, para el tránsito de
pasajeros y para el comercio interprovincial, ya de cierta importancia.
Se propuso llevar el agua y establecer una posta en el lugar que hoy se llama el Balde,
estación del ferrocarril a Mendoza. Practicados los estudios preliminares, la obra se calculó en
10.512 pesos, suma considerable si se tiene en cuenta los escasos recursos que podía producir
el erario local, al cual supliría con los fondos extraordinarios, que sólo él sabía arbitrar en casos
urgentes.
Con las dificultades de la falta de dinero, debía vencer la de artesanos e instrumentos
necesarios para una obra que, atendidas las circunstancias del terreno, exigía el conocimiento
de la hidráulica y el uso de algunas máquinas de imposible adquisición. Pero la obra era
necesaria y enérgica la resolución de realizarla.
Dupuy, para hacer frente a estos trabajos, hizo, como siempre, un llamado al vecindario,
pidiéndole los recursos que pudiera aportar.
Unos contribuyeron con dinero; otros con herramientas, reses y animales de trabajo o
mandaban sus esclavos y peones, a los cuales el teniente gobernador agregó los presos y
soldados, y la acequia se abrió, en una extensión de seis leguas, sobre un terreno muy
accidentado. En la parte terminal, estableció una posta e hizo construir una casa cómoda, con
corrales y dos grandes represas, protegidas por cercos de palo a pique. Terminados los trabajos,
elevó al Superior Gobierno el plano de todas las obras y pidió se diera el nombre a la posta. El
Directorio aplaudió tan importante obra realizada y dióle el nombre de Dupuyana, en homenaje
a su iniciador y ejecutor, designando maestro de posta al respetable vecino D. Blas de Videla.

LA TRADICIÓN PUNTANA
30
La posta y la acequia han subsistido hasta hace poco, menos el nombre; habiéndose
formado allí un núcleo de población con elementos, en el presente, para desenvolverse con
toda amplitud.
Las generaciones actuales, deben restablecer ese nombre que se vincula, tan
estrechamente, a la acción proficua del esclarecido teniente gobernador Dupuy.
*
* *
San Luis se había convertido en el depósito de los prisioneros de guerra, tomados en
Chacabuco y Maypú. Independientemente de las instrucciones que recibió el teniente
gobernador Dupuy para tratarlos bien, dejóse llevar de sus impulsos caballerescos, ocupándose
personalmente del bienestar de los jefes y oficiales confinados. Se les buscó el mejor
alojamiento posible, en la pobre pero hospitalaria aldea, dejándoles para su servicio sus propios
asistentes. Uno de ellos, fue hospedado en su misma casa y todos se sentaron a su mesa y
recibieron las atenciones correspondientes a su rango y personal distinción.
A los pocos días, organizó una fiesta en honor de sus huéspedes, en la cual
confraternizaron americanos y españoles, patriotas y realistas, pues, al acercarse, se reconocían
como miembros de una misma y gran familia, a quienes distintas convicciones y deberes
habían separado momentáneamente.
La casa del teniente gobernador, fue, desde entonces, centro de animadas tertulias, en la
cual, casi a diario, se reunían los jefes españoles, cuando no salían a pasear con el mismo
Dupuy, quien se complacía en presentarlos a las más distinguidas familias de la localidad. Los
mismos prisioneros estaban admirados de aquella benévola acogida y así lo manifestaba sin
reservas y con agradecimiento. En carta del brigadier Ordóñez al general San Martín, fechada
en septiembre de 1818, le dice: «Debo inmensas atenciones a mi finísimo jefe el Sr. D. Vicente
Dupuy y no dudo que, en la superficie de mi pequeño círculo, no puede caber mayor agrado.
Mis compañeros de armas, con igual motivo, así lo preconizan y todo refluye en mi
satisfacción».
Otra del coronel Morla, dice: «Hoy he sido llamado del teniente gobernador D. Vicente
Dupuy, el que ha tenido la bondad de hospedarme en su casa y socorrerme con más fuertes
cadenas que las que me acompaña en mi prisión».
Debo advertir que este coronel Morla fue prisionero de guerra el año 1814, en
Montevideo, y que el director Posadas le había permitido trasladarse a Río Janeiro, bajo la
condición de no volver a tomar armas contra los americanos. Morla había pasado, sin embargo,
a Chile y por segunda vez, caía prisionero en Maypú. El gobierno central, al informarse se esta
circunstancia, dirigió comunicaciones al general San Martín, reclamándolo para ser juzgado en
la Capital y cuando fue remitido a San Luis, se le reiteró la orden a Dupuy; pero, éste demoró
su cumplimiento, manifestando que Morla se encontraba enfermo e imposibilitado de
emprender tan largo viaje, aunque la causa verdadera era substraerlo a los rigores de la justicia
militar, a la cual se había hecho acreedor por su grave falta.
Tal fue la conducta de Dupuy para con los confinados. Su casa, su mesa, su dinero y los
recursos del estado, estuvieron, sin limitaciones al servicio de los distinguidos prisioneros. La

LA TRADICIÓN PUNTANA
31
vida de éstos se deslizaba tranquila, aparentemente resignados a esperar la terminación de la
guerra y acariciando la esperanza de poder obtener pronto su liberación.
Graves circunstancias obligaron a Dupuy a restringir la libertad de que gozaban los
prisioneros, prohibiéndoseles salir de noche y frecuentar las casas de familias, so pretextos de
que extraviaban la opinión pública. Se temía una alteración del orden, pues ya asomaba su
cabeza la anarquía, estimulada por la conspiración de Alvear y el caudillo chileno Carrera, que
pretendían minar el gobierno de Pueyrredón y la influencia de San Martín. Y se creía que estas
maquinaciones llegaban hasta los confinados en San Luis, a los cuales se les ofrecía la tan
ansiada libertad en cambio de su adhesión, rumor que no carecía de fundamento.
Los realistas, irritados por estas medidas, resolvieron conspirar y jugar el todo por el
todo, en una aventura revolucionaria. El movimiento estalló el 8 de febrero y sus detalles se
refieren en otro lugar.
Dupuy fue sorprendido en su casa y asaltado por los mismos a quienes había dispensado
tan generosa hospitalidad. Allí se defendió, como pudo, mientras el pueblo corría a las armas y
lo salvaba de una muerte segura.
Los conspiradores murieron, en su mayor parte, con las armas en la mano, al atacar
inesperadamente un pueblo indefenso, quien sólo por un acto de verdadero heroísmo, pudo
dominar a hombres tan resueltos y expertos en la guerra. Si solamente se hubiera tratado de
una evasión, no habría podido justificarse un castigo tan tremendo; pero los crímenes que iban
a cometer, para conseguir su libertad, y el apasionamiento de la lucha a muerte, de hombre a
hombre, produjeron la popular irritación, que no se satisfizo sino con aquel lamentable
derramamiento de sangre. Dupuy no tuvo ninguna participación en este terrible castigo, pues
había sido sorprendido y aislado en su casa. Pasado el primer momento de la general
exaltación, entregó a un juez el proceso de los conspiradores sobrevivientes y procedió de
acuerdo con el fallo de la justicia.
El magnánimo general Belgrano le escribió felicitándole por el heroico esfuerzo del
pueblo, y el Supremo Gobierno acordó, a todos los que participaron en la jornada, la medalla
de plata con la inscripción: A los que defendieron el orden en San Luis.
Y tras este suceso, vino la guerra civil y la campaña libertadora al Perú. Dupuy estaba,
otra vez, empeñado en la tarea de acudir con sus milicias donde fuera necesario. El regimiento
de granaderos a caballo vino a completarse en San Luis. El campamento general establecióse
en Las Chacras, cercanías de la ciudad, donde pronto se levantaron cuarteles, la maestranza y
el campo de maniobras. Allí se completó y reorganizó el célebre regimiento, reponiéndose de
los quebrantos a la campaña de Chile.
A estas tareas, vinieron a agregarse las serias preocupaciones por la grave enfermedad
del general San Martín. El cabildo dispuso que el teniente gobernador se trasladara a Mendoza,
con un médico y con cuanto auxilio pudiera cooperar al deseado restablecimiento de S. E. Era
igualmente necesario el viaje de Dupuy para que acordara con el general, las medidas a
tomarse, en esta jurisdicción, en cualquier emergencia, sin embargo de reconocérsele su celo y
previsión y por fin, agregaba, es probable que pueda importar mucho una conferencia entre San
Martín y Dupuy, en estos difíciles momentos.
Felizmente, San Martín mejoró, y aunque era llamado con urgencia a Buenos Aires para
someter a los caudillos rebeldes, encontró un motivo que lo privara de inmiscuirse en la lucha

LA TRADICIÓN PUNTANA
32
fraticida. Su misión lo llevaba al Perú y solamente pensaba en terminar los preparativos en uno
y otro lado de los Andes. Firmemente dispuesto a realizar esta campaña, vinieron a aumentar
sus atenciones y preocupaciones, las noticias de que se organizaba una expedición en el Perú
para reconquistar a Chile y que otra expedición española de 20.000 hombres, debía zarpar de
Cádiz al Río de la Plata. Para hacer frente a estos nuevos sacrificios, Dupuy decretó otro
alistamiento general en toda la provincia.
Ya hemos hecho notar que desde las primeras campañas de la revolución, San Luis había
contribuido con más de tres mil hombres, a los cuales debía agregarse mil, enviados por Dupuy
para formar el ejército de los Andes y no obstante este gran concurso, si se tiene en cuenta la
reducida población, el nuevo alistamiento arrojó un total de dos mil y tantos hombres más,
entre los cuales la mitad eran casados.
En las comunicaciones de Dupuy al gobernador de Cuyo, le decía: que a juzgar por las
listas que le han enviado los jueces pedáneos, vendrá V. E. en conocimiento de que no hay un
solo puntano
que no esté dispuesto a tomar las armas en defensa del país. En esa nota, refiere
el entusiasmo y la convicción que tenían todos los habitantes, de que sin estos supremos
sacrificios no se conseguiría la libertad de la patria y luego agrega: «los jueces han sido los
primeros que se han presentados a entregar las listas con todos los individuos subscriptos en
ellas y el lenguaje con que se nos han explicado, ha sido decirnos a una voz: aquí estamos
prontos, nuestro teniente gobernador, para marchar a donde se nos destine y derramar la
última gota de sangre por la Patria
».
«Protesto a V. E. que he tenido que hacer un esfuerzo para no derramar las lágrimas al
oírles explicarse en aquel lenguaje sencillo, inspirado por la virtud y por el fuego del
patriotismo». Cuando el general San Martín conoció estos resultados, dirigió la honrosa nota
que se pública en otro lugar y los puso en conocimiento del Superior Gobierno, el cual contestó
en los términos que se transcriben en el capítulo «Cooperación del pueblo puntano en las
campañas de la independencia».
Ambos documentos merecen grabarse en una placa de bronce, al pie de la estatua del
Libertador, erigida en la capital de San Luis.
Después del alistamiento, vino la recolección de caballos, mulas y ganado para el
sostenimiento de las tropas.
Contestando el cabildo una nota de Dupuy, le dice que existe en el pueblo puntano el
firme propósito de sostener, a todo trance, la libertad e independencia que había jurado, con sus
intereses y con su sangre, y que iba a arbitrar los recursos para el sostenimiento del ejército de
esta provincia, por dos o tres meses.
En efecto, pocos días después, el 29 de octubre del mismo año 1819, comunica el
teniente gobernador Dupuy que: se ha distribuido el apresto de 2.000 caballos, 1.500 mulas y
600 cabezas de ganado vacuno, para que estén prontos a marchar con el ejército. El bizarro
regimiento de granaderos puntanos y estos valiosos elementos de guerra, marcharon, a fin de
año, para Mendoza y de aquí pasaron a Chile.
Los movimientos anárquicos, que se produjeron a principios del año 1820, tuvieron,
también, su repercusión en San Luis. El cabildo acababa de renovarse y aunque sus miembros
respondían plenamente a la causa del orden y era, personalmente, adicto a Dupuy, éste se
anticipó a enviar su renuncia, para facilitar al pueblo la libre elección de sus autoridades.

LA TRADICIÓN PUNTANA
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El cabildo se alarmó con esta resolución y reunido el 24 de enero, pidió encarecidamente
al teniente gobernador Dupuy, en nombre del pueblo, continuara en el gobierno, pues le era
adicto y no omitiría sacrificio para apoyar su autoridad. Al mismo tiempo, se comisionó a
varios respetables ciudadanos para hacerle presente, «que si el pueblo de San Luis le merecía
alguna estimación, ésta era la vez en que esperaba la mayor prueba de aprecio de su parte».
Exigíale una respuesta favorable, con la cual sólo podrían tranquilizarse los ánimos de estos
habitantes. Dupuy prometió que estaría en su puesto para conjurar todo peligro contra el orden
público, mientras el pueblo, en plena libertad de acción, resolviese sobre sus destinos. Los
agitadores siguieron su obra y habiendo reunido un cabildo abierto, se constituyeron en
autoridad suprema, el 15 de febrero, declarando cesante al teniente gobernador Dupuy.
Este, al fin, se veía libre, después de seis años de gobierno, para incorporarse al ejército.
Hizo, entonces, toda la campaña libertadora del Perú, al lado de su jefe y amigo el general San
Martín. Allí desempeñó importantes cargos y entre otros, el de gobernador político y militar de
la plaza y fortificaciones del Callao y de la misma ciudad de Lima. A sus muchos títulos,
agregó el de oficial de la Legión de Mérito de Chile y benemérito de la Orden del Sol del Perú.
De regreso a la patria, pasó los últimos años en Buenos Aires, donde falleció en 1843.
Es uno de los militares argentinos que más eficazmente contribuyeron a formar el
Ejército de los Andes, y asegurar el éxito de las campañas libertadoras de Chile y del Perú.
Oficial inteligente, probo funcionario y patriota esclarecido, su memoria merece el respeto de
su pueblo y la eterna gratitud de la Nación. San Luis ha honrado su nombre dándolo a un
departamento de la región sur; pero, queda aún pendiente la deuda sagrada para con el ilustre
gobernante, cuya obra progresista y cívica se vincula, íntimamente, a la gloriosa tradición
local.
————

LA TRADICIÓN PUNTANA
34
JOSE SANTOS ORTIZ
——
Es una de las personalidades más culminantes del Interior y quizá la menos conocida
porque tocóle actuar en una época de confusión y de anarquía. Tenía todas las grandes
condiciones del político: ilustración, perspicacia, desprendimiento y la aptitud para orillar las
dificultades en las situaciones más difíciles. Estaba destinado a una figuración de primera línea
si la fatalidad no le hubiera envuelto en la tragedia de Barranca-Yacu, cuando su espíritu, bien
nutrido, podía dar los mejores frutos de la experiencia y del cabal conocimiento del país.
Nació en la Villa de Renca allá por el año 1785 y fue educado en Córdoba, donde cursó
estudios en su célebre universidad aunque no llegó a doctorarse(1). Vinculado a aquella buena
sociedad por su matrimonio con Inés Vélez, hermana del ilustre codificador Dr. Vélez
Sarsfield, era allí muy considerado por su caballerosidad y por la clara inteligencia que
reveló desde el aula.
De regreso a su provincia, comenzó a figurar desde muy temprano como miembro del
cabildo de San Luis, en circunstancias que se producían los graves sucesos del año XX.
Después de la sublevación de Mendizábal en San Juan y de la renuncia de Luzuriaga, como
gobernador de Mendoza, el cabildo puntano congregaba al pueblo y exigía la dimisión al
coronel Dupuy, declarando que los habitantes quedaban en el pleno goce de hombres libres.
El director de este movimiento fue Ortiz, cuya actuación allí coincide con los hechos
trascendentales que fundaron la autonomía de la provincia. El sistema federal ganaba terreno y
se arraigaba en el alma de las multitudes argentinas.
Habiéndose retirado el coronel Dupuy de la escena pública, el cabildo asumió el mando
con el título de gobernador «hasta que concurriera de la campaña la masa general de los
ciudadanos y por sus sufragios se nombrara el gobierno que mejor considerase». Practicada la
elección, se reeligió el mismo cabildo con las atribuciones del poder ejecutivo, bajo la
presidencia de Ortiz. Este suceso se comunicó al gobierno de Buenos Aires y a las demás
provincias, expresándose, en las comunicaciones, el anhelo del pueblo puntano, «por aquel
gran día en que la nación por medio de sus representantes sea ligada por los lazos
indisolubles».
Una vez Ortiz al frente del gobierno, entró de lleno a poner orden en el régimen interno
de la provincia, dotándola de reglamentos para la buena administración, mientras llegaba el
momento de completar el mecanismo inherente al sistema democrático y representativo de
gobierno. Poco después, era elegido gobernador propietario y se constituyó el poder judicial,
funcionando el cabildo como legislatura. El señor Ortiz comunicó tan fausto suceso al gobierno
(1) En dicha Universidad rindió examen de primer curso de filosofía, en noviembre de 1802 y del segundo en
1803, terminando el estudio de Artes, tercer año en 1804. cursó enseguida tres años de teología hasta 1807.

LA TRADICIÓN PUNTANA
35
de Buenos Aires, en quien tenían puestas sus miradas los hombres ilustrados del interior,
deseosos de imitar sus iniciativas e inspirarse en la obra del orden, en la cual demostraba tanto
empeño.
Entregado estaba Ortiz a su tarea de organización, cuando tuvo noticia de estar próximo
a ser invadida la provincia por el famoso caudillo chileno José Miguel Carrera.
El estado precario porque atravesaba la provincia, agotada por los sacrificios hechos para
abastecer los ejércitos de la patria, sin elementos, en una palabra, para resistir un ataque, le
obligaron a solicitar auxilios de Mendoza, Córdoba y La Rioja.
Entretanto, organizó precipitadamente las milicias ciudadanas, formando una división de
500 hombres mal armados, y tomó su mando para salir al encuentro de Carrera, situándose en
el paso del Río V, lugar llamado de «Las Pulgas».
Allí fue atacado por el temerario caudillo con fuerzas muy superiores, el 10 de marzo de
1821. Después de una lucha encarnizada y tenaz, dejando en el campo más de una tercera parte
de las tropas(1). En tal situación se retiró Ortiz con sus fuerzas deshechas, al norte de la
provincia por donde esperaba los auxilios de Facundo Quiroga, quien le había prometido
concurrir con sus célebres llaneros.
Producida la reconcentración, contramarchó para ir a tomar la revancha de su descalabro;
pero ya Carrera había abandonado San Luis, dirigiéndose hacia Las Lagunas. Penetró en la
capital y asumió nuevamente el gobierno. Por ese tiempo comunicaba al gobernador de Buenos
Aires los grandes males de la invasión de Carrera y la anarquía, agregando que estaba
empeñado en cimentar el orden y la tranquilidad pública para enviar los diputados al Congreso
General, con la misión de constituir definitivamente el país. A fin de iniciar esta obra, fue a
entrevistarse con Bustos, para convenir el plan de dar a la República una constitución de
acuerdo con las bases del sistema representativo federal, acordando, además, que el Congreso
debía reunirse en Córdoba. La provincia de San Luis designaría diputados a D. Marcelino
Poblet.
Fracasado este patriótico anhelo por las intrigas de algunos caudillos, empeñados en
suscitar desconfianzas contra el pretendido predominio de Buenos Aires, el mismo Rivadavia,
que como ministro manejaba estos asuntos, pudo convencerse de que el momento no era
propicio y en consecuencia se apresuró a retirar los diputados porteños; sin embargo, el
gobierno de Buenos Aires continuó ejerciendo un poder tutelar sobre las demás provincias y
procuraba, con generosidad, atraerlas a la concordia y captarse sus simpatías. Ofreció pagar las
deudas ocasionadas por la guerra de la independencia; se propuso fomentar la industria minera
y la cultura general del país, creando becas para estudiantes de cada provincia.
A la circular que pasó Buenos Aires sobre el particular contestó el gobernador Ortiz el
11 de marzo de 1823 agradeciendo tan generosa medida a favor de la juventud. Merced a ese
noble desprendimiento, de San Luis fueron a educarse los jóvenes Saturnino de la Prisilla,
Eufrasio Videla, José Benigno Domínguez, Clímaco y Justo Daract y un hijo del comandante
Pedro José Corvalán.
Sobre la riqueza minera de la provincia se remitió un minucioso informe del mineral de
la Carolina.
(1) En esta acción se distinguió también por su heroísmo un oficial, Videla, que mandaba la vanguardia, quién
sucumbió con el último soldado.

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Con motivos de las invasiones del famoso bandido Pincheira, el gobernador Ortiz pasó
una nota al de Buenos Aires, que extractada, publica Hudson en sus «Recuerdos de Cuyo»
como sigue:
«Decíale entre otras cosas, que su gobierno miraba con horror el indebido comercio que
algunas provincias limítrofes entretenían con los bárbaros del Sur, lo que evidentemente
estimulaba en éstos las frecuentes agresiones que cometían sobre los territorios de Santa Fe y
Buenos Aires, seguras del destino que podían dar al fruto de sus depredaciones; que no
obstante que la provincia de San Luis era la que menos sufría en esas invasiones, se prestó con
gusto a hacer parte de la expedición contra los indios a que la había invitado el gobierno de
Mendoza, exigiendo sólo algunos recursos de que carecía absolutamente la de su mando; que
igual solicitud se había hecho a la de San Juan, por los perjuicios que sufría su comercio en el
tránsito de sus productos al litoral, pero que no habiéndoles sido posible a los gobiernos de
Mendoza y San Juan facilitar los auxilios pedidos, menos pudo reunirlos el de San Luis, de un
vecindario pobre y de escasa población; que sin embargo de no desistir totalmente de tales
proyectos y convencido de la necesidad de la empresa y a virtud de haberse hecho cargo el
gobierno de Buenos Aires a pagar las deudas contraídas por el Estado antes de la división de
las provincias, tenía a bien el gobierno de San Luis proponerle que efectuara la expedición al
Sur, con tal que le satisfagan las que corresponden a su provincia, parte en numerario y parte
en armas y otros efectos a cuyo fin se instruye al señor gobernador de Buenos Aires de la
cantidad justificada por nota separada; que el motivo que tenía el gobierno de San Luis para
esa solicitud, era el saber por sus espías que toda la indiada se había replegado al frente de sus
fronteras y de las de Córdoba, en Chapal y Lagunas del Recao, a esperar auxilios de Pincheira
y en donde podían fácilmente ser batidos si ocurría con oportunidad».
Buenos Aires prometió los auxilios solicitados, y en cuanto a la deuda, que según
liquidación ascendía a 47.381 pesos fuertes, contestaba que el doctor Zavaleta llevaba
instrucciones para tratar sobre el particular.
Entretanto, en Buenos Aires se agitaba la idea de reunir un Congreso Nacional para
realizar la unión de las provincias y dictar la Constitución. El ministro Rivadavia declaraba, a
la legislatura bonaerense, que había llegado ese momento y que los gobiernos existentes, a los
cuales protestaba sus respetos, eran los llamados a facilitar la realización de tan patrióticos
anhelos. La legislatura autorizó el envío de comisionados de gran autoridad, para gestionar de
las provincias delegasen sus diputados. A Cuyo fue el doctor Estanislao Zavaleta, porque estas
provincias tenían entonces al frente de sus destinos a los hombres más importantes del interior:
Ortiz en San Luis, Godoy Cruz en Mendoza, de positiva influencia en el ánimo del gobernador
Molina, que acababa de sucederle en el cargo, y en San Juan el general Urdinínea que recibía
las inspiraciones de los eminentes ciudadanos Narciso Laprida, presidente del Congreso de
Tucumán que declaró nuestra independencia y el doctor Salvador María del Carril.
El doctor Zavaleta llegó a San Luis siendo muy bien recibido y agasajado por Ortiz,
quien, por otra parte, le ofreció todo su concurso para el éxito de su misión, como lo evidencia
la nota que transcribimos:


LA TRADICIÓN PUNTANA
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José Santos Ortiz
«San Luis, octubre 7 de 1823. ─El señor doctor don Diego Estanislao Zavaleta puso en
manos del gobierno de S. Luis, la honorable comunicación de 30 de mayo del Excmo. Señor
gobernador de Buenos Aires, como credencial de la importante misión a que es destinado,
dicho señor, cerca de los pueblos de la antigua Unión. El gobierno de S. Luis ha expresado sus
verdaderos sentimientos al señor diputado y él ha afianzado, de un modo inequívoco, el alto
concepto que justamente le ha merecido la marcha ilustrada del gobierno de Buenos Aires. En
consecuencia, tiene el honor de avisar a dicho gobierno, la conformidad de sus deseos por la
unión de las provincias bajo el sistema representativo y su deferencia a las proposiciones que
ha tenido a bien hacerle al señor diputado, todas relativas a establecer las bases sobre que debe
afirmarse la seguridad y respetabilidad del gobierno nacional. Con este motivo el gobierno de
San Luis tiene el placer de reiterar al señor gobernador de Buenos Aires, sus afectuosos
respetos.─JOSÉ SANTOS ORTIZ.─Manuel de la Presilla, secretario.─Excmo. Señor
Gobernador y Capitán General de la Provincia de Buenos Aires».
Poco después, San Luis designaba la ciudad de Tucumán como la más adecuada para la
reunión del Congreso, pues los recuerdos del año 16, habían de inspirar iguales decisiones en

LA TRADICIÓN PUNTANA
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1824; pero, habiendo predominado la idea de que debía reunirse en Buenos Aires, la aceptó y
nombró diputado al doctor Dalmacio Vélez Sarsfield.(1)
Por fin el congreso inauguró sus sesiones al final del año 1824; se invistió de la
soberanía nacional; se atribuyó facultades legislativas y constituyentes y confirió
provisionalmente el gobierno nacional al de Buenos Aires.
No bien llegó a San Luis la noticia de la instalación del congreso, el gobernador Ortiz se
apresuró a felicitarle y a ofrecerle todo su acatamiento, agregando, que tan fausto suceso había
colmado de júbilo a los puntanos y que, en cuanto a él, su «consuelo era proporcionado a la
experiencia de sus infortunios y se congratulaban todos con la esperanza que justamente tienen
en el patriotismo y virtudes de los señores representantes».
En virtud de las facultades que se habían reservado las provincias, el congreso les pasó
circular consultándolas sobre la forma de gobierno más conveniente al país. La legislatura de
San Luis contestó con una hábil y extensa nota, redactada por Ortiz, en la cual después de muy
atinadas observaciones sobre la forma de gobierno más conveniente, en vista de las múltiples
circunstancias y antecedentes recordados con oportunidad, declaraba que el congreso era el
llamado a determinarla con mayor acierto, siempre que se tomase como base el sistema
representativo y republicano. Y agregaba: «el congreso general, desprendido de toda idea de
provincia y pesando los intereses de cada pueblo en la sola balanza de la prosperidad nacional,
señalará, sin duda, por base de la constitución del Estado, aquella que más convenga a la
Nación. La Representación de San Luis debe esperarle así de las luces de los honorables
diputados que componen la Representación Nacional y del celo que les anima por la causa
pública».(2)
(1) Después se completó la representación con el Licenciado Santiago Funes y el coronel Luis de
Videla y por renuncia de éste último con D. Calixto Gonzáles.
(2) Ortiz seguía con gran interés las tareas del Congreso, manteniendo activa correspondencia con su
cuñado Dr. Vélez Sarsfield. He aquí una de tantas cartas de verdadero valor histórico:
Buenos Aires, Septiembre 16 de 1826.
Sr. José Santos Ortiz.─ Querido hermano: En el correo anterior se me quedo escrita una carta para
Vd. pero, en parte, supliría el Mensajero, donde se contaba la elección de presidente y lo más notable que
entonces había.
A Udes., sin duda les habrá sorprendido la separación del P. E. del gobierno de Buenos Aires, pero
ello era reclamado por todo el interior del país que se perdía si seguía en manos de Heras y García, a quienes
jamás agradará que en ésta hubiera un congreso. La administración de Rivadavia y algunos, sin duda será
mejor porque ambos son hombres, como se dice, muy racionales. Agustín Delgado ha sido nombrado oficial
mayor en el departamento de gobierno con el sueldo de 6.000 pesos.
En la misma clase ha sido nombrado para el de Gobierno D. Marcos Zorrilla, residente en Salta y
para la guerra y marina D. Santiago Vásquez. El gobierno de Buenos Aires que ha caído en el mayor
desprecio y que ya existe sin objeto, no ha querido obedecer al presidente, entregando como estaba mandado
por una ley del Congreso toda la fuerza de esta provincia al P. E. Rivadavia se ha hecho obedecer y Heras se
ha quejado del modo más amargo a la Sala de Representantes de la Provincia. Sea cualquiera la resolución de
este cuerpo, Agüero le ha preparado su destrucción al gobierno de Buenos Aires y a su Sala de
Representantes, con el proyecto de Ley que ha pasado al Congreso sobre la formación de una Capital del
Estado y la sujeción de toda otra provincia a sólo las autoridades nacionales. De este modo debe concluir la
Sala y el gobierno de Buenos Aires por más que Heras y García se preparan a resistirlo. Si el congreso lo
decreta, la ejecución está en buenas manos. Los porteños no tienen a bien la división de su provincia y que lo

LA TRADICIÓN PUNTANA
39
Empeñados en solucionar cuestión de tanta trascendencia para los futuros destinos de la
República, el país debía ocuparse de arbitrar recursos con que hacer frente a la guerra del
Brasil. Ortiz cooperó con eficacia organizando un buen contingente que condujo a Buenos
Aires el comandante Manuel Herrera y levantó una suscripción pública para costear los gastos
de la campaña naval del almirante Brown.
Dictada la constitución, fue rechazada por las provincias, haciéndolo San Luis en una
forma digna y elevada, por no estar de acuerdo con el sistema federal de gobierno.
La anarquía volvía a levantar su sangriento pendón. Entonces Ortiz tomó la iniciativa de
unir, por un pacto, las provincias de Cuyo, para asegurar la paz. Envió como comisionado al
mayor José Gregorio Giménez y le dio las bases del acuerdo. Su misión tuvo el mejor éxito,
subscribiéndose entre las tres provincias, el tratado de Huanacache, en abril de 1827. En virtud
de lo estipulado en una de sus cláusulas, se dirigirían circulares a todos los gobernadores y se
pondría todo empeño para hacer cesar la guerra entre las provincias, debiendo someterse a un
arbitraje las cuestiones pendientes.
Se convino también, insinuar al gobierno de Córdoba tomara la iniciativa de solicitar de
las demás provincias, una declaración categórica sobre la constitución y demás leyes orgánicas
dictada por el congreso para que en vista de los resultados, deliberara y resolviera de
conformidad con la opinión general, evitando así su disolución y los males que tal medida
ocasionaría al país. Pero los sucesos se precipitaron imprudentemente por ambas partes y
fracasó, por entonces tan patriótico pensamiento.
Después del rechazo de la constitución y de la renuncia de Rivadavia, quedaba aún por
hacer el último esfuerzo: reunir una nueva convención. Debido a la gestión de Ortiz, se designó
la ciudad de Santa Fe, yendo a representar la provincia de San Luis don José Gregorio
Giménez, el negociador del tratado de Huanacache, quien era portador de instrucciones
precisas que consultaban los manifestados deseos de las provincias. El fusilamiento de
Dorrego, víctima de sus propios errores, y la guerra civil que fue su consecuencia, hicieron
malograr la nueva tentativa para organizar entonces la República.
que hará su riqueza se entregue a la nación; por lo demás, a los pueblos creo le hará una inmensa cuenta
cargar con las acciones Buenos Aires y con sus deberes. Estos, lo único que tienen de graves es el empréstito
de 6 millones que debe Buenos Aires, pero de esta cantidad existan 3 ½ millones que ya el congreso ha
puesto en el Banco Nacional. En fin, hermano, por este proyecto ya no habrá esa grande proporción entre la
riqueza de los pueblos, objeto de tantas quejas, porque lo más que tenía Buenos Aires y que hacía su
grandeza, debe ser ya no de una provincia sino de la Nación. Ud. mastique bien el proyecto y dígame su
opinión.
Al otro día de la salida del correo, hubo un gran ataque entre las armadas. Duró desde la una de la
tarde hasta las seis. El resultado ha sido que ambas escuadras se han estropeado mucho, sin conseguir
ninguna un triunfo particular.
Avíseme si piensa venir, yo ya no tengo más voces para invitarlo. Actualmente un día de Buenos
Aires lo ha de remozar y sería muy útil que lo conociesen los hombres que gobiernan el país.
A Justino, que si quiere alguna contrata de ganado, me mande el precio según las edades y yo puedo
negociarlo en ésta.
Memorias a su familia y mande Ud. a su hermano.
DALMACIO VÉLEZ.

LA TRADICIÓN PUNTANA
40
Después de estos sucesos, Ortiz se alejaba del gobierno con el espíritu apesadumbrado
por los males sufridos y los más graves que preveía, no sin antes dejar iniciadas las
negociaciones de un tratado con Córdoba, por el estilo del que vinculó las provincias de Cuyo;
el que fue suscripto por su sucesor, Prudencio Vidal Guiñazú, en 1829. Su idea fija era la unión
de los pueblos, para evitar a todo trance, el desorden y la anarquía que nos llevaría a un
abismo. Pero su gran voluntad, sus constantes empeños y toda su hábil diplomacia, no
pudieron detener los acontecimientos, debiendo resignarse a esperar mejor oportunidad, en su
retiro de Mendoza. Cuando Quiroga se apoderó de Cuyo y fue árbitro de los destinos del
interior, sabemos, de buen origen, que Ortiz tuvo con él varias conferencias y no es aventurado
pensar le sugiriera la idea de la organización nacional, que durante tanto tiempo tuvo fija en su
mente como gobernante y como ciudadano.
A principios de 1834, vino Ortiz a Buenos Aires a reclamar unas sumas que había
anticipado, como gobernador de San Luis, para los gastos de la guerra del Brasil y sobre las
cuales se le había formulado cargo por la administración puntana.
Quiroga tenía fijada allí su residencia y comenzaba a adaptarse a la vida culta de aquel
medio, circunstancia que veían con agrado algunos unitarios, acariciando siempre la esperanza
de quebrar el prestigio de Rosas por intermedio de aquel potente brazo.
Ortiz frecuentaba su casa, cultivando una vieja amistad y era consultado por su poderoso
amigo sobre asuntos particulares y hasta de índole política.
En eso se produjo el conflicto entre las provincias del Norte, y Rosas encarga a Quiroga
la misión que es tan conocida. El caudillo busca su hombre de confianza, capaz de asesorarle y
de guiarle con acierto, y designa secretario al señor Ortiz.
De la correspondencia de Quiroga a Rosas en esa ocasión, deduce el espíritu sutil del
doctor David Peña, el decidido empeño del caudillo para dar una constitución al país; pues, si
tales fueran sus intenciones, el verdadero inspirador no pudo ser otro que Ortiz, que como
hemos dicho tenía ascendiente sobre Quiroga, por su prudencia, su saber y su probidad.
Las notas dirigidas en 1835 a los gobernadores de Tucumán, Santiago del Estero y al
representante de Salta, así como el tratado que se suscribió entre ellos, son las mismas ideas y
hasta el mismo estilo de las comunicaciones de Ortiz, desde el año 21 al 27, cuando realizó los
tratados de Huanacache y de Córdoba y vinculó a estos pueblos para reunir en San Luis un
congreso nacional, encargado de dictar la constitución.
Tantos afanes no pudieron por entonces realizarse; pero quedaba arrojada la semilla y
por eso creemos que debió ser horrible la tortura moral de Ortiz, en la víspera de Barranca-
Yacu, cuando piensa en lo más caro que puede haber en la vida, ─la familia y la patria─ y
cuando sabe que va a ser sacrificado por su lealtad a un hombre, en quien él vislumbraba un
rayo de esperanza para los futuros destinos del país.
Y allí sucumbió, envuelto en una espantosa tragedia. Su cadáver fue llevado a Sinsacate,
donde el médico doctor Enrique Mackay Gordon, constató que una herida de bala en el vientre,
le había causado una muerte instantánea. Sepultado en la capilla de ese lugar, más tarde su
inconsolable viuda, la dignísima matrona Inés Vélez de Ortiz, llevó sus restos a Mendoza,
rindiéndole los suyos el último homenaje de la piedad y del amor.

LA TRADICIÓN PUNTANA
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La República se ha organizado de acuerdo con sus convicciones e ideales y se ha
consolidado el sistema federal, tal cual él lo quería, a base de una ley fundamental respetada y
sostenida por la opinión ilustrada del pueblo.
Su vasta ilustración, su sinceridad, su honradez en todos los actos de su vida, y su
martirio, lo hacen acreedor a un poco de esa justicia distributiva, a la que está siempre
inclinada la nobleza argentina.
Animado por ese elevado sentimiento, he evocado la justicia, y la justicia no es palabra
vana para la conciencia nacional.
————

LA TRADICIÓN PUNTANA
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GENERAL PABLO LUCERO
——
Tocóle actuar durante el período de la tiranía y aunque era un teniente de Rosas, debe
recordársele en estas páginas por su larga actuación, por su carácter manso y su buen sentido,
no obstante poseer escasas luces. Se había formado en las filas de milicia de frontera, probando
su valor y su pericia en las luchas con el salvaje. Durante la expedición al desierto, se vinculó
el general Luis Huidobro y más tarde, el año 40, a Aldao, a cuyas órdenes hizo la campaña a
San Juan como jefe de los «Auxiliares puntanos».
Concurrió también a someter a los revolucionarios de San Luis en la acción de las
Quijadas. A raíz de estos sucesos y habiendo acreditado lealtad a la causa federal, se le
consagró gobernador de la provincia, en el año 1841.
Fuera de esas represiones impuestas por el sistema de la época, no se le conoce acto de
hostilidad contra las personas ni contra los intereses de los habitantes de San Luis. Es cierto
que luego de la fracasada empresa de Lavalle, de la disolución de la liga del Norte y de la
derrota de Lamadrid en el Rodeo del Medio, el interior quedó pacificado y sometido, reinando
la paz de los sepulcros y del terror. Así, pues, Lucero no tuvo nada que temer de los unitarios y
lejos de ello, puso bajo su protección a algunos cabecillas y oficiales contrarios, como sucedió
con los hermanos Sáa, merced a lo cual pudieron regresar de las tolderías ranquelinas, donde
estaban refugiados.
Dedicóse preferentemente a asegurar la línea de frontera, formando los regimientos
Dragones de la Unión y Auxiliares de los Andes, que llegaron a constituir una fuerza eficiente
para sus fines, en su escalonamiento desde el Morro al paso del Río V y desde aquí, al cerro
del Lince, sin contar las excursiones frecuentes que hacían por el sur, hasta las orillas del río
Colorado.
Al amparo de estas garantías, que se complementaron con la tenaz persecución a los
rateros y vagos, los campos comenzaron a repoblarse, iniciándose un relativo bienestar.
Reelecto en 1844 por cinco años más, tuvo el tino de rodearse de buenos colaboradores,
como el respetable vecino D. Pedro Herrera y de otras personas competentes y bien
conceptuadas.
En este segundo período fomentó la escuela primaria, declarando en uno de sus
mensajes: «Que no había perdido de vista la instrucción de la juventud, considerando ser ella la
base fundamental de la moralidad, del patriotismo y de la moderación de las costumbres. La
escuela de primeras letras en la capital se halla establecida después de una larga interrupción
por el deterioro que sufrió su edificio y material, a consecuencia de los extraordinarios
terremotos del mes de abril. Anhelando el gobierno disponer la juventud a la adquisición de
conocimientos científicos, fundó un establecimiento de latinidad. Su resultado correspondió a
los fines de su institución, según el dictamen de los examinadores».

LA TRADICIÓN PUNTANA
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Colaboró en esta obra el ilustrado sacerdote Luis Joaquín Tula, autor de una notable
gramática latina.
Por entonces funcionaban, también, las escuelas particulares dirigidas por el educador
Rey y Ramos y su esposa y de la digna matrona misia Paula Domínguez de Bazán, que dieron
gran impulso a la educación del bello sexo.
El gobernador Lucero dispuso la nueva traza de la población del Morro y mandó
construir su capilla.
Estableció fortificaciones sobre la línea de fronteras y, por subscripción pública, hizo
construir en San Luis un cuartel de infantería, con capacidad para las tropas de caballería
cuando bajasen a la capital.
Regularizó la percepción de los impuestos, niveló el presupuesto de gastos, presentando
por primera vez las cuentas de la administración al examen de la legislatura. No sòlo la
provincia no había contraído deudas, sino que, por el contrario, quedaba una suma sobrante en
las cajas, merced al plan de economías, iniciado con la rebaja de su propio sueldo.
Mandó levantar un censo de la población y confió al doctor J. Llerena el encargo de
escribir una monografía geográfica y estadística de la provincia, medida que elogia al doctor
Moussy, haciendo resaltar el hecho de que, no obstante ser el gobernador Lucero un hombre de
escaso saber, era San Luis la única en la Confederación, que se había ocupado de realizar
estudios de esa índole e importancia.
Protegió, decididamente, la empresa de su antiguo amigo don José Van Since para
fundar la primera imprenta y estableció, con esa base, la «Imprenta del Estado» en 1849,
sostenida con el impuesto del estanco del tabaco. Desde esa fecha se publicaron todos los
documentos y actos oficiales.
Al terminar su segundo período de gobierno, se produjo un movimiento revolucionario
encabezado por el oficial José Astorga, don Pío Solano Jofré y el comandante Romero, cuyos
fines eran impedir una nueva reelección. Los amotinados le sorprendieron en su casa y le
intimaron la orden de entregarse preso, en nombre de la Honorable Representación Soberana
de la Provincia. La sonada no encontró eco ni apoyo en la opinión y viéndose perdida la
empresa, se intentó producir una alarma en el cuartel, donde estaba detenido Lucero, para
deshacerse de él; pero tampoco dio resultado pues los oficiales y soldados le eran
completamente adictos. Entonces se le puso en libertad, mientras los conspiradores escapaban
a Mendoza, desde donde su plan había sido estimulado nada menos que por el ministro
comandante Moyano, como pudo comprobarse.
Las relaciones de ambos gobiernos no eran cordiales desde hacía tiempo.
Lucero hizo prender a varios soldados y paisanos comprometidos y fusiló al comandante
Patricio Chaves y a su hijo, el oficial José Antonio, que entregaron el cuartel. Los particulares
fueron perdonados y también el oficial Astorga, capturado en Mendoza y remitido a San Luis,
gravemente enfermo. Era la primera vez que faltaba a los deberes de la humanidad dejándose
arrastrar por la idea de sofocar un motín militar, que según él debía reprimirse con energía para
sostener la disciplina.
La Soberana Representación protestó del hecho de haberse invocado su alta autoridad y
se propuso desagraviar al gobernador Lucero, confiriéndole, por tercera vez y por cinco años
más el gobierno de la provincia. Era el incondicionalismo del miedo, pues no era Lucero el


LA TRADICIÓN PUNTANA
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hombre necesario, aunque fuese el que ofrecía mayores garantías en aquella época de fuerza.
Al terminar su segundo período, leyó su mensaje y se despojó del poder en estos términos:
General Pablo Lucero
«Os he bosquejado fielmente, Honorables Representantes, el cuadro de
mi
Administración.
Ni al desempeñarla, ni al bosquejarla habré llenado quizás vuestros designios, ni las
esperanzas de mis conciudadanos. Tampoco he podido llenar mis deseos a este respecto.
Incompatible ha sido con la debilidad de mis esfuerzos, la gravedad del cargo que me
encomendasteis. Ningún sacrificio sin embargo, he omitido para corresponder a honor tan
elevado. Llevaré al hogar doméstico esta dulce satisfacción, como he gozado, durante el
período legal de mi administración, la de ver retribuidos mis conatos con la decisión de mis
conciudadanos al orden y federal patriotismo, que no cesaron de acreditar.
Con tan eminentes garantías, me ofrezco a satisfaceros más exactamente de viva voz si
lo juzgáreis conveniente, sobre cualquier particular. No excusaré por esto sujetarme a la más
estricta residencia. De vosotros emanó la suma del poder de que me hallaba investido; hoy que
os la devuelvo agradecido, me considero desnudo de ella, y así reproduzco mi sometimiento a

LA TRADICIÓN PUNTANA
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la rectitud de vuestro juicio. Si algún procedimiento apareciese ilegal o con viso de impureza,
no imploraré clemencia: sí exigiré justicia.
De vuestra virtud, de vuestro celo, de vuestro patriotismo, espera el país su futura
prosperidad y ventura.
La pureza de vuestros actos, la legalidad, el tino, la cordura de vuestras soberanas
resoluciones, afianzará cuanto tienen de sublime sus esperanzas.
¡Quiera el Todo-Poderoso ilustrar vuestros consejos honorables, fortalecer vuestra
heroicidad y que vuestros sacrificios tengan por resultado el afianzamiento, el honor, la
elevación y la libertad de nuestra cara Patria!».
Como se habrá visto, no carecía de cierta cordura y de patriotismo dentro del molde de la
federación de esos tiempos.
Dijimos que la Soberana Representación se había anticipado a ofrecerle su tercera
reelección, y la promesa se cumplió al pie de la letra; pues el león, aunque manso, no debía
olvidarse que era ante todo un agente de Rosas. Una conducta contraria hubiera sido
desagradar al amo, máxime cuando Lucero había demostrado ser algo más digno que aquellos
otros procónsules de la tiranía.
Así, pues, todo continuó como antes, hasta que se produjo la victoria de Caseros.
Invitado por Urquiza a concurrir al acuerdo de San Nicolás, delegó el mando en el respetable
ciudadano D. Mauricio Daract y asistió acompañado de su secretario D. Carlos Juan
Rodríguez.
A su regreso, reasumió el gobierno y se inspiró en los anhelos del momento, dejando en
libertad a la legislatura para desenvolver su plan de rehabilitación institucional. Presidido este
cuerpo por el nombrado señor Daract, mandó borrar la leyenda rosina, aprobó la conducta de
Lucero en San Nicolás y dictó una ley de amnistía general para los ciudadanos que, por causas
políticas, estuvieran expatriados; disponiéndose a la vez la entrega de sus bienes, confiscados
por esa causa.
Dictada la constitución nacional, sostuvo ante la diócesis de Cuyo, los derechos del vice-
patronato en la provisión de curatos; grave asunto suscitado por el nombramiento hecho a favor
del P. Tula para el curato de Renca, que la autoridad eclesiástica pretendió desconocer. Todos
los antecedentes de esta cuestión, fueron publicados en un folleto y hemos evidenciado la sana
doctrina sostenida por la autoridad civil de San Luis.
Otro asunto de trascendencia le tocó encarar ante el gobierno de la Confederación. El
ministro de hacienda doctor Mariano Fragueiro, había iniciado un plan de reconcentración de
todo lo que le incumbía a su ramo y que produjera renta en cualquier punto del país, lo mismo
tratándose de aduanas, receptorías y bancos, como de mensajerías, caminos y obras públicas.
El erudito autor de la Historia Argentina Contemporánea, doctor Zuviría, juzgando el plan de
Fragueiro dice: «Esto era condensarlo todo, bajo el mismo sistema unitario; y sin embargo,
nadie le censuró ni le opuso la menor dificultad». Nosotros, mejor informados de lo que se
relaciona con San Luis, podemos asegurar lo contrario, pues el gobernador Lucero y su
ministro Rodríguez, subscribieron una extensa comunicación protestando de tales medidas en
nombre de la autonomía provincial, por considerarse vulnerados sus derechos en ciertos
detalles y privada, la provincia, de sus propios recursos. Ignoramos la respuesta que se dio
entonces al reclamo; pero el caso es que la provincia recibió un subsidio de 21.754 pesos en

LA TRADICIÓN PUNTANA
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compensación, hasta que, recién en el gobierno de Daract, quedó arreglado definitivamente el
asunto.
Habiendo terminado su tercer período, transmitió el mando a don Justo Daract, no sin
una profunda tristeza, pues no se podía resignar fácilmente a despojarse de todo poder, quien
se había acostumbrado a tenerlo discrecionalmente durante tantos años.
En diciembre del año 1854, recibió los despachos de brigadier general de los Ejército de
la Confederación, y en febrero del 55, fue nombrado jefe de la División del Sur, compuesta por
las milicias de San Luis y parte de las de Córdoba. Pero encontrándose viejo y dándose exacta
cuenta de su situación en la nueva era que se iniciaba para el país, se dispuso a retirarse a la
vida privada en el lugar del Morro, esperando volver a la escena. Pero los tiempos habían
cambiado y la última esperanza debió pronto disiparse. Allí murió, a principios de Setiembre
de 1856(1) en brazos de su leal amigo y secretario don Carlos Juan Rodríguez, a quien
profesaba gran cariño por la inteligencia y acierto con que había colaborado en su gobierno.
Pocos instantes después de su muerte, el señor Rodríguez fue a buscar tropas al Fuerte
Constitucional para hacerle rendir los honores debidos a su jerarquía militar. En su testamento
legaba gran parte de sus bienes, la estancia «La Huerta» en el Morro y otra en Piedra Blanca,
para construir la iglesia matriz de la capital puntana, de cuya liquidación se obtuvieron 12.379$
fuertes, que fueron aplicados religiosamente a su objeto.
Tales son los rasgos más salientes de su vida. Para los tiempos en que le cupo actuar,
época de violencia y de barbarie, el general Lucero aparece como un hombre prudente y
humano, con la sola excepción de las tentativas contra la tranquilidad pública que él
consideraba crímenes de lesa patria, según el criterio del partido dominante. Por lo demás, don
Pablo, como le llamaba el buen pueblo, hizo un gobierno patriarcal y deja alguna enseñanza a
las generaciones actuales por sus iniciativas para asegurar la frontera, obra a la que contrajo
grandes esfuerzos y por haber fomentado la ilustración, no obstante poseer él tan pocas luces.
En torno de su nombre, se ha hecho en San Luis la conspiración del silencio y del olvido,
pues sólo uno que otro viejo lo recuerda a través de las personales impresiones. Es tiempo ya
de despojarnos de los prejuicios de una época que se aleja, para inquirir la verdad relativa, lo
único que puede interesar a las futuras generaciones cuando deban pronunciarse,
definitivamente, sobre los sucesos y personajes que han ocupado el escenario de nuestra
provincia.
—————
(1)El que subscribe, cura vicario de Renca, San Luis, certifica: que en un libro de defunciones (Libro
de 1854-1866, folio 24) hay un acta que fielmente copiada es como sigue:
«El doce de septiembre de mil ochocientos cincuenta y seis se ha dado sepultura en la Iglesia de
Renca, con entierro mayor, al general Lucero (Pablo) de sesenta y cinco años, esposo de Dominga Pérez.
Murió estericado. Bolla».
Es copia fiel del original a que me remito, expedida en Renca a veintinueve de enero de mil
novecientos catorce.
Doy fe.- JUAN FRANCISCO SUAREZ, Pbro.
Un sello que dice: Iglesia Parroquial del Señor de Renca. . I. H. S.

