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LOS FUERTES DE LA LINEA OESTE DE SAN LUIS CON LOS
INDIOS DEL SUR




LA ANTIGUA FRONTERA DE SAN LUIS






















ENSAYO HISTÓRICO


SEUDÓNOMO: CANIÚ






INDICE







INTRODUCCIÓN............................................................................. 3
Capítulo 1 ....................................................................................... 4
La sociedad indígena .................................................................... 4
Capítulo 2- La frontera .................................................................. 7
Capítulo 3 – La Vida en los fortines. .......................................... 10
CAPITULO IV LOS FUERTES DE LA LINEA DEL OESTE.......... 18

1) EL FUERTE DE SAN JODE DEL BEBEDERO. .................... 18
2) CANTON EL LINCE............................................................... 25
CANTON VARELA O URQUIZA................................................ 27
5) FORTIN CHARLONE O CHALANTA .................................... 29
6) FORTIN EN TALA ................................................................. 34
7) FORTIN EL SALTO ............................................................... 37
CONCLUSIONES....................................................................... 39




















LA ANTIGUA FRONTERA DE SAN LUIS

Los fuertes de la línea oeste de la frontera con los indios del sur.

INTRODUCCIÓN.

Los hombres en sus deseos de posición y conquista, forjaron
siempre en el caldero del ímpetu, la violencia y el espíritu
colonizador, los hojas grises de la tradición en la República
Argentina. Particularmente, la historia de lucha por el espacio vital
en el sur pampeano, tuvo por efecto la conformación de una guerra
fronteriza cerca de San Luis, en la que dos culturas se enfrentaron,
pactaron, se distinguieron y confundieron, derramando la sangre
que alimentó las bases constitutivas de nuestra identidad
provinciana.
El nacimiento y la evolución de San Luis, se fraguó en el seno
del conflicto con los indios del sur, vecinos de frontera y esquivos a
toda sistematización ajena. La gesta formidable de cruentos
enfrentamientos, fue una de las más grandes empresas de las
muchas que tuvo que afrontar a lo largo de su historia el pueblo
puntano. La vida en la frontera no solo constituye uno de los rasgos
definitorios de nuestra identidad cultural, sino que delimita de
variadas maneras, la forma y las cimientes de la sociedad local.
Desde los tiempos de la fundación en el siglo XVI hasta fines
del siglo XIX la frontera fue una herida sangrante que cubrió de
lágrimas a hombres y mujeres de ambos bandos. Fueron tiempos
de interminables matanzas que solo dejaron desolación y quebranto
en una guerra que, como todo conflicto de poderes, se podría haber
evitado.
En las travesías de un sur despierto a la violencia y a las
crueles inclemencias de la lucha entre hermanos, la frontera había
significado la convivencia y los conflictos generados por múltiples
influencias culturales nacidas en las vinculaciones de dos mundos
conectados a través de la cambiante línea de fortines.
Una extensa línea de fortificaciones, dividió por aquellos
tiempos a San Luis en dos espacios equivalentes. En el presente
trabajo se procurará establecer cuáles fueron y qué papel
desempeñaron los fortines de la línea oeste, en la frontera de San
Luis con los indios del sur.
La interpretación de este extenso período que va desde la
fundación de la ciudad hasta 1890 aproximadamente se elaboró a

partir de los aportes historiográficos de diferentes autores,
biografías y autobiografías, leyes, bandos, correspondencias, actas
capitulares, y otros documentos existentes en al Archivo Histórico
Provincial de la cuidad de San Luis. Además, y como parte
fundamental del régimen investigativo adoptado, se realizó un
relevamiento de los sitios en donde pudieron estar localizados los
fortines.
En la primera parte de este trabajo se explicará la raíz del
conflicto que generó la necesidad de la edificación de una línea
defensiva, luego a partir de los datos recopilados en la investigación
y los resultados de los relevamientos realizados se señalarán las
principales características de los fuertes de la primera línea de
fronteras para luego abordar aquella transformación que se
efectuara recién a mediados del siglo XIX con la construcción de
nuevos fuertes y el refuerzo de los ya existentes.
Por lo pronto, se propone a los lectores el análisis y
comprensión de este proceso que transformó al devenir histórico de
la Provincia de San Luis.


Capítulo 1

La sociedad indígena

A pesar de que la sociedad indígena de la gran región
pampeana no ha sido estudiada suficientemente, la figura del indio
que controlaba extensas porciones de territorio y que mantenía
complejas vinculaciones con la sociedad blanca a través de la línea
de fronteras, adquiere especial significación.
La cultura araucana argentina, se forma a partir de la tradición
cultural mapuche a quienes los conquistadores españoles les dieron
el nombre de araucanos, pero ellos en su idioma, se identificaron
como mapuches, la “gente de la tierra” (mapu = tierra, che =
gentes). Estos pueblos originarios de Chile comenzaron
paulatinamente una expansión desde los valles chilenos hacia las
pampas del lago argentino. A partir de los siglos XVII y XVIII, se
produjo un continuo proceso migratorio del que participaron miles
de mapuches chilenos quienes influyeron sobre el resto de los
indios pampas, que quedaron sumidos dentro del nuevo modelo
cultural.

Tratando de frenar la presión de los pampas, los gobiernos
provinciales hicieron avanzar militarmente la frontera, invadiendo las
tierras de los indios dedicadas a la cría y pastoreo del ganado. La
respuesta de los indios fue el malón.
El malón se transformó en una actividad económico-militar en
la que los mejores guerreros pampas montados y provistos de la
chuza o lanza participaban del mismo. En ocasiones, tomaban
prisioneros, preferentemente mujeres y niños; estos cautivos eran
utilizados como sirvientes o los intercambiaban por otros bienes. La
cuidad de San Luis desde su fundación afrontó el malón indígena
protagonizado habitualmente por los indios ranqueles que habitaban
el sur de la provincia aunque la capital política de la nación
mamulche estuvo en Leuvucó.
La historiadora Patricia Nora Gómez señala que a lo largo del
tiempo, la nación mamulche estuvo conformada por diferentes
pueblos, llamados “salineros”, “jarilleros”, “medaneros”, “los de los
montes” y “los del rankul” o “rankulches”, hoy ranqueles. El vocablo
rankulcachu designa a la totorilla, una planta cuyas raíces poseen
tubérculos, una especie de papa dulce.
Muchas fueron las influencias culturales y las relaciones de
todo tipo que se filtraban por la frontera; así, contingentes de indios
participaron en las batallas durante las guerras civiles mientras que
hubo cristianos o huincas que vivían en las tolderías.
El coronel puntano Manuel Baigorria fue quien más prestigio e
influencia logró como caudillo unitario en las tolderías ranquelinas.
Alcanzó gran fama en su época entre unitarios exiliados y los indios
y fue una verdadera pesadilla para Juan Manuel de Rosas.
Asimilando a la forma de vida de los indígenas luchó participando
en malones y sucesos políticos hasta que, en 1855, fue incorporado
al ejército de la Confederación como Jefe del Regimiento Nº 7 de
Caballería.



ILUSTRACION 1 – CORONEL MANUEL BAIGORRIA

La expansión araucana en las pampas argentinas se
desarrolla durante el siglo XVIII, partiendo de poblaciones
cordilleranas y se completa en las primeras décadas del siglo
siguiente con la migración de importantes contingentes araucanos
desde Chile.
La época de los grandes malones se inicia hacia 1820 como
resultado de la competencia cada vez más agresiva por el control
de la tierra y el ganado. Las causas de esta tensión creciente deben
buscarse en la disminución del ganado cimarrón, la creciente
demanda del mismo desde el mercado chileno y el avance de la
línea de fronteras que iba privando a los indígenas de ricos campos
de pastoreo, empujándolos a conseguir el ganado a través del robo
en las estancias de los cristianos.
Como sostiene Meinrado Hux la lucha con el indio no deja de
ser una historia de guerras, persecuciones y de explotación política
que hizo incurrir en graves errores a los indios. Sin embargo
muchos indios sostuvieron la guerra buscando la posibilidad de
convivir con el blanco, mediante múltiples tratados de paz.









Capítulo 2- La frontera

1) La cuidad de San Luis y la frontera.

Como lo señala Víctor Saá, el primer asiento de la cuidad de
San Luis se realizó en 1594 a la vera del camino real que desde
años atrás habría unido a Mendoza y Buenos Aires.
Los objetivos de la fundación entonces, facilitar las vías
comunicativas con la gobernación de Buenos Aires y reforzar la
defensa contra los indios del sur en el camino de carretas,
asegurando así el límite Este de la jurisdicción.
Los nativos de estas tierras en general se habrían sometido
pacíficamente a los españoles, siendo repartidos en encomienda.
Pero a medida que surgieron conflictos, la mayoría de los afectados
optaron por huir al sur y refugiarse entre las tribus guerreras,
engrosando así las filas de los famosos malones.


2)- Defensa de la fundación

Desde un comienzo, otra de las cuestiones que poco a poco
hizo imposible la convivencia pacífica, fue la disputa de las tierras
de pastoreo y del ganado cimarrón.
El ganado cimarrón, si bien era muy abundante en las pampas
del sur de la cuidad de San Luis, empezó a consumirse
paulatinamente, generándose una disminución fuente de tensión y
pugna entre los pampas y los fundadores.
El primer escenario de esta disputa fue entonces, el sector de
campos circundantes a la Laguna del Bebedero en donde
tempranamente se establecieron estancias.
En los primeros años, y a partir de la fundación de cuidad, la
defensa contra los indios se organizó mediante el aislamiento y
contribución por parte de los vecinos.
A pesar de los esfuerzos, durante el siglo XVII se habría vivido
en permanente vigilia, no pudiéndose evitar de esta manera que la
cuidad fuese permanentemente asolada por los malones. Como
resultado de esta situación la mayoría de sus habitantes habría
tomado la decisión de abandonar la región para tratar de vivir bajo
el amparo de las importantes sierras cuyanas.




3) La línea de fronteras

La primera línea de fronteras de San Luis fue establecida
entonces, a comienzos del siglo XVIII. Esta frontera se extendió
desde el río Desaguadero hasta Achiras, coincidiendo de forma
aproximada con el camino real que estaba uniendo Mendoza y
Buenos Aires, atravesando nuestra provincia de Oeste a Este.
Sin embargo, en los primeros años, la preocupación principal
de los fundadores fue procurar la defensa del corredor, que frente al
cerro Varela y a través de la Laguna del Bebedero, fue el camino
más utilizado por los malones del sur. Por dicha vía, los aborígenes
embistieron repetidamente obteniendo como principales botines las
cabezas de ganado de las estancias, tomando cautivos y llegando
en algunas ocasiones a atacar la cuidad con brutal violencia.
Igualmente, la convivencia en la frontera no siempre estuvo
marcada por los enfrentamientos, ya que hubo también períodos de
pacífica relación. Sin embargo a medida que la abundancia del
ganado cimarrón fue decreciendo, la disputa por el mismo comenzó
poco a poco a adquirir una intensidad que habría hecho inevitable
un fuerte afluente de conflictos periódicos.
A medida que las estancias avanzaron hacia el Bebedero,
Chalanta, el Lince y el sureste del río Quinto, los indios comenzaron
a resistir asaltando a los pobladores arrebatando todo el ganado
que pudieron. Sin dejar de ser testigos activos de los cambios, los
pobladores de las primeras décadas del siglo XVIII, observaron
entonces como las cosas parecieron empeorar con los ataques, que
en 1711 concluyeron con el sitio y posterior saqueo e incendio de la
ciudad de San Luis.
Seguramente esta experiencia impulsó a los vecinos a
asegurar la cuidad estableciendo al sur de la laguna del Bebedero
el primer fuerte de la provincia llamado San José del Bebedero.
En los primeros años del siglo XVIII se había construido ese
primer fuerte, llamado San José de Bebedero”. (Horacio Videla - H. de San
Juan – Pág. 50)

A partir de este momento, los malones se empezaron a sentir
por el sudeste. Como producto de los enfrentamientos, llegando al
año 1735, finalmente fueron establecidos fortines en el Morro,
Varela, Lince y Chalanta. Esta línea de fronteras paso a constituir
entonces, la base de la estrategia defensiva contra los indios del
sur.
Rebasando los confines de un azolado 1854, en 1855 habrían
comenzado a reforzarse las guarniciones, el equipamiento y las


instalaciones de algunos fuertes y se habrían construido también
otros adelantando la frontera hacia el sur.


LINEA DE FRONTERA OESTE



ILUSTRACIÓN 2 * ESQUEMA DE LA PRIMERA LINEA OESTE DE LA FRONTERA DE SAN
LUIS, REFORZAMIENTO DE ALGUNOS PUNTOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE NUEVOS
FUERTES.




Capítulo 3 – La Vida en los fortines.