LA TRADICIÓN PUNTANA
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JUSTO DARACT
——
Es uno de los puntanos más eminentes por su austeridad, su cultura, su buen sentido
práctico y por los importantes servicios que ha prestado a la provincia durante su larga y
honorable actuación pública. Miembro conspícuo del partido liberal, ha servido sus ideales
políticos con entereza varonil donde quiera que fuese necesario sostener sus principios: ya en
la cruzada libertadora contra la tiranía, ya en la patriótica tarea de la reorganización nacional.
Había nacido en la ciudad de San Luis en el año 1805. Fueron sus padres don José
Daract, natural de Francia y María Antonina Wilkes O.Connor, (1)descendiente de una familia
hispano-irlandesa que había venido cuando la creación del Virreynato del Río de la Plata,
figurando también uno de sus hermanos como contador general de la real hacienda, hasta las
postrimerías del gobierno colonial.
Muy joven, pasó a educarse a Buenos Aires y después de adquirir una buena instrucción,
dedicó su actividad al comercio en esta misma capital. Emprendedor, enérgico y tesonero,
atendía con celo sus negocios, así como abrazaba con calor la causa contra Rosas, debido a lo
cual era mal mirado por los secuaces de la tiranía. Una noche fue provocado por unos militares
en el Teatro Argentino, quienes pretendieron hacerle una burla grosera; pero, sintiéndose
dueño de todas sus energías, derribó a uno de un puñetazo y fue acosado por todos y herido.
Asimismo pudo arrancar la espada a uno de los agresores, con la cual se defendió y mantuvo a
buena distancia a la cobarde pandilla. Este suceso, el asalto que llevó la policía a su casa, su
resistencia y su prisión, le dieron cierta notoriedad, en aquellos tiempos en que pocos se
hubieran atrevido a asumir una conducta tan varonil. Hechos, si se quieren insignificantes,
(1) De este matrimonio nacieron Alejo, Juan, Clímaco, Justo, Mauricio, Pascual y cuatro niñas,
distinguiéndose después los varones como hombres de pensamientos y de acción al servicio del país.
Alejo figuró como oficial en las invasiones inglesas y asistió a la reconquista de Buenos Aires; Juan
murió heroicamente con el último soldado de la compañía, en el sangriento combate del Río V, el año 21,
cuando la invasión del caudillo chileno José Miguel Carrera: Pascual, fue muerto en San Juan persiguiendo la
montonera; Clímaco dedicado al comercio en Buenos Aires no escatimo esfuerzos para servir al partido
liberal y D. Mauricio, habiendo sido enviado a educarse a España, pasó a Cuba, regresando a la patria cuando
era necesario prestarle el concurso de su brazo y de su ilustración. Figuró en el sitio de Montevideo a las
órdenes del general Paz. Establecido en su ciudad natal, desempeñó el cargo de juez y de gobernador
interino, durante la ausencia del general Lucero para asistir al acuerdo de San Nicolás. Presidió la legislatura
al iniciarse el período de la reorganización nacional; fue encargado por el gobierno de la Confederación para
establecer en San Luis la oficina del crédito público. Jefe de la defensa, durante el asedio del Chacho, el año
62; ha representado a su provincia natal en el Congreso, donde colaboró en importantes tareas legislativas,
como el proyecto sobre fronteras que presentó con el doctor Llerena. Retirado a la vida privada, gozó de las
mayores consideraciones de la culta sociedad puntana, por su carácter bondadoso y recto y la crisolada
honradez con que desempeñó las más altas funciones públicas.

LA TRADICIÓN PUNTANA
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tienen a veces una trascendencia decisiva en los destinos de un hombre. Tal sucedió al señor
Daract, pues desde entonces, tomó su resolución extrema de alistarse en las filas del ejército
del general Lavalle y no dejar las armas hasta concluir con el tirano. No bien pudo, se trasladó
a Montevideo; invadió con la legión libertadora, la provincia de Buenos Aires, hizo la campaña
de Santa Fe y se encontró en el sangriento combate del Quebracho Herrado. Después de la
derrota y cuando era imposible toda resistencia, tras una serie de descalabros, atravesó la
cordillera y establecióse en Chile, con otros compañeros de causa, a la espera de mejores días
para la patria.
Durante el segundo gobierno de Lucero, regresó a San Luis y se refugió en la Sierra,
lugar del Totoral, donde no fue molestado.
La victoria de Caseros la permitió salir de su retiro y entrar de lleno en la vida pública,
con aquella decisión que no habían quebrantado doce años de lucha y de grandes sacrificios,
para ser siempre consecuente con sus ideas y convicciones políticas. A fines de 1853, fue
nombrado juez de primera instancia y al año siguiente diputado a la legislatura, acentuándose
su personalidad como jefe del partido liberal en San Luis.
Desde ese momento su nombre constituyó una bandera y al terminar su tercer período el
general Lucero, fue designado por aclamación gobernador provisorio el 8 de noviembre de
1854, prometiendo desempeñar el cargo con lealtad y patriotismo hasta la jura de la
constitución provincial.
La situación local entraba, pues, a amoldarse a las exigencias de la nueva era que se
habría para los futuros destinos de la República. Mientras los constituyentes puntanos se
entregaban con empeño a llenar su cometido, el gobernador Daract comenzaba una labor activa
y reparadora, tendiente a regularizar el funcionamiento de todas las ramas de la administración
y a asegurar los servicios públicos más urgentes.
La provisión del agua para la ciudad capital, fue objeto de todas sus preocupaciones,
como el elemento vital más indispensable a su existencia. Mandó construir la toma del
Chorrillo y contrató con el respetable vecino don Luis Maldonado, la obra de la represa del
Potrero, donde hoy se levanta el gran dique.
A su iniciativa, la legislatura dictó la ley del 10 de marzo de 1855 creando los centros
Constitución y Urquiza para asegurar la frontera y fomentar la ganadería y la agricultura. El
primero sobre la margen izquierda del Río V y el segundo en Varela, los cuales deberían
proteger las milicias provinciales, como que eran a la vez dos puntos avanzados y estratégicos
sobre la línea de frontera.
La obra civilizadora en que estaba empeñado y la prudencia con que se manejó en tan
difícil situación, le valieron las simpatías y el respeto de sus conciudadanos, dentro y fuera de
la provincia.(1)
(1) «Villaguay, 1º agosto 1855.─La conducta política de Ud. merece universales simpatías y yo no
ceso de encarecer a mis amigos la sensatez, ilustración y patriotismo con que Ud. desempeña el honroso
cargo a que dignamente lo han elevado sus compatriotas. Con gobernantes como Ud., el gobierno nacional
debe estimar fácil los trabajos. La provincia de San Luis se distingue en esta época de labor y de esperanza y
Ud., digno de la estimación general, se ha hecho acreedor a mi más cordial aprecio, que no he de aprovechar
ocasión de demostrarle como debo.─JUSTO JOSÉ DE URQUIZA».


LA TRADICIÓN PUNTANA
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Dictada y promulgada la constitución provincial a fines de 1855, e instalada
solemnemente la nueva legislatura, la opinión de los hombres dirigentes volvió a fijarse en el
señor Daract para designarlo primer gobernador constitucional; pero don Justo, consecuente
con su carácter austero, rehusó el honor, manifestando que debían buscar otro ciudadano de
altas cualidades para confiarle tan delicado cargo. Sin embargo esta negativa, se insistió en el
propósito y se tocaron algunas influencias eficaces para allanar las dificultades y salvar los
escrúpulos del señor Daract. Relacionada con estas gestiones tenemos a la vista una carta del
general Pedernera, fechada en el Paraná, en la cual le dice: «Sé que tiene Ud. escrúpulos para
aceptar la decidida opinión de sus compatriotas respecto de fijarse en su persona para elegirlo
nuevamente, conforme a la constitución, cuando ésta se ponga allí en ejercicio. Me tomó la
confianza de suplicarle que no rehúse de manera alguna la justa voluntad de la mayoría de sus
paisanos a este respecto y el voto mismo de este su amigo que cada día se complace y
envanece desde la distancia de ver tan honrosamente servida la primera magistratura de esa
provincia. No entibie de modo alguno tan fundados sentimientos de parte de sus compatriotas y
amigos».
Justo Daract

LA TRADICIÓN PUNTANA
50
Ante estas exigencias impuestas por el legítimo anhelo de los ciudadanos más
representativos que tenía San Luis, creyó Daract que no debía escatimar nuevos sacrificios a su
pueblo, pues eran graves las tareas de un gobierno sin recursos, sin hombres suficientemente
preparados y en las condiciones excepcionales y desventajosas en que se encontraba la
provincia para incorporarse a la vida institucional y realizar los anhelos del progreso que, como
una brisa favorable, empujaba al país hacia sus grandes destinos.
Se cita al respecto el hecho de cierto aparato de fuerza y de la presencia de Lucero en el
seno de la asamblea electoral, para ver de influir en su favor. Producida la votación, Lucero se
retiró desagradado y no ocultó su decepción y su despecho. Al partir para el Morro, llevóse una
escolta y como en la campaña pretendía ejercer autoridad, fue desarmado y sometido por la
enérgica actitud del gobernador Daract.
*
* *
En abril de 1856 fue electo D. Justo primer gobernador constitucional, contra las
tendencias del pasado, personificadas en D. Pablo Lucero. Con este período comienza también
para la provincia, una época fecunda en iniciativas tendientes a mejorar su situación material y
moral. Desde luego, organizó la administración de justicia, condición indispensable del orden
social, encomendando al doctor Manuel A. Sáez el estudio de un reglamento que fijara las
atribuciones de los jueces y el procedimiento judiciario. La provincia no contaba entonces con
ningún letrado para la defensa de los derechos e intereses sociales y fueron habilitados como
abogados, los señores Carlos Juan Rodríguez, Buenaventura Sarmiento, Luis Ojeda, Manuel I.
Sosa, Lucas J. Prieto, Benjamín del Moral y Narciso Ortiz, quienes habían revelado dotes de
inteligencia y probada honorabilidad.
Presidió la fundación de la Sociedad de Beneficencia, confiándole la superintendencia de
la educación de las niñas en toda la provincia; fundó el primer colegio de instrucción
secundaria donde, fuera de ramos generales, se enseñaba contabilidad mercantil y se podía
aprender francés, inglés y alemán. Encargó la educación a educadores experimentados como el
señor Pereira y M. Dufouer que le sucedió poco después.
Creó una comisión de obras públicas presidida por el clérigo Tula, encargada de la
construcción de la casa de gobierno y la casa matriz a base de la donación para ésta última de
los fondos dejados por don Pablo Lucero.
El tesoro público no existía sino de nombre y bueno es saber que el presupuesto de
gastos de 1856-7 ascendía a la insignificante suma de 32.243$, y que por consiguiente, los
sueldos de la administración debían ser sumamente reducidos; pues el gobernador ganaba 70$
al mes, los ministros y miembros del poder judicial 50, y 25 los honorables representantes del
pueblo, que en número de 13, formaron la primera legislatura. Y entonces no había negocios de
tierras, ni coimas, ni empresas; cada cual vivía de su honrado trabajo porque casi todos
donaban los sueldos, comenzando por el gobernador, y algo más de su fortuna particular, para
las obras públicas. El diputado Carlos Juan Rodríguez tomó la iniciativa de donar su dieta a la
sociedad de Beneficencia, como consta en un documento que tenemos a la vista y su ejemplo
fue imitado por otros legisladores.

LA TRADICIÓN PUNTANA
51
De estos hechos emerge una gran enseñanza para las generaciones actuales, porque
aquellos ciudadanos estuvieron a la altura de las circunstancias, sirviendo a la provincia con
verdadera abnegación.
El gobernador Daract estableció en el Rosario una oficina para contratar artesanos y
fomentar la inmigración europea, ofreciéndoles tierra y costearlos por cuenta del gobierno;
dictó sabias providencias para sanear los títulos de la propiedad raíz; aseguró la frontera y
organizó la policía de campaña, medidas todas a fomentar la industria agropecuaria; a asegurar
la propiedad y a hacer efectivas todas las garantías que ofrecía la flamante constitución.
Mandó ejecutar importantes mejoras urbanas en la capital, estableciéndose, por primera
vez, el alumbrado público y otros detalles que consultaban la higiene y la estética de una
población de miserable aspecto, poco en armonía con la cultura de sus habitantes y con el
progreso general del país.
En medio de tan grandes tareas y preocupaciones en que era necesario aguzar todo el
ingenio humano para hacer frente a las primeras exigencias del momento, surgían aún
dificultades políticas creadas por la ambición prematura y el espíritu díscolo, tan propio de las
democracias incipientes, allí donde faltan el equilibrio y el concepto orgánico de las
instituciones republicanas. El gobernador Daract creía que el mejor modo de solucionar estos
conflictos era eliminarse, dejando el camino expedito a todas las aspiraciones y en
consecuencia, envió su renuncia a la legislatura. Los hombres de mayor prudencia
consideraron la resolución como el anuncio de grandes males para la provincia, que estaban en
el deber de evitar con toda energía. La legislatura dio término a la cuestión, desestimando la
renuncia el 13 de enero de 1857 en los términos siguientes:
«La Honorable Representación de la provincia en uso de las atribuciones ordinarias que
le concede el Cap. 2º Inc. 9 de la constitución provincial y considerando:
«1º Que la insistente renuncia de S. E. señor gobernador propietario ciudadano don Justo
Daract, no está fundada en principios que realmente pudieran comprometer su honor personal,
ni deslumbrar los esclarecidos y notables esmeros que en bien de la Patria ha sabido, con
ilustrado tino, desenvolver en circunstancias acerbas.
«2º Que en los momentos de orden institucional y progreso es, sin duda, incompatible su
dimensión con los intereses particulares y nacionales de la provincia.
«3º Que la admisión de su renuncia no importa menos que preferir el bien particular al
general; establecer un ilegal subterfugio a los gobiernos sucesivos y en suma, disolver el art. 35
y 37 del cap. 5º de nuestra constitución provincial,─ha sancionado con fuerza de ley lo
siguiente:
Artículo 1º. No ha por admisible la insistente renuncia del primer gobernador
constitucional que ha elevado al juicio de esta Honorable Representación, el benemérito
ciudadano don Justo Daract.
Artículo 2º. Comuníquese a quien corresponda para los fines consiguientes. ─ (Firmado)
FELICIANO T. BARBOSA, presidente; Francisco Vásquez, secretario.
El gobernador propietario de
San Luis, enero 21 de 1857.

LA TRADICIÓN PUNTANA
52
«Al Excmo. Sr. Gobernador Delegado Coronel don José M. Carreras.
El infrascripto ha recibido la muy apreciable nota del V. E. fecha 17 del corriente, y en
virtud de ella y de la adjunta resolución de la H. L. referente a su renuncia, se ve en el caso de
decir a V. E. para los efectos consiguientes, que, sin declinar de sus propias convicciones, sin
más miras que la sumisión y el acatamiento que le merecen los dictados de la H. R., y por no
evadir la responsabilidad que ella le impone, ha venido en aceptar y asumir el mando
gubernativo que le fue encomendado por ley de 9 de abril de 1855.
«Al oblar a la Patria este nuevo sacrificio, le asiste la consoladora esperanza de que la H.
R., consecuente a sus principios, y todos sus conciudadanos en reciprocidad de sentimientos,
esforzarán sus conatos en apoyo de la insuficiencia del infrascripto, y cooperarán con toda
eficacia a consolidar el orden constitucional, enervar las malas habitudes del pasado y activar
el progreso moral y físico del país.
«Al exonerar a V. E. del enorme peso que ha gravitado sobre sus hombros, ríndele un
sincero voto de gracia por la resignación con que ha sabido soportarlo, y se complace en
reiterarle las seguridades de su justo aprecio.
«Dios guíe a V. E. (Fdo.): JUSTO DARACT.
San Luis, enero 21 de 1857. ─Pase con el correspondiente oficio de remisión al
conocimiento de la Honorable S. de Representantes. ─(Fdo.): CARRERAS─Buenaventura
Sarmiento
, oficial 1º.
Está conforme. ─(Fdo.): Sarmiento.
*
* *
Ante los ineludibles deberes del momento, volvió a reanudar su proficua labor,
resolviendo hacer su visita a la campaña para informarse de sus necesidades y procurar
remediarlas dentro de lo posible. Partió con una imprenta, distribuyendo decretos, reglamentos
e instrucciones sobre la mejor distribución del agua, sobre vialidad, policía, mensuras,
educación y cuanto pudo ser benéfico a los habitantes de las más apartadas regiones.
Hizo delinear la Villa de Luján (Río Seco), Quines, La Larca, Lomita y La Cruz
(Dolores); distribuyó parte de la tierra fiscal para reconcentrar en lugares adecuados la dispersa
población; dictó resoluciones para asegurar los intereses rurales, facilitar la explotación de la
industria minera y mandó fundar escuelas de ambos sexos en cada departamento; dio fondos
para edificar la capilla del Río Seco y dispuso inspeccionar la del Morro y levantar la del
Fuerte Constitucional. Sobre esta población dice a la legislatura en la memoria en que le dio
cuenta de la labor realizada en su gira:
«Entre las poblaciones de campaña que he visitado, la del Fuerte Constitucional ha
llamado más mi atención, ya por su rápido y sorprendente progreso, como por el porvenir que
le aguarda. Los ricos y abundante elementos de prosperidad que posee esa bella porción de
nuestro territorio, le preparan un porvenir halagüeño en muy pocos años más de existencia. La
provincia no necesitara buscar fuera de ella los frutos que hoy consume. La feracidad de su

LA TRADICIÓN PUNTANA
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terreno, la bondad de su clima y la numerosa inmigración que cada día acude a labrar a que
suelo privilegiado, me inducen a creerlo así. Para que V. E. pueda juzgar la resolución obrada
en ese suelo conquistado al desierto, adjunto en Nº 34 del periódico La Actualidad, donde se
registra una descripción sucinta, pero verídica de su estado y las esperanzas que ofrece».
Como se habrá visto, nadie tuvo como el gobernador Daract la clarividencia del porvenir
de Villa Mercedes, debido a la adecuada ubicación que le dio al fundarla en el Fuerte
Constitucional, y a las acertadas medidas de gobierno con que favoreció su crecimiento.
En la actualidad es el centro de mayor importancia que tiene la provincia de San Luis,
por su riqueza agropecuaria, por su comercio, por el espíritu de empresa de sus habitantes,
estando llamada a ser una de las ciudades más prosperas del interior.
*
* *
Bajó del poder el señor Daract mereciendo el respeto y la más alta consideración de sus
comprovincianos por la eficacia de su gobierno, el celo y la honorabilidad con que había
desempeñado el cargo. Es conveniente advertir que llamó a colaborar en las tareas públicas a
todos los hombres de valer que tenía la provincia, sin excluir a nadie, y que se rodeó de los
ciudadanos más espectables por sus antecedentes y su ilustración.
Durante su gobierno, adquirió una imprenta por donde se editó La Actualidad, periódico
dirigido por el jurisconsulto doctor Manuel A. Sáez, y redactado por el doctor Juan Llerena,
Manuel J. Olascoaga, J. Cortés Funes, Mauricio Daract y el doctor sacerdote Luis Joaquín
Tula. Este órgano de publicidad, por la ilustración con que trataba todas las cuestiones que
interesaban al país, era una de las mejores y más autorizadas hojas impresas de la época.
Después de la batalla de Pavón y por renuncia del general Sáa, volvió D. Justo a ocupar
el gobierno hasta la elección de D. Juan Barbeito. Durante este período tocóle negociar el
convenio de paz con el Chacho, que había sitiado a San Luis, convenio que mereció la
aprobación del presidente Mitre.
Electo senador nacional, propuso importantes medidas para asegurar y ensanchar la línea
de frontera en previsión de futuras invasiones del salvaje, siendo comisionado por el gobierno
de la Nación para hacer la paz con los indios. A pedido del Ministro del Interior, Dr. Vélez
Sarsfield, reunió datos y antecedentes para el deslinde de la provincia, presentando un informe,
en 1863, suscripto con otros distinguidos comprovincianos. En 1865 volvió a ser electo
gobernador, no obstante haber rehusado, como siempre, el honor de ocupar la primera
magistratura de la provincia. Habiendo quedado ésta sin fuerza y sin elementos de defensa, fue
invadida por los rebeldes de Cuyo y aunque Daract había delegado el gobierno en manos del
presidente de la legislatura, fue tomado preso y conducido a Mendoza, con su hermano
Mauricio y otros ciudadanos de representación. Restablecido el orden después de la victoria de
San Ignacio, regresó a San Luis, y fue repuesto, pero presentó la renuncia del cargo, no
siéndole aceptada. Reiteró su renuncia y ante su inquebrantable resolución de retirarse a la vida
privada, la legislatura se vio forzada a aceptarla, acordándole un voto de gracias por los
importantes servicios prestados al país en general y a la provincia en particular.

LA TRADICIÓN PUNTANA
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Pasó sus últimos años en su establecimiento de campo «El Salvador», sin haber
proferido una queja ni un reproche contra nadie, evitando toda conversación sobre los sucesos
en que había actuado en su larga y agitada vida pública. Modesto y desinteresado, su
tranquilidad y su fortuna estuvieron a servicio de los intereses generales, a lo que debió
agregarse los grandes quebrantos que sufrieron sus bienes cuando la invasión de los colorados,
quienes pusieron a precio su derecho de existir, como si no tuviera tantos títulos al respeto de
sus compatriotas. A tales extravíos conducían las pasiones partidistas de aquel amago de
resurrección del caudillismo.
Falleció en septiembre de 1887 como el varón justo y fuerte de la leyenda bíblica, sin
ninguno de los sobresaltos que turban la conciencia y con la satisfacción íntima de haber
cumplido lealmente sus deberes para con la sociedad y la patria.
Ha sido el ciudadano más eminente que ha tenido la provincia de San Luis y si su
nombre ha permanecido en la penumbra, es porque pagamos demasiado tributo a las glorias
militares que fascinan y que arrebatan a los pueblos de gran imaginación.
Después de aquellos ilustres varones, que fundaron nuestra nacionalidad, llega la hora de
hacer justicia a los que la cimentaron con su pensamiento y su proficua labor, en esas luchas
pacíficas de la civilización.
Entrego la obra de D. Justo Daract a la meditación de sus comprovincianos ilustrados y
su nombre al respeto y a la eterna gratitud del pueblo de sus desvelos.
————

LA TRADICIÓN PUNTANA
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Los Videla
——
Descienden de una antigua y distinguida familia patricia que tuvo el singular y triste
privilegio del martirio. Sus varones más ilustres en el servicio de la libertad fueron sacrificados
por la barbarie, en la época más nefanda de la tiranía.
El fundador de la familia en San Luis, fue D. Juan de Videla, austero funcionario
colonial que desde 1787 desempeñó el cargo de sub delegado y comandante de armas de la
jurisdicción puntana, hasta su fallecimiento acaecido cuando la primera invasión inglesa.
Sus hijos Blas, José Dolores y Luis, hicieron como oficiales la campaña de la
reconquista y defensa de Buenos Aires, figurando primero en el regimiento de voluntarios de
caballería y después en el batallón de patricios, comandado por D. Cornelio de Saavedra. En
este cuerpo recibieron con el bautismo de fuego, el espíritu cívico de los nativos que les
templaría para la cruzada emancipadora.
El primer contingente de 225 puntanos que marchó a fines de 1810 para Buenos Ares,
fue organizado y conducido por D. Blas de Videla. Llenada esta importante comisión regresó a
San Luis, tomando sus otros hermanos una parte muy activa en el cabildo y en los
movimientos populares. El teniente gobernador Dupuy contó con la colaboración de todos
ellos y cuando la autoridad central le encargó propusiera la oficialidad entre los vecinos que
más se habían distinguido a favor de la causa patriota, todos fueron incluidos, agregándose otro
hermano José María, con el grado de alférez.
Estos distinguidos oficiales hicieron la campaña de los Andes hasta la reconquista de
Chile.
Terminada la guerra de la independencia, se dedicaron a las faenas pastoriles y D. Blas
estableció la posta «Dupuyana» en las cercanías del Balde, llevando el agua de la ciudad.
Desde allí ejercitó una vigilancia de avanzada sobre la costa del Desaguadero y la gran
travesía, para proteger el tránsito con las otras provincias de Cuyo.
Cuando en caudillo José Miguel Carrera invadió San Luis, en 1821, el gobernador Ortiz
confió a D. Luis de Videla el comando de las fuerzas que debían salir al encuentro. La
caballería puntana situóse en las proximidades del Río V, donde forma un recodo llamado la
Ensenadita de las Pulgas. Allí esperó al enemigo. La caballería se lanzó sable en mano
mientras una fila de tiradores rompía un fuego nutrido. El choque fue terrible y encarnizado
quedando el campo sembrado de muertos y heridos. Nuestros escuadrones habían sido cortados
por los invasores y no obstante sus numerosas bajas, seguían sosteniéndose hasta que,
aniquilados, prodújose la dispersión. Entonces los valientes oficiales José Dolores Videla y
Juan Daract, consiguieron con grandes esfuerzos contener una parte de los fugitivos y ganando
una isleta de caldenes, echaron pie a tierra. Allí se defendieron animando a la tropa con el
ejemplo de su heroísmo, hasta sucumbir con el último soldado. Tal fue el resultado del terrible
combate de las Ensenaditas, en el cual se salvó por lo menos el honor de la jornada con el

LA TRADICIÓN PUNTANA
56
sacrificio de aquellos valientes. Poco más tarde nuestras milicias con el auxilio de las fuerzas
coligadas de Cuyo, tomaron la revancha contribuyendo al triunfo de la Punta del Médano,
donde fue aniquilado el temerario invasor.
*
* *
Invitada la provincia a elegir sus digitados al Congreso Nacional Constituyente, la
Honorable Junta de Representantes designó en diciembre de 1825 al coronel Luis Videla y al
licenciado Santiago Funes.
Inmediatamente de llegar esta noticia al coronel Videla, éste se apresuró a elevar su
renuncia del cargo por no creerse capaz para desempeñarlo dignamente.
La transcribimos porque es un documento que hace honor al buen sentido y a la
austeridad de los severos principios que rigieron su vida pública.
Esta lección debe recordarse frecuentemente entre nosotros, donde tantos ignorantes e
inútiles han ocupado audazmente las más altas posiciones en el gobierno local y en la
representación de la provincia.
He aquí el texto íntegro de su renuncia:
«Señores de la Honorable Junta Provincial.
«El ciudadano que suscribe, movido por los sentimientos de honor y patriotismo con que
siempre ha procurado distinguir las acciones de su vida pública, no puede menos que elevar a
los oídos de la Honorable Representación Provincial sus justos reclamos, esperando que ellos
serán atendidos pues son notorias del modo más solemne, las razones que le asisten.
«Se ha vulgarizado ya en el pueblo que la Honorable Sala me ha nombrado diputado al
Congreso Nacional, cumpliendo con la ley sancionada por el mismo Congreso para doblar la
representación de la provincia y sin embrago de que esta noticia no se ha comunicado de un
modo oficial, ella es indudable porque las sesiones de la Sala han sido publicadas y este es el
motivo de mi anticipación.
«Es un principio de eterna bondad que los ciudadanos tienen distintas aptitudes para
servir a su patria, como ésta tiene diferentes destinos en qué emplearlos. En el momento en que
se trastorne esta regla, ya los resultados no deben ser conformes al noble fin que debe
proponerse una República bien organizada, cual es el bien de la sociedad. A esta se le hace
injusticia y al ciudadano también mandándole hacer lo que no puede. Yo no puedo ser
diputado, señores R. R. y (permítaseme hablar como hombre libre sin traspasar los límites del
respeto); la provincia de San Luis es perjudicada en mi elección y yo tengo un derecho para
considerarme agraviado; explanaré estos sentimientos. De las resoluciones del actual Congreso
pende la suerte de la Nación Americana y la particular felicidad de la provincia de San Luis:
los diputados que componen el Soberano Cuerpo deben hallarse dotados no sólo de probidad,
sino de superabundante luces para resolver en los arduos asuntos nacionales y combinar con
ésta los particulares intereses de la provincia que representan. ¿Y cuáles son mis
conocimientos, señores R. R.? ¿No saben todos mis paisanos que carezco absolutamente hasta
de los principios de una mediana instrucción? ¿Cómo se encargan a un hombre ignorante los
intereses más caros de la provincia de San Luis? ¿Cómo se obliga a un hijo de esta misma

LA TRADICIÓN PUNTANA
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provincia a representar un papel desairado en el primer recuerdo de la Nación y, últimamente,
cómo se le expone a ser el ludibrio y la farsa de una barra ilustrada?
«Si yo no conociera por una parte la índole generosa de los Honorables miembros de la
Sala y por otra no estuviera mi conciencia satisfecha de los servicios que he prestado a la
patria, y creería tal vez que esta intentaba alejarme; pero no, a mí me es notoria la integridad de
los ilustres Representantes; conozco que ellos han querido honrarme; mas la admisión de un
empleo que absolutamente soy incapaz de desempeñar, me serviría de un baldón eterno. Si he
merecido pues la confianza de mis conciudadanos y si la Honorable Sala considera los
servicios que a lo menos he intentado prestar al país, yo le suplico quiera premiarlos con
exonerarme del empleo a que se me ha elegido y para el cual protesto que soy absolutamente
incapaz, bajo el más solemne juramento.
Luis de Videla».
*
* *
Durante la guerra con el Brasil, la provincia hizo grandes sacrificios para contribuir a la
empresa naval del almirante Brown y para costear los contingentes que debían ir a reforzar el
Ejército Republicano. En 1827 el gobernador Ortiz dio cuenta a la Sala de haber realizado un
empréstito local para atender deberes de la defensa nacional, bajo la garantía de tres
distinguidos ciudadanos, entre los cuales citábase al coronel Luis de Videla.
Celebrada la paz en el Imperio, el ejército argentino regresó con los laureles de Ituzaingó
para volverse contra el caudillismo anárquico que había impedido sacar todo el beneficio
posible de aquella gloriosa campaña. Cuando el general Paz inició su expedición al interior,
contó en San Luis con los Videla, quienes se pusieron al frente de la reacción liberal. Después
de La Tablada se apoderaron del gobierno con D. Justino Vélez, hermano del ilustre
codificador argentino. El contingente que marchó a reforzar al general Paz, fue conducido por
el coronel Luis de Videla, contribuyendo bizarramente al triunfo de Oncativo.
En este intervalo, el depuesto gobernador Guiñazú había recuperado el poder. En marzo
regresó D. Luis y tomó prisionero a Guiñazú y a otros factores de la política local, declarando
disuelto el gobierno. Reunida la Junta de electores nombró gobernador interino al mismo
coronel Videla, autorizándosele a restablecer el orden en la campaña, profundamente alterado
por las depredaciones del gauchaje alzado. Delegó el mando a su hermano D. Ignacio y se puso
en marcha hacia el norte de la provincia, donde más se hacía sentir la montonera.
En julio comunicó desde el Balde de los Arce que las fronteras de las provincias
limítrofes quedaban libres de bandidos.
A su regreso fue elegido gobernador propietario.
Durante su breve administración, restableció el orden interno, creó escuelas, fundó un
hospital y reforzó la línea de fronteras, encargando su defensa a su hermano D. Eufrasio.
Finalmente en diciembre se dirigió al gobernador de Buenos Aires, comunicándole haberle
suspendido las facultades de entender en los negocios de paz y de relaciones exteriores que le
tenía conferido la provincia de San Luis, por estar en abierta oposición con todas y cada una de
las nueve provincias que a su vez habían conferido al general Paz el Supremo Poder Militar.

LA TRADICIÓN PUNTANA
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Entretanto, Facundo se rehacía con el auxilio de Rosas y volvía con sus huestes
infernales a sitiar a Río IV. Después de tomar la plaza y de aniquilar en Río V la última
resistencia de Pringles, penetra en San Luis conduciendo entre los prisioneros al capitán
Anastasio Videla, compañero de Pringles en toda la infausta campaña. El gobernador D. Luis,
sin elementos para resistir, se retiró a Mendoza a incorporarse a las fuerzas de Videla Castillo.
En el Rodeo de Chacón esperaron a Quiroga.
El combate fue valientemente sostenido hasta que la traición contribuyó a la derrota. El
gobernador Videla cayó prisionero con todos los oficiales, entre los cuales contábase a su
hermano D. Blas y las escasas milicias puntanas que sobrevivieron a la lucha. Conducidos a
Mendoza, fueron encerrados en la cárcel. Allí estuvieron agobiados por su infortunio hasta que
el terrible Facundo mandó fusilarlos en las mismas prisiones. Anastasio y Blas fueron
sacrificados con muchos otros, escapándose milagrosamente el oficial Manuel Baigorria y D.
Luis, que el día antes había sido trasladado a otro local.
Después que Facundo sometió todo el interior, don Luis fue enviado con otros
prisioneros a Córdoba y de aquí trasladados a San Nicolás, donde Rosas ordenó fueran
inmediatamente fusilados el 16 de octubre de 1831. Es espantosa aquella escena donde 14
distinguidos oficiales fueron muertos cobardemente, con un niño de 14 años hijo del
comandante Montenegro, que iba acompañando a su padre. El Tigre de los Llanos entregaba su
presa al Tigre de Palermo, cebados ambos en sangre de inermes prisioneros, cuyo delito era
haberse opuesto al predominio de la barbarie. Rosas se vengó así inicuamente del virtuoso y
altivo gobernador de San Luis, D. Luis de Videla, por haber sido el primero en arrancarle las
atribuciones que le había conferido la sumisión de sus secuaces en todo el país. La memoria
del tirano yace execrada mientras las de sus victimas se recuerdan con profundo respeto.
¡Gloria a los mártires de nuestra libertad!
La cruzada libertadora iniciada el año 1840 por los generales Lavalle y Lamadrid, y la
Liga del Norte encabezada por el ilustre gobernador de Tucumán, Marco Avellaneda, contaron
en esta provincia con la cooperación del comandante Eufrasio Videla, que con el coronel
Manuel Baigorria, fueron los jefes de la reacción liberal en San Luis. Don Eufrasio había
realizado un viaje a Buenos Aires, donde tenía amigos de la infancia afiliados al partido
unitario, pues fue uno de los jóvenes que obtuvieron becas en la época de Rivadavia para
cursar estudios en la metrópoli bonaerense.
En el camino tuvo noticia del movimiento revolucionario de Córdoba que puso la
situación en manos de los liberales y regresó inmediatamente a San Luis. Ya el coronel
Baigorria que estaba al habla con el general Lamadrid, solicitó de D. Eufrasio una entrevista en
Chischaca. Aquí tenía el coronel Baigorria su campamento, contando con 200 indios de pelea y
otras fuerzas regulares. Producida la entrevista el 8 de noviembre, quedó convenido que don
Eufrasio tomaría la ciudad, depondría las autoridades y saldría al encuentro de Aldao que venía
de Mendoza, combinándose la campaña con las fuerzas de Baigorria. Antes de separarse, llegó
un chasque llevando la noticia de que Aldao regresaba rápidamente a Mendoza, donde había
estallado una revolución encabezada por los comandantes Casimiro Recuero y Rufino Suárez.
La ocasión era pues propicia para dar el golpe en la ciudad. D. Eufrasio formó un escuadrón de
caballería y se puso en marcha sobre San Luis. Aquí secundarían el ataque los hermanos Sáa,
Juan Barbeito, Pascual Daract, Lázaro y Felipe Videla y otros ciudadanos comprometidos.

LA TRADICIÓN PUNTANA
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El 11 de noviembre por la mañana, se llevó el ataque sobre la ciudad, intimándose
rendición al gobernador interino Ares y Maldes y al jefe del cuartel coronel Patricio Chaves.
Impotentes para resistir, el jefe de la guarnición se dio a la fuga y el gobierno se entregó. D.
Eufrasio fue el árbitro de la situación, ocupándose activamente de organizar las milicias y de
atraer a su causa a toda la campaña. En medio de tan serias preocupaciones, recibió esta
comunicación:
«Libertad, Constitución o Muerte!
Puquios, diciembre 17 de 1840.
Sr. Comandante general D. Eufrasio Videla.
Son las doce de la noche, hora en que he recibido la comunicación de V. S. en la que me
ordena que ponga a disposición de V. S. veinte y cinco hombres a la cabeza de ellos al capitán
Lucero y al ayudante Baigorria. Y con motivo de marchar toda la compañía a la cual
pertenecen la gente «costera» que es la primera, me a sido de necesidad vaya el capitán con
grado de mayor y sus subalternos, para el cumplimiento de dicha orden. Y a su consecuencia
digo a V. S. que sin pérdida de un solo momento me ponga en el más serio aseguramiento a D.
José Gregorio Calderón, D. Pío Solano Jofré, Maldes, D. Cornelio Lucero y a D. Tomás
Barroso, haciéndolo a V. S. responsable del cumplimiento de este pedimento, por las
consecuencias que resulten de lo subversivo, por convenir así al caso y viendo donde deben
estar presos en el cuartel.
Dios, Patria y Libertad.
Manuel Baigorria».
Graves eran los peligros que amenazaban por todas partes. El general Lavalle había sido
derrotado en Quebracho Herrado; Córdoba se había perdido para los liberales, y Aldao,
después de sofocar el movimiento de Mendoza, venía con nuevos refuerzos en combinación
con el general Benavides, gobernador de San Juan. Sin embargo la resolución y el valor no
faltó un instante en los unitarios, decidiéndose a jugar la gran partida de una batalla. Sus tropas
estaban animadas de un gran espíritu, como que entre ellas contábase a los ciudadanos más
expectables y estaba muy bien representada la juventud. El encuentro con Aldao se produjo en
las Quijadas. Brioso fue el choque; pero desgraciado para la causa de los libres. Debido a su
brillante comportamiento, el coronel Videla obtuvo una honrosa capitulación y la promesa de
entregársele un pasaporte para Chile. Sin embargo, poco después fue detenido con otros
unitarios y encerrado en la cárcel de San Juan de donde fue remitido a Mendoza.
Aldao los envió a San Luis y exigió al gobernador Pablo Lucero los castigase
ejemplarmente, faltando como siempre, a la palabra empeñada de respetar su vida. Así se la
cumplieron al infortunado general Acha y a tantos otros valientes.
Un año después el gobernador puntano se complicó con el fraile apóstata Aldao y
entregó al coronel Videla a una comisión especial para que lo juzgara con otros compañeros de
causa. Esta comisión estaba formada por don Cornelio Lucero como presidente y Manuel
Marquez y Sosa, Juan Vílches, Carlos Arias y el coronel Patricio Chaves, tres de los cuales
habían sido derrocados del poder por la revolución de noviembre. No podían ser jueces quienes
tenían agravios que vengar; pero los federales rojos no se paraban en medios. Tenemos a la

LA TRADICIÓN PUNTANA
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vista el voluminoso proceso y la activa declaración del coronel Videla, quien asumió
enérgicamente toda la responsabilidad de los sucesos. Poco después fue condenado a muerte,
con los comandantes Benigno Domínguez y Epifanio Quiroga, y fusilados, no obstante los
ruegos de las infortunadas familias y el clamor público contra ese crimen incalificable. El
caballeresco y bravo coronel D. Eufrasio Videla pagó con la vida su lealtad a la causa liberal
en aquellas cruentas campañas contra el caudillismo semi-bárbaro y la tiranía de Rosas, Aldao
y otros engendros malditos de la anarquía argentina.
Tal fue el triste destino de los Videla.
José Dolores, sacrificado en el Río V.
Anastasio y Blas, fusilados en Mendoza.
Luis Gonzaga, fusilado en San Nicolás.
Eufrasio, fusilado en San Luis.
¡Mártires ilustres de la libertad! Yo evoco vuestros nombres para entregarlos al respeto
de nuestro pueblo, en la hora solemne de la justicia reparadora.
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CORONEL JOSE CECILIO L. LUCERO
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El coronel D. José Cecilio Lucio Lucero nació en la ciudad de San Luis en 1791, y fue
hijo de Francisco de Paula L. Lucero y de Pascuala Salinas.
El origen del apellido Lucio Lucero es de noble estirpe castellana, habiendo figurado
varios de esa familia en la conquista y colonización de América. Uno de los más ilustres, fue el
oficial D. Luis Lucio Lucero, caballero de la Orden de Santiago, a quien, en premio de sus
servicios, se le otorgó, por real cédula de 1691, una vasta y rica merced de las tierras de
Pancanta, Tomolasta, Huascara, Corral de Gasparillo e Invernadas, en la jurisdicción de San
Luis(1).
De él desciende en línea directa Tomás Lucio Lucero que allá por los años de 1786 a
1793, sostuvo un pleito con los mineros de la Carolina de donde consta que con el fraile
lusitano Jerónimo, descubrió por ese tiempo los ricos yacimientos auríferos de esa región, en
las tierras de la paterna heredad. De esta rama descienden los Lucio Lucero, del Valle y
muchos de los que, desde entonces, han tenido figuración en la capital puntana e ilustrado su
apellido en el servicio de la independencia, en las manifestaciones diversas del progreso, de la
cultura y de la actividad de aquel centro.
En los libros del Cabildo y en las tradiciones de aquella incipiente sociedad se conservan
los nombres de varios miembros de la familia Lucio Lucero, quienes, durante la época colonial
desempeñaron las más altas investiduras, como ser la de alfereces reales, corregidores, alcaldes
y maestres de campo, debiendo mencionar los que figuran a partir desde la revolución y
emancipación política nacional y entre ellos, el distinguido compatriota de quien se hace este
rápido bosquejo biográfico(2).
(1) Este título corre en los autos de la familia Quiroga, de los Comederos Blancos (Carolina). Datos del
ing. Germán Avé Lallemant.
(2) Entre otros, voy a recordar a Francisco Vicente Lucio Lucero, comandante militar y gobernador
interino de San Luis en 1810.
Francisco de Paula L. Lucero hermano de aquél, presidió el Cabildo en 1817, y en tal carácter recibe y
agradece el trofeo de Chacabuco que el general San Martín destina a la ciudad de San Luis, por su decidida
ayuda en la formación y sostenimiento del ejército de los Andes.
Fray Benito Lucio Lucero, tan virtuoso sacerdote como hábil político. Delegado por el Cabildo de S.
Luis para hacer, en la capital de Cuyo, la elección de diputados al Congreso de Tucumán. A sus reiterados
empeños aceptó la representación de San Luis, el general Juan Martín Pueyrredón, allí expatriado a
consecuencia de la revolución de octubre de 1812.
Ayudante mayor D. Cornelio L. Lucero, hermano de José Cecilio y que, como éste, hizo toda la
campaña libertadora en el ejército de los Andes.
Capitán y tenientes de granaderos a caballo, respectivamente Pedro, Sebastián, Juan Gregorio y José
Antonio, todos distinguidos oficiales que figuran en la campaña de Chile.

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Cuando San Martín fue nombrado, en 1814, gobernador intendente de Cuyo, puso sus
miradas en los puntanos y estimuló la organización del regimiento de caballería cívica en el
que tomó plaza, voluntariamente, todo lo que la ciudad de San Luis tenía de más distinguido,
figurando allí los Lucero, Poblet, Adaro, Herrera, Becerra, Domínguez, Pérez, Calderón,
Pringles, Ossorio, Palma, Pedernera, Ortiz, Giménez, etc. ¡Qué tiempos y qué santos
entusiasmos los de aquella juventud viril!
He aquí en que términos se expresa el coronel M. Olazábal, que llevó allí esa comisión
en aquella época memorable:
«Tengo el mayor placer en comunicar que la provincia de San Luis excedió en mucho las
esperanzas del general San Martín, en cuanto a su decidida cooperación a favor de la gran
causa de América.
«Sus valientes hijos, el alimento del regimiento, caballadas y muladas todo fue cedido
sin limitación. ¡Gloria imperecedera para los puntanos!»
«En menos de dos meses el regimiento tuvo como cuatrocientos voluntarios(1) que por sí
solos llegaban de los departamentos a presentarse al general.
«No temo ser desmentido al asegurar que para el general San Martín y el ejército de los
Andes, los mejores soldados de caballería de la República en aquella época, eran los puntanos,
que tanto se distinguieron por su valor, disciplina y constancia, no obstante que de las otras
provincias salieron tantos héroes».
Refiriéndose Hudson al mismo asunto, dice:
«Una compañía vino de Mendoza a San Luis, para formar el regimiento de granaderos a
caballo, que en su mayor parte se componía de puntanos de hermosa talla, fuerte musculatura,
bravos y predispuestos, por genio, a la carrera de las armas».
*
* *
Doctor Manuel Lucero, educacionista y notable jurisconsulto, desciende de la rama de los Lucio Lucero
de Tomolasta. Fue rector de la Universidad de Córdoba y tenía la intuición de los modernos métodos de
enseñanza.
Entre las damas de este apellido se han distinguido muchas por su talento natural, su filantropía y las
nobles virtudes de su sexo.
Quiero salvar por ahora y mientras pueda ocuparme separadamente de la acción social y civilizadora de
la mujer puntana, los nombres de las dignas matronas Carmen Lucero de Reyramos que con su esposo, fundó
la primera escuela en la época de la emancipación; Tomasa Lucero de Jofré y Chepa Lucero, fundaron una
escuela el año 55. Matilde L. L. de Maldonado y Fidela L. L. de Arias fundadoras de la Sociedad de
Beneficencia; la virtuosa dama Rosario L. Lucero de Sáa y su hermana Enriqueta, hoy de Lallemant, también
educacionistas, establecieron una escuela superior de niñas el año 1865, y la inolvidable Francisquita Lucero,
el ángel bueno de aquel pueblo, nobilísimo espíritu y corazón magnánimo, arrebatada en la flor de la vida a
los pesares de la existencia mundana, que ella tuvo la virtud de suavizar con el bálsamo de su caridad
inagotable.
(1) 1 Téngase presente la reducida población de entonces, pues toda la provincia tenía 16.500 habitantes.