1) Las deserciones

La vida en los fortines fue muy dura, debiendo soportar sus
habitantes toda clase de privaciones, peligros y angustias de una
realidad que exigía la permanente vigilia y la entereza para
sobrevivir en condiciones tan espantosas. Las deserciones eran
frecuentes a pesar de los duros castigos.
Reynaldo Pastor lo describe así: “ El desierto aterraba a los
espíritus pusilánimes y hacía cavilar a los mejor templados. Su
misteriosa profundidad, las leyendas espeluznantes que corrían de
fogón en fogón, la historia mil veces repetida de la ferocidad india y
su indestructible poder, puesto de relieve en cada maloca
aterradora, y en fin, la certidumbre del sacrificio inevitable y del
peligro agazapado en cada recodo del camino, turbaba las mentes
produciendo consecuencias que eran el punto final de todos los
sufrimientos. La deserción, la locura, el suicidio, era algo
irremediable, tan irremediable como las enfermedades que
diezmaban las tropas o como la muerte que sorprendía a los
hombres en una agonía moral o en un aniquilamiento físico,
provocado por la sed, el hambre y la desesperación.
La deserción constituía un delito que se pagaba muy caro,
hasta con la vida.


2) Las partidas de descubierta o exploración

Los fuertes y fortines debían destacar partidas batidoras que
recorrían el campo para avisar de toda posible novedad relacionada
con la presencia del peligro.
A su vez a los efectos del reconocimiento que habrían de
emprender estas partidas exploradoras, saldrían cada seis días con
las instrucciones anotadas del comandante hacia el lugar al que
debían dirigirse, con precisión de la orientación, a efectos de
encontrarse con las de otros puestos.
El relevo se hacía paulatinamente sin retirar las guardias,
pudiéndose variar los sitios y parajes a efectos de precaver las
contingencias. Así que cada fuerte destacaba a diario por lo menos
dos partidas, una a derecha y otra a izquierda.
De tal forma, a través de los comandos de frontera, toda la
línea quedaba permanentemente vigilada y en disposición de

transmitirse los avisos en caso de alarma, y aún el número de indios
de la apartida que permitía a su vez agrupar el número equivalente
de soldados.
Estas salidas o descubiertas debían realizarse bajo las más
estrictas instrucciones para evitar sorpresas que sin embargo a
veces no se podían evitar y sus consecuencias eran fatales como
les sucedió a los soldados de una partida del Cerro El Lince que
fueron degollados cuando los indios los sorprendieron durmiendo.


3) Las incursiones militares en territorio aborigen

Más difícil resultaban las incursiones hacia el centro de los
dominios indígenas como aquella que emprendió el General
Racedo, Comandante de la tercera división que salió del Fuerte
Sarmiento, al sur de Córdoba, en los primeros días de abril de 1879,
con rumbo al sur. “Transcurren catorce días de marchas penosas, a
la intemperie, sin alimentos, bebiendo aguas malsanas y sin
remedios a que echar manos, pues ni las reses ni el botiquín los
alcanzan. Es tan agotadora la fatiga y son tales los efectos de la
miseria, que la deserción se inicia con sus fatales consecuencias.

Los pobres soldados que escapaban eran perseguidos,
capturados y fusilados.
Las deserciones y las enfermedades completaban el
panorama desolador.
En los partes sucesivos se leen estas lacónicas anotaciones:
Regimiento 9 de Caballería de Líneas: “1 Soldado Germán
Bargas. Se destrozó el cráneo de un balazo, colocándose el
Rémington entre las dos cejas. Inútil decir que la muerte fue
instantánea”.
“2 Soldado Ramón Orozco. Se dio un balazo con el fin de
inutilizarse temporalmente. La bala fracturó la mano derecha;
sobrevino después de esta herida un tétano que sucumbió”.
“3 Ramón Alaniz. Falleció de una disentería grave, que
ocasionó una peritonitis”.
“4 Atanasio Albornoz. Murió a consecuencia de la
congelación, estando de guardia. Cuando vi a este soldado el
cuerpo tenía una rigidez calavérica, estaba insensible, frío, la
vitalidad estaba deprimida y los músculos de la región torácica
paralizados.
Todo lo que tenté fue en vano, y no pude recobrarle la vida”.

“5 Feliciano Alvarez. Sucumbió repentinamente, su estado de
ausencia profunda y de flaqueza había originado una fiebre
héctica*, de que sucumbió”-
6… “Juan Cataldo. Individuo profundamente caquéctico, fue
hallado muerto en su carpa, a la diana, sin que fuese asistiéndose
de enfermedad alguna.”
7… “Pedro Alarcón y Dimas Herrera. Individuos igualmente
caquéctico*, afectados de melanemia, fueron hallados muertos en
sus carpas, a la diana”. *(Fiebre hética: fiebre característica del estado de caquexia o
estado profundo de desnutrición)
8… “Francisco Ríos. Hombre de edad avanzada y de salud
muy quebrantada fue hallado muerto en su carpa. Lo mismo que los
tres que murieron en circunstancias iguales, no estaban con parte
de enfermo.”
En estos partes podemos comprender cuan nefasto fue el
destino de los infortunados que fueron llevados al sacrificio sin
distinción de edades, ni capacidad y en contra de su voluntad en
aras de una lucha que desangraba dos pueblos y beneficiaba a
unos pocos.
“No era cuestión de un día o dos sin comer: de un mes o dos
sin sueldo: de estaciones sin vestuario, de fatiga excesiva por un
tiempo limitado. Era una vida de tarea de día y de noche: era “vida”
de fatiga, de mala comida, de vestuario de invierno en verano y de
verano en invierno por dos o tres años, y en cuanto al pago de
haberes ni se pensaba en ello, pues no se efectuaba, puede decirse
nunca. Y como la costumbre hace la ley, esas pequeñas
privaciones no se notaban. Era el estado natural fisiológico: un
cambio brusco favorable tal vez hubiera sido hasta pernicioso.” (-
Reynaldo Pastor. Guerra con el indio en la jurisdicción de San Luis).
En el siguiente testimonio se puede evidenciar la dimensión
de la tragedia que no solo alcanzaba a quien iba a la frontera sino
también a toda su familia:
1865- mayo 13- Desde Villa Mercedes, el coronel don José
Iseas manifiesta al gobernador Daract, que no es justo desparramar
las familias ni gastarle los intereses a los individuos que se remiten
presos y destinados a las fuerzas de línea que guarnecen la
frontera. En consecuencia, y para evitar deserciones, Iseas pide
que también se envíen a Mercedes las familias y los intereses,
principalmente caballos y ganado, de los nuevos soldados.-
Tal era la pobreza y la desesperación del hambre que a
menudo los saldados salían a robar ganado para poder subsistir.



4) Vida cotidiana del soldado en el fortín.

El coronel Juan C. Walter ilustra aspectos de la vida en el
fortín con datos de maniobras realizadas por el Centro de
Instrucción de Infantería.
“Diana: siempre dos o tres horas antes de aclarar. Pasada la
lista de ordenanza. Luego que regresaban las descubiertas
comunicando que no había novedad en el campo, se soltaba el
ganado a pastorea, luego de haberlo rasqueteado y revisado los
cascos.
Se tocaba luego trabajo y carneada, al primero iban todos
menos los aspirantes que formaban la guardia de prevención.
En el trabajo se hacía lo siguiente:
Pisadero para hacer adobe.
Zanjeó en los reductos y en las chacras.
Construcción de cercos y muros en las casas vecinas.
Cortes de juncos en las lagunas para los techos.
Roturación de tierra para la siembra de forraje, etc.
A las siete se daba un descanso de media hora para el
desayuno, consistiendo éste en té pampa sin azúcar.
La carneada era tarea más breve y se reducía al sacrificio de
algunas yeguas flacas y viejas, que se cocían sin sal al calor del
fuego hecho con estiércol.
La galleta y el arroz eran artículos de lujo y no llegaban.
A las 11 de la mañana descanso y comida alrededor de los
fogones comiendo la no muy abundante ración y rociándola con
mates.
A las 12:30 horas, trabajo otra a vez hasta la lista de la tarde,
después de la cual se reforzaba la guardia con los trabajadores del
día, se organizaban rondas, las descubiertas, las avanzadas y las
patrullas encargadas de cuidar la caballada.
Sueldo: En cuento a lo que el estado daba como retribución al
soldado como sueldo era de seis pesos por mes pagado a razón de
un mes cada veinte.
Vestuario: Una blusa y un pantalón calculado para seis meses
de uso, que alcanzaba para dos o más años.
Un par de botas sin media, calzoncillos de lienzo, dos camisas
de lienzo, para la eternidad.
Un kepis, un poncho y una manta.
Obligadas las tropas a mantenerse listas para acudir sin
pérdidas de tiempo a las formaciones de alarmas, que se
producían casi todas las noches, transcurrían las semanas sin que


el jefe ni el último soldado se pudiera sacar las ropas para dormir,
dando lugar a la formación de plagas graves.
Un día, cuando el servicio lo permitía, la tropa se dedicaba al
lavado de la ropa.
Racionamiento Diario: Tres libras de carne, ocho onzas de
galleta, y dos onzas de arroz y media de sal.
Racionamiento Mensual (Vicios): dos y media libras de yerba,
diez onzas de tabaco y cuatro onzas de jabón, dos pliegos de papel
de fumar.
Si estos víveres hubieran llegado hubiera sido Jauja, pero, por
desgracia, no era así”.



Ilustración 3 SOLDADO DE CABALLERIA


La siguiente Orden General del 1876 detalla aspectos de la
vida cotidiana en los fortines.

Orden General
Instrucciones a que deben sujetarse para el servicio de
fortines los señores oficiales o sargentos, comandantes de ellos.
Trenquelauquen; Octubre 1º de 1876
Siendo de suma necesidad organizar debidamente el servicio
de fortines en esta nueva línea, a fin de que él responda a las
aspiraciones del Gobierno que al hacer el nuevo avance de
fronteras ha tenido en vista, que es de garantir la vida y propiedad
de los habitantes de la campaña que están confiados a su
salvaguardia, y siendo un de deber de todos, a los que nos ha

confiado esa honra, coadyuvar a ellas; el jefe de la División ordena
se observen las siguientes prescripciones:
Art. 1º - Al toque de Diana estarán de pié todas las
guarniciones de los fortines.
Art. 2º - Inmediatamente después de Diana, se hará la policía
en los reductos, arrojándose los residuos de ellos, en parte
conveniente.
Art. 3º - Así que aclare se mandarán las cubiertas a uno y otro
flanco de los dichos.
Art. 4º - Cada descubierta se compondrá de un cabo y un
soldado, las que antes de salir cargarán sus armas poniéndolas en
el descanso a fin de evitar alguna desgracia.
Art. 5º - Los dos individuos de descubierta marcharán por
fuera del camino, aunque a una distancia en que puedan protegerse
en caso de necesidad, y observando con toda atención todo rastro
que pudiesen descubrir, a fin de dar cuenta inmediatamente a su
Comandante.
Art. 6º - Toda descubierta que salga debe marchar al paso,
pues solo así se pueden observar si hay o no rastros que penetren,
salgan o se hayan acercado a la línea.
Art. 7º - Se recomienda a los individuos que hagan
descubierta, que si inesperadamente encontrasen algún grupo de
indios estando a larga distancia del fortín y vean que no puedan
llegar a él sin ser alcanzados, echen pie a tierra y con su Rémington
hagan su retirada con toda tranquilidad, pues el salvaje no se
expone a morir cuando ve que no va a sacar provecho de combate.
Art. 8º - El soldado debe tener plena confianza de que pie a
tierra y con su Rémington en la mano, vale por cinco indios.
Art. 9º – Toda descubierta que salga de un fortín lo debe
hacer con caballo de tiro; y se prohíbe a los Comandantes de ellos
que ningún individuo ensille un caballo que esté lastimado del lomo.
Art. 10º – Toda descubierta que se mande, debe siempre
marchar con toda cautela y siempre que tenga médanos a su frente
o flancos a corta distancia los debe descubrir para evitar ser
sorprendidos.
Art. 11º - Las descubiertas deben marchar, si son de
caballería con su carabina en guardia, y si son de infantería con su
rifle en mano, siempre cargados unos y otros.
Art. 12º - Siempre que un soldado ensille un caballo debe
limpiarle el lomo con la jerga y después sacudir esta, para ensillar,
pues por la suciedad del lomo del caballo y de la jerga, es que aquel
se lastima.