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Por esa data y en el mismo cuerpo, se inició en la carrera militar José Cecilio Lucio
Lucero, junto con sus hermanos Cornelio y Sebastián, vistiendo el honroso y severo uniforme
de ayudante mayor de granaderos a caballo.
De San Luis marcharon en 1815 a Mendoza, incorporándose al Ejército de los Andes,
que debía pasar las más altas cordilleras del globo y vencer al enemigo en la cuesta memorable
de Chacabuco. Allí vislumbró nuestro compatriota Lucero los resplandores de la gloria,
ostentando, desde luego, sobre su pecho varonil, la medalla de plata con que se premió la
primera jornada libertadora allende los Andes.
Poco después fue designado para marchar con el general Las Heras a la campaña del Sur
de Chile, encontrándose sucesivamente en las acciones de Curapalihué y Concepción de Penco,
en el otoño del año 17.
Allí tuvo el honor de batirse con el intrépido Ordóñez y por su comportación distinguida
fué presentado a O’Higgins, como un oficial de confianza, cuando el héroe chileno marchó, en
persona, a dirigir las operaciones sobre la línea de Arauco y a estrechar el sitio de Talcahuano.
Desempeñó por entonces diversas comisiones delicadas y en la noche triste de Cancha
Rayada, se retiró con su regimiento en la famosa columna de Las Heras, destinado a salvar,
con su serenidad y pericia militar, el glorioso ejército de los Andes.
¡Maipú los esperaba! Y se encontró ese día memorable en que el vencedor de los Andes
puso al sol por testigo de la victoria y señaló con el dedo inflexible del destino, una nueva
época en la vida del pueblo chileno.
Actor distinguido en la gloriosa contienda, mereció la recompensa de la medalla
acordada por Chile y los cordones de honor dedicados por la patria argentina, al valor y al
heroico sacrificio de sus hijos legendarios.
El camino del Pacífico quedaba expedito con los cruceros de Cockrane. El genio del
vencedor de Maipú daba sus últimos toques al atrevido plan de la campaña de Perú y, ya todo
listo, fue el paladín puntano de los argonautas de aquella expedición famosa. Tocó tierra con el
ejército libertador en Pisco, reembarcándose con parte del mismo para Ancón y después de
asistir con su regimiento a las diversas operaciones preliminares de la ocupación de Lima,
entró con el Protector en la opulenta ciudad de los Reyes.
Por esta campaña, fue acreedor a la medalla de oro acordada como premio y
rememoración de ese acontecimiento trascendental.
Posteriormente tomó parte en el sitio y asalto de las fortificaciones del Callao, el 14 de
agosto, y poco después se batió en defensa de Lima, cuando fue atacado por el ejército español.
Hizo toda la desgraciada campaña de Puertos Intermedios en 1822, a las órdenes del
general Alvarado; encontrándose en las malhadadas acciones de Torata y Moquegua, que
iniciaran para los patriotas una verdadera odisea antes de alcanzar la tierra suspirada, donde
también les aguardaban no menos duras pruebas. Derrotados, cruzando a pie un desierto sin
agua, bajo los rayos de un sol abrasador, hambrientos, enfermos, extenuados de fatiga y
perseguidos a muerte, llegaban a Arica y se embarcaban precipitadamente en la fragata
«Trujillana» para naufragar a poca distancia y ganar a nado la costa cercana de Ica. Así pues,
batidos por todos los infortunios, seguían impertérritos su terrible y dolorosa retirada. De los
4.000 hombres de que se componía el ejército expedicionario del Sur, regresaban sólo 1.000,
cubiertos con el polvo de la derrota.

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Los demás sucumbieron en el campo de batalla, se dispersaron y perecieron en la
retirada o quedaban prisioneros del despiadado y cruel Canterac, que los trataba como
traidores, negándose a una entrevista con el jefe patriota quien sólo deseaba, antes de
abandonar aquellas playas inhospitalarias y tristes, recomendar los prisioneros a su clemencia.
Así, pues, regresaban a Pisco aquellos hombres de excepcional entereza, salvando, hecha
girones, la bandera libertadora, hasta Chincha, punto señalado de concentración.
Sin tiempo para descansar de tantas fatigas y quebrantos, tocóle hacer la campaña de la
costa Norte a consecuencia de la evacuación de Lima, y diferentes guerrillas sobre la ciudad,
hasta su definitiva ocupación por los patriotas. Preso por los sublevados del regimiento de
granaderos, el 12 de febrero de 1824, fue puesto en libertad en la Magdalena, marchando a
incorporarse al ejército de Huaura.
Finalmente se encontró en la batalla de Junín, en la acción de Matará, y coronó su
brillante carrera en las filas del ejército libertador del Perú con su participación en la batalla de
Ayacucho, último baluarte del poder español en América, y mereció, como sus heroicos
compañeros, la medalla de oro destinada por Bolivar a los vencedores del memorable 9 de
diciembre de 1824. Regresó a su patria con los restos de aquel ejército que debía vencer, e
ilustrar los fastos de la libertad, desde los Andes al Ecuador.
Al depositar las armas de la inmortal cruzada, ostentaba en su pecho las condecoraciones
a continuación enumeradas:
Medalla de plata de Chacabuco.
Medalla de oro de la entrada de Lima.
Medalla de oro de Junín.
Medalla de oro de Ayacucho y los galones de coronel graduado.
*
* *
En diciembre de 1825; el emperador del Brasil declaró la guerra a nuestra patria,
disponiéndose esta, desde luego, a iniciar la lucha injusta y desigual a que era provocada.
Como en los días clásicos de la independencia, organizáronse las tropas de mar y tierra; se
llamaron las deshechas legiones y a los jefes de aquella época, cuando creían poder entregarse
al descanso en la tranquilidad del retiro merecido.
Volvieron a vestir los viejos y honrosos uniformes, presentándose a ocupar su puesto en
las filas del ejército republicano.
Lucero fue destinado al campamento del Arroyo Grande (R. Oriental), donde comenzó a
formar el regimiento 5º de caballería de línea, en cuyas filas permaneció hasta la feliz
terminación de la guerra.
Nombrado edecán del general Soler, marchó con éste a sitiar Montevideo, ocupado,
como la Colonia, por las fuerzas imperiales al mando de Lecor.
Allí permaneció cerca de tres meses y al firmarse la paz con el Brasil, pasó a Buenos
Aires, en espera de un destino en el ejército.
En 1829 se alejó para el interior, incorporándose en los Desmochados a la división del
general Paz, en marcha sobre la ciudad de Córdoba, bajo el arbitrario gobierno de Bustos.


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Encontróse en la sangrienta batalla de la Tablada y más tarde, siguió al Norte en la expedición
del general Javier López. Este jefe había dejado el gobierno de Tucumán para venir en auxilio
del ejército liberal, y después de su primer triunfo, fue encargado por Paz de marchar sobre La
Rioja, ocupada por Facundo, que a la sazón reorganizaba sus vandálicas legiones para tomar
desquite del descalabro sufrido.
Coronel José Cecilio L. Lucero
Pero López no cumplió su consigna y se quedó en su provincia, abandonando a los
infelices habitantes de La Rioja a la brutalidad y al criminal despecho del Tigre de los Llanos y
ni siquiera concurrió a Oncativo, donde el célebre Manco, volvió a batir al Atila argentino
«con sus figuras de contradanza», como este calificaba los tácticos movimientos de Paz. Allí
permaneció en las milicias tucumanas, teniendo más tarde la poca fortuna de acompañar al
general Heredia en sus invasiones sobre Salta y Jujuy, desde 1833 en adelante, y en la derrota
que sufrió su antiguo jefe, López, en Famaillá el 23 de enero de 1836, en su afán de recuperar
el gobierno de Tucumán para servir la causa unitaria. Sabido es que don Javier López fue
tomado por otros compañeros, y entre ellos el coronel Segundo Roca. Dos días después fue
fusilado junto con su intrépido sobrino Ángel López y otros expatriados que se rehacían en
Bolivia protegidos por Santa Cruz, quien toleraba los continuos avances de los unitarios,
motivo por el cual Rosas le declaró la guerra en 1837.
En esta expedición se encontraba también el coronel Lucero, y hecha la paz, pasaba a
figurar como jefe del regimiento Nº 1 de las milicias tucumanas.
Allí permaneció resignado y sometido al bárbaro sistema imperante en la República,
después que los chacales del tirano cortaron la cabeza ilustre de Avellaneda.

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Más tarde desempeñó algunos cargos públicos de poca importancia en las
administraciones que allí se sucedieron, hasta que sus comprovincianos lo sacaron de las
penumbras de su obligado retiro, para designarlo su representante en el Congreso Nacional,
reunido en el Paraná.
El 30 de mayo de 1858 la Sala de Representantes de la Provincia de San Luis, aprobaba
las elecciones y proclamaba diputados a los respetables ciudadanos D. Mauricio Daract,
coronel José Cecilio L. Lucero y como suplente el eminente maestro y jurisconsulto doctor
Manuel Lucero.
Por esa época y tras larga ausencia, regresaba jubiloso a la nativa ciudad, donde tantas
vinculaciones y simpatías lo solicitaban, gozando allí de las mayores consideraciones de
aquella sociedad conocedora de los honrosos antecedentes de su vida y de sus prendas de
caballero. Decidido a radicarse definitivamente en San Luis, contrajo segundas nupcias con la
distinguida señorita María del Tránsito Pérez, hija predilecta de un antiguo compañero de
armas en las campañas de Chile y del Perú.
Esta dignísima dama merece aquí un recuerdo justiciero, por la solicitud casi filial con
que se consagró al cuidado del bizarro soldado, para ella, a la par de esposo, una reliquia
venerable de los tiempos legendarios de la patria. Joven, inteligente, hermosa y buena, fue algo
más que una esposa modelo, la providencia del anciano coronel en sus últimos años,
aprendiendo hasta el manejo del florete y del tiro para complacer al veterano y distraerlo en el
retiro obligado de su hogar, a que daban, por otra parte, tantos atractivos las bellas cualidades
de esa mujer adorable.
Así se deslizaron tranquilos los días postreros de aquella existencia accidentada y
peregrina, que podía contar las jornadas del camino recorrido, por casi todos los sucesos
memorables de las campañas libertadoras allende los Andes y el Pacífico, en la Banda Oriental
y en la guerra civil, hasta la reorganización constitucional de la República.
Había visto desfilar ante sus ojos, los hombres y los acontecimientos, que aseguraron la
libertad y la independencia de Sud América, y cuando su patria estuvo libre de todo peligro
extraño, pudo alejarse para el viaje sin retorno, dejando sus despojos a la piedad de sus
compatriotas, en el modesto rincón donde yacía la huesa de sus padres. Tal suceso infausto
acaeció el 15 de mayo de 1867, siendo sentido y llorado por los suyos y su pueblo, que lo
acompañó hasta su última morada, arrojando flores sobre su tumba como homenaje sentido del
duelo público.
De él se puede decir: fue tan buen hijo, como esposo y padre; tan desinteresado
ciudadano, como bravo y pundonoroso militar.
Inteligencia clara y accesible a todas las grandes ideas, hombre de carácter y de corazón,
hizo del deber y de la patria su culto y su aspiración suprema.
He aquí los títulos con que se presenta a su posteridad. El recuerdo de sus virtudes se
conservará en la tradición del pueblo, para honrarlo, en día no lejano, como ya se honra en la
capital de la República, donde se ha dado un nombre a una de las calles, debido a la iniciativa
del distinguido director del Museo Histórico Nacional, doctor Adolfo P. Carranza, entusiasta
exhumador de méritos olvidados.
Aunque a grandes rasgos, pagamos este tributo a nuestro comprovinciano ilustre, cuyos
desinteresados servicios al país, honran también la modesta ciudad de su nacimiento y merecen

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ser imitados por las generaciones que allí llegan, con altos ideales, a los dinteles de la vida
pública.
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Los Domínguez
——
Eran oriundos de la Punilla, valiosa estancia ubicada en la terminación sur de la sierra
que divide a Córdoba y San Luis, la cual fue comprada en 1765 por D. José Domínguez. Otros
miembros de la misma familia eran terratenientes en Achiras, cuyos campos fueron
considerados siempre dentro de la jurisdicción puntana. De ese primer propietario descendía D.
Bernardino Domínguez, casado con Catalina Fredes, de Estanzuela, rica hacendada que figura
en la contribución patriótica, desde el año 1814 al 1819. En su vida matrimonial tuvieron
varios hijos: José Narciso, Camilo y Jacinta que casó con D. José de Sáa(1), padres de Juan,
Francisco y José Felipe. José Narciso y Camilo ingresaron como oficiales en el regimiento de
granaderos a caballo y contribuyeron con su fortuna y su brazo a la reconquista de Chile.
José Narciso casó con Faustina de Alba y tuvieron seis hijos: Benigno, Saturnino,
Narciso, Paula, Nicolasa e Inés.
Benigno fue uno de los jefes de la revolución unitaria de 1840 y los otros hermanos
también abrazaron la misma causa.
Paula fue la fundadora de la Sociedad de Beneficencia de San Luis; Nicolasa casó con
el guerrero de la independencia D. José Elías Rodríguez, y es la madre de Carlos Juan y José
Elías Rodríguez, e Inés con Zacarías Jurado.
Esta distinguida y numerosa familia llena gran parte de la sociedad política y social de
San Luis, desde los albores de la independencia, a través de la época funesta de la tiranía, hasta
los tiempos más felices de la organización nacional.
D. José Narciso desempeñó muchos años el cargo de coronel de milicias, ejercitando su
actividad entre la defensa de la frontera y la atención de un importante establecimiento
ganadero. Cuando invadió Carrera, ya se había retirado a la vida privada, viviendo
patriarcalmente en su estancia de la Punilla. La horda capitaneada por el caudillo chileno asaltó
su propiedad y arreó con grandes tropas de ganado.
Durante la campaña del general Paz sobre Córdoba, todos los Domínguez secundaron
la política liberal.
(1) D. José Sáa, natural de Galicia, comerciante en Buenos Aires, fue confinado a San Luis en mayo de
1813 en virtud de la orden para que se retiraran de las costas los españoles europeos. El año 1814 desde San
Luis, elevó una solicitud al Superior Gobierno para que se le permitiera regresar a la Capital, al pie de la cual
se puso esta providencia: «El Teniente gobernador de San Luis permitirá a D. José de Sáa su regreso a esta
Capital pues que su confinación no dimana de sentencia y sí de una orden general».─Herrera.
A principios de 1816 pidió el pasaporte y se alejó de la ciudad puntana. Un año más tarde aparece
establecido en Achiras, donde se dedicaba a las tareas agrícolas en una estancia de los Domínguez. Allí lo
conoció a D. Camilo, vinculándose a él por una estrecha amistad. Entonces lo llevó a la Punilla como
maestro de su familia e interesado a la vez en los negocios de campo. Allí casó con doña Jacinta. Era un
hombre educado, serio, con ilustración general y particularmente versado en el comercio.

LA TRADICIÓN PUNTANA
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Derrocado el gobernador Guiñazú, ocupó el gobierno D. Justino Vélez, quien
compartió con su ministro Zacarías Jurado todas las tareas y responsabilidades de la difícil
situación del momento.
La primera medida que tomó Facundo Quiroga al ocupar en 1831 a San Luis, fue
imponer una fuerte contribución en dinero a D. José Narciso y a todos sus hijos. Como no pudo
entregarla en el breve plazo fijado, fue encerrada su esposa en los altos del cabildo y él mismo
conducido a la cárcel con una barra de grillos. Entonces se le acordó el término de tres días
para entregar mil pesos y como tampoco pudo reunir esa suma, se le aumentó la contribución a
tres mil. El coronel Domínguez viejo y achacoso, enfermóse gravemente en el mísero rincón
que le dieron para habitar en la cárcel. Misia Faustina angustiada por el estado de su esposo y
sin poder acudir a prestarle algún cuidado, rogó a Quiroga que a lo menos le permitiera
enviarle un médico o alguna persona de su familia. El terco caudillo no se dignó a contestarle.
Luego supo que sus hijos Benigno y Saturnino acababan de ser traídos con gruesas
barras de grillos y encerrados en un calabozo. La infeliz madre y esposa, desesperada por este
nuevo infortunio, volvió a escribir a Quiroga ofreciéndole todos sus bienes para salvar a los
suyos y enviándole como prenda de garantía su hijuela paterna, donde figuraban intereses
valiosos. He tenido a la vista ese documento y, en ganado, alhajas y propiedades, había para
cubrir con exceso la contribución impuesta, Facundo tampoco se tomó la molestia de
contestarle.
Mientras se pagaba la contribución, se mandaba arrear el ganado de la Punilla.
Dicha contribución se cubrió hasta donde se pudo, pero el ganado no fue devuelto. A
misia Faustina se le permitió salir de la cárcel; disponiéndose el traslado a Mendoza de D. José
Narciso y sus hijos. Todavía allí, el 17 de septiembre, el jefe de policía le pasó una nota
conminatoria, cuyo original tengo en mi poder y cuyo texto es el siguiente: «Para mañana 18
del corriente debe Ud. poner en las cajas del Estado la cantidad de tres mil pesos, pues que el
señor gobernador así me lo acaba de prevenir y de no hacerlo, espere la medida que está
meditada».
Ignoramos como salió del difícil trance aunque sabemos, en cambio, que fueron
confiscados todos sus intereses y los de su esposa o entregados para obtener su salvación y la
de sus hijos.
Devueltos a su arruinada finca de la Punilla, un año más tarde, sufrieron nuevos
despojos decretados por los federales cordobeses. Entonces misia Faustina se trasladó a
Córdoba para entablar reclamaciones. Poseo el borrador de una carta que dirigió en noviembre
de 1832 al coronel Francisco Reynafé, suplicándole la recomendara a su hermano el
gobernador José Vicente, para que se dignara atender los reclamos «de una familia abatida a
quien una suerte adversa e injusta, dejó reducida al estado de la nada». Y luego agregaba:
«Después de los repetidos contrastes que mi infortunio me ha hecho experimentar, se puso el
sello de ellos con el violento despojo que he sufrido yo y mi esposo de los últimos residuos que
nos quedaban para hacer una vida privada y escasa, cuyo favor debo al señor D. Calixto M.ª
González que pudo hallar el medio de no dejarnos una sola cabeza de cuanta especie de
hacienda era nuestro único patrimonio». Por último pedía garantías para sus hijos y terminaba
su sentida carta con estas palabras: «No extrañe V. S. que abuse de su benevolencia porque ella
será el iris que serene la tormenta de mi desgracia y tranquilice mi corazón afligido con toda

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clase de trabajos». El nombrado señor González era ministro de D. José Vicente Reynafé y
habiendo salido éste a campaña, le delegó el gobierno. Fue en esa ocasión que por su orden se
mandó arrear todo el poco ganado existente en la Punilla. Los tiempos eran duros y bárbaros;
los héroes de la santa federación no se dejaban impresionar por lágrimas de mujer y el reclamo
quedó pendiente para mejores días. Pero no debían terminar allí los pesares de la ilustre dama.
Despojada de su cuantiosa fortuna, perdió su esposo y vino la cruenta época de la tiranía con
sus nuevas y odiosas persecuciones. La familia Domínguez estaba en el índice de los contrarios
de Rosas. Iniciada la cruzada libertadora del año 1840, su hijo Benigno, sus hermanos y su
cuñado se pusieron con entereza al servicio de la causa regeneradora.
Benigno era un joven intrépido, ilustrado y cultísimo. Se educó en Buenos Aires
aprovechando una de las becas que Rivadavia había otorgado a la provincia de San Luis. Es
interesante hacer resaltar la circunstancia de que todos los jóvenes puntanos, que se educaron
entonces en Buenos Aires, los Daract, Videla, Corvalán y Domínguez, todos figuraron
honrosamente en el partido unitario. ¡Oh el genio del gran Rivadavia! Hubiera transformado y
regenerado el país muchos años antes con el poderoso instrumento de la cultura, si el
caudillismo le hubiera a la vez permitido completar tan sólo su período presidencial. Este
caudillismo sin bandera y sin ideales superiores barbarizó al país y retardó su organización
institucional.
Benigno Domínguez, como casi todos los miembros de su familia, fue educador y
desempeñaba a la sazón el puesto de maestro en la escuela de Renca. De allí saldría, como
salió Francisco Bargas, de Guzmán, dejando sus discípulos para empuñar la espada, en la lucha
a muerte contra la tiranía. Puesto en comunicación con los agentes del general Lamadrid, se
trasladó a Achiras para preparar elementos con los cuales debía secundar la campaña
libertadora.
Allí recibió la noticia de la revolución del 11 de noviembre encabezada por su ex
condiscípulo y amigo el coronel Eufrasio Videla. Conjuntamente con esta noticia le llegó una
carta de su cuñado Zacarías Jurado, diciéndole que en Renca no había resistencia, pues se
habían sublevado la fuerza del comandante D. Pablo Lucero y creían poder contar con el
coronel Mercau, comandante José León Gallardo, José Cordón, capitán Tomás Alanís y otras
personas influyentes. Domínguez bajó inmediatamente a la capital para entrevistarse con el
coronel Videla. Este le confirió el grado de comandante, comisionándolo a Renca con la
misión de levantar la campaña y reunir elementos, mientras el coronel Baigorria se ponía en
marcha a batir las fuerzas que aun permanecían fieles al antiguo régimen. Cuando Baigorria
tomó a Renca, D. Benigno se le incorporó con una partida bien armada y montada. Desde
entonces siguió el destino del ejército revolucionario hasta el combate de Las Quijadas.
Derrotados y perseguidos cayó prisionero con muchos compañeros de causa y fue conducido a
San Juan, de donde se le envió con una barra de grillos a Mendoza, encerrándosele en la cárcel.
Uno de sus hermanos salvó con sus primos los Sáa, yendo todos a ocultarse al Cerro Suco, en
Achiras. Su primo Gervasio Domínguez le llevó caballos y protegidos por su pariente el
comandante Agustín Domínguez, los hermanos Sáa se internaron en el desierto.
De Río IV, salió una partida al mando de Domingo Meriles para prenderlos, pero
impuesto de los detalles de la fuga, el bárbaro Meriles fusiló a D. Agustín Domínguez y a otros
vecinos comprometidos con los unitarios.

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Mientras tanto seguía la terrible persecución contra todos los miembros de la familia
Domínguez y no quedando ya hombres, el odio de los federales se cebó en la dignísima
matrona, la infortunada misia Faustina Alba de Domínguez, decretando su destierro el
gobernador interino, licenciado Santiago Funes, federal implacable.
Nada podía justificar una tal medida de rigor para con una mujer indefensa; en San Luis
reinaba la paz del terror y no había quedado nadie que osara murmurar ni quejarse de la
situación de fuerza establecida.
He aquí la prueba documentada de este nuevo e inútil atentado:
Viva la Federación
Cuartel General en la Concepción, marzo 29 de 1841.
Año 32 de la Libertad, 26 de la Independencia y 12 de la Confederación Argentina.
El Gobernador y Capitán General Propietario de la Provincia.
Doña Faustina Alba con su sirviente de mano, dos peones y equipaje y Doña Mariana
Altamira con su hermano político don David Corro, dos sirvientes libertos y su equipaje, en
virtud del pasaporte con que el Excmo. Gobierno de San Luis los remite a disposición de este
Gobierno, continuarán en marcha hasta la Villa Nueva del Rosario, paso de Ferreira,
departamento del Rió III debajo de esta provincia hasta nueva resolución, debiendo al efecto
presentarse al Juez de 1ª Instancia de dicha Villa para su respectivo conocimiento, sirviéndoles
el presente de bastante pasaporte para que todas las autoridades civiles, militares y demás
vecinos del tránsito, no les impidan su viaje sin justa causa y en concepto que mañana mismo
partirán a cumplir su destino.
Manuel López
Dejemos a la digna matrona sumida en su inmensa desventura para volver a ocuparnos
de la triste suerte de su hijo Benigno. Terminada la campaña con la última resistencia el
general Lamadrid en el Rodeo del Medio, el fraile apóstata Aldao, árbitro de Cuyo, ordenó la
remisión a San Luis de D. Benigno y de sus compañeros para que fueran ejemplarmente
castigados.
El gobernador Lucero tuvo la debilidad de obedecerle, mandando juzgarlo por una
comisión especial, la cual lo sentenció a muerte junto con el coronel Eufrasio Videla. Sin
embargo, hasta el último momento abrigábase la esperanza de salvar a D. Benigno y él mismo
así lo creía. He aquí también la prueba de esta afirmación, en la carta escrita con lápiz desde su
celda que ha conservado la piedad de su familia.
San Luis, diciembre 20 de 1841.
Señora Faustina Alba de Domínguez.
Mi madre: He visto una carta que le escribe a Paula con el Sr. Tula y por ella veo está
cuidadosa de mí.
Yo hasta la fecha estoy vivo, aunque enfermo de la ronquera pasada y gracias a Bazán
me estoy haciendo curar, aunque con grillos e incomunicado, pero creo voy mejorando.

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Mi prisión ha sido muy penosa pues he estado con otros compañeros sufriendo un
destierro de 6 meses en un lugar donde no se encontraba gente, ni carne nos daban, todo
teníamos que costearlo y lo que conseguíamos lo quitaba el oficial porque era el hombre más
asesino que había en la provincia y éste tenía orden de fusilarnos, pero no lo hizo.
Ahora hace un mes que estamos acá y se nos ha tomado declaraciones y no sabemos lo
que sucederá.
Yo lo que le pido es que no me escriba, que yo lo haré, si salgo bien con el nombre de
José Alba.
Adiós, hasta que concluya mis sufrimientos.
Benigno Domínguez.
¡Qué pronto desaparecería aquella ilusión de la vida! Al día siguiente estaba
irremisiblemente perdido.
Cuando esta carta llegó a manos de su inconsolable madre, ya había caído con el corazón
destrozado por las balas de la tiranía. Así terminó la existencia del caballeresco Benigno
Domínguez, fusilado en plena juventud, por haber defendido la noble causa de la libertad. En
Renca donde era muy querido por sus bellas cualidades, su muerte fue sinceramente llorada. El
cura párroco compuso una oración y se rezó un novenario por el sufragio de su alma. Sus
deudos, sus amigos y sus discípulos, honraron su memoria durante muchos años, concurriendo
piadosamente al templo a depositar flores y a modular aquella consoladora oración.
¡Noble mártir! No está distante el día en que tus comprovincianos, tu pueblo generoso y
culto, te tribute como a los otros compañeros de sacrificio, el homenaje reparador de la
admiración, del respeto y de la justicia.


LA TRADICIÓN PUNTANA
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74
DOCTOR JUAN LLERENA
——
EL Dr. Llerena fue principalmente un estudioso, un erudito y un fecundo escritor.
Mentalidad robusta y ágil, asimilaba todo cuanto leía y estaba siempre al corriente de los últimos
adelantes humanos, a lo cual debía esa completa información y esa competencia con que trataba los
asuntos más diversos: jurídicos, económicos y sociales; así como dominaba las ciencias agrícolas,
la geología, la astronomía y la historia universal. Pocos argentinos han realizados como él, una
labor tan vasta, múltiple y de mayores alientos.
Nacido en la ciudad de San Luis el año 1825, fueron sus padres D. Melchor Llerena, español,
y Rafaela Daract, de la distinguida familia puntana de este apellido.
Cursó estudios en Córdoba, Buenos Aires y en la universidad de Santiago de Chile,
dominado por la noble pasión de saber que absorbió toda su actividad y todas sus energías, hasta su
muerte.
Regresó de Chile en los últimos años de la tiranía, estableciéndose en Mendoza, donde a la
sazón residían sus padres. Allí fundó un periódico científico, La Ilustración, que despertó interés en
el público inteligente y tuvo, en general, buena acogida por la índole novedosa de los materiales,
destinados a divulgar los más recientes adelantos en la ciencia, artes e instituciones sociales.
En esa oportunidad, refutó a un periódico chileno que sostenía los derechos de Chile al
dominio de la Patagonia, por estar esa región abandonada en poder del salvaje y el país sometido a
los caprichos de un mandón omnipotente.
La Ilustración, con un programa muy avanzado, fue entrando poco a poco en el análisis del
estado político y social de la época, produciendo desagrado su propaganda entre la gente de
sacristía y suscitando los odios del elemento adicto a Rosas y a su sistema, cuyas consecuencias
sintió pronto Llerena, viéndose obligado a irse a Chile. Allí desplegó nuevamente su bandera contra
la barbarie y el fanatismo, y aunque alentado por los hombres más cultos y representativos, también
es cierto que fue rudamente combatido por el influyente partido de los pelucones. Había seguido la
misma ruta y el mismo destino que su ilustre comprovinciano Lafinur, el talentoso precursor del
movimiento liberal entre nosotros, con la reforma de los métodos de la enseñanza filosófica. Pero
Llerena, más feliz que el preclaro «Hijo de la Carolina», pudo regresar a su patria, y aspirar las
brisas de la libertad y reconfortarse con el nuevo espíritu que irradiaba a raíz de la victoria de
Caseros. Allí en su terruño natal, fue a plantar su tienda de peregrino del ideal y a levantar su
tribuna de apóstol, con el alma henchida de fe en los grandes destinos de la República.
El teatro era reducido; pero no importaba. Cada hombre de pensamiento cumple su misión
donde quiera que se encuentre, porque las buenas ideas, como la luz, irradian hasta los senos más
recónditos del mundo.
Encargado por el gobernador Lucero para describir una memoria descriptiva de la provincia,
dio pronto término a su trabajo, que fue utilizado y elogiado por el sabio Martín de Moussy. Con
esta base de estudios, escribió después sus cuadros descriptivos y estadísticos de las tres provincias

LA TRADICIÓN PUNTANA
75
de Cuyo, que durante muchos años han sido segura y completa fuente de informes sobre la
geografía de aquella región.
Por ese tiempo escribió también un interesante opúsculo, «Remedio contra la parálisis
política», proyecto de ferrocarril entre las provincias de Cuyo y el Paraná. Ha sido el primero que
se ha ocupado, entre nosotros, de tan trascendental problema para el país, con un conocimiento
completo del asunto.
Electo representante por San Luis a la Convención Nacional Constituyente reunido en Santa
Fe, se incorporó en circunstancias que se discutían las facultades conferidas al Congreso en
general, y en particular la de admitir, o no, nuevas órdenes religiosas en el territorio de la nación, a
más de las existentes. Dice el Dr. Zuviría, que Llerena hizo notar las contradicciones que entrañaba
este punto con la disposición, sancionada ya, sobre el derecho que tenía todo habitante de asociarse
y profesar libremente su culto, sintetizando su disidencia en estos términos:
«Si la libertad de asociación establecida en el art. º 14, es absoluta, la atribución 20 la
contraría, y si no lo es, habría debido expresarse esa excepción en el artículo que la consagró y en
el que se hallaba también comprendida la libertad de cultos, que a su vez quedaba limitada, en la
restricción del inciso 20 citado». Estas justas observaciones, expuestas con la lógica inflexible de
una sólida argumentación, fueron bien recibidas hasta por el sacerdote Lavaisse; pero al votarse la
enmienda, fue rechazada por el espíritu sectario predominante.
Con este delicado debate, hizo su entrada el entonces joven Llerena en el seno de la augusta
asamblea y con la parte activa e ilustrada que tomó en otras deliberaciones, dice el autor de los
Constituyentes del 53, «hizo vislumbrar a la curiosa mirada de los presentes, al amanecer del sabio,
del íntegro, del bueno y del futuro estadista».
Terminada la gran obra de la Convención, dedicóse Llerena a viajar por el Brasil, Chile y el
Perú. Recogió en su peregrinación importantes elementos de estudio y escribió siempre contra la
anarquía, el desorden y el atraso colonial, abogando por el afianzamiento de las instituciones
adelantadas que acababa de darse la República.
En 1865, fue electo senador por San Luis y en el congreso lució, una vez más, sus dotes de
orador, su saber y el conocimiento cabal de las necesidades del país, las que procuró satisfacer con
una serie de proyectos, bien acogidos, por las miras patrióticas que los sustentaban. Entre los de
mayor oportunidad y trascendencia, merece una mención especial el relacionado con la línea de
fronteras(1). Fijaba como límite militar de las mismas, la formada por el río Neuquén, desde su
nacimiento en los Andes hasta su confluencia con el Río Negro, y desde aquí hasta su
desembocadura con el Océano. A las tribus indígenas comprendidas entre la línea de fronteras de la
época y la barrera natural de aquel río, se le reconocería el derecho original de la posesión del
territorio que les fuera necesario para su existencia, en sociedad fija, pacífica y sometida a la acción
civilizadora, previos convenios con las que voluntariamente la aceptasen o que fueran reducidas
por la fuerza.
Para este último caso se organizaría una expedición; se fundarían establecimientos militares
en la margen izquierda de esos ríos, donde el P. E. lo estimara más conveniente para su completa
seguridad.
Se autorizaba la exploración del Río Negro, la construcción de una línea telegráfica y se
disponían las condiciones, el tiempo y la extensión de las tierras con que debía gratificarse a todos
los que tomasen parte en la expedición, ya como fuerzas regulares o voluntarios agregados.
(1) Idea brillantemente expuesta en el folleto. «Las Tres Premisas de la situación», publicada en 1866.

LA TRADICIÓN PUNTANA
76
Este gran proyecto fue convertido en la ley Nº 215; pero su ejecución fue postergada por las
atenciones absorbentes de la guerra del Paraguay y los levantamientos del interior, que distrajeron
y malgastaron tantas energías vitales para el porvenir de nuestro país. Sin embargo, las sesiones de
1870, el doctor Llerena al P. E. por la demora en dar cumplimiento a una ley tan necesaria y
previsora y de aquí surgió el plan incompleto de Alsina, que combatió Roca desde Río IV. Cuando
este último fue nombrado ministro de la guerra, elevó un mensaje al congreso, en 1878, por el cual
se obtuvo una ley mandando cumplir la Ley Llerena sancionada el 67. El general Roca fue, pues, el
ejecutor inteligente y afortunado de ese gran pensamiento, que será siempre uno de sus mejores
títulos a la gratitud nacional. A esa obra queda igualmente vinculado el nombre del doctor Llerena.
*
* *
Como representante por San Luis, el doctor Llerena hizo votar fondos para la construcción
del dique de los Funes. El año 58 se había hecho en el mismo sitio una represa por acciones, con el
nombre de Muralla de San Antonio; pero al poco tiempo una gran creciente la destruyó. El 63 se
encargaron los estudios al ingeniero Pompeyo Montea, el inteligente Vulpiani de aquellos tiempos,
contratado por el gobierno nacional para realizar estudios de esa índole en toda la República.
Terminado su período de senador, figuró el doctor Llerena entre los fundadores del Banco
Nacional, y como secretario, organizó su administración y proyectó importantes resoluciones para
facilitar el desenvolvimiento y asegurar el éxito de esta institución de crédito.
Nombrado por el gobierno de la provincia de Buenos Aires, miembro de una comisión para
estudiar los últimos progresos de la ganadería y en la agricultura en los Estados Unidos, Inglaterra
y colonias inglesas, reunió en una obra de doce volúmenes, cuanto dato, informe y estudio se
relacionaba con su misión.
Se trata de una obra de consulta, erudita, completa y adecuada a sus fines, que ha tenido su
influencia en la rica provincia bonaerense, porque ha servido no sólo al agricultor y al estanciero,
sino también al industrial y al legislador, preocupado por el fomento de esa rama de la riqueza
pública.
Como resultado de ese viaje, dio a la publicidad otro trabajo de gran aliento, «Fisiografía y
meteorología de los mares del globo», recomendado por el almirantazgo inglés y premiado en la
Exposición de Chicago.
Hasta su aparición, según la crítica autorizada, no se había publicado una obra tan variada,
completa e interesante sobre la materia; mereciendo ser editada en dos gruesos volúmenes por la
Sociedad Científica Argentina.
Desde entonces se encerró en su casa de Belgrano, cortando toda comunicación con el
mundo, que no fuera con el movimiento científico universal, como la activa correspondencia con
Mr. Gould, director del observatorio astronómico de Córdoba. Cuando éste sabio publicó sus
notables trabajos astronómicos, Llerena los analizó minuciosamente, causando el asombro de Mr.
Gould quien sintetizó su juicio sobre el estudio de nuestro comprovinciano, en estos términos: no
creía que en este país hubiera quien juzgara con tanta competencia mi obra.

Con este motivo escribió Llerena sus Tablas astronómicas, su astronomía universal y la
astronomía solar, trabajos que no han sido apreciados debidamente entre nosotros por falta de
divulgación.


LA TRADICIÓN PUNTANA
77
Juan Llerena
Sus únicas salidas por aquel tiempo, fueron para ir a San Luis, en los meses de verano, a
gozar de su hermoso clima, en una modesta vivienda, bajo las frondosas higueras de frutas
exquisitas y de la fresca alameda que bordea la gran acequia que atraviesa la finca. Y allí, en
aquella tranquilidad inalterable de su retiro, sin preocupaciones sociales, entregado completamente
a la naturaleza del terruño, volvía a reanudar su trabajo y siempre escribía.
En 1880 fue comisionado por el gobierno de San Luis para arreglar con el de Córdoba la
cuestión de límites entre ambas provincias. Con tal motivo presentó un notable memorandum al
representante de Córdoba doctor Jerónimo Cortez, fundando nuestros derechos en antecedentes
históricos y jurídicos ilevantables. Después de una larga discusión se arribó a un convenio ad-
referendum
, previo asentimiento de ambas partes. Sometido el tratado a la aprobación de la
legislatura puntana, ésta lo rechazó sin dar ningún fundamento, causando esa actitud la sorpresa
consiguiente. Sin embargo el doctor Llerena había previsto el resultado, como se verá en la carta
que insertamos a continuación:
«Belgrano, octubre 18 de 1881.
Señor doctor Jerónimo Cortez.
«Muy distinguido y estimado amigo: Contestando a sus apreciables de 14 y 15 del corriente,
digo a Ud. que el resultado de nuestra negociación no debió sorprenderlo; pues ya se lo había
anunciado en una anterior.
«Como el tratado era sólo un arreglo ad-referendum, el gobierno de San Luis ha podido
hacer lo que ha hecho y tiene perfecto derecho para ello; y como en todo esto no hay otra víctima
sacrificada que yo mismo y esa víctima está conforme con su sacrificio, ¿por quién puede uno
dejarse sacrificar con gusto sino con su patria y por los suyos? Nada hay perdido para nadie.
.......................................................................................................................................

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«Por lo que toca a Ud. amigo mío y su gobierno, nada pierden en su fracaso. Por
consideración a mi persona, según Ud. me lo asegura, y como una muestra de benevolencia hacia
una provincia hermana, ambas consintieron en ceder algo de lo que Uds. creían en derecho,
acordando unas tres a cinco leguas cuadradas, sobre los límites reconocidos públicamente ante el
congreso por las declaraciones mismas de la provincia de San Luis
, según se ve por los
documentos impresos del Senado.
«Yo por mi parte he reconocido y he agredecido esa benevolencia, y al remitir el tratado al
gobierno de San Luis, hacía presente, en mi nota de remisión, la noble conducta de su gobierno y
de su digno comisionado.
«Si todos ganan con esta declaración, no me considero yo mismo lesionado con el resultado
que las circunstancias han dado al arreglo. Todo es tal vez negocio de persona o de tiempo; y lo que
hoy no es aceptable, mañana lo será, mediante un nuevo cambio de nombre de persona, de lo que
de mi parte estoy muy lejos de ofenderme. Así es el mundo, y ¿qué es lo que ha llegado a respetar
jamás la corriente impetuosa de sus pasiones e intereses? ─Su afmo. S. S. Juan Llerena».
Pero, ahora se nos ocurre preguntar, ¿qué causas tuvo la legislatura para rechazar el referido
arreglo?
Nunca se dijeron oficialmente; pero luego se supo que el gobierno puntano había enajenado
grandes extensiones de campo en la zona litigiosa y que, ante intereses puramente privados, había
aconsejado ese temperamento.
Nombrado árbitro el presidente de la República, su fallo se produjo el 83, tomando como
base el convenio Llerena-Cortez y ajustándose a su espíritu. Pueden los estudiosos comparar ambos
documentos para que se vea con cuanta filosofía había dicho el señor Llerena en la carta que
transcribimos: lo que hoy no es aceptable lo será mañana, y la razón para hacer entrever que la
cuestión definitiva quedaría reducida a un cambio de nombre y de persona.
Sin embargo, el gobierno de San Luis quedó muy satisfecho. Después del fallo se le adjudicó
en la jurisdicción nacional un grado más por el sur, desde el 33 al 36, donde encontraron, muchos
privilegiados de la política reinante, una mina inagotable para sus especulaciones particulares.
*
* *
Nuestro eminente comprovinciano, ilustró también la cuestión de límites con Chile y publicó
en La Nación un interesante estudio sobre el Divortio aquarum continental. Era uno de los más
conocedores de la cordillera andina, habiendo dedicado varios años a recorrerla y a explorarla en
todo sentido. Cuando se terminó el litigio, se tranquilizó su espíritu, preocupado durante 40 años de
la cuestión límites.
Y su patriotismo y su celo de pensador avanzado, estaban también satisfechos al contemplar
el grado de cultura del país y al admirar sus progresos: el desierto entregado a la civilización, todas
las provincias y territorios ligados por ferrocarriles y telégrafos, tal como él lo había imaginado; la
obra de la constitución afianzándose, con la República en marcha hacia sus grandes conquistas
económicas, políticas y morales.
Ya en los últimos tiempos, publicó una novela, Theodora, emperatriz de oriente, estudió
sobre las leyes y la religión de la Europa moderna. Y siguió escribiendo febrilmente, llenando
cuartilla tras cuartilla que iba amontonando en cuadernos, en resmas, en pilas. Era una máquina de
producir y se cuidaba poco de la forma literaria. Se apoderaba del tema, de la idea fundamental y la

LA TRADICIÓN PUNTANA
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desarrollaba con concisión, apresurado por llegar al punto final. Parece que se proponía dejar
constancia de su vasto saber y del vigor de su cerebro privilegiado y siempre en actividad.
A los 72 años decía: «estoy fuerte y en estado de publicar mis trabajos que aun no pueden ser
bien apreciados por un público aferrado a los viejos moldes intelectuales».
Fue el más joven de los constituyentes del 53 y el último sobreviviente de aquella gran obra,
para ofrecer a los presentes, como dice un distinguido escritor que le ha hecho justicia, «dentro del
viejo y duro crisol del pasado, la antigua forma, el noble modelo de esa exquisita probidad, saber,
modestia y virtudes que hicieron la gloria de aquella augusta corporación».
Esta vida tan activa y útil se apagó en Buenos Aires el 14 de marzo de 1900 a los 75 años de
edad, después de haber consagrado más de 50 a servir al país, en distinta forma y destinos y
desapareció sin llamar casi la atención, como había vivido durante el último tercio de su existencia;
sólo conocido de algunos viejos e íntimos compatriotas y de unos pocos comprovincianos que de él
sólo sabían la fama vulgar de ser un hombre raro. Su obra no estaba al alcance de esa mediocridad
intelectual que constituye el mayor número y que son hasta los dirigentes, allá en las ínsulas de
tierra adentro.
No sabemos que el gobierno ni el pueblo de San Luis, que tuvo el honor de estar
representado por el doctor Llerena en la convención constituyente y en todas partes donde fue
solicitado el concurso de su ilustración y de su experiencia, no sabemos, repetimos, que haya
tributado ningún homenaje a su memoria, no obstante haberle prestado tantos servicios, hasta
últimamente, cuando escribió una monografía sobre la provincia para completar los datos del
último censo nacional. Pero no importa; la justicia vendrá, porque hay que tener fe en los
sentimientos y en la cultura de los pueblos.
*
* *
Poco después de su muerte llegaba yo al hogar de los suyos, que me dispensan su amistad, y
pedía permiso para penetrar en su gabinete de estudio, con ese respeto que siempre me ha inspirado
la virtud y el saber.
Allí me encontré con una obra inédita, inmensa, extraordinaria, acumulada en tantos años de
una labor excepcional y tan variada, como la vasta ilustración del autor. Debí limitarme a tomar
nota de ella, encontrando en su mayor parte listas para ser publicadas las obras siguientes:
Las Edades Geológicas o Historia de la Evolución del Globo Terrestre hasta la edad
actual─ Dividida en seis libros o secciones correspondientes a otras tantas edades.
El Planeta Terrestre.─Fuerza y agentes subterráneos en su acción sobre la corteza terrestre.
Historia Universal. ─Siete grandes monarquías sucesivas de la antigüedad.
Historia de Egipto, antigua y moderna.
Historia de la Etiopía antigua.
Historia Hebrea.
Astronomía Universal.
Astronomía Solar.
Tablas astronómicas.
Cosmogenia de la Naturaleza universal y terrestre.
El Mundo Moderno. ─La evolución histórica.
La Evolución del Ideal, de la ley en el tiempo y en la inteligencia.