Art. 13º - Siempre que se desensille un caballo, debe
restregársele bien el lomo a fin de sacarle el sudor, pues cuando el
animal se revuelca sudado, y no se limpia en el acto, se le adhieren
partículas perjudiciales.
Art. 14º - El cuidado de los cascos de los caballos, es uno de
los primeros deberes que tiene que tener todo oficial encargado de
un fortín, pues debe tener presente, que sin caballos no hay
caballería, como con infantes enfermos de los pies, no puede haber
infantería, así pues a su cuidado debe particularmente prestar su
atención.
Art. 15º - Como aún no hay cañones en los fortines toda
novedad que se advierta debe ser comunicada inmediatamente por
chasque a esta Comandancia, y al mismo tiempo el Jefe de línea si
estuviese a extremo opuesto, de donde ocurra y este punto, pues,
en caso contrario debe ser él quien la comunique.
Art. 16º - Teniendo en cada fortín diez hombres debe todo
comandante de ellos abatir cualquier partida que se presente a su
alcance, no pasando esta de cincuenta indios.
Art. 17º - Cuando el número de invasores sea mayor debe
esperar todo Comandante de fortín de los de su flaco para operar,
pero siempre en la proporción que se ha dicho de uno contra cinco,
pues siendo mayor número de los salvajes debe esperar el
concurso de mayores fuerzas, pero no perdiéndoles nunca la pista.
Art. 18º - Siempre que de la línea de fortines saliese alguna
partida de indios y fuera batida, quitándoles el arreo que llevasen o
parte de él, el Comandante de la fortín por donde se efectuase
dicha salida, dará cuenta inmediatamente al Comandante de Línea,
de los animales quitados y sus marcas, a fin de que esta
Comandancia, pueda comunicarlo al Gobierno, para que los
interesados ocurran a recibir lo de su propiedad.
Art. 19º - Las señas que debe reconocer toda descubierta a
cualquier jinete o grupos que encuentre, son las siguientes:
escaramucear el caballo a derecha e izquierda y enseguida galopar
un largo trecho a su frente.
Art. 21º - Siempre que alguna fuerza que marche por la línea,
descubriere algún jinete que se dirija a la dirección que ella lleva
debe mandar a reconocerlo inmediatamente haciendo adelantar a
otro jinete a una distancia del grueso de la fuerza que marcha, a fin
de que el que va ser reconocido, se acerque a él, pues si viene toda
la fuerza que marcha sobre él o varios individuos de ellas, debe ser
el primero en ponerse en retirada.
Art. 22º - Sobre el reconocimiento de jinetes en el campo se
recomienda la mayor precaución a fin de evitar sorpresas.

Art. 23º - Se prohíbe a los Comandantes de fortines, bajo la
más grave responsabilidad, el dejar salir soldados sueltos al campo,
bajo ningún pretexto.
Art. 24º - Así mismo se les previene a todo Comandante de
Fortín que les deje salir sin sus armas, será severamente castigado;
y si de la contravención a esta orden, resulta la muerte de algún
individuo bajo sus órdenes, será el infractor sumariado y remitido a
la superioridad, a fin de que sea sujetado a un consejo de guerra, si
es oficial, pues si es de tropa, será juzgado inmediatamente en
consejo de guerra ordinario, el que le impondrá la pena a que se ha
hecho acreedor.
Art. 25º - Siempre que salga la fuerza de un fortín a reconocer
un grupo gente que sea mayor que la guarnición de él, lo hará con
toda su fuerza, pero dejando siempre, uno o dos individuos para la
defensa de dicha fortín (esto se deja a la previsión del Comandante)
Art. 26º - Siempre que pasase a la vista de los fortines alguna
partida de indios, los Comandantes de los dos por donde pase
deben tratar de batirla poniéndose en marcha sobre ella, de
derecha a izquierda o viceversa y siempre se hará esto en la
proporción de uno contra cinco.
Art. 27º - El cumplimiento del anterior artículo debe de
entenderse siempre que haya caballos, pues faltando estos y
viendo que no se puede alcanzar a los salvajes, es infructuoso al
moverse, pues, se acabarían de concluir los que haya.
Art. 28º - Las Comandancias oficiales de fortines, llevarán un
diario de las novedades que ocurran en los de su mando, el que
será llevado con toda minuciosidad, apuntando en él lo que ocurra
en las 24 horas del día.
Art. 29 – Siempre que llegue un individuo o un fortín, el
Comandante de él, debe anotar su nombre y hora en que llega,
caballo o caballos, que trae, si son de propiedad o patrios, sano de
lomo, patas y manos o lo contrario, y la hora en que se vuelve a
salir.











CAPITULO IV LOS FUERTES DE LA LINEA DEL OESTE.

1) EL FUERTE DE SAN JODE DEL BEBEDERO.

Dentro de la principal defensa de la nueva sociedad asentada,
el fuerte de San José del Bebedero formó parte de la más antigua
línea de frontera, siendo establecido a principios del siglo XVIII bajo
la necesidad de defender los campos donde estaba prosperando el
ganado cimarrón que constituyó de alguna manera, un elemento
fundamental para la supervivencia tanto del aborigen, poblador
autóctono de estos parajes, como de los nuevos pobladores que
desde Mendoza y Chile comenzaron a ocupar esas tierras luego de
la fundación de la ciudad de San Luis.
En aquel tiempo, la zona de la laguna del Bebedero fue muy
frecuentada por los indios porque ahí habría acudido el ganado
atraído por el agua, arrastrado por la aridez de la nuevas tierras.
Asimismo fue necesario dar protección de las tropas de carretas y a
las numerosas arrías que desde Mendoza, atravesaron el
Desaguadero pasando por San Luis, para luego enfilarse por el
Paso de las Carretas (río Quinto) hacía el Morro y después a
Córdoba.
La tarea frente a la tensión por un inminente ataque, fue
afrontada a menudo enviando una compañía de milicias que nunca
dejaron de realizar guardias y recorridas en los campos, alertando
sobre la presencia de los indios. Pero más eficiente y seguro fue el
apoyo permanente del fortín formado por una compañía de indios
amigos a cargo de un capitán, que mucha veces luego de
establecido, debió ser abandonado por largos períodos, en
ocasiones aprovechando la efectividad de algún tratado de paz con
los indios y más frecuentemente por falta de medios suficientes
para subsistir.
De esta manera, la región de la laguna del Bebedero que se
mantenía custodiada por este fuerte de San José, estuvo habitada a
la llegada de los españoles por la pacífica tribu del cacique Ecque,
que fue dada en encomienda a uno de los capitanes que vino con
Pedro del Castillo. Más tarde, en el año 1634, estas tierras y la
laguna de Ecque (Bebedero) se concedieron a Juan Barbosa.
Para esta época ya los vecinos estaban organizados para la
defensa y es probable que al iniciarse el siglo XVIII ya se hubiera
establecido el fuerte de San José en las proximidades de la laguna
del Bebedero, ya que según expresa Juan W. Gez en su Historia de
la Provincia de San Luis “los dominicos establecieron reducciones


en el Fuerte de San Luis del Bebedero”, o tal vez estas reducciones
dieran origen al fuerte, si tenemos en cuenta que la guarnición del
mismo estuvo formada casi en su totalidad por indios amigos.



Ilustración 4 – PUNTAS DE FLECHAS ENCONTRADAS A LA ORILLA DEL RÍO
BEBEDERO


Antes de 1737, el fuerte de San José ya se había establecido.
Así lo testimonia la revista general de personal y armamento
realizada ese año en el mes de octubre con la presencia del
corregidor de Cuyo, Gral. Juan de Bermionsolo, en donde aparece
el capitán Marcos Chilote a cargo de la guarnición de naturales que
dotaron el fortín de San José del Bebedero, al amparo del cual se
poblaron los campos del sur y las estancias de Barranquita, Lince
hasta el Tala y Chalanta.
Eso fue sin duda el principal y más antiguo atalaya de la
ciudad de San Luis, adquiriendo mayor relevancia cuando los
carreteros (1794) decidieron abandonar el antiguo camino real, que
desde el Desaguadero habría llegado a San Luis pasando por el
extremo norte de la laguna del Bebedero. Estos abrieron un nuevo
camino que siguió el curso del Tunuyán hasta su unión con el
Desaguadero, enderezándose desde allí hacia el este, para tocar el
extremo sur de la laguna del Bebedero, en donde estaba ubicado el
fuerte de San José. De esta manera se evitó en este trayecto, el
pago del pontazgo al atravesar el puente constituido sobre el
Desaguadero por el contratista don Francisco Serra Canals.







ILUSTRACION 5: VISTA PANORAMICA DEL RÍO BEBEDERO


Noticias de la antigua frontera de San Luis

El siglo XVIII es abundante en noticias sobre incursiones de los
indios, en 1711 el Maestre de Campo Juan de Mayorga desbarató
una invasión en masa de indios puelches y pehuenches, pero al año
siguiente los aborígenes arrasaron las estancias del sur y llegaron
hasta la misma ciudad de San Luis incendiándola.
Luego de esta desgarradora experiencia los vecinos de la ciudad
se organizaron más eficazmente con la colaboración de las
poblaciones del interior consolidadas al amparo de las sierras, y en
combinación con las autoridades y vecinos de Mendoza.
Pero a partir de 1730 el peligro aumentaba con la presencia en la
frontera de los aucas (araucanos) que invaden el sur de Mendoza y
amenazan constantemente la frontera del Bebedero y la del río
Quinto y a pesar de las medidas tomadas para la defensa
(alistamiento de vecinos, refuerzo desde el interior con gente
armada y caballos, prohibición de salir de la ciudad, incorporación
de los moradores o gente de paso, de indios amigos y de mulatos)
el avance de los araucanos resultaba incontenible y hacia 1748 la
ciudad de San Luis vivía atrincherada en su Plaza Mayor
(Independencia) cerrado todo su entorno con una palizada de
gruesas estacas dejando una pequeña entrada en cada bocacalle
que era cerrada a las nueve de la noche.
Ya en 1750 se ordena a todos los oficiales subalternos y
milicias que deben auxiliar a las tropas de carretas.

En 1751 se realiza un nuevo revistamiento de personal y
armamento en la Plaza real o Mayor (Independencia) en el que
estaban comprendidos todos los hombres de 16 a 60 años sin
excepción para nadie.
No habiendo desaparecido la amenaza de los araucanos, en
1769 desde Chile se advierte la necesidad de alistamiento general,
que incluía compañías de extranjeros indultados por transitar sin
licencia, para prevenir sobre las consecuencias de la sublevación
de los indios pehuenches, huiliches y de los llanos de la Rioja.
Estas precauciones no fueron vanas ya que en 1770 una gran
invasión avanzó desde el sur de Mendoza llegando en 1771 a la
zona del Bebedero de donde los indios se llevaron todo el ganado y
algunos cautivos a pesar de fracasado intento que realizara el
comandante Vicente Becerra de recuperar el botín.
Además de esta expedición para recuperar las haciendas que
los ranqueles habían robado de las estancias de los campos del
Bebedero se estableció que las carretas debían concentrarse hasta
formar tropas de 50’ para defenderse de posibles ataques. Cada
carreta debía llevar una lanza y demás aprestos para asegurar la
defensa en combinación con los maestros de posta y con los
vecinos de la frontera. Estas disposiciones fueron tomadas por el
Corregidor de Cuyo, Gral. Juan Manuel Ruiz en 1772.
En 1773 – “El teniente De Corregidor don Rafael Miguel de
Vílchez hace pregonar un bando por el cual se prohíbe correr y
galopar por las calles de la ciudad. La pena respectiva, para los
hijos de familia noble, consistirá en la pérdida del caballo ensillado,
al que se le aplicará la marca del rey, destinándolo luego a la
frontera de San José del Bebedero”. (U. J. Nuñez – Efemérides sanluiseñas – Pág. 680)
El 27 de marzo de 1773 el comandante de armas don José
Antonio Lucero dispone continuar las recorridas de campo al sur de
la ciudad, para evitar las repentinas invasiones de los indios.
Ordena tambien que en el Fuerte de San José de Bebedero se
mantenga un destacamento de indios de ese lugar, el que debe ser
mantenido con reses provistas a prorrata por los vecinos – (U. J. Nuñez –
Efemérides Pág. 172 Carpeta Nº 2 – Documento Nº 240 – Archivo Histórico de San Luis).
Los naturales debían campear toda esa zona con el objetivo
de prevenir sobre los movimientos de los indios y de posibles
malones, alertando a las autoridades para que preparen la defensa
a tiempo.
A partir de 1776 se observa un mejoramiento en la eficacia de
la organización defensiva debido seguramente a que la provincia
queda encuadrada dentro de la estructura militar del nuevo
Virreinato del Río de la Plata.