LA TRADICIÓN PUNTANA
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Fisiología Vegetal y animal. ─Sus progresos y su estado actual.
La Física y sus progresos.
Es tan difícil analizar esta producción inédita como seguir el vuelo del espíritu superior que
la ha generado. Quede por lo menos constancia de ella, en estas breves páginas, para que otros
mejor dotados emprendan la ardua tarea de aquilatar su mérito y desentrañar sus grandes y
fecundas enseñanzas.
El talento universal del Dr. Juan Llerena y sus grandes servicios al país, hacen de él una de
las figuras más eminentes y respetables de la República.
————

LA TRADICIÓN PUNTANA
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Tomás Varas
——
Es uno de los puntanos de más distinguida actuación en la época colonial y de los
primeros en adherirse a la causa emancipadora, cuyos ideales sirvió con verdadero desinterés.
Alistado como voluntario en 1783 en la compañía de la nobleza, prestó importantes
servicios en la frontera en San Lorenzo, los cuales fueron premiados con ascenso en calidad de
ayudante mayor del grave comandante general de armas D. Juan de Videla, rara distinción para
un nativo. En 1796 acompañó a su jefe como secretario en la gira que realizó por la campaña,
buscando mejorar la vigilancia policial y remediar en lo posible las más imperiosas
necesidades de los reducidos núcleos de la población rural. Una prueba de la confianza que
supo inspirar el secretario está en el hecho de habérsele confiado interinamente, por
enfermedad del titular, la comandancia general y las delicadas funciones de sub delegado de la
real hacienda. Nueve años desempeñó el cargo de ayudante mayor y cuatro el de teniente del
regimiento de voluntarios, a entera satisfacción de su jefe y como lo certificó el cabildo en
1806, en mérito a sus altas calidades e irreprochable conducta.
Durante las invasiones inglesas reunió las milicias de la ciudad para conducirlas al
Morro, designado como punto de concentración. Pronto a marcharse, fue detenido unos
cuantos días por una gran nevada y durante ese tiempo facilitó gratuitamente sus potreros de
alfalfa para la caballada y sostuvo a sus expensas la tropa compuesta de 180 soldados. El 20 de
julio entregó las fuerzas en el Morro al capitán Juan Basilio Garro, donde ya se habían reunido
más de 300 plazas entre puntanos y el contingente venido de Mendoza. Para costear estas
tropas a Buenos Aires, Varas levantó una suscripción entre el vecindario, contribuyendo él con
trescientos pesos, lo cual certifica el ministro de la real hacienda José de Mayorga.
Mientras marchaban estas fuerzas, quedóse en San Luis a prepar un nuevo contingente y
tuvo que atender en persona a la defensa de frontera, invadido el sur de Río V por una
numerosa indiada de las tribus del famoso cacique Carripilun. Rechazados los ingleses de
Buenos Aires y pacificada la campaña, fue ascendido a capitán del regimiento de voluntarios,
solicitando entonces su retiro militar para atender sus intereses particulares. En esa época se
hizo cargo de la construcción de la cárcel.
Hacía varios años que el cabildo había pedido autorización al gobernador intendente de
Córdoba para construir la cárcel y la sala capitular, de acuerdo con los planos trazados por D.
José Ximénez Inguanzo. Al fin se había proveído lo siguiente: «Vistos-Excepción acordaba el
Cabildo de San Luis, a fin de que cuide del modo que considere más útil la recaudación de sus
propios, que deberá depositar en un arca destinada a ese efecto, con tres llaves que existirá la
una en poder del alcalde de primer voto, otra en el regidor más antiguo y otra en el mayordomo
de propios que anualmente nombrará y aprobándose el plano que ha remitido, prevéngasele
que los sobrantes que ha reunido y los que en adelante resultaren, podrá invertirlos en la obra
de la casa capitular y cárcel, llevando cuenta documentada, destinando al trabajo vagos y reos

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de delitos leves por el tiempo que los respectivos jueces estimen de justicia»...Pero el cabildo
no podía reunir lo suficiente para comenzar las obras y a fines de 1807 recurrió al vecindario
pidiéndole su cooperación en toda forma. En esa circunstancia se ofreció D. Tomás Varas a
ejecutar las obras por su cuenta, acordando el plazo que necesitaran para pagárselas. Él fue el
constructor del cabildo, cárcel y sótano donde se encerraba a los criminales, edificio levantado
en el costado oeste de la plaza.
También reedificó la capilla de Santa Catalina en el convento de predicadores, mejoró la
toma y abrió la acequia principal que conducía el agua a la ciudad, compuso los caminos y
prestó su ayuda a otros trabajos públicos. Por seguro que nadie pensó en acabar de pagar esos
trabajos; el cabildo se renovó, vinieron los tiempos de la revolución y el señor Varas, como
buen patriota, debió resignarse a dar por caducado su crédito.
En 1810 fue un activo agente de la Junta de Buenos Aires y cuando se levantó el
empréstito para conducir el primer contingente que debía incorporarse a la expedición al
interior, comandada por Ortiz de Ocampo, además de una cuota voluntaria, costeó el prest y
cabalgadura a dos soldados hasta Córdoba, uno por él y otro a nombre de su hijo Domingo de
los Ángeles. Poco después prestó así mismo quinientos pesos destinados a abonar el sueldo de
la tropa.
En 1812 se presentó al teniente gobernador haciéndole presente que no obstante el
delicado estado de su salud y su numerosa familia, compuesta de once hijos menores de edad,
no podía permanecer indiferente a la causa de la patria y venía a ofrecer su concurso
desinteresado, como capitán, para conducir a Buenos Aires los cien granaderos voluntarios que
se habían enrolado, costeándose por su cuenta con cabalgaduras y peones, a fin de ahorrar al
Estado siquiera un oficial subalterno. Al pie de su solicitud recayó la providencia siguiente:
«San Luis, julio 23 de 1812. Admítese a este capitán la generosa oferta que hace en beneficio
de la patria, acreditando en ella sus distinguidos servicios, que le aumentan nuevos méritos a
los muchos que tienen hechos y en su consecuencia le nombro comandante militar de la
marcha de los cien granaderos, como oficial en quien concurren las circunstancias que se
requieren para tal empleo y también por ser de la entera satisfacción del pueblo y del gobierno,
dándole parte al Excmo. Gobierno, con testimonio memorial y mi decreto y dejándose copia en
el libro del diario para su constancia. José Lucas Ortiz.─ Teniente Gobernador y comandante
de armas de esta ciudad de San Luis de Loyola y su jurisdicción».
Después que condujo la tropa a Buenos Aires, el superior gobierno le otorgó el grado de
capitán, siendo el primer título que confirió el gobierno patrio y, por lo tanto, don Tomás Varas
es el oficial más antiguo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Estos honrosos
antecedentes los he sacado del Archivo de la Nación.
En la capital puntana continuó figurando entre los ciudadanos y oficiales más
prestigiosos. El teniente gobernador Dupuy, al certificar los servicios de Varas dice: «Que
desde su llegada a hacerse cargo del mando, fue informado generalmente de los méritos de ese
oficial modelo considerándole como el vecino que manifestaba mayor adhesión a la sagrada
causa de la patria y al interés más vivo por todos sus sucesos». Declara también que por la
escasez de numerario, ha suplido varias veces el sueldo de las tropas, haciéndose recomendable
a la patria por tantos servicios. En mérito de estos antecedentes el Supremo Director del
Estado le otorgó, en 1818, el grado de Sargento Mayor, con todas las gracias, excepciones y

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83
prerrogativas que por este título le corresponden.
Poco más tarde contribuyó a sofocar la conspiración realista del 8 de febrero,
condecorándosele con la medalla decretada: A los que defendieron el orden en San Luis. En la
comunicación por el Superior Gobierno al teniente coronel Dupuy, remitiendo las medallas, se
lee este párrafo que bien merece grabarse en una página de bronce: «Al presentar U. S. a esos
beneméritos ciudadanos esta demostración del aprecio con que el gobierno mira sus servicios,
les hará U. S. entender que la patria les será siempre muy reconocida por ellos».
Después de estos sucesos, encontrándose achacoso e imposibilitado de continuar la
carrera militar, solicitó y obtuvo su retiro, en términos honrosos.
Y vino el año 20 con los levantamientos, con el desorden y la anarquía general. En San
Luis, solamente la férrea mano de Dupuy los había contenido inter fue necesario hacer frente a
la guerra de la independencia americana.
El cabildo se había renovado con elementos conservadores y completamente adictos al
teniente gobernador. Sin embargo el austero mandatario se había dado cuenta de la
descomposición general y se anticipó a presentar su renuncia. El cabildo alarmado envióle una
delegación para pedirle que si el pueblo de San Luis le merecía alguna estima, no lo
abandonara en tan difícil situación. Al fin Dupuy prometió esperar unos días hasta que el
pueblo en plena libertad resolviese sobre sus propios destinos. El elemento agitador puso
entonces a la cabeza a D. Tomás Varas como uno de los ciudadanos más prestigiosos, el cual,
en unión con D. José Santos Ortiz, solicitó la reunión de un cabildo abierto, celebrado el 15 de
febrero, resolviéndose en él reemplazar las autoridades locales a invitación de los demás
pueblos que asumían su propia soberanía. Nombróse entonces interinamente alcalde de primer
voto a D. Tomás Varas, el cual de hecho quedó al frente del gobierno. En un segundo
plebiscito se confirmó la nueva autoridad y la corporación comunal tomó el titulo de Cabildo
Gobernador
, con atribuciones para entender en todos los asuntos de carácter político, militar y
de hacienda. El hábil político D. José Santos Ortiz consiguió hacerse de mayoría en el cabildo,
eliminando a Varas y haciéndose elegir presidente de dicha corporación.
En la campaña fue mal recibido este nombramiento y se elevó una representación,
encabezada por el licenciado D. Santiago Funes, fundada en que contra la voluntad de la gran
mayoría de los habitantes de la provincia se había eliminado del gobierno a D. Tomás Varas.
Este se había dirigido a los amigos de la campaña para ver de producir un movimiento de
opinión que le restituyera el poder. Pero Ortiz estaba advertido y con tiempo había tomado sus
precauciones para desbaratar cualquier plan subversivo.
D. José Santos asumió la dictadura, mandó sumariar y detener a Funes, y Varas tuvo que
alejarse a Mendoza desde donde alentaba a sus partidarios y a los descontentos con la nueva
situación. En mayo de 1822 el gobernador de Mendoza D. Pedro Molina le avisó a Ortiz que
allí se conspiraba contra su autoridad y que el mayor Lucas Adaro se dirigía a San Luis con un
grupo de puntanos con la intención de alterar el orden.
Con esta denuncia recibió otras comunicaciones de sus agentes secretos, en las cuales se
le daban mayores detalles del plan subversivo. Inmediatamente el gobernador Ortiz mandó
instruir un sumario contra Varas, su hijo Domingo y muchos otros, citados como principales
agentes de la conspiración.

LA TRADICIÓN PUNTANA
84
Hubo, pues, declaraciones comprometedoras relacionadas con la indirecta participación
de D. Tomás, quien parecía no haberse resignado a tolerar en silencio el afianzamiento de su
poderoso rival, circunstancia que lo alejaba cada vez más de volver al gobierno. Sin embargo
el hombre negó toda participación y confiado en su inocencia se vino a San Luis con su
familia. En cuanto llegó a la capital puntana, fue detenido e incomunicado en la cárcel. Por fin,
se le tomó una extensa declaración que él aprovechó para defenderse con altivez, contestando a
todos los cargos y calificando de calumniosas las afirmaciones de ciertas personas interesadas
en perjudicarle. Tengo a la vista el voluminoso sumario, en el cual desfilan todas las
personalidades del reducido escenario político y social de San Luis, y en verdad que si de sus
declaraciones no aparece plenamente establecida la culpabilidad del mayor Varas en el plan
siniestro que se atribuía a los conspiradores, es innegable su indirecta cooperación y su interés
manifiesto de arrojar del gobierno a D. José Santos Ortiz.
Este enérgico mandatario, decidido a castigar ejemplarmente toda tentativa de alterar el
orden, procedió manu militari y, de acuerdo con el fiscal, condenó a muerte a D. Tomás Varas
y a muchos otros ciudadanos por el «atroz delito de conspiración». Es fácil imaginarse la
terrible sorpresa que experimentaría el respetable anciano con una tan inesperada como
rigurosa sentencia; pero, repuesto de su primer impresión, se puso a escribir un extenso
memorial en el cual refutaba uno por uno todos los cargos, analizaba la vista fiscal y terminaba
por confiar en la justicia. La terrible sentencia fue modificada, pues parece que ella solamente
obedecía al propósito de producir una honda impresión en el ánimo de tanto descontento contra
el gobierno, conmutándose la pena impuesta por la de multa y destierro a Córdoba, donde el
mayor Varas quedaría a disposición del gobernador y capitán general de esa provincia. D.
Tomás Varas y un tal Sosa, fueron los únicos castigados, porque los otros ciudadanos,
señalados como jefes de la revolución, se escaparon a Chile, lo cual convenía a los fines
políticos del astuto gobernador Ortiz. Producido el efecto buscado para detener las
maquinaciones que venían trabando su acción administrativa y política, poco después
proclamaba la amnistía general, merced a la cual se tranquilizaban los ánimos y renacía la
concordia en la familia puntana.
El mayor Varas pudo regresar a su pueblo natal para rehacer su fortuna menoscabada,
rehusando intervenir en la política, y con la firme decisión de no aceptar ningún cargo público.
Allí pasó sus últimos años en el retiro de su honorable hogar, respetado de todos, hasta su
fallecimiento acaecido en 1838.
Por sus desinteresados y oportunos servicios prestados a la patria, por su espíritu
progresista y emprendedor y su gran cultura, bien merece figura en sitio de honor al lado de los
más distinguidos hijos de San Luis.
————

LA TRADICIÓN PUNTANA
85
Jacinto Roque Pérez
——
A la memoria de Tránsito
Pérez de L. Lucero.
Muchos son los modestos servidores de la patria, oriundos de la provincia de San Luis,
cuyos nombres permanecen en el olvido, no obstante haber contribuído en el radio de su acción
propia y colectiva, con esfuerzos y sacrificios generosos a la liberación de América.
La indiferencia por lo que atañe a nuestro pasado y el afán de lo extraordinario, con que
se nutren las sociedades en su iniciación épica, ha contribuido a fijar sólo en las tradiciones del
pueblo, las figuras romancescas con altos y homéricos relieves.
Época en que el heroísmo era la virtud excelsa, se han ido dejando de lado los servicios
subalternos; pero no por eso menos desinteresado y recomendable, como son las glorias
anónimas del soldado de fila, que soportó lo más cruento de las fatigas y de la lucha redentora.
Tal es la historia de tanto valiente, que ha cruzado como torbellino por los campos de batalla
de la revolución para hundirse después en las sombras, sin dejar huellas ni recuerdos a su
posteridad, más allá del reducido círculo de la familia, cuando tuvieron la fortuna de volver al
hogar de sus mayores. Pero nosotros, venidos a recibir los beneficios de su obra, faltaríamos a
un deber elemental si de tarde en tarde no fuéramos exhumando sus títulos a la pública
consideración, al pasar revista a los tiempos pretéritos y al evocar de sus penumbras los hechos
y las figuras de cruzada inmortal.
Ellos, entonces, se nos aparecen como fueron: sencillos, disciplinados, resueltos,
estoicos; clavando su mirada en lo vago y misterioso para interrogar al destino; ahogando todas
las afecciones para condensar las energías de su corazón fuerte, en la sola y profunda emoción
de la patria, vislumbrada, a lo lejos, entre los celajes del humo y las llamaradas del combate, en
esas obras de suprema decisión.
Tales reflexiones se nos ocurren a propósito de un puntano modesto, tronco de una de las
familias más vinculadas a la sociabilidad sanluiseña, que, allá en los días legendarios de la
expedición libertadora al Perú, sentó plaza de soldado voluntario y vistió el lucido y honroso
uniforme de granaderos a caballo.
Era casi un niño, pero llevado por los impulsos de su alma ardorosa, se condujo, desde
luego, como un veterano, mereciendo rápidos ascensos y singulares distinciones de los que
nunca hizo alarde ni nada costaron a la República, porque después de sus campañas, ni reclamó
sueldo ni otras recompensas, satisfecho más que todo, de haber cumplido un deber cívico,
impuesto por las graves circunstancias de aquel momento histórico.
Nos referimos al capitán D. Jacinto Roque Pérez, con cuyo nombre encabezamos estas
breves líneas y cuyos servicios militares, por primera vez salen de la tradición privada de la

LA TRADICIÓN PUNTANA
86
familia, para hacerse públicos y divulgarse principalmente allá, en su pueblo natal, donde sus
descendientes deben perpetuar su herencia moral, templando y levantando su espíritu para las
luchas ennoblecedoras del civismo abnegado.
*
* *
Nació Jacinto Roque, el 15 de agosto de 1799, de padres austeros, vinculados a familias
de viso en la tradición española y colonial, venidos por la vía de Chile a poblar la región
cuyana, y establecidos en una de las reales mercedes otorgadas por el monarca a sus leales
servidores.
Entre sus antecesores, se cuentan los terratenientes Pérez y Pérez Isleño, herederos de
una vasta zona que abarcaba ambas márgenes del Río Quinto, en las proximidades de San
Lorenzo y fronterizos con los límites con el reino de Chile, que como se sabe, comprendía las
provincias de Cuyo hasta la creación del virreinato del Río de la Plata, en 1776(1).
Nada digno de mencionar hay en los primeros años de una vida, pasada en las
ocupaciones pastoriles, en aquellas desiertas regiones, sin comunicaciones casi, ni elementos
de cultura, hasta que llegó el momento de abandonar el hogar, para lanzarse a una empresa
temeraria, cediendo tal vez a los impulsos atávicos del alma aventurera y soñadora de sus
antepasados.
Chile había sido libertada por las gloriosas jornadas de Chacabuco y Maipú; pero el
vasto plan del general de los Andes, sólo se había desenvuelto en su primera etapa; el objetivo
era el Perú, centro poderoso de los recursos y de la resistencia del poder español.
En los batallones de la campaña, allende la cordillera y en todo el sur de Chile, las balas
enemigas habían dejado claros que era urgente llenar y, como en 1814, volvióse a ofrecer a los
valientes hijos de Cuyo, un puesto en las filas del ejército para expedicionar a la ciudad de los
Reyes.
Con tal propósito, llegó a la ciudad de San Luis el capitán de granaderos a caballo, D.
Mariano Necochea, y debidamente secundado por el gobernador Dupuy y otros patriotas, tuvo
un éxito fácil su misión. Los dignos comprovincianos de Pringles no se hicieron esperar,
acudiendo presurosos y resueltos a enrolarse más de dos mil ciudadanos de toda la campaña y
doscientos de la reducida ciudad, es decir, todo hombre útil para empuñar un sable o cargar un
fusil, dada la escasa población de entonces, siendo de advertir que en su mayoría, sentaron
plaza de voluntarios, contándose entre estos el joven Jacinto Roque Pérez.
¡Hermoso ejemplo de lo que puede hacer un pueblo animado de la noble pasión de la
libertad!
El héroe de los Andes, conmovido por tal rasgo, dirigió una honrosísima comunicación
al gobierno, en la que llama «heroica» a la ciudad de San Luis y califica de «sublimes» los
(1) El teniente Vicente Pérez por su matrimonio, D.ª Inés Gómez Isleño, heredó dichas tierras, quedando
una buena fracción a Andrés Pérez a quien en 1737, puso en posesión de ellas el hinchado personaje D.
Miguel de Vilchez, maestro de campo, lugarteniente, corregidor y justicia mayor, gobernador de armas, etc.
Igual posesión otorgó a los herederos de Micaela Pérez, los Quiroga y otros.─ Datos del ingeniero Germán
Avé Lallemant.


LA TRADICIÓN PUNTANA
87
sentimientos de sus habitantes. Este juicio, nada menos que de la gloria más legítima de
América, es el mayor título y la mayor recompensa que puede otorgarse al pueblo puntano ante
la posteridad y ante las consideraciones del país entero.
Pero, continuemos con la tarea del reclutamiento.
Los bisoños soldados iban engrosando las filas y para su conveniente organización y
disciplina, se eligió un campo de maniobras en las cercanías de la ciudad, en el hoy lugar de las
Chacras, distinguiéndose en esta obra los oficiales Tomás Luis Ossorio, José Gregorio
Calderón, Juan y Esteban Adaro y otros que figuraron en las tropas auxiliares de San Luis.
A fines de 1819, medianamente armados y uniformados, marcharon a Mendoza para
pasar a Chile, y en Rancagua se incorporaron las tropas puntanas al famoso regimiento de
granaderos a caballo.
El joven Jacinto Roque Pérez formó en la 2ª campaña del 2º escuadrón, comandado por
el capitán Miguel Cajaraville.
*
* *
Alea jacta est! Los dados del destino estaban tirados, desde que, ya todo listo, se reunían
las orgullosas e invencibles naves en el puerto de Valparaíso para irse sobre el Perú. Pérez se
contó entre los legionarios de la famosa expedición y al desembarcar en Pisco, el 8 de
septiembre de 1820, fue ascendido a cabo 2º: era casi un veterano para quien se abría un vasto
horizonte a sus ambiciones de soldado.
Jacinto Roque Pérez
Poco después, a las órdenes del valiente Lavalle, hizo la jornada de Jauja, para
encontrarse luego en Pasco, centro poderoso de la resistencia española en la Sierra. Allí la
caballería argentina cargó, denodadamente, sobre la enemiga, llevándose todo por delante y
atravesando el pueblo de ese nombre, como un huracán devastador hasta que no hubo a quien

LA TRADICIÓN PUNTANA
88
acuchillar. A los dos días de la victoria, lucía nuestro cruzado, con una honrosa herida, las
jinetas de sargento 2º, en premio a su valor.
Iniciada la campaña de Chancay, fue promovido a sargento 1º, el 6 de julio de 1821, en
el teatro mismo de la hazaña de Pringles y poco después de la entrada en Lima, el 10 de
octubre, recibía los despachos de alférez.
Se encontró más tarde en la batalla de Junín y a los ocho días de la victoria, fue
ascendido a teniente, el 14 de agosto de 1824. permaneció en el Perú hasta la terminación de la
campaña con la victoria de Ayacucho, siendo uno de los pocos que regresaron a la patria con el
coronel Félix Bogado, conductor de aquel puñado de valientes, los últimos restos de un ejército
que ilustró el nombre argentino, desde los Andes chilenos, hasta las alturas del Pichincha(1).
Una vez en Buenos Aires, se apeaban en la puerta del histórico cuartel del Retiro,
pudiendo contar, recién, las etapas del camino, inscriptas en sus espíritus con caracteres
indelebles:
Embarco de Valparaíso, acción de Jauja, batalla de Pasco, toma de Lima, combate de
Calama, Torata, sitio del Callao, Junín y Ayacucho.
Tenían derecho al descanso. Rivadavia otorgó a Pérez, el diploma de capitán, el 20 de
marzo de 1826 y luego el permiso para regresar a su provincia natal. Entonces, formó su hogar,
casándose con Eusebia Moyano, nieta del maestre de campo D. Jacinto de Quiroga, e hija de
Patricio Moyano y Quiroga y de María del Tránsito Fernández y Quiroga.
Incorporado a los dragones auxiliares de San Luis, el 15 de agosto de1830, en este
cuerpo hizo la defensa de fronteras, encontrándose en el campo del Lechuzo contra los indios y
en la campaña del desierto en 1833, bajo las órdenes del general Ruiz Huidobro quien, de
acuerdo con el plan de Rosas debía atacar por las fronteras de Córdoba y San Luis, mientras
Aldao cortaba la retirada por los pasos andinos. De todos estos servicios dan testimonios,
documentos que llevan la firma de los gobernadores Prudencio Vidal Guiñazú y José Gregorio
Calderón.
Durante la tiranía, se retiró a la vida privada, dedicándose a los cuidados de su familia y
las faenas pastoriles. Funcionaba ya el gobierno de la Confederación, cuando un buen día
recibió sus despachos de capitán del ejército nacional, que llevan la fecha 29 de diciembre de
1859, remitidos, desde el Paraná, por el general Pedernera, quien lo recuerda como compañero
de armas y lo felicita por la merecida justicia a sus méritos y dignos antecedentes. El capitán
Pérez, al agradecer el honor, hace constar que jamás solicitó ni hizo diligencias para obtener el
reconocimiento de sus servicios, sintiéndose harto recompensado con ese acto de espontánea
reparación.
(1) Regimiento de Granaderos a caballo de los Andes. ─Desaguadero, en marcha. Enero 17 de 1825:
─Aunque juzgo que el Sr. General en Jefe del Ejército de loa Andes, haya notificado V. E. la pasada de la
División del mismo a mí mando creo en mi deber poner en su conocimiento, pues ya me hallo en marcha
para la capital de Buenos Aires y dentro de dos días debo pasar por los que manda V. S.
Con este motivo tengo el honor de ofrecer a V. E. mi consideración y respecto.
J. FÉLIX BOGADO.
Excmo. Se. Capitán General de la provincia de San Luis.

LA TRADICIÓN PUNTANA
89
Poco después de Pavón, y encontrándose accidentalmente en Buenos Aires, se presentó,
por consejo de varios camaradas, al gobierno nacional, solicitando ser reconocido en sus títulos
y derechos por la nueva situación. El entonces jefe de la Inspección y comandante de armas de
la República, general Paunero, pidió informes a los generales Pedernera y Enrique Martínez,
quienes declararon constarles todo cuanto afirmaba el recurrente, por haberlo tenido bajos sus
órdenes en la campaña del Perú y por referencias fehacientes. El general Paunero eleva estos
informes y considerando probados los servicios, así lo comunica para que se resuelva lo
conveniente.
Al pie de esta resolución se puso el siguiente decreto:
«Buenos Aires, agosto 31 de 1864. ─Hallándose sumamente recargadas las planas
mayores del ejército, se tendrá presente al recurrente en oportunidad.─Mitre. ─Juan A. Gelly y
Obes
».
Con esto dio por terminada su gestión y regresó a su hogar para no volver a acordarse
jamás del asunto, sintiéndose con la salud quebrantada, y contando con una posición
independiente que le ponía al abrigo de mendigar favores. Allí lo sorprendió el terrible flagelo
del cólera (1)sucumbiendo de esta enfermedad el 7 de enero de 1868, rodeado de los suyos y de
las más sentidas consideraciones de aquella sociedad, que lo contaba entre sus miembros más
caracterizados y representativos.
Tales son, a grandes rasgos, sus antecedentes, los que están documentados y pueden
verse en el expediente iniciado por su hija Tránsito, para reclamar sus haberes militares ante la
comisión liquidadora de la deuda de la independencia y del Brasil y en la hoja de servicios
formada en el Paraná, el 10 de mayo de 1858, por el benemérito general Jerónimo Espejo.
Un sentimiento alto y el desinteresado anhelo de contribuir a que sus servicios sean
recompensados en alguno de sus descendientes, desheredados y dignos de ser protegidos, han
guiado mi puma a escribir estas breves líneas que, por otra parte, son un pretexto para recordar
hechos edificantes de nuestro pueblo, en los clásicos días de la emancipación nacional.
Los sinceros patriotas puntanos, los modestos y abnegados hijos de aquel pedazo de la
patria, que contribuyeron con sus alientos generosos a la libertad de América, son acreedores
también a estos recuerdos, inter la justicia póstuma los saca de la sombra y fija sus nombres en
el granito de nuestras montañas, para que sirvan de eterno ejemplo y de fecunda inspiración a
las generaciones nuevas y viriles, en las horas oscuras de la incertidumbre del peligro común.
————
(1) A fines de 1867 apareció el cólera en San Luis, produciendo un espanto indescriptible en sus
habitantes que dejaron desierta la ciudad, no obstante lo cual, desde el 6 de enero 1868 al 20 de febrero del
mismo, ocurrieron 182 casos fatales registrados, sin contar otros muchos de los cuales las autoridades no
tuvieron conocimiento, como lo hizo constar el entonces jefe policía don José G. Cordón.

LA TRADICIÓN PUNTANA
90
PAULA DOMINGUEZ DE BAZAN
——
Sintió el noble impulso del bien
y vio con claridad la senda de su
destino social.
La mujer puntana merecía un recuerdo justiciero en estas páginas, siquiera para
mencionar de paso aquellas virtudes que fueron su único patrimonio y su mejor diadema.
En medio de las estrecheces de aquella vida de aldea, monótona y triste a causa de su
aislamiento y de la falta de industria, ella debía destacarse por su inteligencia natural y por las
bondades de su alma, en el cumplimiento de la delicada misión que le estaba deparada.
Hija y esposa modelo, madre amantísima, no sólo fue la providencia de aquel viejo y
austero hogar de nuestros mayores, la mejor herencia que nos dejó el castellano hidalgo, ─ sino
que también hizo sentir su influencia en el seno de aquella sociabilidad embrionaria, dándole el
tono de sus altas cualidades.
Además, debía bastarse a sí misma en el afán de su cultura intelectual porque según las
costumbres y dentro la limitación de los recursos, no era fácil que las niñas fueran a educarse a
otra parte ni vinieran de otra parte a educarlas. Es así como las hijas de familias distinguidas, y
muchas de humilde condición, aprendían a leer y escribir y adquirían otras nociones más
indispensables a las exigencias de la época. En cambio, era completa su educación moral y
muy prolija la manual, sobresaliendo la mujer puntana como hábil en toda clase de labores de
agujas; sabían hilar y tejer la lana, conocían la medicina casera y eran muy prácticas en muchas
pequeñas industrias, que proporcionaban decorosamente su relativo bienestar a todos los
hogares.
Algunas, de posición desahogada, no desdeñaban dedicar parte del día a instruir las niñas
y varones de corta edad, distinguiéndose en esta tarea, en los tiempos que median entre los
últimos de la colonia y los albores de nuestra emancipación, la digna matrona María Antonina
Wilkes O.Connor de Daract, cuya beneficencia social es bien conocida por los que cultivan con
cariño la tradición en aquel terruño.
Recién en la segunda década de nuestra emancipación política, se tuvo una buena
escuela de ambos sexos, fundada por D. Ramón Rey y Ramos y su esposa Carmen Lucio
Lucero, de la tan conocida familia de ese apellido. El anhelo de instruirse que se despertaba y
las vastas vinculaciones de los educadores, llevaron a la escuela un gran número de alumnas
que dirigía la señora Lucero de Rey y Ramos, mientras su esposo se encargaba de los varones y
de algunas materias del programa de las niñas.

LA TRADICIÓN PUNTANA
91
Esta escuela llenó una sentida necesidad y tuvo una acción eficiente en aquel pueblo;
pero sus mejores frutos se malograron, en parte, debido a la época de desorden porque atravesó
el país hasta quedar aniquilado por la anarquía y por la guerra civil.
La cultura general sufría un rudo contraste, retrogradando a los tiempos del oscurantismo
colonial, pues las escasas escuelitas existentes, estaban condenadas a llevar una vida miserable
en tan poco propicia situación.
*
* *
Así pasaban los años y así se deprimía el espíritu colectivo, a que, por otra parte, no
podía resignarse una sociedad con la intuición, aunque vaga, de mejores destinos, cuando
apareció allí, en la escena social, una mujer superior por su carácter, por su actividad y por el
noble empeño de que se sentía poseída en pro de la educación de su sexo: ─Paula Domínguez
de Bazán.
Nacida en la Punilla de San Luis en 1806, descendía de una familia de viso, pues su
madre, doña Faustina de Alba, estaba emparentada con el duque de Alba, y su padre, José
Narciso Domínguez, figuró más tarde en San Luis como capitán del famoso regimiento
granaderos a caballo, al que le prestó el contingente de su brazo y de su fortuna.
Misia Paula y sus hermanas Inés y Nicolasa, fueron educadas en el Colegio de
Huérfanas, de Córdoba. En esta ciudad casó con Javier Rodríguez, hermano del guerrero de la
Independencia José Elías Rodríguez; pero enviudó al poco tiempo. Años después, contrajo
segundas nupcias con el apreciable caballero Bernardo Bazán, estableciéndose en San Luis. Al
regresar a su provincia natal, sintió los estímulos de la culta ciudad donde se había educado y
quiso hacer algo por su pueblo, sin más sostén que su fe ni más alientos que esas íntimas
satisfacciones, tan gratas a las nobles almas.
Todo lo puso al servicio de sus ideales: los prestigios de su juventud y de su belleza, sus
vastas relaciones, su inteligencia y aquel exquisito tacto social que era la característica de su
distinción.
Comenzó por fundar una escuela de niñas, dotándola de los mejores elementos que pudo
reunir, y le imprimió el sello de sus altas cualidades. Se multiplicaba para atender los deberes
de su ministerio; todas las horas las habilitaba, pues, una vez concluidas las clases generales,
concurrían a su casa las discípulas más aventajadas, para habilitarlas como ayudantes y las
ayudantes fueron transformadas en maestras, que eran la personificación de su espíritu
fervoroso.
Los que han dedicado parte de su vida y sus mejores energías a las tareas de la enseñanza
y han hecho de la escuela un apostolado, son los únicos capaces de apreciar los afanes y los
sacrificios de aquella dama que se improvisaba maestra, debiendo vencer, por sí sola, las
dificultades inherentes a aquellos tiempos de tan escasas luces y de tan limitados recursos. Pero
es un hecho universal que la mujer poseída por una noble pasión, es una de las fuerzas más
eficaces en la sociedad a la que puede subyugar por la fe y el sentimiento, como lo constatan
los anales del cristianismo y las virtudes cívicas de nuestro pueblo.


LA TRADICIÓN PUNTANA
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Paula Dominguez de Bazán
Paula Domínguez de Bazán tuvo mucho de inspirada.
Tras una ruda labor dejaba la tarea educacional a su digna hermana Nicolasa Domínguez
de Gómez, quien vino de Mendoza a fundar una escuela, para entregarse, en una escena más
vasta, a aquella misión de la filantropía, que así como lleva la luz a los espíritus, tiene amparo
para el huérfano y consuelo para el que sufre.
*
* *
La nueva era que se iniciaba para el país, después de Caseros, despertó también en San
Luis el anhelo humanitario de reparar en lo posible las calamidades de esa época de lucha
fratricida y bárbara, que así como endurecía los sentimientos, sembraba la desolación y el luto
en toda la República.
Resurgía, pues, la magna idea de Rivadavia, cuando fundó la Beneficencia porteña, para
realizar, por la mano de la mujer, la mejora de las costumbres y los grandes fines de la caridad
social.
Y fue Paula Domínguez de Bazán la llamada a recoger allí esa hermosa herencia del
altruismo, a cuyo servicio puso todo su talento, hasta conseguir el concurso de los elementos
más representativos de la sociabilidad puntana.
Bajo tan buenos auspicios reunió en su casa más de cincuenta damas, siendo
unánimemente aceptada la idea de fundar la Sociedad de Beneficencia y dejándose constancia
de hecho tan trascendental, en un documento que lleva la fecha 7 de agosto de 1857.


LA TRADICIÓN PUNTANA
93
La primera comisión directiva quedó constituida con la iniciadora, como presidenta, y de
la que formaron parte Sofía Barbeito de Daract, Matilde L. Lucero de Maldonado, Pastora
Maldonado de Barroso y por la activa secretaria Carmen Ortiz de Ortiz, la María Sánchez de
Mendeville puntana, a quien se le parecía por su belleza y por su inteligencia.
Informado de este fausto suceso el gobernador Justo Daract no sólo lo aplaudió, sino que
poco después concurría, con su ministro Buenaventura Sarmiento, a una asamblea especial,
donde escuchó el discurso que a nombre de misia Paula le dirigió a su sobrino Carlos Juan
Rodríguez, contestando que reconocía oficialmente instalada la Sociedad de Beneficencia y
que se impondría al grato deber de prestarle todo su concurso.
El nombre de aquel respetable ciudadano quedaba vinculado, en esta obra, al de la
virtuosa señora de Bazán, máxime cuando le confiaba también la educación de las niñas y
facilitaba los medios para realizar ese bello pensamiento a favor de la cultura pública. Inter se
instalaba el hospital, en la manzana que hoy ocupa el colegio nacional, se abría una escuela de
niñas, cuya dirección se confiaba a la distinguida dama Tomasa L. Lucero de Jofré y como
segunda a Josefa L. Lucero, la inolvidable misia Chepa, como se le llamaba cariñosamente,
severa y empeñosa como una madre, a la que alcanzamos a conocer en los últimos tiempos de
su apostolado.
Carmen Ortiz de Ortiz
Esa escuela llegó a contar con doscientas niñas de las mejores familias. Para su gobierno,
misia Paula redactó un reglamento que es un modelo de previsión y buen sentido.
Facultaba a las preceptoras para designar, entre las alumnas sobresalientes, las
«pasantes» o monitoras, sin perjuicio de seguir sus estudios con regularidad. Estas auxiliares,
debían hacerse cargo de las secciones elementales bajo la vigilancia de la directora.

LA TRADICIÓN PUNTANA
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Se prohibía todo castigo corporal y malos tratamientos; se arreglaba el horario a las
estaciones y se hacía una conveniente distribución del tiempo; dedicábase una preferente
atención a la enseñanza moral y religiosa, al cuidado de los buenos modales y a las labores
femeninas. Es digna de mencionarse la disposición obligando a las alumnas más hábiles, a
coser por lo menos una pieza de ropa blanca para el hospital de caridad.
Merece del mismo modo transcribirse íntegro el artículo 9º: «Las niñas deben concurrir a
la escuela con decencia y aseo posible en sus vestidos y persona, cuidando las superioras de
privarles todos aquellos adornos inútiles o inadecuados a su edad y circunstancia, procurando
siempre infundir la modestia y sencillez en sus partes a las de familia más acomodada, a fin de
evitar la emulación y males consiguientes. Sin embargo de ésto, las preceptoras tendrán un
especial cuidado de que las niñas no entren a la escuela desaliñadas».
Por ese mismo tiempo se fundó también el Colegio de Beneficencia para varones,
confiándose su dirección al experto educador Agustín José Pereira, quien se comprometió a dar
enseñanza primaria y secundaria.
*
* *
Esta obra benéfica se extendió rápidamente a la campaña, constituyéndose comisiones de
damas para el fomento de la educación de la mujer y las hermosas prácticas de la caridad.
En San Francisco, las señoras Hipólita Loyola de Laborda, Casiana Quiroga de
Sarmiento, Dolores Sosa de Núñez, y otras, tomaron con empeño la tarea de fundar la escuela
de niñas. En junio del 58, el gobierno expidió un decreto nombrando maestra para dicha
escuela y autorizándola a educar 80 niñas pobres por cuenta del Estado. La crónica de la época
dice: «La Villa de San Francisco cuenta ya con un establecimiento para la educación del bello
sexo, cuya planteación se debe, exclusivamente, a la sociedad de señoras que aún no hace un
año se reunieron con el objeto de llenar unas de las misiones más sagradas sobre la tierra.
«La dirección de su colegio ha sido confiada a la señorita Delfina Varela, que ha
inaugurado aquel establecimiento con un discurso. Sus palabras sencillas, pero elocuentes, nos
dan a conocer la nobleza de alma de esta apreciable señorita que desechando los pasatiempos
frívolos de su edad, se consagró con empleo y contracción a la enseñanza de la juventud
femenina».
Este suceso fue muy celebrado en aquella apartada población, donde, a pesar de existir
un núcleo importante de familias distinguidas, se carecía de una escuela pública destinada
exclusivamente a la mujer. Cooperó con eficacia en esta obra, la «Sociedad Amigo de la
Población» presidida por el virtuoso sacerdote Emeterio L. Lucero.
En Renca formaron la comisión, Petrona Calderón de Quiroga y Narcisa Vilchez de
Ortiz y propusieron para fundar y dirigir la escuela, a Josefa Carranza, cuya designación fue
confirmada por el gobierno, autorizándola a educar hasta sesenta niñas por cuenta del estado.
En el Morro se nombró a Rosario L. Lucero de Sáa, Cruz Quiroga de Novillo y
Marquesa Domínguez de Van Sice, quienes propusieron a Lina Sosa para dirigir la escuela.
Este establecimiento llegó pronto a contar con ochenta y tantas niñas y dio excelentes

LA TRADICIÓN PUNTANA
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resultados, debido al eficaz auxilio que le prestó la comisión y particularmente la señora Sáa,
quien visitaba a diario la escuela para informarse de su marcha y subsanar toda dificultad.
En el 5º departamento se encargaron de esta misión Trinidad Varas de Guiñazú, Juana
Urizar de Carreño y Clemencia Ortiz, quienes aconsejaron se fundara la escuela de niñas en el
Rincón del Carmen, por estar allí más condensada la población del departamento y
recomendaban para maestra a Isabel Corvalán de Mayorga.
Como se habrá visto, el impulso dado desde la Capital por la Sociedad de Beneficencia,
llegaba a todos los centros de mayor importancia de la vasta campaña, abrigando la esperanza
de extender esa saludable influencia a otros puntanos de la provincia, tarea que fue
realizándose paulatinamente, a medida que se arbitraban recursos.
La señora de Bazán no dejaba de alentar esta propaganda en favor de la escuela, para
quien deseaba el mayor concurso moral, a fin de acostumbrar al pueblo a respetarla como a un
templo.
Ahora mismo hace falta ese concurso para vincular más íntimamente la escuela con el
hogar y la sociedad; cuyos más caros intereses y aspiraciones deben servir con eficacia.
En medio de tantas preocupaciones, la señora de Bazán vino a sufrir un rudo golpe con la
muerte de su esposo, desgracia que redobló su celo por la humanidad doliente, cuyos pesares
se comprenden mejor cuando se lleva en el corazón una pena intensa. Pero, era el tipo perfecto
de la mujer cristiana, fuerte y resignada, a cuesta siempre con su fe sincera.
Sola, con su hogar deshecho y sin hijos, fue la madre de los pobres y la providencia del
doliente sin amparo. Visitaba las viviendas más humildes y miserables, distribuyendo socorros
y consuelos. Su caridad inagotable llegó hasta el preso, olvidado en su calabozo. Todos los
sábados les hacía preparar una buena y abundante comida que varios de ellos venían a buscar a
su casa; pero un día los presos no regresaron a la cárcel ─se habían fugado con su guardián.
Desde entonces se les privó la salida, con gran disgusto de misia Paula, quien substituyó
la comida por algunas monedas que hacía distribuir entre los más necesitados.
Así se deslizó esa existencia hasta su muerte acaecida en 1860. El recuerdo de su vida y
de su obra, ha quedado como un ejemplo y como una enseñanza fecunda para el bien. Y su
espíritu perdura allí, en las generaciones que educó, en la Sociedad de Beneficencia que ha
celebrado sus bodas de oro con la participación de los elementos más cultos de San Luis.
Paula Domínguez de Bazán personificó en su más alto grado las virtudes de su sexo. Una
anciana venerable que la conoció, sintetizaba su juicio así: ¡era una santa! Y lo era en verdad;
no por esa religiosidad estéril de la mojigata, sino por su elevación moral; porque ella amaba la
buena sociedad, la juventud y la sana alegría que son fuentes de vida. Hasta sus últimos años se
le veía dando tono a las selectas reuniones de su época y participando de los gratos y cultos
esparcimientos del espíritu.
Al recordarla ahora, pagamos un tributo de admiración y de cariño a la mujer puntana, a
quien no podemos nombrar sin que venga a la mente el amado recuerdo de nuestra madre, con
su ternura y su ingénita bondad.
Ojalá la nobleza de aquella sociedad y el sentimiento de la justicia, paguen su deuda de
gratitud para con esa ilustre dama, dando a una de sus escuelas el nombre de Paula Domínguez
de Bazán
, que es símbolo de verdaderas virtudes cristianas, a fin de que sean imitadas por las
nuevas generaciones, en la noble tarea de la filantropía.

LA TRADICIÓN PUNTANA
96
Con este hermoso broche cerramos las páginas de estos «bocetos», al recordar
brevemente una existencia que sintió el generoso impulso del bien y vio con claridad la senda
de su destino social.
————

LA TRADICIÓN PUNTANA
97
Cooperación del pueblo puntano en las
campañas de la independencia
——
La revolución de Mayo, hábilmente preparada en la capital del Virreynato, debía
producirse como un hecho natural, sin violencias ni derramamiento de sangre, en la
oportunidad favorable. No sucedería así en otras ciudades, como en Córdoba, donde el partido
español era fuerte y lo apoyaba ostensiblemente el clero; pues el obispo Orellana, resultó un
agente activo y eficaz de la contra-revolución encabezada por el gobernador Concha y Liniers.
La autoridad de la Junta de Buenos Aires fue reconocida, con esta sola excepción, porque el
conato de resistencia que pretendieron hacer en Mendoza algunos funcionarios españoles, se
disipó en el instante de asumir el pueblo una actitud resuelta y viril, a favor de la nueva causa.
En cuanto al cabido puntano, estaba decidido desde el primer momento por la Junta y
por mera formalidad reunióse el 13 de junio, en cuya sesión prestóle acatamiento y la aclamó
solemnemente, en presencia de los más caracterizados vecinos, que respondieron a ese acto
con el entusiasmo de un sentimiento generoso y alentador. Eran entonces miembros del cabildo
Marcelino Poblet, Agustín Palma, Alejandro de Quiroga, Jerónimo de Quiroga y Santiago
Funes. Debemos dejar constancia también de la decisión del ministro de la real hacienda José
de Mayorga, quien poco después, se dirigía al coronel Cornelio Saavedra para felicitarle y
ofrecerle todo su concurso y el de otros respetables ciudadanos que abrazaban con fervor el
credo revolucionario.
Los dados de la ciega fortuna habían sido arrojados resueltamente. Todas las medidas
tendieron a consolidar el nuevo orden de cosas, con la intuición, más o menos clara, de
nuestros destinos futuros. El comandante de armas D. José Ximénez Inguanzo, fue suspendido
y luego exonerado por la Junta «en consideración a sus achaques y dilatados servicios», según
los términos empleados, y substituído por un criollo de toda confianza, D. Francisco Vicente
Lucero.
D. Marcelino Poblet, alcalde de primer voto, fue elegido diputado para ir a incorporarse
al nuevo gobierno central.
Tales resoluciones produjeron un definitivo rompimiento con el Gobernador-Intendente
de Córdoba, quien no cesaba de pasar notas al Cabildo de San Luis para que no reconocieran la
Junta y organizaran las milicias, en apoyo de su legítima autoridad. La situación era difícil y no
exenta de peligros, como tuvo oportunidad de manifestarlo el Cabido a la Junta, diciéndole:
que con fecha 10 de julio había recibido, por un comisario de la Intendencia de Córdoba,
nuevos oficios del gobernador, calificándose de escandalosa la actitud asumida por ellos, al
negarle los auxilios pedidos y al prestar obediencia a los rebeldes de Buenos Aires.

LA TRADICIÓN PUNTANA
98
Que iba a tomar las providencias más oportunas contra las personas y bienes de los
cabildantes, para obligarlos a obedecerle y que ya había dado sus órdenes al comandante
Ximénez Inguanzo para que se valiese de la fuerza. El ex comandante había desaparecido
sigilosamente y se le suponía en marcha a Córdoba, en busca de tropas para caer sobre San
Luis. En esta circunstancia se pidieron auxilios al Cabildo de Mendoza, inter se organizaba la
defensa, en previsión de un próximo ataque.
D. José de Mayorga entregó para los gastos los fondos de las cajas reales y ofreció sus
propios bienes. La marcha rápida de la columna de Ortiz de Ocampo sobre Córdoba, impidió a
los españoles distraer fuerzas para sofocar a los llamados rebeldes y hacer efectivas las
amenazas contra los patriotas puntanos.
Los elementos reunidos en San Luis con ese motivo, fueron a incorporarse a aquella
expedición y después de la rápida y afortunada campaña, entre los prisioneros conducidos a
Buenos Aires, encontrábase el ex comandante Ximénez Inguanzo. Era un hombre manso,
incapaz de afrontar ninguna situación difícil, como lo prueba el hecho de haber acatado y
reconocido inmediatamente a la junta que lo destituyó. No pensó en la resistencia, no obstante
disponer de la fuerza; pero pudo obrar por instigaciones extrañas, máxime si se le daban
elementos suficientes. Así, pues, se disipó allí bien pronto el fantasma de la reacción realista,
permitiendo a los patriotas reconcentrar sus energías para arbitrar recursos, en favor de la
nueva causa, y enviarlos allí donde fueran necesarios.
Muy pronto se organizaron 50 hombres bien armados y uniformados para marchar a
Salta, a incorporarse al Ejército del Alto Perú. El patriota D. Tomás Varas prestó la suma de
quinientos pesos y otros vecinos hicieron donativos de caballos, para costear ese primer
contingente.
Antes de finalizar el año 10, ya se había reunido otro contingente compuesto de 225
hombres; fue conducido a Buenos Aires por el comandante D. Blas de Videla. La Junta
restituyó parte de los gastos y mandó publicar en La Gaceta la lista de donativos de la ciudad
de San Luis.
En noviembre de 1811 envió un tercer refuerzo de 400 hombres, llevados al mismo
destino por el comandante D. Buenaventura Martínez; los que se incorporaron al Ejército del
general Belgrano.
Cuando San Martín se propuso organizar el Regimiento de Granaderos a Caballo, y se
solicitaron contingentes a las provincias, la de San Luis envió el suyo, singularizándose por el
conjunto uniforme de aquellos mocetones fuertes, ágiles y sobrios, que han sido la
característica del soldado puntano.
En San Lorenzo tuvieron ocasión de probarse como bravos, pues es sabido que el
sargento Baigorria compartió con el correntino Cabral el honor de salvar a San Martín, y que
allí fueron recomendados y ascendidos unos, mientras otros quedaron en el campo con la
aureola del martirio por la patria.

LA TRADICIÓN PUNTANA
99
A partir del año 1813 el adjunto documento, que se publica por primera vez, pone en
evidencia sacrificios de otra índole, hechos por el pueblo puntano; pero no por eso menos
dignos de la gratitud nacional.(1)
(1) Según mis cálculos, hechos con los documentos a la vista, la contribución patriótica de San Luis fue
de 139.351 pesos fuertes en distintas especies y 18.683 pesos fuertes en dinero efectivo. (Véase Contribución
Patriótica de la Provincia de San Luis).


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En cuanto a la cooperación de hombres para los ejércitos de la patria, debemos agregar a
los contingentes ya enviados, los que sirvieron para organizar el Ejército de los Andes. El
general San Martín tenía plena confianza y muy fundadas esperanzas en la acción
desinteresada del pueblo puntano, como lo prueba la carta a Dupuy, fechada en Mendoza el 12
de agosto de 1812... «No se está esperando más que la conclusión de los vestuarios para los
granaderos, para que éstos marchen a esa a completarse: este cuerpo tiene algunas vacantes y
aunque en ésta se han presentado algunos jóvenes para entrar en él, no he querido admitir a
nadie hasta ver si hay algunos bravos puntanos que quieran entrar en él(1).
Entretanto se practicaba un alistamiento general, cuyos resultados transcribimos
enseguida, no obstante haberlo publicado varios historiadores, pues bien merece ser reeditado
aquí para divulgarlo entre el pueblo, como un alto ejemplo de patriotismo y por los
honrosísimos conceptos que mereció del general San Martín y del Supremo Gobierno de las
Provincias Unidas.
Alistamiento general
El general San Martín acompañó ese estado, al señor Ministro de la Guerra, por medio
de la siguiente nota:
«El adjunto estado que tengo el honor de incluir a V. S., manifiesta bien claramente los
sublimes sentimientos de la heroica ciudad de San Luis. No son los españoles los que
subyugarán a los pueblos capaces de hacer sacrificios.
(1) Las vacantes eran de oficiales. Documento publicado por el Dr. J. M. Garro en la Revista de
Derecho, Historia y Letras del doctor E. S. Zeballos.