En 1777 se informa sobre la presencia de indígenas a catorce
leguas del fuerte San José (Edelberto Oscar Acevedo. Documentación Histórica relativa a Cuyo
existente en Archivo General de Santiago de Chile)
Este mismo año el Virrey Vértiz a fin de dar cumplimiento a las
instrucciones de su antecesor Ceballos, de realizar una expedición
general contra los indios, ordena que se haga el empadronamiento
general de todo vecino capaz de manejar un arma. –
Durante el año 1778 se realiza una serie de cortas
expediciones punitivas que alejan a los indios y que permiten
organizar nuevos medios de defensa.
El Comandante de armas Don Juan José Gatica pasó revista
a las compañías de la jurisdicción en 1779 y entre los 1669
concurrentes se contaba la Compañía de naturales de la frontera
del Bebedero que contaba con 20 hombres.
Aquí comienzan los períodos en que a raíz de los tratados de
paz existentes, los fortines son abandonados:
1784-… “Las paces concluidas con Amigorena habían traído
por consecuencia el abandono de los fortines, especialmente los de
San Lorenzo del Chañar y del Bebedero, que al entrar 1785 se
encontraban totalmente en ruinas.-
(Reynaldo Pastor – La guerra con el indio en la jurisdicción de San Luis – Pág. 346)
1786- “La línea de fronteras fue establecida en una extensión
de setenta leguas a partir de la Concepción del Río Cuarto hasta el
sud de Mendoza y, para mayor seguridad se celebró un tratado de
paz con los indios ranqueles por intermedio del cacique principal
Treglen – (J. W. Gez- Historia de la Provincia de San Luis)
1786 – “Confiados en esta transitoria casación de hostilidades
los vecinos del sur de San Luis y Mendoza se dieron a la tarea de
repoblar los campos del Bebedero, distribuyendo numerosas
familias encargadas de cuidar los ganados.
(Reynaldo Pastor – La Guerra con el indio en la Jurisdicción de San Luis- Pág. 347)
1786 – La inactividad de los indios no habían sido el fruto de
la paz que para ellos duraba solamente hasta tanto les convenía,
así es que tan pronto se informaron del nuevo botín que les ofrecía
la desprevenida reprobación cristiana, irrumpieron violentamente,
levantando los ganados y numerosos cautivos.
Don Lucas Lucero, Comandante de armas de la provincia, con
ejemplar actividad y energía, emprendió la persecución de los
invasores, consiguiendo quitarle una buena parte de los ganados.
Ya fuera por la enseñanza de estas nuevas depredaciones o
porque debían cumplir las disposiciones del Marqués de
Sobremonte, que había dispuesto se reforzara la defensa del
territorio, el gobierno de San Luis mandó reconstruir, este mismo
año, los dos fortines destinados a cortar el paso a los indios en sus

invasiones, llevadas de norte a sur por los dos costados de la
provincia. Así se rehabilitó nuevamente a San José del Bebedero en
la costa del Desaguadero y a San Lorenzo del Chañar al Sud del
Río Quinto.-
(Reynaldo Pastor – La guerra con el indio en la Jurisdicción de San Luis –Pág. 348)
1788 – Desde la ciudad de Mendoza, el marques de
Sobremonte se dirige al comandante de armas de San Luis, don
Lucas Lucero, aprobando el que haya puesto diez soldados en el
fuerte de San José del Bebedero. Lucero había adoptado esta
medida por la circunstancia de haber tomado agua la laguna lo que
acontecía al aumentar el caudal del río Desaguadero. Cuando la
laguna tenía agua las haciendas cimarronas llegaban hasta ella en
grandes cantidades, atrayendo a los indios, que invadían el territorio
para conseguir ganado fácilmente. En previsión de estas
invasiones, los soldados de la pequeña guarnición recorrían los
campos del sur, para evitar ataques a las tropas de carretas y arrias
de mulas que trajinaban entre Mendoza y Buenos Aires.
(U. J. Nuñez- Efemérides puntanas- (Carpeta Nº 4 Documento Nº 611. Archivo Histórico de San Luis))
1788 –enero 14- Desde la ciudad de Mendoza y en nota
dirigida al comandante de armas de San Luis, don Lucas Lucero, el
Marqués de Sobremonte aprueba la suspensión del destacamento
que se despachaba al fuerte de San José del Bebedero. Al mismo
tiempo, el Gobernador Intendente recomienda vigilar el movimiento
de los indios, para evitar sorpresas.
(U. J. Nuñez- Efemérides puntanas – Pág. 27)
1791 – En su acuerdo de este día, el cabildo puntano delibera
sobre la denuncia de que, al amparo del Fuerte San José del
Bebedero, se han establecido algunas familias de viciosas
costumbres. Para que realice una detenida inspección, el
ayuntamiento designa al capitán Juan Francisco Barbosa,
conocedor de esos parajes. (U. J. Nuñez- Efemérides puntanas.)
1792- Don José Antonio Arce, en una carta dirigida al alcalde
Francisco Rodríguez, se refiere a las dificultades que tiene con los
indios que habitan en las proximidades del Fuerte San José del
Bebedero. Denuncia, asimismo, que Lucas Carranza ha tenido unas
pendencias con Dámaso Baigorria, lo que hace difícil la situación
del mencionado fuerte. (U. J. Nuñez- Efemérides sanluiseñas- Pág. 690)





ILUSTRACION 6 – SECTOR DEL CAMINO AL SUR DE LAS SALINAS DEL BEBEDERO EN
DONDE SE HALLARON NUMEROSAS PUNTAS DE FLECHAS.


1792- El Marqués de Sobremonte previene al Cabildo y al
Comandante de Armas de Mendoza de órdenes para evitar el
tránsito por el nuevo camino del Bebedero.
(Carpeta Nº 5 – Documento Nº 3837 del 27-7-1792 Archivo Histórico de San Luis)
En mayo de ese mismo año Sobremonte comunica a los alcaldes
de San Luis que han determinado que se resuelva en Mendoza la
cuestión provocada por el nuevo camino del Bebedero, abierto por
los carreteros y a cuyo uso se opone el cabildo puntano. Ordena el
Gobernador intendente que no se permita el tránsito en el Bebedero
de carretas y arrias, hasta tanto no se solucione el conflicto. Este
nuevo camino partía de la capilla de Corocorto y pasaba al sur de la
laguna del Bebedero dirigiéndose después a la ciudad de San Luis,
desde donde se volvía a tomar el camino viejo, que caía al río
Quinto y desde allí continuaba a San José del Morro. No obstante,
para evitar el cruce por la ciudad de San Luis y no tener que
atravesar la zona de montes existentes entre esa capital y el
Bebedero, don Mateo Delgado prosiguió el camino hacia el este, a
partir de la laguna, pasando por el Tala, donde había agua buena y
permanente, yendo a encontrar el camino viejo después de
atravesar el río Quinto. Según sostenían los mendocinos, el camino
del Tala a Río Quinto era bueno en todo su sueldo y con pocos
montes, por lo que, con menos gente se podía arrear más hacienda.
Asimismo los pastos eran más abundantes y toda la zona estaba
poblada, ventaja de la que carecía el camino viejo.