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«Estoy seguro de la satisfacción que tendrá el Supremo Director del Estado, cuando V.
S. eleve a su conocimiento el heroico patriotismo de la ciudad de San Luis.
«Dios guarde a V. S. muchos años. ─Mendoza, 27 de agosto de 1819. ─José de San
Martín.
«Señor Ministro de Estado en el Departamento de la Guerra».
______
El gobierno Nacional en virtud de esa comunicación expidió el decreto siguiente:
«Enterado con especial satisfacción y encárguesele haga presente a quienes corresponde,
la gratitud del gobierno por tan heroicos y generosos sentimientos, que honran a la nación:
publíquese en la Gaceta de esta capital para inteligencia de nuestros conciudadanos»
«Rúbrica de S. E. ─Irigoyen».
______
He aquí la contestación a aquel mismo despecho:
«Bastantemente satisfactoria ha sido al Supremo Gobierno la nota de V. E., 27 de agosto
último, a quien era acompañado un estado de alistamiento general hecho en la jurisdicción de
la ciudad de San Luis. Unos sentimientos tan heroicos y tan repetidamente manifestados por
aquellos ciudadanos, confirman a S. E. en la elevada idea que justamente tenía formada de sus
virtudes y patriotismo: ellas pues los distinguirán en la gratitud de la nación e ínterin que, por
medio de la Gaceta, se hace pública en toda ella tan noble decisión, me ordena la superioridad
diga a V. E. que por el conducto que corresponde, signifique a aquel pueblo la consideración
del gobierno a sus inequívocas demostraciones de amor patrio y de valor.
«Dios guarde a V. E. muchos años. ─Buenos Aires, septiembre 7 de 1819. ─Rúbrica de
S. E. ─Irigoyen.
«Al Excmo. señor Capitán General don José de San Martín».
*
* *
Como un complemento a juicios tan honrosos, debemos agregar los emitidos por el
coronel Manuel de Olazábal, en el párrafo de carta inserta en el boceto biográfico del coronel
Lucero.
Nos hemos visto obligados a hacer estas transcripciones para que nadie nos suponga
poseídos de un patriotismo local exagerado. Pero aun hay un interesante documento del
Cabildo puntano, dirigido al gobierno central, recordando que entre los méritos de Dupuy, está
el de haber contribuído en poco tiempo a organizar y disciplinar cuatro escuadrones, un total de
1800 plazas, con los recursos de la provincia.
Y debe tenerse presente que la población de la provincia se calculaba escasamente en
16.000 habitantes, y la capital era una aldea de 2.500 almas.
Por todos estos sacrificios, recibió como testimonio de gratitud, fuera de los honrosos
conceptos vertidos, una bandera tomada en Montevideo y un estandarte en Chile, que
se destinaban a la ciudad de San Luis. Estos trofeos fueron guardados en la Iglesia de

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103
predicadores y exhibidos en las puertas del templo, en los aniversarios patrios. Hace muchos
años que han desaparecido misteriosamente; pero queda la constancia y el recuerdo de las
glorias que evocaban, como tantos otros testimonios de aquellos tiempos, conservados por la
tradición.
Tales son los títulos y recuerdos que puede invocar la provincia de San Luis a la alta
consideración del país.
______
Patriotismo de la mujer puntana
______
LA MUJER PUNTANA
A Juan W. Gez
______
Como en propio granito burilada
De la vieja montaña inaccesible,
Tuvo la ardua firmeza inconmovible
Con que la Historia marca su jornada.
Como el Andes, también, noble y callada,
Aurea veta de amor guarda invisible
Y se inunda su espíritu sensible
En la bondad, que es sol de su alborada.
Ardiendo en fe y santo patriotismo,
Mayo la halló soberbia de heroísmo
Como un clásico tipo de Espartana,
Y hoy, libre de deberes tan prolijos,
Es la abnegada madre de sus hijos
Como Cornelio, la gentil romana!
ANGELICA FARFALLA
______

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104
DONATIVOS AL EJERCITO
______
La tradición nacional viene exaltando en todas partes, el noble y eficaz concurso que
prestó la mujer argentina al ideal de la libertad, durante la época de la emancipación
americana.
Y son numerosos los casos que se citan de entereza moral, de desprendimiento y hasta de
valor personal, de que dieron pruebas inequívocas, desde la aristocrática dama hasta la humilde
hija del pueblo, en los momentos más difíciles, en que fue necesario su estímulo al ciudadano,
su ayuda al Estado o su sacrificio por la salvación común.
Ella alentó la hueste libertadora con los amables prestigios de su sexo y las sensibles
vibraciones de su alma; armó el brazo del soldado y confióle su bandera redentora; veló por el
huérfano y tejió la corona cívica de los héroes, en la campaña legendaria.
Muchas fueron también, a trabajar en la maestranza de los ejércitos y asistieron a los
campos de batalla a ofrendar a la patria el precioso tributo de su sangre generosa.
Es honra perdurable de nuestro país la memoria de esas mujeres fuertes y abnegadas.
Merecen, también, un recuerdo y un homenaje en los altares del civismo argentino.
Casi todas las provincias han salvado del olvido el nombre de sus mujeres gloriosas,
cuyos gestos de superioridad constituyen un ejemplo necesario y una lección fecunda para
cuando llegue la hora de los grandes deberes. Pero entre ellas, no se mencionó, jamás, la mujer
puntana, no obstante sus afanes, su generosidad y sacrificio de todos los tiempos, en favor de
los intereses permanentes y sagrados de la Nación. Es la tarea reparadora que nos proponemos
realizar, siquiera brevemente, perfilando los rasgos más salientes de su civismo, porque así
se explica, a la vez, el espíritu abnegado y varonil de nuestro pueblo. La mujer es siempre un
exponente de cualidades y virtudes colectivas, por la influencia decisiva que tiene como esposa
y madre.
El grito de libertad lanzado en Buenos Aires contra el régimen colonial, y el llamado,
hecho a los pueblos del interior, a sostener sus ideales, impresionaron hondamente, el corazón
de nuestras mujeres y exaltaron sus sentimientos, ante la perspectiva del peligro y de la lucha
para conquistarlos. Severas eran las advertencias primero, y graves las amenazas después que
llegaban de las autoridades realistas establecidas en Córdoba, contra las que osaban desligarse
de su obediencia, mientras la Junta porteña pedía, cuanto antes, su reconocimiento y adhesión.
En tan críticas circunstancias, ella compartió con los hombres las supremas ansiedades y
sobresaltos del momento, hasta que, pronunciado el Cabildo puntano y el vecindario por la
Junta, abrazó la causa de los nativos, con estoica resignación.
Desde entonces comenzaron sus inquietudes, sus afanes y sus sacrificios. Debía
resolverse a ver cómo se alejaban los seres queridos que iban a formar los primeros
contingentes; a suplir, con su industria, la ausencia del jefe de la familia y contribuir al
aprovisionamiento de las improvisadas milicias. La autoridad local, sin recursos, y sin tener de

LA TRADICIÓN PUNTANA
105
donde esperarlas, debía arbitrarlos allí mismo, sacándolos de la masa del vecindario y son
siempre los más débiles, los que más sufren las consecuencias de las hondas crisis. Sin
embargo, se hacía frente al deber, con decoro, y no faltaban, ni un momento, la resolución y la
fe que debían dar temple a las almas.
Los uniformes que vistieron las tropas auxiliares de la expedición al Alto Perú, fueron
cosidos, en instante, por unas cuantas señoras y las mujeres del pueblo. Doña Micaela Pardo
fue la primera en contribuir con dinero para costear a Córdoba este contingente.
Durante los años sucesivos, las mujeres siguen trabajando en las costuras del Estado,
como se decía, turnándose para asistir a los talleres militares o cosiendo las prendas en su casa.
En el año 1814 vino el coronel Dupuy a ocupar el cargo de teniente gobernador, con la
misión de tocar todos los resortes para hacerlos servir a la causa revolucionaria. El gobierno
hizo un llamamiento al vecindario, pidiéndole con urgencia una contribución patriótica hasta
cubrir la suma de dos mil pesos. No obstante los modestos recursos de nuestro pueblo, esa
suma fue oblada en las cajas del Estado.
En las listas originales de ese año, 1815 y 16, figuran como contribuyentes, en la ciudad:
Rafaela Lucero, María de la Cruz Gatica, Antonia Frizule, Martina Palma, Tomasina
Gómez, Gracia Adaro, María Quiroga, Marcela Fernández, Jacoba Ojeda y Juana Antonia
Domínguez.
En San Francisco: Jacoba Escudero y Francisca Silva.
En Renca: Justa Alba, Candelaria Freites y Rosalía Guiñazú.
En el Morro: Teresa Suárez, Úrsula Nater, Petrona Quiroga, Mónica Orozco, Agueda
Navarro, Ventura Gómez, Petrona Garroza y Dominga Orellano.
En Carolina y Pantanillo: Josefa Pérez, Antonia Becerra, Antonia Olmos, Hilaria y María
Heredia, Tránsito Fernández, Polonia Jofré y Gavina Avalos.
En Estanzuela: Catalina Fredes.
En Punta del Agua: Dorotea Chacón.
En Piedra Blanca: Antonia Cuello.
En Río V: Dionisia Quiroga y María Cienfuegos.
En el Partido del Rosario: Bernarda Quiroga y Juana María Pérez.
En Las Lagunas y Santa Bárbara: Cándida Becerra, Margarita Ortiz, Petrona Gutiérrez y
Lucía Ponce.
En el Partido de Guzmán: María Quiroga, Rosario Ontiveros, Dominga y Marta Palacios,
Rosa Garro, Justa Albornoz y Bartolina Vélez.
En el lugar llamado Cabeza del Novillo: Margarita Ortiz, Petrona Gutiérrez, Manuela
Ortiz, Pascuala Albornoz, Antonia Farias, Mónica Cuello y Antonia Pereira.
En El Tala: Dolores de Chirinos, Juana Fernández y Rosa Lorca.
*
* *
El general San Martín pedía varios miles de cueros para monturas, aparejos y correajes.
Como siempre era la mujer la que se apresuraba a responder también a ese pedido, afanándose
por contribuir a la par de los hombres.

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106
Se pidieron ponchos y frazadas y allá iban los fardos de esos abrigos para el soldado,
mientras la mujer trabajaba, sin cesar, en los telares criollos, el picote o la bayeta. Estas telas
burdas se remitían por miles de varas a Mendoza y, después de pasar por el batán de Tejeda, se
transformaban en excelentes pañetes que se teñían de azul, y con los cuales se apresuraban, las
mismas mujeres, a coser, gratis, el uniforme de la tropa.
Simultáneamente con los trajes y abrigos, se pedían provisiones, y allá iban miles de
arrobas de charqui, los cargamentos de queso y los centenares de reses, para el alimento del
ejército.
Y luego, se solicitaban caballos y mulas y así vendrían las seleccionadas cabalgaduras,
en interminables arreos, de todos los puntos de la provincia. Desde 1815 a 1819 figuran como
donantes de caballos, mulas y novillos, en la ciudad:
Josefa Pérez, Micaela Pardo, Juana Antonia Domínguez, María Concepción Fernández y
María de la Cruz Gatica.
En el Morro: Teresa Suárez, Mónica Orozco, Agueda Navarro, Bernardina Quiroga,
Dionisia Domínguez, Ventura Gómez, Dominga Orellano, Petrona Garraza, María de la Cruz
Pérez y Lorenza Silva.
En Carolina: María Gracia Alba, Juana María Pérez, Dominga Aguilera, Basilia Fredes,
Paula González, Justa Silva, Rosa Becerra, Agustina Pereira, Petrona Lucero y Josefa Pérez.
En la Punilla: Manuela Rodríguez, Juana Cienfuegos, Concebida Funes, Antonia
Sánchez, María Alais, Catalina Fredes.
En Ojo de Agua: Petrona Rodríguez, Tomasina Nieva, Teodora Andrade, Feliciana
Cuello y Fructuosa Zabala.
En Renca: Candelaria Freitas y Manuela Franco.
En Santa Rosa: Juana Nieva, Celestina Mora y Tránsito Tisera.
En Santa Bárbara: Petrona Gutiérrez, Juana Frías, Isabel Suárez, Luisa Ponce y Jacoba
Escudero.
En Guzmán: Petrona Becerra, Cruz Frías, María Rojo, Albina Cuello, María Quiroga y
Blasa Zárate.
En el Pantanillo: Antonia Olmos, Antonia Becerra, Francisca Chacón y María Antonia
Lucero.
En el Rincón del Carmen: Petrona Gutiérrez y Manuela Ortiz.
En el Saladillo: Petrona Barroso, Serafina Quiroga y Petrona Delgado.
En el Rosario: Juana Pérez y Margarita Alba.
En Punta del Agua: Juana Funes, Juana Nieva, Juliana Ortiz, Francisca y Dorotea
Chacón.
En Piedra Blanca: Simona Muñoz y Antonia Cuello.
En Intiguasi: Clara y Alejandra Sosa, Agustina Gutiérrez y Tránsito Guzmán.
En Socoscora: Margarita Garro.
En Punta de los Chañares: Rosalía Bustos.
En Quines: Justa Farias y Dominga Domínguez.
En Nogolí: Tomasa Gómez.
En Suyuque: Francisca Alcaraz y Justa Quiroga.
En El Tala: Juana Fernández y Rosa Lorca.

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En Chalanta: Aniceta Lucero y Valencia Velásquez.
En el Gigante: Andrea Correa y la viuda de Mariano Ponce.
En Estancia Grande: Viviana Miranda.
En Río V: Catalina Fernández, María Peralta y María de las nieves Blanco
Como se ve, en esta lista estaba representado todo el sexo femenino de la provincia de
San Luis, sin contar las casadas, pues por ellas, concurrían sus maridos a la contribución
patriótica. Con este valioso y noble concurso, se sostuvo el Ejército de los Andes, se
reconquistó a Chile y se preparó la expedición libertadora al Perú. La heroica Cuyo dio cuanto
tenía, por la mano generosa de sus mujeres, y las puntanas contribuyeron, a la par de sus
hermanas las mendocinas y las sanjuaninas, a la realización de esas campañas gloriosas.
Ahora, yo pregunto si pueden nuestras comprovincianas, reivindicar, ante la posteridad
justiciera, en esta hora de los grandes recuerdos nacionales, el legítimo título que adquirieron, a
la eterna gratitud de la Patria.


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UNA PATRIOTA ANONIMA
______
La tradición local no ha conservado el nombre de aquella noble mujer del pueblo, que
fue a llevar, al teniente gobernador Dupuy, todo su haber, como donativo al ejército; pero ha
quedado el hecho, con su alto significado moral. Presentóse en su casa, acompañada de un
niño, conduciendo un burrito cargado con dos sacos de provisiones y unos hermosos zapallos.
Se hizo conducir a presencia del austero mandatario y le dijo: ─Señor: Traigo mi contribución
para el ejército... Disculpe, señor, su insignificancia: pero, no tengo otra cosa que ofrecerle...
─Muchas gracias, buena mujer: ojalá todos los vecinos imitaran su generoso
desprendimiento.
En el acto ordenó a su asistente que recibiera el donativo. Acompañando, luego, a la
mujer hasta la puerta de su despacho, siguióla con la vista.
─¡Muy bueno está todo eso! ─exclamó al ver los grandes zapallos y al saber que los
sacos contenían pasas de higos. Y continuó conversando para averiguar donde se producían tan
excelentes frutos, recomendando, a la vez, el cultivo de la tierra, tan necesario para la
alimentación del pueblo.
Entregado el donativo, iba la mujer a retirarse, cuando el teniente gobernador la detuvo,
preguntándole:
─¿Podría cedernos el aparejo que trae el burrito? Necesitamos con urgencia todos los
que se puedan reunir, para transportar a lomo de mula, las provisiones del ejército.
─¿Y cómo no, señor...?
No bien dio su consentimiento, el asistente se apoderó del aparejo.
─Dígame, señora, ─continuó el teniente gobernador, ─ ¿Necesita mucho su burrito? A
nosotros nos será muy útil para acarrear leña al campamento, porque las mulas están flacas y
fatigadas con tanto trabajo, y, dentro de pocos días, deben salir con destino a Mendoza.
─Bueno, pues, con mucho gusto; disponga del animalito.
Dupuy agradeció, una vez más, tanta generosidad y haciendo una señal al asistente, éste
se apoderó del pollino y lo arrastró al corralón de la huerta, no obstante su empaque y las
sentadas con que se resistía a entrar.
─¡Habráse visto un pollino igual! ─ exclamó el criollo, agregando con su tonada: ¡parece
que fuera un «maturrango» que se hace rastra para no entrar a casa del teniente gobernador!
¡Ya lo sabremos!
─Todavía tengo algo más que pedirle, señora, en bien de la patria, ─había continuado el
teniente gobernador ─y Ud. ha de perdonarme tanta molestia...
─Ordene, nomás, señor. Aquí estamos para servirle.
─¡Mil gracias! Ud. sabe que estamos apuradísimos haciendo tejer el picote y que
necesitamos muchas costureras para confeccionar el vestuario de la tropa... ¿Sería tan buena
que quisiera ayudarnos en esta tarea?

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─Sí, señor; haré cuanto me sea posible y también puedo ver a una comadre mía, que es
muy hábil tejedora.
─¡Que la patria se lo pague! ─y llamando a su secretario Ribero, le ordenó entregase
costuras a la noble mujer.
Y la sencilla y buena hija del pueblo, después de dejar su donativo y su burrito, cargaba
con su atado de telas cortadas para coser el uniforme de la tropa. Al despedirse, volvió,
todavía, a darle las gracias al digno mandatario, en nombre de la patria, del general San Martín
y del ejército.
Así era como se estimulaban todos los elementos utilizables y se conquistaban todas las
voluntades, para hacerlas servir a la gran causa, en aquellas pobres ciudades del interior, donde
había que improvisar desde el soldado, hasta los más insignificantes elementos de su equipo.
Rara era la semana en que no se promulgara un bando, a son de cornetas y tambores,
para pedir alguna contribución al vecindario; y el vecindario, siempre, apresurábase a
responder al llamamiento de la autoridad. Hasta los trapos usados, fueron requisados. Lavados
y empaquetados, quedaban listos para servir de vendas y hacer hilas o para abrigar los pies en
los tamangos, especie de calzado de los troperos, en la cordillera nevada.
Volviendo a ocuparnos de nuestra interesante heroína, diremos que cumplió
ampliamente, el honroso compromiso contraído. Consiguió el concurso de su comadre, de la
ahijada de su comadre y de otras vecinas de ambas. La aguja y la lanzadera nunca tuvieron tan
noble y empeñosa aplicación.
Cuando a la distancia se oía el toque de oración, recién suspendían el trabajo, para elevar
la plegaria e implorar la ayuda a Dios en favor de nuestra causa, y, cuando aquella tarde
memorable, el «Chorrillero» traía en sus alas invisibles, el eco de los clarines que anunciaban
la aproximación de los bizarros regimientos, en marcha hacia los Andes, todavía corrió a su
encuentro, para entregar a los soldados el emblema de su fe religiosa, en el escapulario por ella
misma bordado, y el último atadito de «vicios» y golosinas, con que entretenerse en el largo y
fatigoso camino.
Esa patriota anónima, esa sencilla flor de nuestros campos, esa buena mujer, es la
personificación del alma de nuestro pueblo; es el pueblo mismo, de pie ante el altar de la
patria, para ofrendarla todo cuanto pudo: su escaso patrimonio, su industria inagotable y su
sangre generosa.
En el fondo, es la verdad histórica, idealizada y embellecida por la leyenda, a través del
tiempo, y por nuestro amor al terruño natal, para que se perpetúe en el alma popular, como un
precioso legado de la virtud ciudadana.


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«LA PANCHA»
Llamábanla popularmente La Pancha. Era una moza guapa, bien formada y esbelta. Sus
grandes ojos negros de mirada acariciadora, habían cautivado más de un corazón juvenil; pero,
ella mostrábase indiferente y desdeñosa hasta que se encontró de cerca con el bizarro
granadero Dionisio Hernández, a quien ya conocía a la distancia. El vistoso uniforme del joven
voluntario y su arrogancia natural, impresionaron su imaginación, exaltada en aquellos
momentos por el patriotismo, y desde entonces, dedicóse a cautivar en silencio, aquella
naciente flor de su pasión. Luciendo su hermosa trenza renegrida y el rojo pañolón de
espumilla que envolvía su busto, a la vez que los largos flecos caían, como un cortinado, sobre
su falda, mostrábase al atardecer, en la puerta de su casa, aparentemente abstraída en el tejido
de sus delicadas mallas; pero, escudriñando allá, hacia la calle ancha que conducía a la plaza de
armas. Por allí aparecía el apuesto granadero, después de la lista de cinco.
Como experto criollo, ya había notado la maniobra de la joven. Se acercaba
respetuosamente, daba las buenas tardes y seguía su camino. En una de tantas pasadas, cuentan
que tuvo, al fin, la corazonada de detenerse un instante y preguntarle si aquellas mallas, que
tejía con tanto afán, estaban destinadas a venderse.
─¡No!, ─le contestó ella secamente, pero clavando sus negros ojos en los ojos del
granadero.
Aquella mirada expresiva, honda y sostenida, lo dijo todo; las mallas acababan de
aprisionar fuertemente al pez.
Desde entonces, fue todas las tardes libres de servicio, a saborear el exquisito mate
cebado por la Pancha. La madre de ésta, había comprendido todo y no dijo palabra. Un día
cualquiera la joven se encargaría de decirle, indirectamente, lo que ya no era un secreto para
nadie.─¿No es verdad, mamita, que Dionisio es un buen muchacho?
─Sí, hija; pero es soldado y pronto debe partir su regimiento a incorporarse al Ejército de
los Andes.
─¿Y eso qué importa?, ─contestó la muchacha. ─Yo seguiré su destino, ─agregó
resueltamente.
─¡Por Dios!...Hija, ¿qué dices? ¿No ves que eso sería, simplemente una locura?
─Sea como lo afirmas, madre mía; pero, mi propósito es irrevocable. Mediante el
permiso de Dios y tu bendición, yo no me separaré de Dionisio. Esa es mi suerte y debes
resignarte.
La pobre madre, que conocía el carácter resuelto de su hija, quedó muda, mientras
derramaba gruesas lágrimas.


LA TRADICIÓN PUNTANA
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La Pancha
Desde ese día, no se habló más del asunto, limitándose la anciana a contemplar en
silencio aquella pareja locamente enamorada. La Pancha, también sentía haber causado aquella
intensa pena a su pobre madre; pero no lo podía remediar; el amor se sobreponía a todo.
Una mañana, muy temprano, ataviada con sus mejores prendas de vestir, fuése a oír la
primera misa, al Convento de Predicadores, arrodillándose a los pies de la Virgen del Carmen.
Terminada la misa, pasó a hablar con el Prior, fray Manuel Barros, y es fácil suponer que fue a
solicitar un consejo paternal. Regresó a su casa contenta, y, más empeñosa que nunca, reanudó
las tareas domésticas. Su suerte estaba echada. Aquella tarde, volvió, como siempre el
fascinado Dionisio, y, por primera vez quedóse a cenar la sabrosa carbonada y la exquisita
torta al rescoldo que había preparado su prometida. Terminada la comida, la Pancha trajo el
brasero y la «pava» hirviendo, lo colocó en la puerta de la habitación y comenzó a cebar mate.
La madre, sentada en un rincón, observaba y, automáticamente tomaba a su turno el
mate. Entre uno y otro mate, y al calor de las brasas avivadas, arreglóse el trascendental asunto
del matrimonio de aquellos apasionados amantes. La madre seguía muda y asistía, como una
estatua, a los animados coloquios del amor. Una semana más tarde y al toque de oración, se

LA TRADICIÓN PUNTANA
114
dirigía con su hija, engalanada al Convento de Predicadores. En el atrio de la Capilla
esperábanlas Dionisio y el sargento Rudecindo Garro, y en cuanto se reunieron, penetraron en
el templo. La Pancha caminaba con soltura, con ostentoso garbo, luciendo su rojo pañolón de
espumilla, y, entre su abundosa trenza que echaba a la espalda, entretejíanse blancas y
perfumadas flores del aire.
El virtuoso P. Barros, bendijo, en un instante, la unión de la apuesta pareja y
recordándoles sus mutuos deberes y las asperezas de la vida, imploró para ellos la protección
del cielo.
La suerte había sido, definitivamente echada, y su destino futuro estaba en manos de
Dios.
*
* *
Las milicias puntanas seguían disciplinándose para la gran jornada libertadora del Perú.
El general San Martín ultimaba, en Chile, los preparativos, cuando le sorprendió el estallido de
la conspiración realista en San Luis. En aquella mañana del 8 de febrero, en que los patriotas
dieron el trágico grito de alarma llamando al pueblo a las armas, la Pancha corrió a ponerse al
lado de su marido, y, como una leona enfurecida, se lanzó sobre los enemigos de la causa
americana. Sofocada la temeraria intentona y restablecido el orden, volvióse a la tarea de
reorganizar el ejército. El regimiento de Granaderos a caballo se rehacía y aumentaba en las
Chacras y a él se incorporó el voluntario Dionisio Hernández, siguiéndole su esposa que, con
sus propias manos, levantó su rancho en las proximidades del campamento.
Llegó la hora de la partida. El bizarro regimiento fue revistado y se puso en marcha, al
toque impresionante de los clarines y entre las exclamaciones delirantes del pueblo.
Detrás del regimiento, y a la cabeza de los milicianos troperos que conducían las cargas
y el ganado, apareció la Pancha, montada gallardamente, engalanada, como siempre, con su
rojo pañolón de espumilla y luciendo a la espalda su hermosa trenza renegrida.
«¿Dónde van? ¿Dónde van? ─Dios los empuja!
«Amor de patria y libertad los guía...»
─¡Adiós, Pancha! ¡Adiós, Panchita!, ─gritaba la multitud entusiasmada, mientras la
pobre madre, deshecha en lágrimas, balbuceaba apenas:
─¡Adiós!
Y la heroína, sonriente, agitaba la mano del corazón, despidiéndose con entereza de
todos, hasta que se perdió a la distancia, entre la nube de polvo del camino. Entonces, debió
volver la mirada, por última vez, a la aldea natal, nido de sus amores, donde dejaba con sus
recuerdos de la infancia y sus triunfos de mujer, la mitad de su alma apasionada.


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*
* *
El regimiento de Granaderos a Caballo pasó la cordillera y en Rancagua, se incorporó al
ejército Libertador. A medida que se terminaban los preparativos se acercaba el plazo para
zarpar de Valparaíso con destino al Perú, debía aumentar la ansiedad de nuestra heroína, ante
la horrible idea de quedarse sola en tierra extranjera. Sin embargo, su fe no la abandonó jamás,
aunque se sabía que el general San Martín no admitía mujeres en la expedición. ¿Quién hubiera
osado pedir una excepción en su favor? Entonces consultó a su marido sobre este punto:
─¿Se negaría el general a permitir el ingreso de un voluntario más al ejército?
─¡Cómo de un voluntario! ─repuso su esposo.
─Sí, Dionisio, de un voluntario, ─insistió ella con suprema resolución. Yo puedo vestir
el uniforme de granadero y ocupar, a tu lado, un puesto en las filas, jurándote que cumpliré mi
deber de soldado.
La solución encontrada le pareció aceptable al veterano, y sin perder un momento,
pusiéronse en la tarea de buscar quien se empeñase por ellos. Al fin, el General, conmovido
por aquel rasgo de amor y de varonil entereza, y elogiando la conducta de la heroína, acordó el
permiso solicitado. Entonces la Pancha, loca de alegría, cortóse las hermosas trenzas, vistió el
uniforme y ciñóse a la cintura el sable de granadero. Así se embarcó en la expedición
libertadora, causando la admiración de aquellos argonautas del ideal que iban a redimir
pueblos, hacia las remotas regiones del Ecuador, después del desembarco de Pisco y de la
gloriosa campaña de la Sierra, realizada por el regimiento, debía asistir a la solemne entrada en
Lima y participar de las expansiones del triunfo y de aquel hecho histórico, memorable en los
anales americanos.
También pudo decir, con legítimo orgullo, ante los coetáneos y su posteridad: Yo fuí, con
mi marido, del Ejército Libertador.
*
* *
Para terminar la gran campaña, el general San Martín había dispuesto una expedición a
Puertos Intermedios, destinada a operar en la Sierra del Sur y libertar del dominio realista, las
provincias del Alto Perú.
A fines de 1822 se embarcó la expedición, formando, como siempre, a su vanguardia, el
famoso Regimiento de Granaderos. A principio de 1823 estaba sobre Torata, a la vista del
enemigo. El choque fue violentísimo y sostenido por el extraordinario valor de los
independientes, y faltaba el último sacrificio para inclinar a su lado la victoria, cuando los
realistas recibieron un poderoso refuerzo, viéndose aquellos obligados a retirarse sobre
Moquegua, con grandes pérdidas y agotadas las municiones. El envalentado enemigo picaba la
retaguardia y hacía supremos esfuerzos para dar el golpe decisivo y mortal. En tan apurada
situación, no quedaba sino salvar el honor de la jornada.

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117
El combate se empeñó de nuevo, el 21 de enero. Los patriotas, sin municiones, pelearon
a sable y a bayoneta, hasta que fueron arrollados, dejando en el campo más de 700 muertos y
heridos, 1.000 prisioneros y el resto en espantosa dispersión. Inútiles fueron al principio, los
esfuerzos de los jefes y oficiales para contener a los fugitivos, organizar alguna resistencia y
protegerlos de la matanza que los exterminaba sin piedad. «A la vista de tan angustioso cuadro,
escribe el general Espejo actor en tan horrible drama, nos reunimos como cuarenta, entre
oficiales y jefes, armados como estábamos, unos con sable, espada o lanza, pero todos con
pistolas y formamos el Escuadrón Sagrado, como algunos lo denominaron, para proteger en lo
posible aquella masa enceguecida por el pánico.
«Se le dio el mando al Comandante D. Juan Lavalle, contándose entre las filas a Pringles
y al sargento distinguido don Dionisio Hernández, natural de San Luis, que llevaba a su lado a
su esposa La Pancha (también puntana), vestida de uniforme militar y armada de sable y
pistola, como era su costumbre en los combates en que entraba su marido»(1)
Contra ese escuadrón de héroes vino a estrellarse el furor del enemigo, en su tenaz
persecución de cinco leguas, recorridas por los patriotas a pie, fatigados y sufriendo los
horrores de la sed, bajo un sol de fuego.
El sargento Hernández estaba herido y desfalleciente, pero, la heroica Pancha había
vendado su herida y lo conducía del brazo, ayudándole a andar por aquellos arenales, hasta que
llegaron a la costa del mar, en las cercanías de Ilo. Ya estaban casi en salvo. Allí, sobre la
arena de la rivera, dejóse caer el soldado rendido por el cansancio y el infortunio. La noble
Pancha, como el ángel tutelar en la desgracia, no le abandonaba y alzando en el hueco de la
mano, un poco de agua del mar, refrescó su frente febricitante, a la vez que la piadosa brisa
marina contribuía también a reanimarle.
No debían terminar allí las terribles penalidades de nuestros soldados, porque el destino
cruel, como el hado fatal de la odisea legendaria, les preparaba nuevas desventuras, antes de
alcanzar la suspirada Itaca de su definitiva salvación. A la vista lucía su hermoso velamen,
desplegado a todo trapo, la gallarda fragata «Trujillana» y, más lejos, el bergantín «Dardo»,
que se acercaban a socorrerlos.
Los granaderos se embarcaron rápidamente y con ellos, el veterano Hernández y su fiel
compañera de triunfos e infortunios. La impericia de los capitanes llevó las naves a una costa
desierta y rocallosa, varias leguas al Sur de Pisco, donde los buques naufragaron, viéndose
obligados los tripulantes a arrojarse al agua para ganar a nado la costa. Muchos perecieron,
pero los más, se salvaron providencialmente, contándose entre ellos los simpáticos
protagonistas de este romance.
(1) General Espejo. «Rasgos histórico-biográficos de Pringles.»


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Vagaron casi dos días, sin rumbo y sin provisiones, por el arenal desierto e interminable.
Como ochenta soldados perecieron atormentados por la sed y hubieran sucumbido todos, si el
heroico Brandsen no hubiese mandado en su auxilio, varias partidas con barriles de agua,
víveres y caballos. Al fin llegaron a Pisco, exhaustos, enfermos y con el alma quebrantada por
los terribles sufrimientos de tan infausta campaña, en la cual todo había puesto a prueba la
grandeza moral de aquellos valientes; la derrota, la persecución a muerte, el abandono de los
compañeros heridos o rezagados, las grandes fatigas por el desierto, el naufragio y los horribles
tormentos de la sed.
La heroica Pancha, al lado de su esposo, había sufrido y triunfado hasta entonces, de la
adversidad; pero, regresaría a Lima envejecida, agotada y mortalmente enferma... ¡Qué caros
había pagado su amor y su lealtad al elegido de su corazón!
Allí desapareció entre la masa anónima de los heroicos hijos del pueblo, para los cuales
no hay ascensos, ni recompensas, ni recuerdos, ni lágrimas.
Cumplió noble y abnegadamente su triste destino, legándonos el ejemplo de sus excelsas
virtudes de mujer y de su patriótica exaltación. Pocas veces, en el alma femenina, se han
armonizado y fundido con temple tan extraordinario, las grandes afecciones del amor y el
sublime sentimiento de la patria.
————

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Ostracismo de Pueyrredón
——
La tendencia netamente democrática y liberal de Mayo, quedaba triunfante con el
pacífico movimiento de octubre del año XII. A lo menos, los sucesos que se siguieron lo
justifican plenamente, en cuanto se procuraba producir una acción revolucionaria más enérgica
y decisiva, apasionando al país por la independencia y la liquidación definitiva del sistema
colonial.
Pero no es nuestro propósito hacer historia ni deducir enseñanzas, sino fijar las causas
que dieron motivo para el extrañamiento de los primeros triunviros. En vano Pueyrredón
recordó sus honrosos antecedentes y servicios, pidiendo se le sometiera a juicio para probar su
inocencia y lealtad. El propósito tomado era irrevocable, por creerlo así útil a las altas
conveniencias de la nueva dirección política y, sin desconocer sus méritos, le fijaba por
residencia obligada la ciudad de San Luis.(1)
Pueyrredón resignado, como Arístides el justo, a tomar el camino del ostracismo, se
alejó sin más reproche que estas palabras: «tendré un verdadero placer en saber que V. E. ha
completado sus miras con utilidad de la Patria».
Así era como esos varones fuertes deponían sus pasiones y todo lo sacrificaban al éxito
de la causa redentora, en que estaban tan empeñados.
Tras larga y penosa travesía y sufriendo aún de antigua dolencia, llegaba en lo primeros
días de 1813 a la capital puntana, deteniéndose al pie de su sierra próxima, mientras enviaba un
propio a las autoridades con el anuncio de su arribo. Allí fijó por de pronto su campamento,
para reponerse de la fatiga de tan largo viaje y calmar la fiebre que lo devoraba en las fresca
aguas del Chorrillo, en cuyo sitio elegiría poco después su morada definitiva, atraído por lo
pintoresco del paisaje.
La noticia del acercamiento del ilustre proscripto, cundió en un instante en toda la
población, despertando un inusitado interés y siendo tema de animados comentarios. Al día
siguiente se reunían los más caracterizados vecinos y el pueblo en el Cabildo y sus cercanías,
para ver llegar y saludar al general Pueyrredón. Venía precedido de la fama de héroe de la
reconquista de Buenos Aires y de su reciente hazaña en el Alto Perú, cuando después del
desastre de Huaquí, sustrajo los caudales de Potosí, con los cuales se había abastecido el
ejército de operaciones en el Norte.
(1) Excmo. señor: Por el oficio reservado de V. E. de fecha 16 del próximo pasado noviembre, quedo
impuesto habérsele destinado a esta ciudad, al coronel don Juan Martín de Pueyrredón, a quien luego de
apersonarse a este gobierno, cumpliré con la superior orden de V. H. en vigilar en sus operaciones.
Ntro. Sor. Gde. a V. E. ms. a. ─San Luis y diciembre 11 de 1812─ (Firmado). Josef Lucas Ortiz.
Excmo. Superior Gobierno Ejecutivo de estas Provincias Unidas del Río de la Plata

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121
Los vecinos se descubrieron a su paso, Ceremoniosa y lucida fue la recepción, aunque
breve, pues el general pidió permiso para retirarse al peñón solitario que había elegido para su
morada. Ningún sitio más adecuado a su quebrantada salud y a su estado de espíritu.
La terminación de la sierra o Punta de los Venados, es un macizo granítico escarpado y
magnífico, vestido de típica vegetación, donde los arbustos y yerbas fragantes alternan con
variadas especies de helechos y de cactus.
La mole se eleva a más de mil metros y, cuando se le escala, se presenta a la vista del
viajero un paisaje interesante, con sus sucesivos cambiantes de luz y de matices, en aquel
cuadro animado de la naturaleza que se domina definitivamente desde la cumbre. Al pie, corre
perezosamente, sobre una franja de arena, el reducido caudal del Chorrillo; en seguida aparece
la modesta ciudad entre sus alamedas; más allá la plateada superficie del lago Bebedero y por
fin, en el horizonte lejano, como nubes apiñadas y parduscas, la inmensa cordillera andina.
Desde allí se abarca uno de los panoramas más hermosos del interior.
En aquel sitio apartado y entre sus escabrosidades, debía ir a ocultar sus íntimos dolores,
como un cóndor herido, el ilustre proscripto. Hondas y profundas meditaciones debían
absorberlo; dar equilibrio a su espíritu y madurez a sus ideas, así como los apóstoles de la
nueva doctrina se disciplinaban en el desierto, alimentándose con yerbas y miel silvestre, para
presentarse después a los pueblos con la frente iluminada por la fe redentora.
Así pasó el general resignado, pero firme, esperando la hora de ponerse otra vez al frente
de grandes destinos. Acompañábanlo algunos miembros de su familia y entre otros el capitán
José Cipriano Pueyrredón, que más tarde desempeñó importantes funciones en San Luis.
Sólo un disgusto vino a ocasionarle la conducta del teniente gobernador don José Lucas
Ortiz, por no haberle invitado al acto de jurar público reconocimiento y obediencia a la
soberana asamblea instalada en Buenos Aires. De ello se quejó a la ilustre corporación, y en
desagravio, se mandó apercibir al demasiado rígido funcionario.
En tal situación debió encontrarlo San Martín en 1814, cuando fue a ocupar el puesto de
gobernador intendente de cuyo, y quizá los planes posteriores, en que ambos colaboraron en
primera fila, se bosquejaron en aquel lugar y en aquella oportunidad, ya calmadas las
rivalidades y desaparecidas las causas de su pasajero distanciamiento.


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122
General Juan Martín de Pueyrredón, tomado de una miniatura hecha en 1806.
*
* *
Mientras tanto, el tiempo pasaba sin ningún incidente digno de mención. El general
dirigía personalmente la tarea de levantar unas habitaciónes, cultivaba una pequeña huerta y
por sus propias manos plantó allí dos ombúes, llevados desde Buenos Aires, cuyos retoños
vigorosos aun se conservan, para perpetuar el recuerdo del ilustre compatriota.
Pueyrredón tenía predilección por ese gigante de las llanuras del litoral y se esforzaba
por combatir, en los paisanos bonaerenses, la superstición de que quien vivía a su sombra o
plantaba un ombú, no tardaba en ser perseguido por la desgracia.

LA TRADICIÓN PUNTANA
123
Era pues muy conocido el dicho de casa con ombú, termina en tapera, es decir en
abandono y ruina.
En verdad que árbol tan hermoso es digno de todo cuidado. Es como el símbolo de la
inmortalidad. El huracán podrá desgajarlo, aniquilarlo el hacha y el fuego; pero él retoñará del
último raigón, para alzarse providencialmente en las pampas y ser el abrigo obligado de todo
ser viviente, contra el rigor del sol o el furor de la tempestad.
Aquellos cultivos, tareas saludables y consoladoras, neutralizaban un poco la terrible
nostalgia del hogar y de la populosa ciudad, teatro de sus glorias, de la que estaba alejado, sin
saber hasta cuando duraría su destierro.
Un suceso inesperado vino a interrumpir aquella insoportable monotonía de una
existencia forjada para las grandes luchas.
En sus frecuentes conversaciones con los vecinos, había manifestado el propósito de
hacer una excursión al lago Bebedero y cuando la idea estuvo próxima a realizarse, la noticia
cundió rápidamente, comentándose y produciendo cierta alarma en el espíritu de la gente
sencilla y crédula.
En el seno mismo del grave Cabildo puntano repercutió el asunto y hubo de tratarse con
el solemne formulismo de la época; pero acordóse enviar privadamente, una delegación, a fin
de persuadir al señor general que la tal empresa involucraba un serio peligro para su ilustre
persona.
Encargóse de llevar la palabra a D. Tolentino Quiroga, como el más lenguaráz, y la
delegación partió sin demora a la «Aguadita de Pueyrredón», como se llamaba la residencia del
proscripto. No dejó de impresionar al general la inesperada visita, ya notada, antes de llegar,
desde las alturas de su vivienda que domina el camino a la ciudad. Pensaba que algo
extraordinario debía ocurrir, máxime cuando hacía poco llegaba la noticia del director Alvear.
Con la exquisita cortesía que le caracterizaba, se adelantó a recibir a los visitantes y
estrechándoles la mano les invitó a pasar a una habitación reservada.
Cambiadas las palabras de estilo entre la gente culta, hubo un momento de ansiosa
expectativa. Al fin D. Tolentino, disimulando la emoción que lo embargaba, se resolvió a
hablar.─Extrañará el señor General esta visita sin previo anuncio; pero graves motivos nos han
obligado a proceder con cierta precipitación.
─De ninguna manera, señores; en esta casa se recibe con placer y a cualquier hora, a
quien tiene la fineza de visitarme.
─Mil gracias; pero es el caso, señor, que sus amigos hemos tenido conocimiento de su
próximo viaje al Bebedero...
El general sintió que se le venía el alma al cuerpo y animándose su semblante, disimuló
una ligera sonrisa.
─...Porque ha de saber el señor General que la laguna tiene sus peligrosos
encantamientos...
─¡Ah, sí! ¿eh? ¡qué curioso! Debe ser realmente encantador, y es precisamente por eso
que me he decidido a conocerla de cerca.
─La laguna es «brava», añadió don Gabino Páez─ y dicen que sus aguas han salido de
lecho arrastrando a la gente que se le aproximaba...

LA TRADICIÓN PUNTANA
124
─Ni las haciendas escaparon ─continuó D. Tolentino.
Se cuenta que una vaca blanca, con cuernos relucientes, atrae con sus mugidos a los
animales que luego desaparecen... Los pobladores cercanos cuidan de que la hacienda no vaya
a pastar en sus alrededores, porque se han perdido «puntas» de vacas, cuyos rastros iban hasta
la orilla misma de la laguna.
─Es verdaderamente maravilloso, agregó el General, ya en tono de broma; y por lo
mismo, vale la pena de presenciar tal suceso; tal vez desaparecería pronto el misterio de ese
hecho sobrenatural.
─De noche se oyen lamentos y carcajadas; a la madrugada cruza por el cielo una bruja,
en la forma de un pájaro negro, balando como un cabrito. Hay luces malas y debe haber, señor,
muchas almas en pena.
─Bueno, mis amigos, tanto mejor. Ya que las armas de la patria han sacado tantas almas
en pena, allá iremos con fray Benito Lucero y veremos si libramos esas otras.
La delegación estaba batida y una prudente retirada era lo único que les quedaba,
después del ridículo papel desempeñado, aunque de buena fe.
Se pasó a hablar de otros asuntos y recayó la conversación sobre los preparativos de San
Martín para ir a sacar las almas en pena del otro lado de la cordillera.
Había llegado el momento de retirarse y, confusos, se despidieron del General,
diciéndoles éste: Con que, mis amigos, cuento con ustedes para ir a sacar «almas en pena».
Se inclinaron respetuosamente y don Tolentino girando la cabeza se persignó con
disimulo.
Otro asunto realmente grave vino a hacer olvidar tan gracioso episodio. San Luis debía
elegir su diputado al Congreso de Tucumán. Hecha la designación de electores y reunidos éstos
en la capital de Cuyo, nombraron al general Pueyrredón para el cargo, no obstante sus
reiteradas renuncias a causa de las intrigas del díscolo síndico procurador Peñalosa, agente de
Poblet, desterrado en «El Tala». El hecho es que los puntanos sacaron del ostracismo al
esclarecido patriota, al político de más largas vistas que ha tenido la revolución.
Este suceso impidió, sin duda, al General ir a la laguna del Bebedero. ¿No habría
influído en su designación para alejarlo del inminente peligro, en que se le suponía, la
credulidad primitiva de don Tolentino Quiroga y de don Gabino Páez? El dato interesa al
futuro biógrafo de Pueyrredón, pues, a veces, acontecimientos insignificantes y hasta
grotescos, influyen en los destinos de un hombre y de un pueblo.
————

LA TRADICIÓN PUNTANA
125
El escudo de San Luis
——
Con el título de «Emblemas Argentinos», publiqué en la Revista Nacional el año 1897,
unas notas sobre nuestra curiosa heráldica, trabajo que suspendí por no poder insertarle las
ilustraciones gráficas, de las que dependía todo su interés y toda su importancia.
Reproduzco aquí parte de lo que tenía escrito sobre las armas de la Nación, agregando lo
que se refiere al escudo de San Luis, con el fin de divulgar los hechos de su historia, pues son
raros los que se han ocupado de esta índole de trabajos allí, interesando su conocimiento a las
nuevas generaciones que se incorporan a la vida activa de aquel estado.
Es indispensable hacer una breve introducción para referir sucintamente el origen y
significado de los símbolos de la soberanía nacional y mencionar los principales sucesos que se
desarrollaron al advenimiento de la provincia de San Luis, como entidad política autónoma.
Dije en la producción de la referencia, que consumada la revolución de 1810, los que
fueron su alma y brazo, quisieron, desde luego, crear los emblemas de la «nueva y gloriosa
nación», que en adelante y para siempre, la distinguiese entre las otras naciones de la tierra.
Al efecto, el general Belgrano proponía al triunvirato el 13 de febrero de 1812 la
adopción de la escarapela nacional, y catorce días después, desplegaba y hacía jurar a sus
soldados, en las barrancas del Rosario, la bandera azul-celeste y blanca, juramento que por dos
veces más debía repetir el Ejército del Norte, en vísperas de las victorias de Tucumán y Salta.
Estas ceremonias, aunque no autorizadas por el gobierno, fueron aceptadas como hechos
consumados, decidiendo poco después su asentimiento y su sanción definitiva y solemne.
Pero, a la memorable Asamblea Constituyente del año XIII, le estaba reservada la gloria
de pronunciarse sobre el particular, mandando crear sus armas por resolución del 27 de abril y
ordenó que ellas sustituyeran a las del Rey «que se hallan fijadas en lugares públicos y a las
que traigan en escudos o de otro modo, algunas corporaciones y sólo permanecerán de aquel
modo en las banderas y estandartes que los tengan».
En consecuencia de disposición tan trascendental, se mandó pintar nuestro escudo,
probablemente sobre el español que se ostentaba en el Real Tribunal del Consulado, donde
funcionó la gloriosa Asamblea. A lo menos así parece en el que se conserva en nuestro
hermoso museo histórico.
A este importante medida siguióse la adopción del sello, en el que se reprodujo dicho
escudo, y, aunque no se conocen los documentos escritos de la referencia, la tradición atribuye
esa creación al presidente de la asamblea, general Alvear, en colaboración con el doctor
Monteagudo, constando de una manera evidente que lo grabó el artista cuzqueño Juan de Dios
Rivera, antiguo operario de la casa de moneda de Potosí.
Así se formaban las armas de la ilustre ASAMBLEA GENERAL CONSTITUYENTE
DE LAS PROVINCIAS UNIDAS DEL RIO DE LA PLATA, que sirvieron también para
el SUPREMO PODER EJECUTIVO de las mismas, con el solo cambio de estas palabras,

LA TRADICIÓN PUNTANA
126
adoptadas por decreto del 13 de mayo. Un mes después se manaba a acuñar moneda de oro y
plata en Potosí, con los mismos atributos.
Importantes trabajos se han publicado sobre tan interesante asunto, siendo los principales
los del general Mitre, doctor Carranza, Biedma, Rosas y doctor Zeballos.
El Ministerio de Relaciones Exteriores dirigió al Cuerpo Consular en 1885, una nota
describiendo el escudo, y de la observación que de ella hace el publicista últimamente citado,
resulta su descripción como sigue: Es de forma oval, azul en su parte media superior y blanca
en la inferior. Sus atributos, dos manos entrelazadas sosteniendo en una pica el gorro frigio,
cuyo significado es: En Unión y Libertad; lo corona o mejor dicho, es su timbre un sol naciente
esplendente, y lo rodea la corona de laureles, símbolo del triunfo y de la gloria.
Así fue como el escudo se generalizó en todo el país, siendo tácitamente aceptado y
usado, sin excepción, por todas las provincias de la unión argentina, hasta los albores del año
20. A partir de esta fecha se iniciaba una serie de sucesos irregulares y anárquicos, que nos
llevaron a los límites de la disolución política de la nacionalidad con la disgregación de las
provincias, su aislamiento y el predominio del caudillaje, cuya acción disolvente hicieron
malograr diez años de lucha y sacrificios.
Al romper, violentamente, las provincias los vínculos que las unían entre sí, se
constituyeron en entidades completamente autónomas: muchas de las
cuales se
independizaron, como Tucumán, con la cual y otras vecinas, el caudillo Aráoz formó una
república independiente. Lo propio que de hecho eran sus otras hermanas del interior y del
litoral, bajo la influencia de obscuros mandones de triste recordación.
Cada una de estas agrupaciones, así constituida, tenía buen cuidado de crear los símbolos
de su soberanía, adoptando armas con sus propios atributos, para sellar sus documentos y hasta
su moneda.
*
* *
Con la sublevación del ejército del Norte en la posta de Arequito, coincidió la del 1º de
Cazadores de los Andes, acantonados en la ciudad de San Juan. El movimiento estalló el 9 de
enero de 1820, encabezado por el capitán Mariano Mendizábal, al grito de: ¡VIVA LA
CONFEDERACIÓN Y MUERA EL TIRANO!
La región de Cuyo formaba políticamente a la sazón una sola provincia, estando el
asiento del gobierno en Mendoza, y rigiéndose San Juan y San Luis por tenientes de su
dependencia. El entonces gobernador intendente y jefe de las milicias de Cuyo, coronel
Luzuriaga, mandó sofocar la sublevación del 1º de los Andes, pero, poco después se veía
obligado a dimitir el cargo, cediendo al mismo espíritu de anarquía que convulsionaba todo el
país. Mientras tanto, el pueblo de San Juan proclamaba gobernador al capitán Mendizábal y lo
autorizaba para organizar el poder y gestionar la independencia de la provincia.
Al efecto, comisionó a don Joaquín Mariano Romero para que se trasladase a Mendoza e
hiciese dichas gestiones, a fin de evitar el derramamiento de sangre de hermanos y todas las
consecuencias fatales de una guerra. El comisionado entendióse con el gobernador pedro
José Campos, que había remplazado a Luzuriaga, encontrando la más favorable acogida y


LA TRADICIÓN PUNTANA
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resolviéndose la separación de las provincias de San Juan y San Luis, hecho que se celebró con
manifestaciones ruidosas. Así surgieron estas provincias a la vida independiente.
El pueblo de San Luis se congregó el 15 de febrero; anunció su advenimiento como
entidad soberana y, por el órgano del Cabildo, arrancó la renuncia de teniente gobernador al
coronel Vicente Dupuy.
Habiendo fracasado las tentativas para organizar el país, renació la anarquía con más
furor que el año 20, para producir su fruto natural y maldito, ─LA TIRANÍA, ─que personificó
Juan Manuel de Rosas, alzado con la suma del poder público.
Es demasiado conocido ese período de barbarie y de sangre, que no se execrará lo
suficiente cuando se consideren friamente los sucesos y se desentrañe su filosofía.
Escudo de San Luis
Conviene a mis propósitos, citar la adhesión humillante y el indigno homenaje que le
tributaron sus partidarios y a que fue obligado el pueblo argentino por sus tenientes y sus
secuaces.
Ejemplos de esta naturaleza sólo nos recuerda la época romana que se iniciara con
Octavio y que se siguiera con esa serie de locos morales, que llegaron a excesos increíbles y de
los que se horroriza la humanidad.
Así a Rosas tributáronsele todos los honores, ornando su nombre con los títulos más
ridículos a fuer de no merecerlos; batiéndose medallas y monedas con su efigie y hasta
rindiéndosele honores divinos, para que nada faltara a la baja y ruín adulación. Entre estos
actos de sumisión, distinguióse el entonces gobernador de San Luis, don José Gregorio
Calderón, quien no queriendo ser menos que sus colegas de Mendoza, Pedro Molina, Yanson,
de San Juan y Brizuela de la Rioja, decretaba con fecha 20 de diciembre de 1836, un sello en
honor del tirano, cuya descripción es como sigue:
Sería grabado en tinta punzó y en su centro se representarían los tres principales cerros
de la Carolina, como el precioso manantial de oro de la provincia y sobre ellos el sol, en
disposición de alumbrar por la mañana. Al pie de los cerros, se figuraría un cuadrúpedo
mirando al sol.

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128
Este animal significaría la época de prosperidad de la provincia que databa, según el
nombrado gobernador Calderón, desde el gobierno modelo y progresista del omnipotente
argentino.
En el centro del escudo y al pie de los cerros, llevaría esta inscripción:
LA PROVINCIA DE SAN LUIS AL ILUSTRE GENERAL ROSAS, y en el círculo: LE
CONSAGRA GRATITUD ETERNA POR SU EXISTENCIA Y LIBERTAD.
Este es el origen del escudo puntano. Sin embargo sus atributos no eran originales, sino
copia de los que asignó al suyo la Legislatura de la Rioja, sancionado por influencia del
gobernador Brizuela, a principios de julio de 1836, y en el que también figura un sol naciente
alumbrando el cerro de Famatina, fuente de la riqueza minera de la provincia.
El cerro de Famatina se denominó desde entonces «Cerro del general Rosas»,
rememorando tal vez las medallas y monedas batidas en Buenos Aires en honor del tirano en
que figuran los Cerrillos, estancia de la Guardia del Monte, guarida del déspota y punto de
partida de su preponderancia en la masa inculta de la vasta campaña, que le sirvió de pedestal
para llegar a las alturas del poder ilimitado.
Las otras provincias de Cuyo no hacen figurar cerros, apareciendo sólo la leyenda rosina
y las laudatorias en tinta roja, color de la divisa de Rosas y de su partido.
En el proyecto para fundar una casa de moneda el año 42 en San Luis y acuñar el oro y
la plata de sus minas, se establecía: que el sello de la moneda acuñada llevaría en su frente las
armas de la patria, orladas con trofeos, y en el círculo la fecha del año y el lema Rep. Arg.
Confederada
8 escudos; en el otro frente el retrato del brigadier general Juan Manuel de
Rosas y al pie de él diría Rosas y en su círculo, Restaurador de las leyes.
El sello del gobernador Calderón se usó en todos los documentos de la época de la
tiranía, hasta 1852, cuando brilló la libertad en los campos de Caseros. A raíz de estos sucesos,
la legislatura mandó borrar la leyenda rosina mencionada, y se usó con la sola inscripción al
pie de los cerros: LA PROVINCIA DE SAN LUIS.
Así figura hasta 1871, mandándose posteriormente grabar sellos con otras ligeras
variantes, en los que ya aparece orlado por gajos de laureles. Últimamente se han agregado
DOS VENADOS al pie de los cerros, que se miran frente a frente: pero sin que esa resolución
conste en ningún documento.


LA TRADICIÓN PUNTANA
129
Proyecto de Escudo Municipal
De este modo lo hemos reconstruído recientemente y así nos proponemos conservarlo.
Estas convenientes modificaciones, hacen olvidar su origen y se acomodan mejor a la tradición
histórica de la fundación de la capital(1). En su traslación al lugar donde hoy está, se le
denominó SAN LUIS DE LA PUNTA DE LOS VENADOS y a los hechos posteriores en que
figuraron, cuando sus hijos conquistaron laureles inmarcesibles en los campos de batalla por
nuestra libertad y la de América.
Así, pues, resulta que el escudo puntano, con el de Corrientes y Santa Fe, es uno de los
más hermosos y originales, y pueden clasificarse, según las reglas de la heráldica, de parlante,
por sus apropiados y bellos emblemas.
(1) En 1594 en un título otorgado por el general Luis Jofré, el 20 de octubre, a favor de Juan de Barreda
Estrada e hijos, de las tierras del Carrizal y Rosario (hoy La Toma), este general Jofré se titula fundador de
esta ciudad de la Nueva Palmira del Río Seco. Recién en 1596 aparece la fundación de San Luis a nombre de
Martín Oñez de Loyola, pues éste no pudo hacerlo personalmente, estando a la sazón ocupado en el distrito
de Tucapel en someter a los araucanos, campaña en donde perdió la vida en 1598. los fundadores de San Luis
fueron vecinos de Mendoza, quienes estacionaron allí una pequeña guarnición para proteger el comercio
entre Chile y el litoral argentino.


LA TRADICIÓN PUNTANA
130
Escudo Municipal de Mercedes
Los cerros simbolizan la fortaleza y su riqueza mineral; el sol saliente el astro rey de la
tradición incásica, que ilumina los destinos del nuevo estado desde su redención política: los
VENADOS al pie, los más hermosos representantes de su rica fauna aborigen; los laureles que
lo orlan, como los de la Nación, los atributos del triunfo y de la gloria y los lazos de cinta que
los unen por debajo, los símbolos de la unión, que se hace la fuerza y labra la prosperidad de
los pueblos, a que ha de llegar esa provincia en días más venturosos y no lejanos, mediante la
inteligencia y el verdadero patriotismo de sus buenos hijos.
El gobierno local debía dejar constancia oficial en sus archivos de la adopción del
escudo, haciendo fijar los atributos que le son propios, en la forma que los he determinado, con
su hermosa significación histórica y simbólica(1).
Como complemento a este trabajo, he ideado los escudos para los unicipios de la ciudad
capital y Mercedes, que merecen tener su blasón independiente.
Para el Municipio de la ciudad de San Luis: El dique de los Funes, entre los cerros y en
la parte superior cirniéndose en el espacio un cóndor, y de los que allí se ven con frecuencia,
en la cumbre llamada «dormidero de cóndores».
Para Mercedes: escudo oval, figurando en su campo la corriente del Río V con cinco
árboles de caldén en su orilla; un Fuerte, recuerdo de su primitivo nombre, «Fuerte
Constitucional» y un vacuno, símbolo de la riqueza agropecuaria. Estos atributos son
adecuados y se ajustan a las reglas de la heráldica. Sin entroncamiento con la clase privilegiada
(1) Estos datos fueron suministrados a su solicitud, al Director del Departamento Topográfico y de Obras
Públicas Ingeniero R. León, cuando se propuso hacer el escudo para los edificios públicos.

LA TRADICIÓN PUNTANA
131
que terminó con la independencia nacional, ostentaremos en nuestro escudo, la naturaleza, los
atributos del trabajo y la tradición local.
Este escudo ha sido aprobado por el Consejo Deliberante de Mercedes, con fecha 28 de
julio de 1915.
————

LA TRADICIÓN PUNTANA
132
Un detalle sobre las causas de la
conspiración de San Luis
——
Un grupo distinguido de oficiales españoles fueron confinados a la ciudad de San Luis,
después de la victoria de Maipú. Allí fueron trasladados, a mediados de 1818, el acicalado ex
presidente de Chile, Marcó del Pont, y su teniente general González de Bernedo, prisioneros en
Chacabuco; el heroico Ordóñez, el caballeresco Primo de Rivera, Morla, comandante de
regimiento Burgos, Morgado, jefe de la caballería realista, y muchos otros de menor jerarquía
y figuración; pero, en su mayoría, dignos representantes del valor y de la hidalguía castellana.
Muy recomendados por el vencedor de los Andes, para que se les tuviesen las
consideraciones debidas a su desgracia, a su rango y personales merecimientos, fueron bien
recibidos por las autoridades, quienes les proporcionaron el mejor alojamiento posible en la
pobre y reducida aldea de entonces.
Hasta el vehemente patriota Marcelino Poblet, diputado a la Junta en 1810, facilitó su
casa a los proscriptos, la casa de los oficiales, como la llamaba el pueblo, el mismo teniente
gobernador Dupuy, dio hospitalidad en la suya al coronel Morla, por las atenciones que
recordaba San Martín haber recibido de su familia durante su estadía en Cádiz.
Instalados en sus respectivos domicilios, quedaron los prisioneros en completa libertad,
sin más restricción que la de no salir del radio urbano. Acto continuo, Dupuy dio una fiesta en
obsequio a sus ilustres huéspedes, confraternizando americanos y españoles, porque al dar
tregua a la ingrata lucha y al ponerse otra vez en contacto amistoso, volvían a reconocerse
como miembros de una misma y gran familia, con iguales orígenes y hasta con vínculos muy
estrechos, que habían forjado comunes ideales y la misma sangre. En efecto, Marcó de Pont
estaba emparentado con la familia porteña de ese apellido; Primo de Rivera con la de Escalada;
Ordóñez y Morla habían sido compañeros de armas de San Martín y de otros brillantes jefes
argentinos, iniciados en España en la carrera militar, en cuyos ejércitos conquistaron glorias,
venciendo hasta los titulados invencibles de las legiones de gran Napoleón.
Era, pues, muy significativo el abrazo de San Martín al valiente de la jornada de Maipú,
al temerario Ordóñez, que había salvado el honor de su bandera con su pericia y su bravura en
audaz retirada y en su desesperada resistencia sobre las ruinas del caserío de Espejo, así, los
recursos con que fue socorrido al partir para San Luis y la generosidad de todos, para con los
vencidos.
Obedeciendo a los mismos sentimientos, se empeñaba Dupuy en hacer soportable la
situación de los confinados. Su casa fue centro de animadas y francas reuniones, donde a diario
concurrían los oficiales españoles; con frecuencia salía a pasear con ellos, y personalmente los
presentaba a las principales familias. Así se fueron vinculando a aquella sociedad, sencilla y

LA TRADICIÓN PUNTANA
133
severa a la vez y granjeándose, poco a poco, su confianza y su sincera estimación. Y el hecho
se explica perfectamente. La condición de desterrados, el romancesco renombre de algunos, el
porte distinguido y la juventud de otros, pues entre ellos estaba el bizarro teniente Juan Ruiz
Ordóñez, de 17 años; la dignidad con que sobrellevaron su desgracia, todo, pues, contribuía a
despertar interés por ellos, a inclinar favorablemente las voluntades y hasta suscitar las
simpatías de esas jóvenes de imaginación vivaz, en la época de las grandes pasiones y de los
sueños de ventura.
Esta circunstancia originó celos y hondas emulaciones en el elemento criollo. Una noche
se daba un concurrido baile en casa del señor Pringles. So pretexto de amenizar la fiesta, los
oficiales nativos entonaron en la guitarra un canto patriótico, cuya letra fue mortificante para
los oficiales prisioneros. Se hizo necesario que la prudencia evitara allí un incidente
desagradable. Llegado este suceso a conocimiento de Dupuy, mandó comparecer a los
protagonistas y les respondió, obligándoles a dar otro baile a los españoles para desagraviarlos,
actitud que los dejó satisfechos y reconciliados.
*
* *
Frente a la casa habitada por don Gabriel Pringles, vivía el general Ordóñez con otros
ilustres compañeros. Era el sitio más frecuente para los oficiales prisioneros, pues aquel
conservaba todo el prestigio de sus hazañas militares. No sucedía lo mismo a Marcó, a quien
sus compatriotas no querían, a causa de su petulancia y excesiva vanidad.
La familia Pringles la componían los jóvenes José León y Juan Pascual, destinado a la
gloria, y las señoritas Isabel, Margarita, Melchora y Úrsula, la mayor de 22 años y la ultima de
15, todas bien parecidas, distinguidas, amables, descollando Margarita por su esbeltez, y en
cuyo tipo interesante se armonizaba la sangre sajona con la gracia criolla. A ellas se reunían
otras niñas conocidas, dando al barrio el único encanto de la triste y retraída población.
Allí conoció Juan Ruiz Ordóñez a Melchorita, y más tarde frecuente su casa en compañía
del General, su tío, quien con don Gabriel y otros caballeros serios, formaban corrillos de
amena conversación, mientras los jóvenes oficiales cortejaban a las atrayentes muchachas. Así
se cultivaban afecciones y el acercamiento de dos existencias que un dramático y sonado
suceso debía unir para siempre. Permítanos el benévolo lector que no anticipemos los
acontecimientos.
Como se ha visto, la existencia de los prisioneros era tolerable y se deslizaba
relativamente tranquila, esperando resignados la terminación de la guerra, para regresar a su
país y volver a sus suspirados hogares.
Se estaba a fines de 1818, cuando la llegada de un personaje fue muy comentada,
despertando la curiosidad de todos. Era el doctor Bernardo de Monteagudo, desterrado de
Chile por sus intrigas contra San Martín y O.Higgins. La importante figuración que había
tenido, sus cualidades de tribuno, sus dotes de estadista, su carácter dominador y su audacia,
atrajeron la general atención sobre su persona, y los mismos jefes españoles, como Ordóñez y
Primo de Rivera, fueron de los primeros en visitarle. Monteagudo los recibió con reserva y
hasta con terquedad. Más tarde debían encontrarse en casa de Pringles, que en esa época fue en


LA TRADICIÓN PUNTANA
134
San Luis lo que la de Escalada en Buenos Aires o la de Correa en Mendoza, lugar de reunión
de los patriotas, aunque también la primera era frecuentada por los oficiales prisioneros,
observando todos una conducta discreta para evitar discusiones sobre sucesos de la guerra.
Melchora Pringles de Ruíz Ordoñez y su hija Rosario
Monteagudo comenzó a distinguir a Margarita, que muchos escritores confunden con su
hermana Melchora, y la fantasía ha bordado una leyenda de amor y de locas pasiones,
asegurándose que el tribuno estaba perdidamente enamorado de una de ella y al encontrar un
formidable rival en Ordóñez, se propuso, a costa de cualquier sacrificio, disputarle su cariño y
sus preferencias. Nada más inexacto ni más equivocadamente urdido; lo sabemos del mejor
origen.
1º No es cierto que el general Ordóñez festejara a ninguna de las Pringles; era su sobrino
Juan Ruiz Ordóñez:
2º Tampoco es cierto lo del apasionamiento exagerado de Monteagudo, pues había
llegado a San Luis a fines de noviembre y, en el supuesto caso de frecuentar enseguida la
aludida casa, nunca alcanzó a visitar dos meses, hasta que se produjeron los graves sucesos del
8 de febrero. Además, nos consta que la familia Pringles salía muy rara vez y que eran muy
raras también las reuniones donde Monteagudo pudo tratar a Margarita.
Hay que conocer las severas costumbres de la época y otras circunstancias que omito, en
vista de la índole de este trabajo, para creer lo que caprichosamente se ha asegurado, máxime
cuando muy grandes decepciones y preocupaciones habían quebrado el espíritu de

LA TRADICIÓN PUNTANA
135
Monteagudo. Era necesario que hiciéramos esta salvedad, porque en un hecho
imaginario se ha pretendido hallar la explicación de las causas de las restricciones a los
prisioneros hasta que éstos, desesperados, se decidieron a conspirar.
Es innegable que con la llegada de Monteagudo comenzaron las limitaciones en la
libertad de los oficiales confinados. El tribuno era un hombre de fuertes pasiones; radical en
sus ideas, creyendo un error, algo más, un peligro público, la liberalidad con que se trataba a
los prisioneros y la influencia que iban adquiriendo en la población, mientras los prisioneros
patriotas gemían en las Casamatas del Perú. Además, ya comenzaban a sentirse lo efectos del
plan maquiavélico de Alvear y Carrera, quienes desde Montevideo conspiraban contra
Pueyrredón y San Martín. El litoral estaba convulsionado la montonera iniciaba sus correrías;
se minaban las filas del ejército y hasta se susurraba que los oficiales españoles mantenían
correspondencia con un jefe de la anarquía. El rumor fue creciendo y, como se comprobó
después, no carecía de fundamento. En tal estado, llegaba otro contingente de prisioneros, el
comandante Ares y veinte mas, entre oficiales y tropa, haciéndose muy difícil su vigilancia,
pues la guarnición encargada de su custodia era muy reducida y bisoña, como ya había
manifestado su comandante Becerra.
El impresionable Dupuy aprovechó la oportunidad para publicar un bando el 1º de
febrero, en el que se prohibía salir de noche a los oficiales prisioneros y visitar las familias
porque extraviaban la opinión, advirtiendo al pueblo estuviese prevenido para afrontar un
grave peligro que le amenazaba. Esta medida, que los prisioneros consideraban injusta e
inmerecida, les disgustó muchísimo, y se decidieron a tentar fortuna a la brevedad posible para
recobrar su libertad, poniéndose en evidencia que los ánimos estaban preparados.
La conspiración estalló a los ocho días y fue cruelmente sofocada por el pueblo,
ultimando sin piedad a los amotinados, y los culpables sobrevivientes pagaron en el cadalso su
temeridad. Uno solo se salvó ─Juan Ruiz Ordóñez, ─y esto nos interesa referir cómo.
Condenado, como los demás compañeros, a la última pena, la familia Pringles hizo valer toda
su influencia ante Dupuy, para conseguir el perdón. El teniente gobernador prometió meditar el
asunto y, en la forma afectuosa como recibió el pedido, hizo entrever la esperanza.
Seguramente consultó el caso con Monteagudo, juez de la causa, y no cabe duda que este
aconsejó la solicitud de gracia que debía presentar el desventurado joven prisionero, poco
después, de oír su sentencia de muerte. Previo dictamen del juez, la ejecución de Ruiz Ordóñez
fue suspendida, mientras resolviera definitivamente sobre el particular el general San Martín, a
quien se esperaba por momentos.
Cuenta el mismo Ruiz Ordóñez, en carta dirigida, casi medio siglo después, al señor
Balcarce, yerno de San Martín, que el General se presentó a los pocos días y, haciéndole
comparecer a su presencia, se conmovió al verle tan joven arrastrando un grillete y cargado con
una gruesa cadena que apenas si le permitía tenerse de pie. El General lo hizo sentar y mandó
sacarle en su presencia las prisiones, ordenando se le vistiera con la decencia que le
correspondía. Dos horas más tarde llegó el coronel Dupuy, y, tendiéndole la mano le dijo:
«Está usted perdonado de la vida, por la patria y el excelentísimo señor don José de San
Martín».
Mucho tiempo después celebraba su matrimonio con Melchorita a la que lo unían los
dobles y sagrados lazos del amor y de la gratitud.


LA TRADICIÓN PUNTANA
136
Juan Ruiz Ordóñez
En San Luis permaneció unos años, trasladándose a Chile con su suegro don Gabriel y
toda su familia, después de haber sido muerto el heroico coronel Pringles en 1831 por las
hordas de Facundo. El infortunado padre no sobrevivió mucho a su ilustre hijo, falleciendo en
1835 en la república vecina. Entonces Ruiz Ordóñez se embarcó con su esposa e hijas para
Europa, y después de una penosísima travesía de cinco meses, pasó a Ceuta, de donde era
originario. Posteriormente fue a establecerse a Barcelona, viviendo pobremente.
Hizo inútiles gestiones para ser reconocido en su grado militar, y parece se le puso por
condición celebrara de nuevo su matrimonio, pues creían que lo invalidaba la circunstancia en
que fue realizado, a lo que se negó enérgicamente Melchorita, pues contestó que una Pringles
no cometería jamás un acto de debilidad semejante, con lo cual daría motivos a que se dudara
de la libertad y legitimidad de su unión con Ruiz Ordóñez. Melchorita mantenía
correspondencia con el ministro argentino en Francia, señor Balcarce y con su esposa,
Mercedes, hija del general San Martín, quienes la socorrían en sus grandes apuros, pues recién
en 1869 consiguió, con su hermana Ursula P. de Gutiérrez, una modesta pensión del gobierno.
Ruiz Ordóñez murió en la citada ciudad, en 1873, y su viuda resolvió regresar a la patria
después de tan larga y penosa ausencia. Ese año vino Melchorita con su hija Rosario, bajando
en Buenos Aires. Su última hermana Ursula, había fallecido en 1871, y fue a refugiarse a casa
de su pariente, don Ángel Aguilar y después a la de su distinguida comprovinciana Tránsito P.
de L. Lucero, en cuyo domicilio murió en 1885, dejándole encargada su hija demente. La
nobleza de esa dama veló por la pobre loca hasta su muerte, acaecida poco después en San

LA TRADICIÓN PUNTANA
137
Luis. Con la infortunada María del Rosario Ruiz Ordóñez y Pringles, se extinguió la última
descendiente directa de esa familia patricia.
Tal es la narración sencilla y verídica de los hechos que tantos escritores han alterado por
falta de una información seria y por inclinarse a lo dramático y extraordinario.
————

LA TRADICIÓN PUNTANA
138
La cabeza de Acha
——
La campaña de Cuyo iniciada a mediados de 1841 por la vanguardia de Lamadrid, al
mando del valeroso general Mariano Acha, tuvo un éxito pasajero en Angaco, aunque a costa
de muy dolorosos sacrificios. Acha, no queriendo ser menos temerario que el general en jefe,
se lanzó con un puñado de hombres jóvenes, voluntarios en su mayor parte, contra un ejército
de veteranos. Estos exagerados estímulos de soldados le perdieron.
Se había apoderado de San Juan; pero no supo sacar todas las ventajas que el azar de la
guerra ponía en sus manos, quedándose inactivo, después de su brillante triunfo; sin
comunicaciones oportunas con Lamadrid y, por consiguiente aislado. Esta situación fue bien
comprendida por el astuto Benavides, quien rehizo rápidamente sus tropas, con el auxilio que
le llegaba de Mendoza y marchó a sorprender a Acha, en el teatro mismo de sus hazañas,
cuando éste lo suponía en vergonzosa fuga. Y la sorpresa produjo los calculados efectos, pues
la resistencia, aunque heroica, resultó inútil. Reducido Acha al recinto de la plaza principal y a
la torre de la iglesia, sin agua, sin municiones, con sus tropas diezmadas y agotadas en tres días
de lucha, estaba decidido a morir cuando le ofreció Benavides una generosa capitulación.
Así se sometieron aquellos valientes. Acha con los oficiales prisioneros fueron remitidos
al general Pacheco, en momentos que atravesaba la provincia de San Luis en busca de
Lamadrid. El oficial de la escolta encargada de conducirlos, fue portador de una nota de
Benavides en la cual recordaba el compromiso contraído con el jefe vencido, reproduciendo
más o menos los términos de la comunicación a Rosas: me ha sido preciso darle garantía de
salvarle la vida para conseguir su rendición.

Después de un largo y penoso viaje, los prisioneros llegaron al campamento de Pacheco
a la sazón en el Desaguadero.
A su llegada fue entregado Acha a la guardia de prevención y separado de sus
compañeros de infortunio. Allí permaneció varios días; días de verdadera angustia, observando
los menores movimientos y atento a todo lo que le rodeaba, como si quisiera penetrar el secreto
de su destino. Su espíritu debió oscilar sobre la vaga esperanza de un compromiso de honor
que le escudaba y el recuerdo de Navarro, donde había tomado preso a Dorrego y al mismo
Pacheco, en cuyas manos caía ahora indefenso. Los tiempos no eran para hacerse ilusiones y
de antemano debía prever las consecuencias, como lo manifestó poco antes de morir.
*
* *
Aldao y Benavides se presentaron en el campamento de Pacheco y operada la
reconcentración de la fuerza del ejército federal, marcharon de vanguardia sobre Mendoza,
inter el último se disponía a seguirlos de cerca.

LA TRADICIÓN PUNTANA
139
Lamadrid se había apoderado de Mendoza y les esperaba. El partido liberal iba a jugar
en esta ocasión su última carta en el azar de la guerra.
En víspera de emprender su viaje Pacheco, se presentó un oficial a la guardia de
prevención, seguido por un piquete de caballería, en busca de Acha.
Le hizo remachar una barra de grillos y con la ayuda de los soldados le obligó a subir a
caballo, sentándose de lado sobre la montura. En tan incómoda posición se pusieron en marcha
con rumbo a San Luis.
Refería uno de los soldados de la custodia que en el camino le preguntó el ilustre
prisionero: .«¿A Buenos Aires? » ─«No lo sabemos, señor», le repuso. Buenos Aires, aquella
tierra de gratos recuerdos de hombre y de soldados... Pero era también Rosas, vengativo y
cruel. Esa evocación
y todo el aparato inquisitorial con que era conducido, debieron disipar bien pronto su
última esperanza. Ya no volvería a reposar en el hogar de sus mayores, ni respiraría el aire de
sus dilatadas llanuras, ni contemplaría su río espléndido ni su puro cielo. Las sombras del
abismo y la terrible intuición de la nada cercana, debieron nublar su espíritu.
De súbito el oficial mandó hacer alto y echar pie a tierra. Se acerca a Acha y le dice
visiblemente conmovido que ha recibido la orden de hacerle fusilar. «Eso ya lo sabía», le
contestó con entereza. «Cumpla su deber, señor oficial».
Enseguida comenzó a distribuir entre los soldados su prenda de vestir y unas onzas de
oro que llevaba en un cinto; dio el reloj al oficial y le confió una alhaja para que fuese
entregada a su desventurada familia.
─Ahora estoy listo, ─exclamó con un profundo desprecio.
Un testigo presencial de este sacrificio, el actual teniente general Donato Álvarez, me
refería que aquel bizarro jefe se mostraba en todo el apogeo de su belleza varonil: alto, de porte
arrogante, con su hermosa barba rubia y su mirada vivaz y avasalladora; sereno inspiraba la
mayor simpatía y provocaba una íntima protesta en el corazón de los mismos instrumentos de
aquel crimen injustificable.
En el instante de ejecutarse la terrible sentencia nota que cuatro tiradores se colocaban a
su espalda.
─¿Qué es esto? ─exclama enfurecido. Yo no soy ningún traidor! ─y dándose vuelta con
rapidez, ofrece su pecho generoso─ aquí, aquí cobardes...
Fue necesario que dos soldados le sujetaran por los brazos y a quema ropa se le hizo la
descarga fatal. Acto continuo se le cortó la cabeza y fue clavada en un palo de un rancho
abandonado, al que daba sombra un verde retamo. Era el 16 de septiembre. La primavera hacía
su erupción de vida, cubriendo de hojas y flores las plantas y en el ambiente se aspiraban los
perfumes silvestres.
El retamo estaba en plena eflorescencia; las abejas iban a libar el azúcar de los pétalos y
dos calandrias cerca de un nido, modulaban su canto armonioso y variado, como si la
naturaleza toda, en su despertar, quisiera ser más resaltante el contraste con aquella cabeza
yacente, símbolo del sacrificio supremo.
Así cumplían su palabra solemnemente empeñada los servidores del tirano. Hasta el
mismo Benavides se manifestó sinceramente contrariado por ese bárbaro atentado.
Pacheco daba cuenta a Rosas de ese suceso en estos términos:

LA TRADICIÓN PUNTANA
140
«El titulado general SALVAJE Mariano Acha fue decapitado ayer y su cabeza puesta a
la espectación pública en el camino que conduce a este río entre la represa de la Cabra y el
Paso del Puente».
Y ahora se nos ocurre preguntar: ¿No era acaso una innoble venganza?
Pacheco ha pretendido inútilmente vindicarse. La posteridad ha fallado ya sobre tan
lamentables sucesos.(1)
Cuenta un noble soldado de aquellos tiempos, forzado a militar en el ejército del tirano,
que al regreso de Mendoza después de la acción Rodeo del Medio, quiso contemplar por última
vez aquella ilustre cabeza. Ya la carne se había desprendido de los huesos o la habían devorado
las aves de rapiña; las órbitas estaban vacías, sin embargo él vio el reflejo de aquella mirada
que tanto le había impresionado.
Pero los autores responsables de esa muerte no la miraron; pasaron mustios, agobiados
por el peso de su crimen.
Una mano misteriosa había trazado una cruz en la verde corteza del retamo y en la
horqueta seca de una de sus ramas se veían señales de que allí encendía velas la piedad sincera.
La tradición refiere que una mujer de pobre aspecto acostumbraba llevar de tarde unas
pocas cabras a beber en la represa cercana y mientras el ganado se entretenía por los
alrededores, ella iba a sentarse bajo el retamo y oraba.
Al poco tiempo la cabeza estaba en la horqueta seca, donde se prendían las luces y luego
desapareció.
(1) Uno de nuestros más eruditos y fecundos escritores, ha publicado un estudio tendiente a demostrar
que es injusto atribuir al general Pacheco la ejecución de Acha. Entre otros documentos se funda en la tal
conocida carta del fraile Aldao a Rosas, en la cual refiriéndose al general Lamadrid le dice: «si hubiera caído
en mis manos hubiese corrido la misma suerte que el salvaje unitario Acha a quien mandé decapitar en el
Desaguadero y clavar su cabeza en un palo». El coronel Díaz, autor de la Historia Política y Militar del Río
de la Plata, terció en el debate declarando: «No dudo de la autenticidad de la carta ni de aquella especie de
bestia feroz se haya producido en esos términos; lo que no vacilaría en afirmar es que el fraile se excedió
jactanciosamente y que eso no rebaja en un ápice la participación directa del general Pacheco en el hecho».
Enseguida hace notar que el General llegó al Desaguadero el 15 de septiembre por la mañana, donde tenían
su campamento Aldao y Benavides y que sin pérdida de tiempo ordenó a estos marcharan al encuentro del
general Lamadrid que venía de Mendoza. Esa misma noche se pusieron en marcha Aldao y Benavides,
quedándose él en el campamento. Al día siguiente por la mañana se presentó un oficial en la guardia de
prevención, en busca del infortunado Acha y lo hizo fusilar. El general Pacheco dio cuenta a Rosas de este
suceso en la forma que dejo dicho en estas páginas. Nadie puede negar los grandes servicios que el general
Pacheco prestó a la patria en las gloriosas campañas de la independencia, pero también es verdad que fue un
celoso y eficaz servidor de la tiranía. Mientras Oribe se dirigía al Norte de la República en persecución del
general Lavalle, Pacheco marchó sobre Cuyo contra los unitarios y asumió el mando en jefe del ejército
federal y la dirección suprema de la campaña. Hay un antecedente que se debe tener presente: El comandante
Acha había sublevado en la campaña de Buenos Aires el año 1828 el regimiento comandado por el entonces
coronel Pacheco y tomado prisionero a Dorrego, a quien Lavalle hizo fusilar en Navarro. El general Pacheco
no podía olvidar ese hecho, tan luego en aquellos momentos en que la guerra era a muerte. Supongamos que
hubiera cedido a las sugestiones de Aldao, aun así no queda exento de toda responsabilidad. Se pueden
explicar los hechos para atenuar o distribuir las responsabilidades ante la historia, tarea que en este caso ha
acometido piadosa e inteligentemente el referido escritor; pero no obstante haber releído su hermoso estudio
y toda la admiración que tengo por su talento, no he podido convencerme de mi error ni de la injusticia que
me supone al responsabilizar al general Pacheco de la muerte del bizarro Acha.


LA TRADICIÓN PUNTANA
141
Esa misma mujer la sustrajo para darle sepultura en el lugar bendito, donde había
existido una capilla de misioneros, a pocas leguas de ese sitio, en dirección al Jigante.
La cabeza de Acha
¿Quién era aquella alma piadosa? Nadie lo sabe.
No faltó quien asegurase que ella era la viuda de un buen vecino sacrificado el año
anterior en las Quijadas, por las huestes del feroz Aldao.
El antiguo vecindario de la Cabra conservó por muchos años aquella tradición de la
cabeza de Acha y miraba el retamo como una sagrada reliquia.
Uno de esos ancianos juraba que el gajo seco donde estuvo la cabeza, reverdeció y
creció, sobresaliendo entre las ramas más robustas.
Si el hecho no era entonces sino fruto con que la mente popular hermoseaba la leyenda,
la verdad es que el árbol segado por el hacha de la tiranía, ha retoñado con un vigor que ya
nadie se atreverá a aniquilar, mientras latan corazones esforzados.
Ojalá se hubiera conservado ese magnífico ejemplar de la flora puntana, testigo mudo
del sacrificio de Acha y de los sentimientos generosos de este pueblo, que a su sombra
personificó aquella mujer misteriosa, cual si fuera el ángel de la piedad.
————

LA TRADICIÓN PUNTANA
142
Un recuerdo de Sarmiento
——
Todas las grandes ideas
que cambian la faz de los
pueblos, tienen su visión del
camino de Damasco, que hace
efectiva en los hechos, la
doctrina del Gran Maestro,
que
cuando
no
es
de
inspiración
divina,
es
el
progreso gradual de la humana
inteligencia.
D. F. Sarmiento.
Todos los grandes reformadores y revolucionarios en el campo de la idea, han
comenzado por fundar escuelas y difundir e impulsar la educación de las muchedumbres.
La escuela se transforma entonces en el instrumento más eficaz para operar esa lenta,
pero segura evolución del espíritu colectivo, hacia la conquista de los ideales, que sustente
el alma de los pueblos llamados a grandes destinos.
Este aserto es una verdad histórica consagrada en todos los tiempos y un axioma en
la época presente, que ha abierto tan dilatados horizontes a las aspiraciones humanas, con
la solemne proclamación de los derechos del hombre y el triunfo de la democracia.
Durante los días de mayores trastornos, como los de la revolución francesa, entre el
estallido de las pasiones exaltadas, en la demencia de la lucha y entre el horror de la
matanza, se dejaba oír la elocuencia demoledora de Mirabeau que recomendaba al pueblo
fundara escuela, para levantar sobre las informes ruinas del pasado, el edificio colosal de la
sociedad moderna. Y esas mismas turbas que mandaban despiadadamente a la guillotina
cabezas iluminadas e ilustres, echaban los cimientos de la Escuela Normal de París,
preparando así el triunfo definitivo del nuevo credo.
De la misma manera y con los mismos altísimos propósitos las figuras más
culminantes de la epopeya de nuestra independencia y sus dignísimos continuadores en la
ardua labor de organizar el país, dando solidez a sus instituciones.
Que Sarmiento se hiciera maestro de escuela en la obscura y lejana aldea del Valle de
San Francisco del Monte de Oro; que en 1831 abriera una escuela en la Villa de los Andes
y que diez años más tarde fundara la Escuela Normal de Santiago de Chile, no son meros
accidentes de su peregrina y tormentoso existencia. Es el comienzo de un plan de
incalculables proyecciones, meditado y madurado en el desierto, ante el triste espectáculo

LA TRADICIÓN PUNTANA
143
de un pueblo barbarizado por el fanatismo y el caudillaje que empujaban la nave de la
República, sin sospecharlo siquiera, a un naufragio seguro.
No parece sino que su poderoso espíritu hubiese recibido luz de lo alto para tener
como tuvo, desde los dinteles de la vida, la intuición del porvenir de su patria y de la
América.
Allí, en un rincón agreste de la provincia de San Luis en San Francisco del Monte, y
en los inhospitalarios caminos que conducen a San Juan, tuvo en 1826 lo que él llama «su
visión del camino de Damasco de la libertad y de la civilización», agregando: «Todo el mal
de mi país se reveló de improviso entonces: ¡LA BARBARIE!... yo había sido educado en
familia que simpatizaba con la Federación y renegué de ella de improviso; y dos años
después, entregada la llave de la tienda para ceñir la espada contra Quiroga, los Aldao y
Rosas; y en las horas de reposo, que eran la proscripción, abrir escuelas y enseñar a leer a
las muchedumbres!»
Desde entonces dedicó todas sus energías, con la constancia del apóstol, a preconizar
los inmensos beneficios de la educación. Su primer acto como gobernante de su provincia
natal, fue echar los fundamentos de una escuela y al celebrar tan fausto suceso, exclamaba
en los transportes de su entusiasmo: «ayudadme conciudadanos, a fundar muchas escuelas,
con lo cual habréis hecho la felicidad de nuestros hijos y la única gloria a que aspiro!»
Días mejores alborean para la patria con tales gobernantes. Después, los impulsos de
las grandes misiones lo llevaron a los Estados Unidos, donde acentuó su personalidad
como benefactor público, asistiendo a sus escuelas, a los congresos pedagógicos y
aconsejando a sus mandatarios. La poderosa antorcha de la escuela primaria en su mano,
irradió desde allí torrentes de luz sobre las ciudades y campo de este continente sur. Libros,
revistas, diarios, maestros, útiles, selección de sistemas y métodos, todo lo que importaba
civilización, avanzaba hacia aquí, empujado por los altos ideales de ese repúblico modelo e
inimitable.
Sus compatriotas tuvieron la inspiración del momento, proclamando su nombre para
la primera magistratura. Un diario opositor le combatía: ¿Qué nos traerá Sarmiento de los
Estados Unidos si es electo presidente? y él mismo se contestaba: ¡Escuelas! ¡Nada más
que escuelas! ─Un joven decía en una cuestión de votos que los votantes de Buenos Aires
no sabían escribir! ─Sin quererlo se hacía el más grande elogio que pudo jamás hacerse a un
ciudadano.
Sarmiento tuvo como Belgrano y Rivadavia la clarividencia del futuro y de los medios
de consolidar los triunfos en las lides por la libertad. Cuando éstos se hundían en las tinieblas
del sepulcro, desesperando del porvenir al presenciar el caos que se inició el año 20 con la
supremacía de la anarquía y de la barbarie, se estaba elaborando el carácter y creciendo el
brazo robusto que había de recoger la santa enseña civilizadora para hacerla tremolar bien alto.
A aquella hermoso dualidad de los clásicos recuerdos nacionales, corresponden en los tiempos
cercanos otra digna de ellos: Mitre y Sarmiento.
Son dos culminantes personalidades que se complementan para fundar sobre sólidas
bases la República. Ambos combatieron la tiranía y el caudillaje desde las columnas de la
prensa y en los campos de batalla. Mitre libra la postrer jornada cuyos frutos son la Unión

LA TRADICIÓN PUNTANA
144
Nacional. Sarmiento funda escuelas y bibliotecas para consolidar las instituciones. Ambos
llenan en los tiempos actuales una misión histórica y política, que es nada menos que la
realización de los grandes fines de la gloriosa revolución de Mayo.
Entre los estadistas y hombres públicos del mundo contemporáneo, sólo pueden
igualárseles Bismarck, Gladstone, Thiers, Jules Favre, Garibaldi, Cavour, Mazzini y unos
poquísimos más.
¿Cómo estudiar y tratar entonces en tan reducidas páginas la vida de un hombre como
Sarmiento, tan larga como laboriosa y accidentada?
Pensador genial y hombre de acción, ha movido los espíritu de América durante más de
medio siglo de incesante lucha, desde las columnas de la prensa que era su caballo de batalla;
escribió libros y panfletos; midió sus armas en los grandes debates políticos, ora en el
parlamento, ora en los comicios y levantando grandes tempestades en las polémicas
apasionadas e incisivas, en que se jugaban reputaciones, posiciones y hasta el porvenir de la
patria argentina.
¿Cómo pues, repito, encuadrar aquí figura de tan colosales proporciones, rasgos y obras
de una inteligencia tan poderosa como fecunda? A otros la inmensa labor. Quiero sólo
encabezar una página íntima, inédita, de un hombre que la América entera glorifica y proclama
como vencedor. Una prueba evidente y palmaria es que su nombre ha sido dado a las mejores
casas de educación de que se enorgullece Valparaíso, Venezuela, la Asunción, Mendoza, San
Juan, Tucumán, Buenos Aires y otras ciudades argentinas, donde también se ostentará su
imagen tallada por el hermoso cincel de la gratitud póstuma.
Todo es interesante en la vida de los grandes hombres. Hechos y circunstancias
aparentemente insignificantes y casuales, llevan involucrado a veces el secreto de los
acontecimientos posteriores que influyen en el destino de los individuos y de las sociedades.
Hacerlos surgir, es en cierto modo, encontrar la clave de ocultos móviles, y, si se quiere,
reconstruir en todos sus detalles, las figuras morales sobresalientes. Tal es el propósito de estas
líneas. Se trata de una carta de Sarmiento que no es conocida de la generalidad; de una
confidencia destinada sólo a satisfacer la curiosidad de un amigo que ha tenido la feliz
ocurrencia de evocar en el eminente hombre público, recuerdos gratísimos a su corazón
magnánimo. Es una página con toda esa sencilla y encantadora belleza que se admira en los
Recuerdos de Provincia.
La carta escrita con esa espontaneidad del que no busca ni la frase ni los mágicos efectos
de la elocuencia en el estilo, adquiere como la presente, el valor de un documento histórico y
psicológico estimable. Es toda una revelación: nos dice el momento y circunstancia en que
sintió los impulsos de una acción continua y eficiente en pro de la cultura nacional.
Hela aquí, debido a la fineza del apreciable caballero D. Augusto Belín Sarmiento.


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*
* *
Buenos Aires, enero 2 de 1872.
Señor
Gobernador
don
Juan
Agustín
Ortiz
Estrada.
San Luis
Mi estimado amigo:
Me ha remitido el señor Avellaneda la carta que hubiera deseado me dirigiera a mí, en la
que le comunica sus descubrimientos arqueológicos en San Francisco del Monte y la
inscripción tallada por mi cincel hace 46 años, pues es 1826 la fecha, y no 29 como la han
copiado. Recuerdo los nombres de los señores don Máximo Gatica y la señorita entonces de
trece años, Camargo, hermana de los niños de 18 a 20 del mismo apellido de quienes era yo
maestro de escuela con quince años.
No sé si la hermosa señora Borjas Quiroga es la discípula hermosísima que yo tenía en
aquella escuela en que todos los alumnos eran mayores que el maestro; pero mi recuerdo me
inclina a creer que era Dolores el nombre.
Así como así, siempre es para mí un gratísimo recuerdo el que envía, encargando de
recordar el mío a los que no han olvidado al sobrino del presbítero Oro, pues de su apellido
poco debían acordarse.
De unos peñascos por entre los cuales se desliza el arroyuelo inmediato y de los
alrededores de la casa de la familia Camargo, conservo esas dulces y tenaces impresiones
primeras que ni los viajes ni los años borran jamás.
De la niña Camargo, recuerdo la figura, baja de estatura, entonces, pues no había
alcanzado todo su crecimiento.
Siempre será bueno en una aldea se conserve una inscripción hecha de mano de uno que
andando el tiempo fue Presidente de la República. Puede significar algo más y entonces sería
un memorandum de una de las más útiles revoluciones que haya experimentado la América.
Allí en San Francisco del Monte abrí la primera escuela con siete alumnos, todos de mayor
edad que yo e hijos, excepto Dolores, creo, de familias acomodadas; uno de los Becerra, de la
Sierra y... no me acuerdo de los demás;(1) pidiómelo el presbítero Oro por amor a aquellos sus
feligreses y de pena de ver llegar a adultos, jóvenes ricos sin saber leer.
Este incidente tan trivial, esta escuelita al aire libre, mientras yo estudiaba latín, hizo que
los detalles prácticos de la enseñanza me fuesen familiares y dio un giro especial a mis ideas.
En 1827 regresé a San Juan para dedicarme al comercio y entonces vi las hordas de Facundo
Quiroga que venían a defender la religión. No es un ornato póstumo el que quiero dar a los
hechos. Siempre he pensado, y creo haberlo alguna vez escrito, el espectáculo de tanta barbarie
como los de aquellos llanistas medio desnudos, desgreñados y sucios, me trajo la idea de la
educación popular como institución política. Un año después llevaba una espada para combatir
(1) De datos que me ha suministrado el meritorio educador Juan de Dios Escobar, que desde 1866
desempeña en San Francisco el cargo de maestro de escuela, resulta que fueron discípulos de Sarmiento
Eugenio Gatica, Bailón Gatica, Fermina y Juliana Gatica, Bailón Quiroga, Pascual Olguín y otros, cuyos
descendientes viven aun ahí.

LA TRADICIÓN PUNTANA
147
contra la barbarie y dos más tarde emigrado en Chile, fundaba en Putaendo, en casa de mi
pariente don José Domingo Sarmiento, una escuela por las mismas causas que la de San
Francisco, no haber escuela ninguna, ni haberla habido nunca en el lugar mientras que los hijos
del gobernador y principales vecinos crecían en la más completa ignorancia.
Tiene Ud, pues, en estos dos hechos, el origen del movimiento educacional.
La prueba está que de San Juan llevé a Chile, no ya la intuición de sus ventajas, sino el
estudio completo de la materia en métodos conocidos, en sistemas, textos, etc.
Mi primer paso en Chile fue cerrar la escuela de Lancaster, el segundo dar un silabario
nacional. Lo demás se encuentra en mis escritos y los papeles de Venezuela que verá
impresos,(1) pudieron reputarse el fruto maduro de la semilla que nació en San Francisco del
Monte, de San Luis. Las ramas del árbol se extienden ya hasta el golfo de México por las
márgenes del Orinoco.
Ahora le diré a Ud. el sentido histórico de la inscripción de los maderos:
Unus Deus, una ecclesia, unum baptista.
¡Triste cosa! ─Estas unidades quieren decir intolerancia religiosa! y son las protestas que
mi tío el presbítero Oro lanzaba contra lo expresado en la Carta de Mayo, la primera
constitución provincial con declaración de derechos y garantías, promulgada en 1825 por el
gobierno del doctor Salvador María del Carril. El presbítero Oro estaba emigrado en San
Francisco, y al reparar el templo destruido por un rayo, me dio aquellas palabras con encargo
de grabarlas en un arco natural de tres curvas perfectamente iguales que hacía un madero y
debía rematar el coro montado sobre gruesos pilares de algarrobo. Dos años después yo andaba
peleando contra el sentido de la inscripción grabada por mis manos en San Francisco, sin que
las buenas relaciones de familia con mi maestro se interrumpieran, no obstante militar en
campos opuestos.
Vale la pena de conservar aquella inscripción en la nueva iglesia. ¡Ojalá, que algo
pudiéramos hacer para perpetuar la escuela de San Francisco del Monte, donde di las primeras
lecciones de mi gran ciencia de hoy, el a, b, c! Bien que nuestros buenos maestros de Francia,
en el juego de palabras altisonantes, tales como Libertad, Democracia, Igualdad, principian
después de bien escarmentados(2) por el principio de todo gobierno libre el a, b, c ya bien que
de mi residencia en los Estados Unidos, saqué en limpio eso solo, que para cosechar es preciso
sembrar.
Con mil cumplimientos a las señoras mis coetáneas, tengo el gusto de subscribirme su
affmo. y S. S.
D. F. Sarmiento.
(1) Entre otros se adjuntaba la siguiente comunicación:
«La Dirección Nacional de Instrucción Primaria de los Estados Unidos de Colombia, acordó en 1871 de
la era vulgar, 8º de la ley y 13º de la Federación lo siguiente: 1º Se establece en Valencia la tercera escuela
nacional para varones, niños y adultos, que llevará el nombre de Sarmiento, como un tributo de gratitud al
gran educacionista sudamericano. Art. 2º La Dirección nombrará un inspector que se traslade a Valencia para
proceder de acuerdo con la Junta Superior de Escuelas, a la instalación de la «Sarmiento» cuidando de tomar
por modelo «la Guzmán Blanco»; mientras queda sancionado el Estatuto correspondiente, él contendrá para
lo sucesivo la organización definitiva de las Escuelas». ─Caracas, octubre 17 de 1871. ─8º de la ley y 13º de
la Federación ─Martín J. Sanabria, Presidente. ─Felipe Estévez, secretario.
(2) Se refiere a los desastres de la guerra franco-prusiana de 1870

LA TRADICIÓN PUNTANA
148
*
* *
Esta carta requiere algunas explicaciones para los que no están en los antecedentes de
ciertos detalles referidos por la pluma magistral de Sarmiento.
En las postrimerías del año 1825, llegaba a la aldea del Valle de San Francisco del
Monte de Oro, hoy cabeza del 7º departamento de la provincia de San Luis, un sacerdote de
aspecto venerable, acompañado de otras personas y de un joven que a lo sumo demostraba
tener la edad de 14 a 15 años; era su sobrino Faustino Valentín.(1)
Mucho interés y curiosidad despertó entre los sencillos y escasos habitantes de la villa el
inesperado arribo de tales huéspedes, bordándose las referencias más extrañas y contradictorias
en el canavás de las suposiciones. Pero pronto se supo que se trataba de proscriptos por el
gobierno de San Juan a causa de un movimiento subversivo en que habían tomado más de
mediana participación.
El sacerdote de que hacemos referencia, era el presbítero D. José de Oro, hermano del
muy virtuoso y patriota fray Justo de Santa María, que tan culminante figuración había tenido
en el Congreso de Tucumán en 1816.
A sus antecedentes de familia, unía el ilustre proscripto una vasta ilustración, una
verdadera piedad evangélica, un gran temple de alma, y muy recomendables servicios a la
patria como capellán del ejército de los Andes. Después de las gloriosas campañas en que
nuestras armas libertaron a Chile, se había retirado a su ciudad natal, sirviendo los deberes de
su investidura de vocación sacerdotal.
Tan altas cualidades tornáronlo en consejero y amigo de los hombres más distinguidos
de San Juan, figurando desde entonces en todos los sucesos locales de importancia; durante la
sublevación del capitán Mendizábal, en el progresista gobierno del general Pérez de Urdininea
y en el de su digno continuador doctor Salvador María del Carril. La administración de este
ciudadano es una página hermosa en los anales de las instituciones patrias.
Se dictó entonces la primera constitución de la provincia, titulada dignamente Carta de
Mayo, y a que hace referencia Sarmiento, ley orgánica inspirada en las sublimes declaraciones
del acta de 1810. Como era de suponerlo, levantó gran resistencia el liberalismo casi
revolucionario de sus autores, formándose una coalición secreta dirigida por el clérigo doctor
José Manuel Astorga, presbítero Oro y muchos otros. El movimiento no tardó en estallar en
nombre de Jesucristo y de la santa religión católica apostólica romana y tuvo un éxito
pasajero. Mientras el gobernador del Carril, con los empleados principales huía a Mendoza, los
revolucionarios mandaban quemar la Carta de Mayo, declaraban disuelta la sala de
representantes y se proponían tomar otras medidas para consolidar el nuevo orden de cosas,
cuando fueron sorprendidos por el gobernador, derrotados con fuerzas de la vecina provincia, y
deshechos en la jornada de las Leñas. Del Carril entró en San Juan y tomando nuevamente las
riendas del gobierno, extrañó del territorio de su mando las tropas y principales autores del
movimiento subversivo, entre los que figuraba en primera línea el gauchi-clérigo Oro, como ya
(1)La partida de bautismo de Sarmiento, reza Faustino Valentín, nacido el 14 de febrero.

LA TRADICIÓN PUNTANA
149
se ha dicho. Fue entonces que éste tomó el camino que por el norte de San Juan lleva a San
Luis.(1)
La Villa de San Francisco del Monte era a la sazón apenas un caserío, asentado en el
fondo de un pintoresco valle, regado por cristalinos arroyos bajados de la sierra puntana, que la
circunda en su terminación septentrional. Muchos de los entonces moradores descendían en
línea recta de distinguidos capitanes que asistieron a la conquista de Chile y de Cuyo, y a los
cuales el rey había dado, a partir de 1680, grandes mercedes de terreno en esa apartada región.
En el aislamiento y en la faena de la cría de ganado, crecían en la más completa ignorancia, sin
mayores estímulos, hasta que dos circunstancias puramente accidentales, vinieron a
despertarlos a la vida del trabajo, del comercio y de la industria.
Las continuas invasiones de indios que a partir de 1720 se repitieron con frecuencia,
llegaron hasta la villa de Renca, asolando toda frontera sur y la mayor parte de los escasos
establecimientos rurales que había en San Luis y en San José del Morro. Los habitantes que
escaparon de la matanza y del cautiverio, se refugiaron unos en las profundas quebradas de la
sierra y otros se alejaron al norte, yendo muchos a establecerse en San Francisco y sus
cercanías.
El otro suceso es el descubrimiento de las ricas minas de oro en los Cerros vecinos de la
Carolina, en 1793, que atrajo pobladores y aventureros de Chile, Cuyo y del Tucumán. De
modo, pues, que en el primer cuarto del siglo actual era aquella Villa una población floreciente,
con más importancia que San Luis.
Todo abundaba; pero faltaba lo esencial, ese alimento del alma que se llama educación.
Allí descubrió Sarmiento a los quince años de edad, la rica veta de ese oro más noble que debía
iniciar en toda la América un movimiento civilizador, completamente indispensable del que se
inició en Buenos Aires en 1810 y terminó en Ayacucho en 1824. Allí en San Francisco del
Monte de Oro, debía la gratitud del pueblo puntano mandar reconstruir la escuela de Sarmiento
y erigir un monumento grandioso o modesto, (2)pero que recuerde a las generaciones argentinas
que desde allí surgió la idea emancipadora, para llegar adonde llegó el gran batallador, cuando
(1)
San Francisco 12 de Octubre de 1825.
Respetable señor: En mi tránsito por la jurisdicción del mando de V. S. los vecinos de ella han tenido a
bien paralizar mis marchas a fin de que permanezca entre ellos por algún tiempo; yo (a pesar de mi deseo),
no podré condescender con esta solicitud, sin que la dignación de V. S. me franquee, como lo expresó, la
competente licencia.
Tal ocurrencia me proporciona el honor de ofrecer a V. S. los respetos y consideraciones, que debe.
El más sumiso S. S. y Capitán Q. B. L. M. D. V. S.
JOSE DE ORO
Señor Gobernador Intendente de la provincia de San Luis.
Con fecha 12 de octubre del mismo año varios vecinos de San Francisco dirigieron una nota al
Gobierno solicitando se facultara al presbítero Oro para ejercer allí su ministerio sacerdotal.
(2) El magisterio y vecindario de San Francisco tomó la iniciativa de erigir un busto a la memoria de
Sarmiento. El Consejo Nacional de Educación, debido a las gestiones del Dr. J. B. Zubiaur, acaba de votar la
suma de mil pesos para ayudar a costear el homenaje. El escultor Víctor de Pol fue encargado de la ejecución
de la obra, la que acababa de inaugurarse en conmemoración del centenario de Mayo.
También acaba de fundarse allí la Escuela Normal Sarmiento.

LA TRADICIÓN PUNTANA
150
en oposición al Unus Deus, una ecclesia, unum baptista, que grabó por instigación de su
maestro y su iniciador en la vida pública, pudo escribir alborozado al final de su larga y
benéfica jornada:
¡Una América toda, asilo de los Dioses todos, con lengua, tierra y ríos libres para
todos!
————

LA TRADICIÓN PUNTANA
151
Árboles históricos en San Luis
——
La Sociedad forestal Argentina ha tomado la patriótica iniciativa de fomentar en todo el
país el amor al árbol y la particular protección a los que están vinculados, por hechos
históricos, a la tradición nacional.
En las publicaciones hechas con este loable propósito, no figura la provincia de San
Luis, pues hasta se ha llegado a negar el origen histórico de los ombúes que existen al pie de la
sierra, debida a una incompleta y mala información. A subsanar esa notoria deficiencia tiende
este breve trabajo, estando obligado, por otra parte, a robustecer la verdadera tradición sobre
algunos árboles, de los cuales me he ocupado, aunque incidentalmente, en mis estudios del
pasado puntano.
Los que voy a mencionar marcan grandes etapas de la historia local, debiendo también
citar algunos que ya no existen, pero cuyo recuerdo queda vinculado perpetuamente a la tierra
que los sustentó. Entre estos últimos están los caldenes de la Ensenaditas de las Pulgas, a
orillas del Río V, donde fue sacrificada la infantería puntana el año 1821 por las hordas del
caudillo chileno José Miguel Carrera, y el verde retamo de la Cabra, cerca del Desaguadero,
donde fue clavada la cabeza del infortunado general Mariano Acha por los sicarios de la
tiranía. En aquellos mismos lugares podrían cultivarse otros de la misma especie, a manera de
monumentos vivientes, así como se viene substituyendo por sus retoños, a través de varias
centurias, el famoso y sagrado roble de Guernica, a cuya sombra se juraban las libertades
vascongadas.
El árbol histórico más antiguo que existe en nuestra provincia es el «Nogal de la
Estanzuela». Según los informes de antiguos vecinos y de los descendientes de D. David
Levigstone, que hace más de medio siglo adquirió la estancia de ese nombre, ese «Nogal» es el
último representante vivo del huerto que cultivaron los jesuitas, a partir de 1753, hasta la época
de su expulsión, ordenado por el rey Carlos III, catorce años después.
Es sabido que los padres de la compañía obtuvieran esa propiedad por donación de los
herederos de Toro Mazote, que fue el primer terrateniente dentro de la jurisdicción puntana,
con su vasto dominio del Valle de Concarán hasta el límite señalado por la hermosa Sierra Alta
de Comechingones.
Allí establecieron los jesuitas la estancia más valiosa que había en nuestra provincia, a
juzgar por le minucioso inventario que se hizo de sus ganados, tierras de cultivo y otros bienes
acumulados pacientemente. Vénse aun las ruinas de la capilla, de las habitaciones, barraca de
esclavos y al grueso muro de piedra laja que las circundaba y protegía. A la espalda de estas
construcciones, en la parte naciente de la finca, estaba el huerto y una represa para su riego,
cuyo depósito era alimentado por la acequia sacada del arroyo cercano.
En esa porción del terreno, antes embellecido por el cultivo y hoy abandonado como
cosa inútil, allí, vive precariamente el venerable
nogal, de grueso y añoso tronco, con una

LA TRADICIÓN PUNTANA
152
ramazón formidable, pero con escaso follaje y de amarillento aspecto, como anticipando la
tristeza otoñal, no obstante haberle visitado a principios de febrero, cuando pintaba los racimos
y lucía sus mejores atavíos la exuberante vegetación de los alrededores.
Condolido de la mísera situación de aquel abuelo de la flora local, rogué al joven
mayordomo de la estancia, nieto de su anterior poseedor, le removiera un poco la tierra y le
hiciera llegar el riego benéfico, de que por tanto tiempo parecía privado, para procurar
reanimarle y sostenerle en su respetable ancianidad. Julio que es un excelente muchacho,
sensible y deferente a mi pedido, ha hecho la promesa de cuidar el viejo nogal, personificado
en él la imagen de su abuelo desaparecido, cuya existencia fue igualmente fecunda para el
bien, en aquel apartado e histórico lugar. ¡Ah! ¡Si en estos momentos pudiera hablar el abuelo
que no existe y el que le sobrevive, depositario el uno de la tradición, testigo mudo el otro de
las escenas del huerto cuando lo cavaba el negro esclavo, cuyas espaldas mostraban las
cicatrices del látigo inhumano! Y aquella tierra dura e ingrata regada por el sudor, las lágrimas
y la sangre del mísero esclavo, fecundó hermosos árboles y delicadas flores, deleite de adustos
discípulos de Loyola, cuando en los días estivales iban a buscar la frescura de la fronda o
vagaban por los caminos del huerto musitando la oración de la tarde.
Esos son los recuerdos que evoca en nuestra mente aquel viejo «Nogal de la Estanzuela»,
cuya existencia centenaria lo impone y prestigia, en todo sentido, a las generaciones nuevas e
inteligentes que aman la interesante tradición del terreno y aspiran a perpetuar, hermoseada por
la leyenda inicial de nuestros orígenes.
————


LA TRADICIÓN PUNTANA
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El nogal de Estanzuela

LA TRADICIÓN PUNTANA
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Los ombúes de Pueyrredón
En la falda occidental donde termina la hermosa sierra puntan o Punta de los Venados,
existe un lugar muy pintoresco llamado desde los más remotos tiempos «Aguadita», debido a
un cristalino manantial que se desliza por entre la breña y se reúne en un estanque al pie mismo
de la montaña. Desde este sitio se domina un paisaje interesante y variado que abarca hasta el
lago Bebedero y sierra del Gigante, siendo visible también, en los días serenos y de atmósfera
diáfana, las cumbres de la cordillera andina.
Allí fue a fijar su residencia, a fines de 1812, el ilustre general Juan Martín de
Pueyrredón, proscripto de Buenos Aires a consecuencia de la revolución de octubre, que
desalojó del poder a los primeros triunviros. Acompañábale su hermano el distinguido oficial
José Cipriano Pueyrredón, quien se trasladó con su corta familia, de la cual formaban parte dos
encantadoras chiquillas: Victoria e Isabel.
El General compró la finca a don Maximino Gatica y al cura de San Luis, fray Cayetano
Dabal, dos excelentes patriotas que facilitaron el negocio, poniendo a salvo los escrúpulos del
ilustre desterrado, a quien se había pensado regalarle el terreno; pero como se negaron
rotundamente a aceptarlo en esas condiciones, fue necesario estipularle precio, contra los
generosos deseos de sus dueños y del vecindario.
Era honroso para el pueblo de San Luis tener como huésped a uno de los héroes de la
conquista y defensa de Buenos Aires en 1806 y 1807 y que después, al abrazar con fervor la
causa revolucionaria, la sirvió con su pensamiento y su acción, como en la retirada del desastre
de Huaquí, salvando con aquella hábil maniobra los caudales de Potosí, para abastecer el
ejército del Norte.
Entre las escabrosidades de la querida sierra pasó sus días el patricio, resignado, pero
lleno de entereza y de fe, esperando el momento propicio para volver a la escena.
Personalmente dirigía la construcción de una casa y para distraer sus ocios cultivó un
huerto, al cual hermoseó con los mejores árboles frutales de la región. Fue en esa oportunidad
que hizo llevar de su chacra de San Isidro, provincia de Buenos Aires, unos tres pequeños
ombúes y los plantó en las proximidades de su habitación.
He referido en otra parte la predilección que tenía el General por aquellos hermosos
árboles del litoral argentino. Y debo agregar, como un detalle interesante, que dichas plantas
fueron llevadas en unos barriles por unas carretas de tránsito para Mendoza. Entonces el
camino principal a Buenos Aires recorría el Valle del Chorrillo y poco antes de llegar al
conocido «Ojo de Agua», se internaba hacia en norte, pasando por el abra que existe entre el
grupo granítico de las canteras y la falda de la sierra, o sea por la misma «Aguada de
Pueyrredón».


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Nos es forzoso referir otros antecedentes para evidenciar las buenas fuentes de nuestras
informaciones. En 1882 fue a San Luis el talentoso compatriota Rafael Hernández, a cumplir
una misión como vocal inspector del Consejo Nacional de Educación. Este caballero era nieto
de José Cipriano Pueyrredón e hijo de Isabel, la niña que acompañó a su padre ya su tío en
aquel retiro obligado de la sierra puntana.
Durante su permanencia en San Luis, asistió a una fiesta literaria en el Liceo Social, en
cuyo acto Emeterio Pérez leyó su hermoso canto a «a Libertad», dedicado a la memoria de
José Hernández, autor del poema nacional «Martín Fierro», y hermano del distinguido
huésped. Cuando el poeta puntano terminó la vibrante lectura de sus versos, el Sr. Hernández,
en una brillante improvisación, agradeció el homenaje, diciendo que era digno de la alta cultura
local y manifestó su viva simpatía y su gratitud por San Luis, cuya generosa hospitalidad había
albergado, como en su propio hogar, a sus ilustres antepasados en la triste época de su
destierro.
Al día siguiente fue con varios caballeros a visitar el histórico lugar de la «Aguada» y
refirió saber, por tradición de familia, que aquellos ombúes los había plantado con sus propias
manos el general D. Juan Martín de Pueyrredón. Momentos antes de regresar a la ciudad,
escribió con un carbón en la pared de la casita de piedra unos versos llenos de ternura e
inspiración, dedicados a rememorar la permanencia en aquellos agrestes lugares de la virtuosa
joven que le diera el ser.
Cuando vine a Buenos Aires, tuve el honor de merecer la amistad del señor Hernández,
de cuyo múltiple talento era admirador, y entonces le oí referir, en repetidas ocasiones, aquella
tradición de los «Ombúes de Pueyrredón» y otros interesantes detalles de familia durante la
época de su permanencia en San Luis.
Finalmente, deseoso de reunir mayores pruebas, acerca de cuanto he referido, me dirigí,
después de escritas estas líneas, al caballeresco coronel Rodolfo Mom, descendiente del
general Juan Martín de Pueyrredón, así como su esposa lo es de D. José Cipriano, pidiéndole
me trasmitiera la tradición de familia relacionada con aquellos ombúes. Acaba de contestarme
diciéndome que está felizmente, habilitado para satisfacer mi pedido, no sólo por diversas
relaciones escuchadas entre las viejas gentes de su casa, sino en épocas más cercanas por el
testimonio, por muchas razones indubitables, de su pariente y abuela de su esposa doña
Victoria Pueyrredón. Esta venerable patricia le había recomendado el año 1883, en
circunstancia en que iba a San Luis, visitara la Aguada de Pueyrredón y la casa de piedra
donde había habitado en tan remotos tiempos con su padre y su tío el General, recordando que
allí debían existir aun los ombúes plantados por el patricio. Y luego el coronel Mom agrega
textualmente: «El testimonio de esa señora sobre el origen de esos árboles (a quien Rafael
habrá oído, pues a la muerte de su señora madre, quedo con ella y llamaba mamá) es, como
decía, de prueba plena y concluyente, porque fue testigo ocular de su adherencia a la tierra;
porque guardaba una memoria fidelísima de todo; era veraz por excelencia y porque en
definitiva ningún interés podía tener en alterar la naturaleza de un hecho que no pudo imaginar
fuera materia de controversia». Después de otras consideraciones que no incluyo por no hacer
más largo este trabajo, se llega tener la plena certeza de que esos ombúes fueron plantados por
el general Pueyrredón.

LA TRADICIÓN PUNTANA
157
Y para concluir, debo explicar de dónde provino el nombre de «Belchite», con que
indebidamente pretenden algunos llamar a ese histórico lugar, ahora en pleno anhelo de
restauración nacionalista.
«La Aguadita» pertenecía en los últimos tiempos a un francés, entusiasta admirador del
gran Napoleón. El genio militar y político y las singulares proezas de ese hombre
extraordinario eran el tema favorito de su conversación. Un día al referirse a las campañas del
ejército francés en España, se citó el triunfo de «Belchit». Este nombre le cayó en gracia y, en
un rasgo de buen humor, dijo que renunciaba al título de «coronel» que le habían dado sus
contertulios para tomar el de «conde de Belchite».
Ahora yo pregunto si algún puntano ilustrado se atreverá a substituir por este nombre el
que le ha dado, con tanta justicia, la honrosa tradición local: «Aguada de Pueyrredón».
El quebracho de San Martín
En el costado sur de la iglesia Matriz, que da sobre la calle Pringles, existe un quebracho
blanco, venerado por el pueblo, porque, según la tradición, el ilustre general San Martín ató en
él su caballo a su paso por San Luis.
Es siempre interesante todo cuanto se relaciona con las personalidades históricas de
primera magnitud; pero en el caso presente, es lástima grande que esa referencia no sea más
que una leyenda de última hora.
Desde luego podemos asegurar, con pleno conocimiento de los hechos, que las veces que
llegó de paso el general a la capital puntana, ya fuese del litoral o de Mendoza, lo hizo siempre
en carruaje.
La grave enfermedad que le atacó en Tucumán y que se repitió en Mendoza, poniendo su
vida en peligro, no le permitía resistir un largo viaje a caballo. El paso y repaso de los Andes lo
hizo con verdadero sacrificio en mula mansa y de excelente silla, la cual solo cambió por su
caballo de guerra en la cuesta de Chacabuco y en la jornada de Maipo. Estas afirmaciones son,
pues, concluyentes; sin embargo, nos detendremos a examinar en qué ocasión pudo cabalgar
allí el general y, aun en este caso, si fue posible que personalmente se ocupara de atar «su
Caballo» a un árbol cualquiera.
Llegó a San Luis por primera vez a fines de agosto del año 1814, cuando fue a asumir el
cargo de gobernador intendente de Cuyo; la segunda vez en julio de 1816, de paso para
Córdoba, donde debía entrevistarse con el nuevo director supremo del Estado, el ex diputado
por San Luis al Congreso de Tucumán, general Juan Martín de Pueyrredón. Su entrevista fue
breve y su regreso rápido, preocupado en activar los preparativos del Ejército de los Andes.
Después de la victoria de Chacabuco llegó inesperadamente a San Luis el 22 de marzo,
también de tránsito para Buenos Aires. El cabildo puntano deseando cumplimentar, a su
regreso, al héroe de los Andes y vencedor de Chacabuco, dispuso: «Que se le hospede de un
modo digno, dándosele un baile y una cena, siendo esto con arreglo a los escasos fondos de
propios».

LA TRADICIÓN PUNTANA
158
En los primeros días de mayo regresó el General, hospedándose en casa del teniente
gobernador Dupuy. Como no hubo que hacer desembolso para hospedaje, los gastos se
limitaron a costear el baile, el cual, según los minuciosos detalles de la cuenta, incluso la
música, costó 33 pesos 2 y ½ reales!
San Martín volvió a visitar a San Luis a raíz de la conspiración de los prisioneros
españoles, en 1819. A fines de febrero, escribía desde Mendoza a Dupuy «que le tenga una
casita; pero sin adornos ninguno... » También esta vez el celoso cabildo encargóse de su
hospedaje, costando la permanencia del héroe, incluso los gastos extraordinarios de recepción,
la suma de 93$. Finalmente, en octubre del mismo año pasó llamado por el gobierno central
para que concurriera a la defensa de Buenos Aires, en caso de venir la anunciada expedición de
España, y entretanto contribuyera con su ejército a someter a los caudillos del litoral, alzado
contra el directorio. Sin embargo, el General buscó un pretexto en su enfermedad para no
mezclarse en las contiendas civiles y anunció su regreso a Cuyo, desde donde pasaría a tomar
los baños de Cauquenes. Para recibirlo en San Luis, se encargaron los preparativos al capitán
Luis de Videla, quien presentó esta cuenta:
Por un tenedor de plata, 3$.
Soldadura de una cuchara, compra de dos copas y un vaso... (no se dice el importe); pero
la suma no debió ser más subida que la anterior.
No consta el gasto de comida porque según parece fue cubierto por un miembro del
cabildo, lo cual no debió afectar mayormente su fortuna particular, dada la corta permanencia y
la sobriedad del general.
En esta ocasión visitó el campamento de las Chacras, donde, bajo las inmediatas órdenes
del comandante Mariano Necochea, se estaban completando los granaderos a caballo.
Conviene tener presente que al General siempre acompañaba un oficial ayudante y su
asistente, el cual debía esperarle con el caballo de la rienda, así como era el primero en apearse
para recibirlo y encargarse de su cuidado. Esta costumbre no la abandonó nunca y, conociendo
sus hábitos militares, no es creíble que se ocupara del detalle de asegurar sin necesidad la
mansa cabalgadura, cosa que nadie le hubiera permitido por deber de disciplina y de cortesía
hacia su venerable y gloriosa persona.
Debemos agregar aún que la actual calle Pringles era hace 50 años una cancha de
carreras y existen vecinos que conocieron el «quebracho», a cuyo pie iban las vivanderas del
pueblo, los días de carreras, con mercaderías de pasteles, tabletas y otras golosinas. Cuando en
1870 se construyó la primera línea telegráfica que llegó a la capital puntana, los alambres
fueron tendidos por esa calle, desapareciendo entonces la cancha, y el pueblo comenzó a
llamarla: «calle del alambre».
Pero nadie, ni los viejos vecinos, los Ossorio y Calderón, oyeron referir jamás la
tradición que ahora se atribuye al modesto «quebracho» de la «calle del alambre». La
invención es muy reciente y debemos explicar su origen.
El activo y progresista intendente Romanella, empeñado en el arreglo de calles y en la
construcción de aceras, recibió un día la denuncia de que la cuadrilla municipal había
comenzado a cavar en torno del quebracho para extraerlo de raíz; y tras esa denuncia, recibió
un mensaje del entonces ministro, ingeniero F. Alric, diciéndole que suspendiera ese trabajo,
pues no habían faltado personas caracterizadas que se interesaban por su conservación. Y para


LA TRADICIÓN PUNTANA
159
dar más fuerza a la petición, alguien agregó: «Que el general San Martín había atado su caballo
en ese quebracho». Pero la verdad era que no había para que destruirlo, porque quedaba en
línea con el cordón de la acera y no estorbaba ni a esta ni a la canaleta de la calle.
El quebracho de San Martín
Ese es el origen de la leyenda popular. Un comerciante vecino bautizó su negocio con el
nombre de «Quebracho de San Martín», y cuando se dispuso la fiesta del árbol y el cuidado de
los que tenían algún significado histórico, los maestros de la localidad, sin averiguar nada, ni

LA TRADICIÓN PUNTANA
160
medir la trascendencia del acto, lo consagraron «Quebracho de San Martín», colgando de sus
ramas cintas con los colores patrios.
Ahora bien; nosotros queremos la conservación del quebracho por haber nacido en la
histórica casa habitada por el teniente gobernador Dupuy, donde tantas veces se hospedó el
general San Martín; queremos su conservación porque ese sitio fue teatro de la horrorosa
tragedia del 8 de febrero de 1819, donde sucumbieron sin gloria el heroico general Ordóñez, el
caballeresco Primo de Rivera y los bravos coroneles Morga y Morgado.
«El Quebracho» lo marcará, como un jalón vivo durante muchos años, evocando
también en el pueblo puntano su primera jornada, grabada en la medalla «A los defensores del
orden».
Por estos poderosos motivos votamos definitivamente porque se cuide ese simpático
quebracho, hermoso representante de la flora local, dando una base de verdad a la tradición que
le amparará en el porvenir, lo que no sucedería si continuase la leyenda caprichosa e
inverosímil, con que se ha querido prestigiar ese árbol.
Es la solución más aceptable que puede aconsejar la seriedad con que debemos proceder
en estos casos, para conciliar la existencia del modesto quebracho con algún recuerdo digno de
la evocación histórica.
El chañaral de las ánimas
Allá, en la desierta pampa del Alto Grande, una isleta de verdes chañares marca el sitio
donde cayó mortalmente herido el paladín puntano, coronel Pringles, así como un corpulento
caldén señalaba el preciso lugar donde fueron sepultados provisionalmente sus restos sagrados.
Nos es forzoso entrar en la narración de algunos hechos trascendentales para referir a
ellos el luctuoso suceso.
El héroe, después de sus triunfos en La Tablada y Oncativo, vióse obligado a ponerse
otra vez frente a Facundo Quiroga en la defensa de Río IV, cuya población había sido
sorprendida por el implacable caudillo, resuelto a tomar la revancha de sus derrotas en aquellas
memorables jornadas.
Facundo sabe bien que el dominio de esa plaza y el aniquilamiento de sus defensores, le
abrirá el camino de Cuyo. Y el éxito de la campaña dependía de la actividad y del vigoroso
impulso que imprimiera a sus operaciones, antes que los sitiados recibieran auxilios para la
resistencia.
Sin darse un momento de reposo, infatigable y violento, recorre sus filas, arenga a sus
huestes bravías y se lanza al ataque, estimulándolo con insuperable coraje.
Un vivo fuego de fusilería y de metralla le advierte que la empresa es arriesgada y
temeraria. Pero en lo más recio del combate un traidor abandona a sus camaradas y se presenta
en su campo para hacerle importantes revelaciones sobre la situación de la plaza: la bisoña
milicia está rendida por la fatiga; no tiene víveres ni municiones para resistir un día más. La
infame delación redobla su audacia y ordena ir adelante hasta el último extremo, jugándose


LA TRADICIÓN PUNTANA
161
personalmente en los sitios de mayor peligro ¿Quién detiene al pampero desencadenado? Pocas
veces el caudillo mostróse más soberbio y admirable.
La noche con sus sombras y acechanzas aumenta el pavor de las almas quebrantadas por
la lucha y el infortunio. Pringles se muestra a la altura de sus antecedentes, en aquella hora
solemne, y no pudiendo hacer otra cosa, se decide a tentar un golpe temerario, al amparo de las
mismas sombras. Sigilosamente se pone en marcha seguido por sus mejores jinetes; pero el
astuto caudillo ha previsto la maniobra y le corta el paso con todas sus fuerzas, obligándole a
reconcentrarse en el reducido perímetro de las trincheras. Al día siguiente Facundo domina la
plaza, aunque no la arrogancia de Pringles, que se abre camino sable en mano, al frente de sus
granaderos. El envalentonado enemigo le ataca sobre la marcha, obligándole a hacer prodigios
de valor para sostener el desigual combate, hasta que, dispersándose la mayor parte de sus
tropas, vése forzado a retirarse con un reducido grupo de leales milicianos. Y la persecución
continúa cada vez más tenaz y amenazadora.

LA TRADICIÓN PUNTANA
162
Es así cómo consigue llegar a la orilla del río Quinto, donde toma posiciones para recibir
una vez más al encarnizado enemigo, el cual le sigue muy de cerca. Allí vuelve a sostener dos
nuevos combates, causando la admiración de sus rivales, en aquella lucha con fuerzas
superiores, escalonadas como para hacer imposible toda resistencia. Después de ver diezmados
y dispersados sus milicianos, en tan dolorosos y estériles sacrificios soportados con un
estoicismo admirable en doces días de fatigas y de continuo batallar, Pringles se corta sólo al
paso de su caballo cansado.
Desde el río Quinto a las cercanías de San Luis media un verdadero desierto con el
nombre de Pampa del Alto Grande. Terreno guadaloso, sin agua, cubierto de pajonales, con
uno que otro caldén aislado o grupos reducidos de chañares. Por esos campos inhospitalarios
cruzaba nuestro héroe infortunado, debiendo sentir las amarguras de una pena infinita ante
tanta adversidad como la que abatía sus bríos de guerrero y sus esperanzas de patriota.
Y una adversidad mayor le amenazaba aún: la de caer en manos de tales enemigos.
A la subida de Alto Grande y un poco más de una legua al norte de la actual estación de
ese nombre se encuentra el Chañaral de las Ánimas, muy conocido por los viajeros que
entonces hacían la travesía por esos desamparados lugares. Allí se dirige Pringles para tomarse
algún descanso y pasar los últimos rigores de un día abrasador; pero es alcanzado por una
partida enemiga al llegar a la ceja del monte. Al verla aproximarse a gran galope, se desmonta
y la espera de pie con su habitual arrogancia, apoyándose en la empuñadura de su espada. Le
intiman rendición y la entrega del arma. Rendido está; pero el sable de granaderos a caballo,
con las melladuras de Chancay, no se rinde; mucho menos, a los secuaces de la anarquía y de
la barbarie. El bárbaro que nada sabe de ese glorioso pasado ni de humanidad, sacrifica
cobardemente al héroe, destrozando su noble pecho con una bala mil veces maldita. Y al
desplomarse en su mortal caída, aquel infausto 19 de marzo del año 1831, tuvo siquiera el
consuelo de romper la espada antes de humillarla a la canalla triunfante. ¿Por qué no se hundió
para siempre en las profundidades del Océano cuando su heroico lance de la Playa de
Pescadores o sucumbió en las bizarras cargas de Ayacucho? ¡Oh, crueldades inauditas del
destino que no respeta ni la virtud ni la gloria personificadas en tan noble existencia!
Hasta el cielo se conmovió con aquel infortunio. Densas nubes con fúnebres crespones
caían aquella tarde sobre la cumbre del Alto Grande, por entre las cuales filtrábase un rayo de
sol poniente, cual si fuera el último adiós a la vida o el beso postrero de la madre.
El héroe moribundo es conducido a la tienda de campaña del Atila argentino; pero a
corta distancia sucumbe atormentado por el dolor y la sed. Cuando presentaron su cadáver a
Quiroga, el implacable caudillo también se conmovió, lanzando una imprecación fulminante
contra el asesino.
Al pie de un caldén cercano mandó sepultar sus restos, ya entrada la noche, cuyas
sombras, con su impenetrable misterio, caían como una mortaja cobre la tumba del héroe
infortunado.
Quince días después el desconsolado padre de Pringles se entrevistaba en Mendoza con
Quiroga para pedirle garantías a fin de poder irse a Chile con su familia, recibiéndole el
caudillo con estas palabras: «Tres días he contemplado el cadáver del coronel Pringles
envuelto en una manta de vicuña y queda señalado por Huidobro el «caldén» a cuyo pie lo
mandé a sepultar».


LA TRADICIÓN PUNTANA
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Tumba de Pringles
Allí fue en busca de sus restos sagrados un antiguo compañero de armas, el respetable
puntano D. Esteban Adaro, quien los condujo piadosamente a San Luis, dándoles honrosa
sepultura en la iglesia matriz.
Aquel Chañaral de las Ánimas, al cual no osaban llegar de noche los transeúntes
supersticiosos porque allí se aparecían «luces malas», adquirió desde entonces un motivo más
de triste celebridad en el espíritu impresionable y crédulo de los moradores de la comarca.
Para nosotros señala también ese lugar, la última etapa y el último aliento de una de las
figuras más gallardas y prestigiosas en los anales de la tradición nacional.


LA TRADICIÓN PUNTANA
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Estatua de Pringles en San Luis
El árbol verde
Así llama el buen pueblo a un hermoso algarrobo blanco que existe en el suburbio norte
de la capital puntana, muy cerca de la antigua estación del ferrocarril, bajo cuya sombra se
entrevistaban en1862 el ex gobernador don Justo Daract y el famoso general Ángel Vicente
Peñalosa (a) El Chacho, para iniciar los preliminares del convenio que pusiera término a las
hostilidades y depredaciones, con que el gauchaje alzado amenazaba a los gobiernos y
poblaciones de Cuyo.
Desbaratada la vasta conflagración reaccionaría, que con tan poderosos elementos se
preparaba a tomar la revancha de Pavón, quedaron grupos dispersos y muchos descontentos en
la campaña, dispuestos a lanzarse otra vez a la revuelta contar el orden de cosas establecidas.

LA TRADICIÓN PUNTANA
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Algunos cabecillas del interior explotaron esa malquerencia y el espíritu levantisco de
nuestros paisanos, para arrastrarlos nuevamente a la guerra de montoneros.
A principios de marzo aparecieron partidas armadas por el lado de La Rioja, acaudilladas
por Fructuoso Ontiveros, Juan Gregorio Puebla, José Carmona (a) El Potrillo, y otros gauchos
bravos y desalmados. Sublevaron los departamentos del norte, prendieron al coronel Nicasio
Marcau y al prestigioso vecino D. Ortiz, entregándose después al saqueo de las indefensas
poblaciones de campaña. El gobierno mandó en el acto contra los montoneros el regimiento 7
de caballería de línea y algunas milicias provincianas; pero en el camino se sublevaron las
tropas y asesinaron a su jefe Tristán Calderón. Entonces se ordenó al coronel Iseas, destacado
en el Fuerte Constitucional, se pusiera inmediatamente en campaña, enviándosele un
contingente al mando del comandante Carmen Adaro y mayor Luis Ojeda. Iseas voló contra el
gauchaje ensoberbecido, sableándolo sin piedad en el Chañaral Negro y poco después acabó de
dispersarlo en Casas Viejas, retirándose tranquilamente a la villa de San Pedro. Los fugitivos
ganaron los llanos de La Rioja para incorporase al Chacho, quien perseguido por le ejército
nacional, se dirigía a la frontera norte de San Luis.
Conjurado el peligro del primer momento con la batida de la montonera, la campaña
comenzaba a tranquilizarse cuando a los pocos días cundió la grave noticia de que Peñalosa se
acercaba con sus huestes a la ciudad capital, a la sazón completamente desguarnecida. En
efecto, las fuerzas de la provincia estaban fraccionadas y distribuidas a grandes distancias: las
del comandante Juan Francisco Loyola en La Rioja, las del coronel Ruiz en Mendoza y las
milicias de fronteras y las que estaban en la capital en la provincia de Córdoba, a las órdenes
de Iseas.
El Chacho se había burlado de sus perseguidores debido a los medios superiores de
movilidad, y después de atravesar impunemente los departamentos 6º, 4º y 2º, se presentaba en
las puertas de la ciudad e intimaba a la provincia la delegación del mando gubernativo en la
persona de D. Pedro Herrera, para evitar, según decía, mayores males y efusión de sangre.
Una impresión terrible de alarma y de angustia produjo en la reducida población tan
inesperado y grave suceso; pero los hombres de gobierno no perdieron la necesaria serenidad
ante tamaño peligro. En un instante se improvisó la defensa, llamándose a todos los habitantes,
ciudadanos y extranjeros, que concurrieran con sus armas. Se improvisaron trincheras en las
bocacalles de la plaza, abriéndose fosos y colocándose carretas volcadas por delante; se
formaron cantones de avanzada a corta distancia de la plaza, como para ser protegidos; el
comandante de cívicos D. José Rufino Lucero y Sosa corría en todas direcciones para
organizar los grupos; se emplazaban los cañones, haciéndose balas de cinc una a una; se
cargaban los escasos fusiles con pólvora de cañón y de mina, y, finalmente, se nombró jefe de
la plaza al respetable vecino don Mauricio Daract.
Los respectivos cantones estuvieron al mando del ex gobernador D. Justo Daract, del
ministro Buenaventura Sarmiento, con los vecinos Gorgonio Gutiérrez, José A. Vasconcellos,
José Rufino Álvarez, y Víctor C. Guiñazú. El joven abogado Dr. Juan Barbeito, de simple
soldado, montaba una guardia con el arma al brazo, así como don Valentín Luco ostentaba con
orgullo las jinetas de cabo 1º, mientras instruía unos reclutas. Por fin las fuerzas de caballería,
compuestas de 13 vigilantes, a las órdenes del jefe de policía D. Narciso Ortiz, ocupaban su
sitio de combate. El total de los defensores, incluso jefes de oficiales, ciudadanos y extranjeros,


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infantería, artillería y la caballería, sumaba 267 hombres, decididos a combatir contra 1600
gauchos envalentonados.
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El mensaje del gobernador Barbeito refiriéndose a tan crítica situación, dice
textualmente: «No había medio, honorable señor, entre resistir o entregarse a una horda de
forajidos. Lo primero era riesgoso, imprudente, temerario; lo segundo indigno, degradante,
imperdonable. ¿Pues, qué hacer? ─Díganlo nuestros adversarios».
Como el gobernador no había contestado la nota ─intimación del Chacho, al día
siguiente recibió una segunda, reconviniéndole por ese olvido, y le acordaba media hora para
entregar las fuerzas y el mando gubernativo. Al fin el gobernador le contestó, diciéndole que
había pensado dirigirse a él para garantizarle su persona e intereses y de los demás que le
acompañaban; pero al disponerse a hacerlo recibía las dos notas conminatorias, cuyo contenido
privaba al gobierno de entrar en arreglos por la clase de exigencias a que ellas se referían.
Entonces los montoneros se lanzaron sobre la ciudad atacando por distintos puntos. La
defensa fue decidida y eficaz, pues el tiroteo duró desde las 10 de la mañana hasta las 4 de la
tarde, siendo rechazados los asaltantes y severamente escarmentados, sin tener que lamentar
más desgracias que el asesinato del comerciante Echeverry y la muerte de D. José Núñez,
víctima de su arrojo.
Los montoneros no se imaginaron nunca encontrarse con una resistencia tan tenaz y
hábilmente combinada. Es verdad que los sitiados defendían no sólo su vida y sus intereses,
sino también el honor de sus familias.
Los «chachinos» se retiraron, poniéndose fuera del alcance de los defensores y
anunciando que por la noche llevarían el asalto decisivo. Y tan era cierta esta amenaza, que
poco después se recibía otra nota de Peñalosa, en la cual manifestaba: que como había sido
desestimada su pretensión, se preparaba a tomar la ciudad, asegurando que irremisiblemente
gobernaría ese pueblo y estaría en su plaza antes de 24 horas. A las 11 de la noche le acusó
recibo el gobernador, diciéndole que no contestaba oficialmente, por no estar el ministro, y
expresando el deseo de que no se derramara sangre, para lo cual convendría suspendiese las
hostilidades hasta el día siguiente, y ver si era posible entenderse por intermedio de
comisionados.
Aquella noche infausta nadie durmió en San Luis, esperando con las armas en la mano,
momento por momento, el anunciado asalto, con la suprema resolución de aplastar hasta con
los adobes de los ranchos aquella turba ávida de pillaje. No obstante sus amenazas, el Chacho,
no se atrevió a tomar la plaza, decidiéndose a buscar una conciliación.
En efecto, el 22 por la mañana, se presentó D. Adolfo Ortiz, retenido por la montonera, y
dijo: «Que el general Peñalosa, hallándose en disposición de arribar a un arreglo pacífico,
solicitaba una entrevista en su campo con el señor Justo Daract». El gobierno, sin poder hacer
otra cosa que sostenerse dentro del reducido perímetro de la defensa, aceptó la invitación.
Pocas horas después el mismo D. Adolfo Ortiz regresó con una comisión de varios cabecillas
para garantizar el tránsito del Sr. Daract.
D. Justo no trepidó en correr cualquier riesgo para concluir con aquella calamidad que
amenazaba a la población, por más que no ofrecía muchas seguridades la palabra del
voluntarioso caudillo.


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La entrevista tuvo lugar bajo el Árbol Verde, el 22 de abril. El Chacho y D. Justo
permanecían solos y de pie. Un escuadrón de lanceros, emponchados y con chiripá, hacía la
guardia, y a corta distancia veíase el pintoresco vivac del gauchaje «churrasqueando» en los
fogones.
La entrevista se prolongaba por horas y no se podía arribar a nada razonable y decoroso
por el cúmulo de exigencias del Chacho, cuya diplomacia pampa, desconfiada y pedigüeña,
dificultaba el arreglo.
Ya se ponía el sol cuando D. Justo tomó la resolución de dar por terminada la entrevista,
manifestando cuales eran las bases del acuerdo y el propósito irrevocable de sostenerlas.
Su demora en regresar a la ciudad había causado gran alarma en la población,
sospechándose alguna celada; pero su llegada produjo un alivio en todas las almas, aunque la
situación no había mejorado.
Sin embargo, el Chacho había tenido otra oportunidad de convencerse que sus amenazas
terroríficas eran impotentes para quebrantar la decisión ni el honor de aquellos dignos
ciudadanos.
En la siguiente mañana se envió al Chacho las bases escritas del convenio; pero éste
contestó que para aceptarlo exigía se entregase a su teniente Fructuoso Ontiveros la
comandancia general de armas, incluso todo el armamento y en el plazo de dos horas. Esta
nueva exigencia se rechazó de plano, anunciándole que se le enviaría una comisión presidida
por el padre Francisco Javier Pena, para aclarar algunos puntos poco explícitos y subscribir el
arreglo definitivo.
Al fin se firmó el convenio el 23, en aquel mismo lugar donde ostenta su hermosura el
Árbol Verde, en virtud del cual el general Peñalosa se sometía al gobierno nacional,
representado por el general Mitre, suspendía las hostilidades y se alejaría a 20 leguas de la
ciudad, en cambio de una amnistía general de 1000$ en dinero y del racionamiento de sus
tropas, mientras contestaba el gobierno nacional aceptando el convenio.
Así terminó el sitio y la memorable defensa de San Luis. El sometimiento del Chacho
era el complemento de los triunfos de Pavón y Cañada de Gómez, pues en todo Cuyo estaba
latente la insurrección, y muchos sacrificios hubiera costado contenerla y dominarla.
El general Mitre aprobó la conducta del gobierno puntano, dirigiendo una entusiasta
felicitación a la benemérita ciudad de San Luis por la valerosa resistencia que había llevado a
cabo, superando con patriotismo y energía los peligros de la situación e imponiéndose a los
invasores hasta conseguir su sometimiento a las autoridades nacionales.
————

LA TRADICIÓN PUNTANA
170
La escuela de primeras letras
——
Hemos dicho que los dominicos tenían en su convento, una escuela donde enseñaban los
rudimentos de la lectura y escritura a unos pocos niños pobres. Recién en 1783 se fundó la
primera escuela pública que se llamaba del Rey y fue su primer director el respetable vecino D.
Miguel Rafael de Vilches, a quien el cabildo asignó la suma de 200 pesos anuales, los cuales
muy tarde o nunca se pagaban, por falta de numerario. Sin embargo el maestro no abandonó
su puesto, en el empeñoso afán de enseñar a leer a los hijos del pueblo, hasta que fue
reemplazado, en esa noble tarea, por D. Juan Laconcha y su hijo Juan Plácido, con el cargo de
«pasante».
La escuela marchaba bien y se veía muy concurrida, debido al celo paternal del señor
Laconcha, cuando, a fines de 1794, le sorprendió la muerte en el desempeño de su apostolado.
La Junta Municipal sacó, entonces, a concurso el puesto de maestro, obteniéndolo el pasante D.
Juan Plácido, no obstante lo cual, el Cabildo no se dio por aludido de esa circunstancia,
cometiendo la arbitrariedad de mandar fijar nuevos edictos para proveer el cargo.
De este proceder incorrecto elevó queja, ante Sobremonte, la madre de D. Plácido,
señora Ventura Baez de Quiroga de Laconcha, siendo debidamente atendida por el gobernador
intendente, quien se dirigió al cabildo haciéndole presente el agravio que se había inferido a
don Plácido, y el desprecio al mérito de cuatro años y ocho meses que el referido había
contraído, sirviendo de pasante en la escuela dirigida por su padre.
En consecuencia, ordenaba se le respetase en su puesto e informara sobre los motivos
que el Cabildo había tenido para proceder de ese modo. Parece que la cuestión no tuvo otra
trascendencia, pues, el maestro D. Plácido, continuó tranquilamente en ese cargo hasta 1799.
En esa fecha se vio obligado a ausentarse a Mendoza, designándose en su reemplazo al
sacerdote D. Francisco Borjas Poblete. A los seis meses regresó D. Plácido y la Junta
Municipal dispuso la continuación en su empleo. El P. Poblete se opuso tenazmente a acatar tal
resolución y se negó a entregar la escuela, dando como fundamento serio, una real disposición,
según la cual, todas las escuelas o clases de enseñanza debían ser dirigidas por clérigos donde
los hubiera, con preferencia a los seglares, y por último, formulaba serios cargos contra la
moralidad del maestro. De su escrito, oponiéndose, se dio vista a D. Plácido, quien se despachó
a gusto, aunque con suma mesura, al refutar, uno por uno, los fundamentos de Poblete y
levantó los cargos, apelando al testimonio de los padres de sus discípulos y del vecindario en
general.
Al fin, el subdelegado, D. Juan de Videla, falló esta enojosa querella, que tenía
apasionado al vecindario y a los frailes, en estos términos:
«Visto lo alegado por las partes y el ningún derecho del citado presbítero, según la carta
orden de la muy ilustre Junta Provincial de la Capital de Buenos Aires, con fecha 9 de
diciembre de 1778, en que se sirve comunicar a esta Junta Municipal que el maestro de esta

LA TRADICIÓN PUNTANA
171
categoría haya de ser, precisamente, secular y no administrada por regulares; en cuya
consecuencia, debía de mandar y mando que el citado D. Francisco Poblete, sin súplica ni
pretexto alguno, (quien ha estado interinamente de maestro de dicha cátedra desde el día 6 de
febrero de este año), la entregué al citado D. Juan Plácido, en día 1º de julio venidero, con el
apercibimiento que de lo contrario será despojado, y para otros resultados mandará a este
juzgado, el día 30 de este mes, las llaves del cuarto donde se encuentra la enseñanza».
No obstante la terminante comunicación, el P. Poblete, que era un hombre terco y
violento, al ser notificado dijo que no entregaba las llaves ni la escuela. Intercedió el señor
vicario Daval y el notario eclesiástico, don Esteban Serra, para que el reverendo padre se
sometiera y cumpliera la orden del señor subdelegado; pero, el P. Poblete se limitó a pedirle
disculpas por no poder obedecerles. Entonces, el mismo juez Videla fue, en persona, y lo
expulsó de la escuela, constatando que sólo tenía ocho niños, pues, los demás habían salido por
el mal genio del maestro y por las severas y crueles disciplinas que aplicaba a sus discípulos,
aun tratándose de leves faltas.
La enérgica actitud de la autoridad civil, produjo un escándalo mayúsculo, haciendo
causa común, con el P. Poblete, los frailes de Santo Domingo y las beatas; pero, la prudencia
sucesiva de las mismas autoridades y el buen tino del maestro, D. Plácido, hicieron disipar
pronto la borrasca que amenazaba convulsionar la pacífica población.
El asunto terminó, obligando a la Junta Municipal de Temporalidades, a dictar un
reglamento para el buen gobierno de la escuela, previa confirmación del maestro Laconcha,
con el sueldo que se le había asegurado en 200$ anuales, los cuales, esta vez, proponían
pagársele en sonante numerario. He aquí las principales disposiciones del reglamento escolar:
1º Que el maestro preste obediencia y acatamiento a los miembros del Ilustre Cabildo,
cuando visiten la escuela para darse cuenta del adelanto de los niños y la manera como se
cumplen estas reglas.
2º Que todos los días vaya, el maestro con los niños, a misa y que canten el sábado.
3º Que cuando salgan los niños de la escuela, vayan con juiciosa modestia y cortesía con
sus mayores.
4º Que se les haya de documentar, no sólo en leer y escribir, sino versándoles en las
cuatro reglas de la aritmética y en ayudar a misa.
5º Que siempre que toquen a sacramento, el maestro salga con sus niños, acompañando
tan piadoso ejercicio, y que, rezando hasta regresar a la iglesia, vayan con toda reverente
modestia y devoción.(1)
6º Que el maestro no pueda emplearse en otro ministerio que se oponga a la forzosa
asistencia que debe practicar en su escuela, y si tuviere algún legítimo impedimento, que avise
al Cabildo para nombrar el sustituto.
7º Que por ningún modo se intervenga en ser apoderado en los litigios particulares, de
modo que le perturben su asistencia o su obligación, y sólo en caso que este Cabildo o algún
individuo lo llame para que escriba por defecto de otro alguna providencia, pagándole su
trabajo, lo podía hacer.
(1) Por esos tiempos hubo una epidemia de viruela y el maestro con sus discípulos pasaron muchos días
ocupados en tan piadosa práctica, mientras los muchachos olvidaban lo poco que habían aprendido.

LA TRADICIÓN PUNTANA
172
El Cabildo era tan celoso de las prácticas religiosas, que en 1807 expulsó de la escuela y
de la ciudad, al maestro D. Miguel Lamarca, por ser «hombre de pluma» y no llevar a misa a
sus discípulos.
Fue reemplazado por D. Salvador Martinilla, a quien se le fijó un estipendio de cuatro
reales al mes por cada alumno; con la obligación expresa de hacerles oír y ayudar a decir misa
todos los días.
El único libro que circulaba en la escuela, era «El niño instruído por la Divina Palabra»,
obra del fraile carmelita Manuel de San José.
Por otra parte, el tribunal de la inquisición y los curas, ejercían una rigurosa vigilancia en
las ideas y en los escasos libros que se introducían; libros exclusivamente de prácticas
religiosas, cuya venta, en América, tenía monopolizado el convento del Escorial.
Y por entonces, y aun mucho después, no hubo allí otra clase de instrucción que la muy
rudimentaria de aquel tipo de escuelita de primeras letras.
Tales fueron los primeros pasos de la escuela puntana, que nacía suscitando conflictos y
controversias entre las dos tendencias que se disputaban el privilegio de dirigir la enseñanza
pública, aunque siempre sometida a las ideas absolutas de aquellos obscuros días del régimen
colonial.
*
* *
En los primeros tiempos de la revolución, no obstante las grandes preocupaciones del
momento histórico, algún estímulo recibió la escuela primaria que pasó a ser la Escuela de la
Patria, dirigida por el respetable vecino D. José Blas García.
Renovado el cabildo, en los primeros días de año 1811, el alcalde de primer voto, D.
Juan Esteban Ramos, formuló muy serios cargos contra nuestro diputado D. Marcelino Poblet,
porque había descuidado gestionar de la Junta los recursos necesarios para sostener la escuela
local. Estas censuras, dieron pretexto para provocar una reunión pública, donde se acordó
comisionar al mismo Ramos, a fin de que se trasladara a Buenos Aires y acusara a Poblet por
tan grave falta en el cumplimiento de sus deberes.
La misión de Ramos fracasó y los sucesos, que se precipitaban, no permitieron ocuparse
de la escuela.
En el año 1813, se dieron instrucciones al representante de San Luis en la Soberana
Asamblea, para que solicitara recursos con que sostener la escuela de la Patria, a fin de poder
costear un maestro capaz de instruir no sólo en los primeros rudimentos del saber, sino también
en los derechos de cada uno en la causa general que defendíamos. Al mismo tiempo, debía
pedir una resolución para limitar las pretensiones de los párrocos, que se atribuían el exclusivo
derecho de dirigir la enseñanza, lo cual sembraba la discordia social, y, finalmente, que el
diezmo aplicado al sostenimiento del hospital, en Mendoza, se empleara en fomentar la escuela
primaria y un curso de latinidad.
Nada se hizo en tal sentido, hasta el gobierno de don Vicente Dupuy, quien se preocupó
por lo menos de sostener la única escuela.

LA TRADICIÓN PUNTANA
173
Debido a las continuas demandas de las autoridades locales, consiguióse, al fin, la
autorización del Congreso para imponer contribuciones destinadas al fomento de la instrucción
pública. He aquí la reproducción del curioso documento:
«Discutido en sesión de 31 de marzo el proyecto que, por el conducto del señor diputado
de esa ciudad, se elevó a este Soberano Congreso, relativo a cercenar media libra de carne de
las seis que se dan, por medio real, al público, y a gravar a cada cabeza de ganado del
consumo, con un real por alcabala, con el piadoso y laudable objeto de establecer una escuela
pública en que sea educada la juventud, en honra y gloria de Dios y de la Patria; se ha
acordado, por el Soberano Congreso, aprobar el referido proyecto en la sesión citada.
Lo comunico a V. S. para su inteligencia y cumplimiento. Sala del congreso en Buenos
Aires, abril 2 de 1818.
JUAN
JOSÉ
PASSO.─Presidente.
DR.
JOSÉ EUSEBIO
DE
ELÍAS.─Secretario.
Al Ilustre Ayuntamiento de la ciudad de San Luis.
La escuela local siguió viviendo su pobre existencia, a la espera de mejores tiempos.
En el resto de la provincia no funcionaba ninguna escuela pública, hasta que Sarmiento
siendo casi un niño, fundó, en 1826, la de San Francisco del Monte de Oro, con siete
discípulos, todos de mayor edad que el maestro.
Por ese tiempo, también, se estableció una escuela en Renca, la cual llevó una vida
anémica hasta que se hizo cargo de su dirección el joven Benigno Domínguez, hijo del coronel
José Narciso Domínguez.
En esa escuela cursaron estudios, pocos años después, Santiago Derqui, Antonio Ignacio
Quiroga, los hermanos Sáa, Rodríguez y Domínguez y otros hombres que tuvieron importante
figuración en la provincia. Derqui era nieto del Dr. Victoriano Rodríguez, fusilado, en 1810,
con Liniers, Concha y otros funcionarios españoles. La familia Rodríguez y Derqui de
Córdoba, estaba aparentada con la de Rodríguez de San Luis, y poseía una valiosa merced real
en la sierra, sobre el límite de ambas provincias, la cual comprendía una parte de la Estanzuela.
Durante la estada allí de la familia, concurrió Santiago a la escuela de Renca.
Antonio Ignacio Quiroga fue el padre del gobernador D. Lindor, comandante militar del
departamento y un ciudadano que prestó buenos servicios al país. La actuación de los
hermanos Sáa y de los Rodríguez, Carlos Juan y José Elías, es bien conocida.
Cuando el Dr. Derqui ocupó la presidencia de la Confederación Argentina, tocóle actuar
con sus parientes y condiscípulos de la escuela de Renca, los cuales secundaron su política y le
fueron leales, hasta después de Pavón.
Estos detalles son interesantes para la tradición de la escuela de Renca, debiendo agregar
que, el año 1840, de allí salió el maestro José Benigno Domínguez para incorporarse a la
cruzada libertadora iniciada por el partido unitario contra la tiranía. Este patriota abnegado,
sirvió la causa con denuedo y hasta con el sacrificio de su vida. Debe conservarse en la escuela
de Renca la memoria de ese compatriota, educador distinguido y mártir de nuestra libertad.
El 15 de febrero de 1842, la Sala de Representantes, sumisa servidora del tirano,
declaraba:

LA TRADICIÓN PUNTANA
174
«Art.º 1º Desde la fecha queda suspensa la escuela de primeras letras y en calidad de por
ahora.
Art.º 2º Los fondos destinados para el pago del maestro de escuela, serán agregados a los
fondos del estado para sus urgencias».
Y la suma que se gastaba por este concepto, era de 25 pesos mensuales, lo cual parecía
una exhorbitancia a los señores legisladores. La verdad es que esta medida armonizaba bien
con la barbarie de la época. Aunque el gauchi-gobierno se preocupara, dos años después, de
establecer cursos de latinidad, el hecho positivo es que la instrucción primaria siguió
arrastrando una existencia mísera, entregada, por completo, a algún prójimo infeliz que, no
sirviendo para otro cosa, se dedicaba a enseñar a los muchachos pobres de la aldea o, en fin,
sostenida por algún vecino abnegado, que nunca faltó allí para llenar una noble misión como
esa.
Así hubo un tal «gallego» Barloa, de esos que habían quedado en el interior, viejo e
inutilizado maestro de escuela, a quien entregaron, junto con un condenado a muerte, para que
sirviera como víctima expiatoria y aplacara la terrible venganza de los feroces ranqueles,
sitiadores de la ciudad.(1)
La resolución anterior y este inhumano sacrificio, pintan de mano maestra una época
nefanda que felizmente ha pasado para siempre, mal que pese a los pocos que aun se afanan en
justificar la tiranía, y en hacer la apología del caudillismo semi-bárbaro.
Recién en 1849, vemos estampado en un mensaje del gobernador, algo que se relaciona
con la cultura del pueblo; «La escuela de primeras letras, en la capital, se halla restablecida,
después de una larga interrupción por el deterioro que sufrió su edificio y material, a causa de
los extraordinarios terremotos del mes de abril».
En 1853, se crearon las escuelas de San Francisco y del Morro; pero, fue durante el
período constitucional que se inició con el culto y progresista gobierno de D. Justo Daract,
cuando la instrucción pública recibió un poderoso estímulo.
Se crearon escuelas de varones en todos los departamentos, se fundó en la capital la
escuela superior de niñas, que se puso bajo los auspicios de la Sociedad de Beneficencia y que
sirvió de modelo para fundar iguales establecimientos en los principales centros de la
población de la provincia.
Por primera vez aparecen en el presupuesto de la administración local, partidas para
sostener y fomentar la instrucción popular. Y el previsor gobierno de entonces, completo su
proficua labor, nombrando comisiones auxiliares en todas partes y dándoles instrucciones para
interesar a los vecindarios en su propio mejoramiento y ayudar a los maestros en la gran tarea
de civilizar al pueblo.
Nuestras más distinguidas damas tomaron, también, en toda la provincia, una
participación activa y honrosa en esa tarea.
Nunca se ha combinado mejor, en San Luis, la acción del gobierno con la de los
elementos sociales más representativos, en favor de la cultura de nuestro pueblo.
————
(1) Dato del señor José Gazari.

LA TRADICIÓN PUNTANA
175
Mercedes
——
La floreciente ciudad de Mercedes tuvo su origen en la necesidad de asegurar la línea de
frontera sur, arraigando en sus fértiles campos una población de avanzada sobre el desierto, al
amparo de las milicias provinciales.
Desde el gobierno del general Pablo Lucero existía sobre el Río V, el llamado cantón de
«Las Pulgas», cuyo establecimiento estaba también destinado a vigilar los pasos y caminos
recorridos por los ranqueles en sus frecuentes invasiones.
Recién durante el progresista gobierno de don Justo Daract y por su iniciativa, la
legislatura dictó una ley el 10 de mayo en 1855 creando el «Centro Constitución» en las
cercanías de aquel lugar. La base de la futura población era media legua cuadrada sobre la
margen izquierda del Río V, la cual debía subdividirse en 64 manzanas de 140 varas por lado y
en suertes de chacras.
Un decreto del 20 de marzo de 1856 establecía las condiciones del reparto de las tierras
entre los particulares y soldados del regimiento dragones Nº 4 de la frontera, confiándose este
encargo al jefe de sus fuerzas, coronel Iseas y el juez de paz don Feliciano Lucero.
Vecinos de San José del Morro y de Renca fueron en su mayor parte los pobladores.
También los campos cercanos se poblaban, principalmente los colindantes con las márgenes
del Río V arriba, según la expresión consagrada.
Intertanto el gobernador Daract confiaba a su amigo el senador por Mendoza don Martín
Zapata, a su paso por San Luis, la misión de gestionar del gobierno nacional un subsidio para
construir un fuerte o cuartel en la naciente población, donde debía trasladarse el Regimiento de
Frontera y a la vez le presentaba un plan relacionado con tan importante cuestión.
Según la carta inserta en la nota(1) que se lee al pie, el pensamiento del señor Daract fue
bien recibido por el presidente Urquiza y por el ministro de la guerra, quienes prometieron
cumplir los legítimos deseos del celoso gobernador puntano.
(1) Paraná Mayo 30 de 1856. ─Señor doctor Justo Daract. ─San Luis. ─Muy distinguido amigo: Al
darme el placer de saludar a Ud. en esta ocasión, me es igualmente grato avisarle que he cumplido su encargo
de recavar del gobierno nacional el subsidio de 1500 a 2000$ para la construcción del fuerte o cuartel en las
Pulgas, donde ha de trasladarse el Regimiento de Frontera de esa provincia.
Hace pocos días que manifesté al presidente el pensamiento de Ud. apoyándolo en las mismas razones y
ventajas que Ud. me expuso, y lo acogió con gusto, asegurándome serán cumplidos sus deseos. En su
consecuencia hablé en seguida con el Ministro de Guerra para ilustrar su juicio sobre el asunto y encontré
igual disposición y la seguridad que ese mismo día sería tomada en consideración.
Creo pues que a esta fecha se habrá dictado ya la resolución oficial y que aún se le escriba por el
presente correo.

LA TRADICIÓN PUNTANA
176
En su consecuencia se dictó el decreto del 4 de agosto de 1856, nombrando jefe de la
frontera sur de Córdoba y San Luis al entonces senador, general Juan Esteban Pedernera.
El señor Daract se apresuró a ofrecerle todo el concurso de la provincia para el mejor
desempeño de su cometido, recibiendo en contestación una carta fechada en el Paraná el 9 de
septiembre que dice: «El coronel Iseas ha escrito algo a fin de adelantar desde aquí los trabajos
que debe empezar en la frontera. Le he dicho que se ponga de acuerdo con Ud. para que por
medio de su cooperación salve las dificultades que pudieran presentársele».
«Como yo debo marchar para ésta, a principios del entrante, desearía que no se perdiese
ese tiempo a mi llegada y por eso le escribo en ese sentido. Yo espero que Ud. hará por su
parte lo ofrecido siempre que el mismo patriotismo y deseo que le anima, por el mejoramiento
de esa provincia».
«En fin, es preciso que no perdamos momentos en establecer la nueva frontera».
Poco después le anuncia que se pondría en viaje a la brevedad posible, debiendo dirigirse
primero a Córdoba para tener una conferencia con su gobernador, sobre el número de fuerzas
con que debe contribuir y otros elementos tendientes al éxito del establecimiento de la frontera.
Daract le escribe diciéndole que por su parte tiene listo todos los elementos para
acometer la empresa, a lo cual responde Pedernera en estos términos: «Grato me ha sido saber
que Ud. se ha adelantado a mis anhelos y fundado en ese deseo activo que le anima por la
consecuencia de esta obra. Escribí al coronel Iseas para que avanzase los trabajos poniéndose
de acuerdo con usted y pidiéndole sus instrucciones». Termina encargándole retenga al coronel
de ingenieros Carlos M. de Rivarola, que a la sazón hacía los estudios de la represa de los
Funes, para que viniese a delinear el nuevo reducto, pues tal era también el deseo del gobierno
nacional.
Intertanto Iseas había comenzado a construir un cuartel, corrales y hacía sembrar una
buena extensión de maíz y cebada, de acuerdo con las instrucciones de Daract, porque, según
la autorizada opinión del general Pedernera, el primer elemento en la frontera había de ser el
caballo bien alimentado.
*
* *
El 27 de noviembre de 1856 partía de la ciudad de San Luis el gobernador Daract,
acompañado por el jefe de policía Carmen Adaro, por el señor Rivarola, su hermano don
Mauricio, el progresista vecino del Morro Juan Gregorio Novillo y varios otros funcionarios
para ir a entrevistarse con el general Pedernera en la naciente población y ponerse de acuerdo
Yo me lisonjeo entre tanto de haber contribuido, aunque de un modo tan insignificante, a la realización
de este objeto tan importante para esa provincia y para el país en general y deseo vivamente que Ud. agregue
este servicio más a lo que tiene ya prestados a ese pueblo.
Supongo que cuando Ud. reciba ésta se encontrará ya allí nuestro amigo el general Pedernera a quien se
servirá Ud. darle mis afectuosos recuerdos. Su suplente el doctor López, está ya hace días, desempeñando sus
funciones en el Senado.
Reiterando a Ud. mis ofrecimientos para cualquiera cosa en que pueda serle útil aquí, me repito su atto.
Y affmo. y S. S. ─Martín Zapata.
(Es copia del original, en poder del doctor Mauricio P. Daract)

LA TRADICIÓN PUNTANA
177
sobre el plan a realizarse en la frontera sur. El día 30 la comitiva con el general Pedernera hizo
el reconocimiento del campo a una y otra banda del Río con el objeto de ubicar
convenientemente el esfuerzo y se juzgó que el más indicado era donde ya el señor Daract
había comenzado la población. Al día siguiente 1º de diciembre quedó definitivamente
consagrado ese sitio, donde se construiría el reducto con el nombre de Fuerte Constitucional.
En seguida ordenó el gobernador Daract al jefe de policía que con 60 hombres sacara la toma
al río, limpiase y ensanchase la acequia para conducir el agua hasta el Fuerte, mientras el
ingeniero Rivarola delineaba las calles de la población, tareas que presidieron personalmente el
gobernador Daract y el general Pedernera, bajo cuyos patrióticos auspicios se echaban los
sólidos cimientos de un pueblo, llamado por la fertilidad de su suelo y las bondades de su
clima a tener tan rápido crecimiento.
Debo dejar constancia de que asistió a esta obra el sabio Martín de Moussy que se
encontraba en la provincia de San Luis, reuniendo elementos de estudio para su obra sobre la
Confederación Argentina.
Tomó el gobernador Daract otras importantes disposiciones y se alejó para Varela, donde
estableció una guarnición al comando del oficial Bengolea.
El general Pedernera también se alejaba poco después a Córdoba en busca de los
elementos para fundar el «Fuerte 3 de Febrero», porque bastaba allí la acción de Iseas, el
ejecutor leal, decidido y meritorio de todo el vasto plan de la frontera sur.
Un año más tarde el gobernador Daract hacía su visita de campaña y llegaba al Fuerte
Constitucional, impresionándole muy favorablemente los rápidos progresos que realizaba la
población. Estudió sus necesidades y las sirvió con una serie de acertadas disposiciones.
Ensanchó el égido del pueblo, aumentando el número de manzanas y chacras; mandó abrir un
gran canal del Río V, con capacidad bastante para tomar el agua necesaria, no sólo en el
presente sino también para cuando la agricultura llegara al verdadero desarrollo que le permitía
la extensión de sus fértiles tierras.
Decretó el nombre que debían llevar las calles y plazas de acuerdo con el plano
levantado por Rivarola, plano que fue remitido a la legislatura para su conocimiento;
constituyó una comisión para correr con las obras del templo, compuesta por el coronel Iseas,
teniente coronel Juan Sáa, juez de paz Juan J. Carrizo y ciudadanos Amado Sosa, Domingo
Ortiz y Feliciano Lucero.
Su presupuesto fue calculado en 7.112 pesos fuertes, los que fueron solicitados del
gobierno nacional, así como la creación de una escuela de primeras letras. La primera escuela
fue establecida por decreto del gobierno nacional el 8 de octubre de 1858 y el templo lo
bendijo el 7 de septiembre de 1861 el cura párroco Andrés Funes.
Daract hizo cumplir la ley 5 de junio de 1858, autorizando a dar tierras a los jefes y
oficiales que habían prestado servicios en la frontera desde el establecimiento del Fuerte
Constitucional. A los jefes se acordaba una legua de frente por dos de fondo y hasta capitán,
media legua de frente por el mismo fondo. El general Pedernera recibiría tres leguas en el lugar
que él quisiera ubicarlas.


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LA TRADICIÓN PUNTANA
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Con tan estimulantes disposiciones y dotada la población de valiosos elementos de
prosperidad, tomó bien pronto un impulso extraordinario.
Por esa fecha el señor Carlos Juan Rodríguez elevó al gobernador de la provincia, señor
Daract, un interesante informe que comienza así: «Encargado por V. E. para inspeccionar el
estado en que se encuentran los trabajos de la población Fuerte Constitucional, fundada por V.
E. el 1º de diciembre de 1856, me es grato elevar las observaciones y datos que personalmente
he tomado de ese punto importante de nuestro territorio». De ese notable informe por lo
minucioso y las claras vistas que contiene acerca del porvenir de ese pueblo tomo el párrafo y
datos consiguientes:
«Esta población según la disposición de V. E. fecha 20 de marzo de 1856, fue delineada
con 61 manzanas de 100 varas de largo cada una; pero siendo insuficiente este número por la
aglomeración actual de pobladores, se ha extendido considerablemente y hoy ocupa un área de
100 cuadras con dos plazas y calles rectas de 18 varas de ancho; esas manzanas están divididas
en ocho sitios de 25 varas de frente y 50 de fondo cada uno, que se dan gratis a quien lo solicita
conforme a la citada disposición y hoy, según el registro que he inspeccionado, están dados ya
581 y pedidos los restantes. No cuento en este número los destinados para edificios públicos.
Los propietarios de estos sitios han cumplido ya en su mayor parte con las condiciones bajo las
cuales se les dieran; todos están tapiados y plantados y hay trabajadas 171 casas bien
construidas de arquitectura sencilla pero uniforme y 100 casas más de segundo orden
construidas de barro y madera. Tampoco cuento en éstos los ranchos provisorios de los
soldados, porque cada uno de ellos acopia el material necesario para trabajar regularmente».
En 1858 se habían sembrado ya 150 cuadras de maíz, trigo, cebada, legumbres y hasta
tabaco, con resultados excelentes. Había diez tiendas y nueve negocios pequeños, con un
capital de 25.000 pesos, calculándose el consumo de efecto de ultramar de cuatro a cinco mil
pesos mensuales. Los habitantes de distrito se calculaban en tres mil, contando las milicias y
había 12 extranjeros.
El informe termina refiriendo la parte que ha tenido el general Pedernera en aquella obra
con las fuerzas de su mando; ejemplo de moral, valor y disciplina, verdaderos guardianes de
los intereses de los habitantes, a cuyo amparo ha crecido la población, se ha estimulado el
comercio y se ha fomentado la riqueza pública.
Nos hemos detenido en estos detalles y transcripciones para demostrar plenamente que
fue el gobernador don Justo Daract quien primero tuvo la idea de llevar allí la línea de frontera;
que fue él el primer poblador de ese lugar y el fundador de la población donde se estableció el
fuerte constitucional, con los valiosos elementos que le aportó a expensas de la provincia y las
sabias disposiciones con que fomentó su rápido crecimiento. El general Pedernera fue el jefe
accidental de la frontera y su participación importante en esa labor civilizadora está reseñada
en estas páginas.
La verdad y la justicia, quedan así establecidas.
Después de Pavón, la legislatura, con fecha 14 de octubre de 1861, cambió el nombre de
Fuerte Constitucional por el actual de Villa Mercedes.(1)
(1) Últimamente, por ley de la Legislatura, ha sido declarada ciudad.

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Finalmente debo recordar que durante los veinte primeros años de existencia de esta
población, fuera de los nombrados, han fomentado principalmente su prosperidad como
comerciantes, hacendados industriales y hombres de trabajo, los señores Santiago Betbeder,
Alfonso Álvarez, Pedro Callaba, Pablo y Eugenio Menvielle, comandante Silverio Panelo,
Sandalio Arredondo, José Roudet, Custodio Poblet, Amaro Galán y mayor Francisco
Capdevila.
*
* *
Desde sus orígenes la vida de esa población se deslizó entre las tareas empeñosas del
trabajo y los sobresaltos de la eterna amenaza de los indios y de los bandoleros, que a partir de
1863 comenzaron a azotar el interior, llevando a todas parte el saqueo, la matanza, el cautiverio
y la ruina de las poblaciones fronterizas. El mismo gobierno de la Nación declaraba entregada
la frontera a la rapiña y al furor de los indios, ocupadas sus fuerzas en perseguir la montonera y
en hacer frente a la guerra del Paraguay.
Fue una de las épocas más calamitosas para el país y Villa Mercedes sufrió
enormemente. Su escasa guarnición carecía de caballos y de armas.
Se había dispuesto que el vecindario corriera a armarse al toque de generala y se
reconcentrara en la plaza con sus caballos, para hacer frente a cualquier necesidad de la
defensa.
Entre los variados episodios de esa lucha con los bárbaros, merece una especial mención
aquel interesante suceso en que fue protagonista el laborioso y honorable vecino, D. Santiago
Betbeder.
En las postrimerías del año 1863 cundió en la Villa la grave noticia de aproximarse una
gran invasión, capitaneada por el famoso bandido Juan Gregorio Puebla, con el auxilio del
cacique Mariano Rosas y de otros cabecillas, no menos célebres en los anales del crimen y del
pillaje.
Un pánico indescriptible se apodera de la indefensa población, pues poco podía confiar
en un puñado de bisoños soldados, mal armados y más dispuestos a la fuga que al sacrificio.
Puebla había jurado pasar a degüello a todos, en venganza de haberse puesto a precio su
cabeza criminal.
Siéntense a la distancia los alaridos de la indiada que hacen temblar hasta las bestias.
Puebla se acerca a la cabeza de un grupo como de mil salvajes y blandiendo su lanza, penetra
por una de las calles, vociferando terribles amenazas.
Betbeder detrás de una improvisada trinchera los esperaba sin inmutarse y acaricia su
escopeta querida que en tan crítico momento va a ser el áncora de la salvación común. Ya tiene
a tiro al jefe de la indiada... Entonces se pone de pie, estira tranquilamente el brazo, fija la
puntería, invoca a Dios y dispara el arma. Con el estampido se oyó un grito desgarrador.
Puebla cayó del potro que montaba, con la cara hecha pedazos y rodando por tierra, y expiró
instantáneamente sumergido en charco de su propia sangre.
Betbeder hace un segundo y un tercer disparo, sobre un grupo que arremolinea y
pretende apearse en socorro de Puebla; pero los tiros siguen dando en el blanco y luego cae


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otro hasta que se apodera de los indios el terror y vuelven caras atropelladamente ganando el
desierto, tendido sobre el pescuezo de sus potros.
Santiago Betbeder
Al despejarse el campo de indios, la fausta noticia cundió como un rayo en la afligida
población y todos a porfía corrieron al lugar del trágico suceso, vivando en los transportes del
entusiasmo al héroe, al salvador de Mercedes, al abnegado Betbeder.
El coronel Iseas llegó también con unos milicianos y como se tenían dudas sobre la
identidad de Puebla, se llamó a un soldado que había servido a sus órdenes y en el acto le
reconoció por una cicatriz del costado derecho. Entonces Iseas, estrechó la mano del vencedor,
diciéndole: Caramba, amigo, haga de cuenta don Santiago que ha muerto quinientos indios...!
Y nada era el número comparado con el terror supersticioso que se tenía al bandido
Puebla.
Varios días duraron los festejos del triunfo y el nombre del benemérito vecino era
repetido con admiración y cariño por los hombres y bendecido por las esposas y madres
afligidas, a quienes parece que el cielo escuchó sus plegarias y apiadóse de su dolor.
Betbeder defendió su trinchera, como el CABALLERO SIN MIEDO Y SIN TACHA
defendió el fuerte del Garigliano. El mismo Betbeder refería: «Entre los pocos que estábamos
en la trinchera, no teníamos más armas de fuego que mi escopeta. Un vecino y compatriota
tenía otra escopeta muy buena: pero cuando los indios hicieron oír sus alaridos desapareció
refugiándose en el interior de su casa. Un alemán, llamado Mateo, tenía un fusil de chispa al
cual se le había tapado el oído y no hacía fuego».
«Al tal Puebla yo no lo conocía ni ninguno de los que allí estábamos y si yo lo elegí
como blanco fue porque venía a la cabeza blandiendo su lanza amenazadora e insultándome».
Aquel tiro certero tuvo, como se habrá visto, una gran trascendencia porque dio en la
parte precisa y única vulnerable para hacer fracasar la invasión.
Si en vez de Puebla hubiera sucumbido el cacique Mariano o los otros, el primero con su
reconocida temeridad, hubiera reorganizado la indiada y seguido adelante. Había pues que
matar a Puebla entre aquella multitud y la tarea resultaba imposible si él mismo no se hubiera

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puesto al alcance de los perdigones con que estaba cargada la escopeta. «Esta circunstancia
agrega Betbeder, me ha hecho reflexionar muchas veces y hacerme inclinar respetuoso ante los
secretos designios de la Providencia».
Y en verdad que el hecho fue providencial, pues pocas veces un tiro ha tenido mayores
consecuencias para los destinos de un pueblo.
En tal circunstancia el general W. Paunero regresaba de Mendoza con una reducida
escolta. En el Río V tuvo la noticia de la muerte de Puebla. Al día siguiente penetraba en
Mercedes e informado de los menores detalles del suceso, pidió a Iseas hiciera desenterrar el
cadáver del famoso bandido, que había sido inhumado detrás del cuartel, para ver de cerca al
autor de tantos crímenes y de tantos sacrificios de vidas y de dinero, como los gastados en su
persecución.
Volviendo a ocuparnos del señor Betbeder diremos, para concluir, que no era el único
servicio que había prestado a Villa Mercedes. Fue también uno de sus fundadores, pues en
1858, ya estaba allí establecido, dedicando una vasta extensión de tierras a todos los cultivos.
Hizo además grandes plantaciones de álamos sobre la rivera del río para evitar el
desmoronamiento de la barranca en las inmediaciones de la población, en época de grandes
crecientes.
Después de la conquista del desierto fue el primer poblador de la región sur y el que
demostró la bondad de esos campos para el cultivo de la alfalfa, que desde entonces
constituyen la gran riqueza de esa hermosa zona.
Hoy que Mercedes es el centro más importante de la provincia, por su riqueza agro-
pecuaria, por la multiplicidad de sus vías férreas, por su activo comercio y por el espíritu de
empresa de sus habitantes, debe salvar del olvido a todos los que han contribuido a cimentar su
prosperidad para estímulo de los que allí luchan por su progreso material y moral.
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LA TRADICIÓN PUNTANA
183
La primera imprenta
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La introducción de la imprenta en San Luis el año 1848, se debe al espíritu emprendedor
y culto del norteamericano José Van Sice. Comerciante establecido en el Morro, había formado
allí su hogar y quiso vincular su nombre a una empresa que para él no representaba un negocio
sino la satisfacción de contribuir en alguna forma al progreso local.
Con este anhelo propuso a su antiguo amigo el gobernador Pablo Lucero, la adquisición
de una modesta imprenta, que él mismo se encargaría de establecer y dirigir hasta formar
hábiles operarios. Aceptado su ofrecimiento, adquirió en Buenos Aires una prensa y el material
necesario, con el cual se fundó la Imprenta del Estado el año 1848, regenteada por dicho señor
Van Sice. Es un suceso que merece recordarse en los anales de la cultura puntana, así como es
curioso saber los detalles del primer taller de impresión, establecido en una sola pieza de la
casa que pertenecía al ex gobernador José Santos Ortiz, actual calle Ayacucho casa del Dr. De
la Torre.
Transcribo el inventario que se levantó al hacerse la transferencia de la imprenta al
gobierno:
«Viva la Confederación Argentina!
Mueran los salvajes unitarios!
Relación que hace D. José Van Sice de todo lo concerniente a la imprenta que ha
vendido al actual excelentísimo Sr. Gobernador, para el servicio del Estado y la Provincia.
A SABER:
Una prensa con tímpano, frasquete y demás concernientes.
Un molde para fundir cilindros.
Un cilindro de composición con armazón.
Dos balas de composición.
Un cuadro de fierro de pliego.
Un cuadro de fierro de ½ pliego.
Un cuadro de fierro de ¼ de pliego.
Un barrilito con tinta.
Dos tablas de mojar papel.
Una tabla para remoler tinta.
Una tabla para lavar letras.
Dos tablas para letras.
Dos puntos para corregir.
Una esponja.
Tres burros dobles para colocar las cajas de letras.

LA TRADICIÓN PUNTANA
184
Sesenta yds. de listones de madera para acomodar formas para reglatines e interlíneas.
Seis reglas dobles de madera.
Dos yds. reglas sencillas para luto.
Diez y seis pies reglas de bronce.
Cien cuñas de rosca.
Una maceta.
Un aplanador.
Un acuñador.
Una escobilla para lavar forma.
Cuatro candeleros.
Cinco galeras.
Dos componedores.
Cinco cajas de letras denominadas pica.
Un cajón con lo demás de la fundición.
Cinco cajas de letras denominadas Long Primex.
Un cajón con las demás letras de fundición.
Tres cajas de letras abreviatura.
Dos cajas de letras Great Primex.
Dos cajas de letras parangón.
Una caja con tres fundición de letras de encabezamientos.
Una fundición de letras ornamentadas de siete líneas pica.
Una fundición de letras egipcio, de cinco líneas pica.
Un adorno de cuatro líneas pica, circundar un pliego.
Un adorno de pica para líneas pica, circundar un pliego.
Un adorno de justicia.
Un adorno de libertad.
Un adorno para esquelas funerales.
Un adorno de alegría.
Una raya ornamentada de metal.
Dos bases de columna.
Un jeroglífico para poner nombres.
Un jeroglífico para poner números.
Un jeroglífico para poner pesos.
Una cajita tinta punzó.
Diez lbs. interlíneas de metal.
Un tarro con cuatro lbs. miel caña para hacer composición y renovar cilindros y balas.
Aunque no hemos encontrado el dato relacionado con su costo, hemos hecho una prolija
averiguación sobre su valor aproximado en esa época tazando la prensa en 300 pesos oro y los
tipos, adornos, utensillos y material en 900 pesos de la misma moneda o sea un total de 1200
pesos oro.

LA TRADICIÓN PUNTANA
185
Desde entonces se comenzó a imprimir en hoja suelta los documentos oficiales y, entre
los primeros, el primer mensaje elevado por el gobernador Lucero a la Honorable
Representación Soberana de la provincia.
El año 1853 substituyó al señor Van Sice el mecánico Antonio Lorenzo Gros, quien se
comprometía además de dirigir la imprenta, a enseñar a dos jóvenes que le enviaría el
gobierno.
En 1854 se imprimió el primer libro «Manifiesto de la Cuestión del Gobierno de San
Luis y el Provisor de Cuyo», del cual se hizo una segunda edición y un suplemento, con
motivo de haberse resuelto favorablemente el conflicto suscitado por la autoridad eclesiástica
con el reconocimiento expreso del vice patronato, inherente al gobierno de la provincia.
Tengo una colección bastante completa de todos esos impresos de la época,
evidenciándose el buen gusto y la esmerada dedicación que se ponía en los trabajos
tipográficos.
Ese mismo año 1854 vino a reemplazar al señor Gros, D. Vicente Valdez, celebrando
con el gobierno un contrato para hacer todas las impresiones oficiales, y entre las recíprocas
obligaciones se estableció:
«En el caso de redactarse algún periódico, será de la obligación del redactor, convenir
separadamente con el impresor sobre la impresión». Esta cláusula revela que ya se agitaba
entonces el pensamiento de fundar un periódico. Recién en 1858 se pudo realizar ese anhelo
bajo el patrocinio del progresista gobierno de D. Justo Daract.
El 28 de marzo apareció en San Luis el primer periódico titulado «La Actualidad». El
formato fue reducido al principio: 17 por 27 centímetros, a dos columnas y cuatro páginas.
Fue su fundador y director el distinguido jurisconsulto y literato Dr. Manuel Antonio
Sáez, mendocino, pero emparentado con familias puntanas. Escribió un hermoso programa
tendiente a difundir y sostener los preceptos liberales de la constitución nacional y provincial;
abogar porque la justicia fuera una verdad; por la independencia y la cultura de la prensa y por
cuanto pudiera ser útil a los interese permanentes y vitales del país.
Declaró que prestaría su concurso al gobierno, siempre que sus actos no desmintiesen el
liberalismo que hasta entonces había acreditado y porque siendo el tipo de una época nueva de
movimiento y progreso, estaba a la altura de los tiempos y comprendía a fondo la índole y
tendencias de la sociedad moderna para servirla legítimamente.
Trató con sereno criterio asuntos sobre educación popular, agricultura, vialidad, obra de
riego, higiene, policía, industria minera; insertó todos los documentos oficiales, debido a lo
cual constituye su colección un verdadero archivo, y fue el paladín más decidido de la unión
nacional, con la reincorporación de Buenos Aires al seno de la patria común de los argentinos.
La prensa de Mendoza, Córdoba y del litoral, transcribían los artículos de «La
Actualidad»; en el Paraná era muy leída y el general Urquiza mandó suscribirse a 50
ejemplares. Entonces se ensanchó el formato, apareciendo tres veces por semana. Se
publicaron 107 números hasta el 30 de diciembre del mismo año 1858, fecha en que dejó de
aparecer porque su director el Dr. Sáez se ausentó definitivamente de San Luis.


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El primer periódico

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Es la hoja impresa que ha ejercido mayor influencia en la cultura local por los grandes
prestigios intelectuales y morales de su director, por el estilo siempre correcto y elevado, por la
erudición con que trataba los asuntos públicos y por el sano patriotismo en que se inspiraba
toda su propaganda. Fue una pérdida grande para San Luis el alejamiento de tan ilustrado y
culto caballero.
A principio de 1859 comenzó a publicarse el Registro Oficial.
En los preliminares de la campaña de Pavón apareció «El Centinela Puntano», para
defender la política del gobierno de la Confederación y dejó de aparecer con el triunfo de
Buenos Aires en Pavón. Para servir los nuevos ideales de la política argentina se fundó en 1863
«El Porvenir», dirigido valientemente por D. Mamerto Gutiérrez. Siguió publicándose con
algunas alternativas hasta 1866.
En 1865 se editó el Boletín Oficial en la forma de los periódicos, a dos columnas y
cuatro páginas, insertando, además de los documentos y crónicas administrativas, una buena
información general. Con distinto formato y con intermitencias más o menos largas, ha seguido
publicándose hasta ahora. Su colección, aunque incompleta, es una fuente de segura y valiosa
información histórica.
En otro trabajo me ocupo detalladamente de la prensa periódica, limitándome aquí a
reseñar la obra inicial de la imprenta y del periodismo puntano, tan dignamente representado
por su primer periódico «La Actualidad».
La prensa puntana ha contado siempre con el concurso de lo ciudadanos más ilustrados y
representativos que ha tenido la provincia, durante los treinta primeros años de su accidentada
existencia, a la que nutrieron con la sabia fecunda de los ideales de la cultura y del civismo. Es
así como nuestras hojas impresas se mantuvieron con elevación y en el terreno doctrinario,
salvo en los últimos tiempos cuando la exaltación de las pasiones se inició el proceso público a
las oligarquías locales.
Desde entonces se han publicado muchos periódicos, aunque de vida efímera, y cuando
el abuso de la libertad de escribir llegó a extremos censurables, se recurrió a un medio no
menos lamentable: la restricción de esa libertad so pretexto de reglamentar su ejercicio.
En 1898 se dictó una ley de imprenta cuyo artículo 1º dice: «El propietario o
administrador de todo establecimiento tipográfico propondrá al Superior Tribunal de Justicia
una persona de notoria responsabilidad como editor, que responda de las publicaciones que por
aquél se haga». En seguida dispone se levante un acta en la cual se responsabilice al editor de
toda publicación que no se hubiese sujetado a lo dispuesto por esta ley.
Quedaba librado al criterio y a la voluntad de los miembros del Superior Tribunal, el
aceptar o no la persona para editor responsable y es fácil suponer, en la práctica, las
consecuencias de esa facultad en situaciones dadas, en que todas las ramas de la
administración, responden a determinados intereses políticos.
La prensa protestó de esa medida restrictiva que equivalía a un verdadero atentado contra
la libertad de escribir, pues en la legislación penal existen los medios para hacer efectivas las
responsabilidades de los que abusan de esa libertad contra la cultura, las buenas costumbres, el
orden público o el respeto que se debe a las personas y a la inviolabilidad del hogar.
Por entonces no se publicó en San Luis más periódico que el oficial. Sin embargo esa ley
ha quedado de hecho en desuso a causa del estado anárquico porque ha atravesado la provincia

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en los últimos años, habiendo aparecido varios periódicos de ocasión, sin sujetarse a esas
restricciones y se han desenvuelto al amparo de una recíproca tolerancia.
El ambiente puntano, como el de casi todas las poblaciones reducidas, no es todavía del
todo propicio a la vida robusta e independiente de una hoja diaria con buena información
general y un mediano servicio telegráfico. En primer lugar faltan los estímulos para que una
persona de cierta cultura literaria y de prestigio intelectual pueda consagrarse por completo a
las nobles tareas del periodismo, en el verdadero concepto de la palabra. La opinión pública
ilustrada debe, pues, prestar su concurso y propiciar la publicación de diarios y revistas que por
su propaganda satisfagan los anhelos de la cultura y sirvan los intereses permanentes de la
provincia.
La prensa local tiene una buena tradición en aquellos abnegados, comprovincianos que le
dedicaron muchos desvelos, en épocas en que el periodismo era cátedra y tribuna desde donde
se proclamaba y se defendía, con apostólica resolución, la verdad, el derecho y la justicia
social.
Ese ejemplo merece imitarse por las generaciones actuales, si quieren espigar también el
laudo cívico que merece el periodismo-misión.
*** FIN ***

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INDICE
ADVERTENCIA................................................................................................................... 5
JUICIOS SOBRE LA PRIMERA EDICIÓN........................................................................ 6
PREFACIO.......................................................................................................................... 10
TENIENTE GENERAL PEDERNERA.............................................................................. 12
CORONEL VICENTE DUPUY ......................................................................................... 20
JOSE SANTOS ORTIZ....................................................................................................... 34
GENERAL PABLO LUCERO ........................................................................................... 42
JUSTO DARACT................................................................................................................ 47
Los Videla ........................................................................................................................... 55
CORONEL JOSE CECILIO L. LUCERO.......................................................................... 61
Los Domínguez ................................................................................................................... 68
DOCTOR JUAN LLERENA .............................................................................................. 74
Tomás Varas ........................................................................................................................ 81
Jacinto Roque Pérez ............................................................................................................ 85
PAULA DOMINGUEZ DE BAZAN ................................................................................. 90
Cooperación del pueblo puntano en las............................................................................... 97
campañas de la independencia............................................................................................. 97
Patriotismo de la mujer puntana ........................................................................................ 103
LA MUJER PUNTANA................................................................................................ 103
Ostracismo de Pueyrredón................................................................................................. 120
El escudo de San Luis........................................................................................................ 125
Un detalle sobre las causas de la ....................................................................................... 132
conspiración de San Luis................................................................................................... 132
La cabeza de Acha............................................................................................................. 138
Un recuerdo de Sarmiento ................................................................................................. 142
Árboles históricos en San Luis .......................................................................................... 151
La escuela de primeras letras............................................................................................. 170
Mercedes............................................................................................................................ 175
La primera imprenta .......................................................................................................... 183