2) CANTON EL LINCE

El cerro del Lince se encuentra a unos 20 kilómetros al sur este
de la ciudad de San Luis. Orográficamente, el cerro El Lince forma
parte de las sierras de San Luis y su máxima altura es de 1020
metros. Desde la cumbre del cerro se domina la pampa del “Alto
Grande”, la enorme planicie del S.O. el cerro El Morro, y las sierras
de San Luis.
A principios del siglo XVIII ya se habían establecido pobladores
en el cerro el Lince, que perteneció hacia 1734 a Doña Dominga
Guzmán, dueña también de la estancia de la Barranquita, Chalanta
y el Tala.
Este mismo año doña Dominga Guzmán, en oportunidad de
hacer su testamento, declaró haber sido esposa del capitán Alonso
Bustos, ya difunto, y haber tenido ocho hijos de los cuales viven
tres. Entre sus bienes figuraron las estancias de Barranquita y del
Lince, abarcando también los parajes del Tala y Chalanta.
Sin embargo la posesión de estos bienes habría sido
cuestionada hacia 1765, cuando el 22 de mayo se presentaron en
San Luis, don Agustín Treviños y don Cristóbal Barroso quienes en
1753 exhibieron ante el juez don Luis Salinas, una merced expedida
a favor de sus antepasados por el gobernador de Chile, don Alonso
de Rivera, la cual comprendía seiscientas cuadras en el paraje de la
Barranquita, hasta las estancias del Lince y Chalanta. Según datos
de Juan W. Gez, poco después de 1735 se habría establecido un
fortín en el Morro y situándose “bomberos” en Lince y Varela.
También el informe que en 1792 elaboraron los carreteros
mendocinos en pleito con Serra Canals, aseguró la existencia de
estancias pobladas en el Lince, el Tala y Chalanta.
A tales efectos, el Coronel J. C. Walter sostiene, sin precisar
fechas de fundación, que después de los ataques que realizaron los
indios en las primeras décadas del siglo XVIII, finalmente se
establecieron fortines en el Morro, Varela, Lince y Chalanta.
Hacia 1834, los ranqueles avanzaron sobre la frontera y cayeron
sobre el fortín el Lince después de haber sorprendido y exterminado
la partida que habría salido en descubierta. Los soldados que los
indios sorprendieron dormidos, fueron degollados. “Los indios los
desnudaron vistiéndose con las ropas de los desgraciados. Se cree
que en esta invasión tomó parte el Cacique Blanco, cristiano
renegado y de índole perversa, que en una ocasión asaltó el fuerte
Sarmiento, enfrentándose con el valiente Mayor Cristóbal Báez.”
(R.
Pastor – La guerra con el indio en la jurisdicción de San Luis. Pág. 423)

Por estos años el cantón el Lince estaba guarnecido por una
compañía del regimiento de Auxiliares de los Andes comandados
por el Teniente Coronel Andrés Lucero.
En noviembre de 1849 el gobernador Pablo Lucero con motivo
de culminar su segundo período de gobierno leyó un discurso ante
la Soberana Representación de la provincia destacando entre otros
aspectos que habían ocupado su atención la defensa de fronteras,
la organización de las milicias, el armamento de la tropa veterana
destacada en los fuertes del Morro, San Ignacio y Lince.
Según el testimonio autobiográfico de Don Santiago Avendaño,
el 7 de noviembre de 1849 llegó a San Luis, luego de varios años
de cautiverio entre los indios ranqueles. Para esa epoca Santiago
contaba con 15 años y había logrado escapar a duras penas del
cautiverio en el que se encontraba desde los 7 años.
Aprovechando que los indios salieron a dar un malón a la
localidad del Morro y con la ayuda de Manuel Baigorria, quien lo
aconsejó el camino que debía seguir siguiendo la margen del río
Desaguadero hasta divisar la sierra, logró en siete días de fuga con
dos buenos caballos, llegar hasta cerca de la ciudad de San Luis.
El fugitivo arribó entonces al puesto denominado “los dos Tala”de
propiedad de don Rufino Natel. Su capataz de nombre León casado
con una hija de don Rufino Natel mandó dar aviso a su suegro en la
ciudad, sobre la llegada de un niño cautivo con importantes noticias
al puesto. Al enterarse de esto, don Rufino Natel informó al
gobernador don Pablo Lucero. Este, luego de interrogar al joven, dio
crédito a las noticias que estaba portando. Sin embargo, el
gobernador llegó a sospechar de la veracidad de los dichos de
Avendaño ya que él mismo había mandado una partida de
veteranos del fuerte El Lince a que transmitieran cualquier indicio de
la presencia de indios. En aquel momento, este grupo de hombres
nada pudo informar, ya que habían sido sorprendidos y ultimados
por los indios en circunstancias en que se habrían encontrado
tomando una siesta.
Pero, a pesar de sus sospechas, se extendió entonces una orden
de alerta. En pocas horas debía arribar el aviso al fuerte de San
José del Morro para la mala fortuna de los habitantes del fuerte,
esta advertencia llegó al mismo momento en que los indios habían
comenzado su ataque sobre la desprevenida población.

En la obra de Juan Carlos Walter “La conquista del desierto” en
los anexos cartográficos Nº 1, 4, 5, y 6 se menciona al Lince como
fortín.”

Agrega más adelante que en San Luis la línea de fronteras hacia
1870 había pasado por los siguientes fortines: Coronel Charlone,
Lince, Coronel Fraga, línea del río Quinto.
Asimismo, hacia el año 1872, es mencionado nuevamente el
Lince como parte de la línea general de frontera que pasaba por:
San Rafael (Mendoza), Río Diamante, Fuerte Salto, Charlone (San
Luis) Cerro Lince, Fuerte Fraga, Fuerte Constitucional…


CANTON VARELA O URQUIZA

Varela es un cerro ubicado a 90 Km. al sur de la ciudad de San
Luis justo frente al corredor que hacia el oeste constituyó el paso
principal que usualmente utilizaban los aborígenes en sus
incursiones hacia la ciudad de San Luis. De ahí su importancia
estratégica como atalaya en esta alejada región. Es quizá por esta
razón que tempranamente se ubicaron en sus alturas algunas
tropas para que sirvieran de vigilancia de los movimientos que
realizaban los indios del sur.
Víctor Saá y J. W. Gez coinciden en sostener que en 1734 se
establecieron tropas en el cerro Varela para vigilancia.
También Juan C. Walter afirma sin precisar fechas que después
de los ataques que realizaron los indios en las primeras décadas del
siglo XVIII se establecieron fortines en el Morro, Varela, y Lince.
Reynaldo Pastor señala que, aproximadamente un siglo
después, hacia 1837 la provincia sostenía piquetes de fuerza en
Varela, Chalanta, San Ignacio, etc.
Varela fue desde el comienzo más que un fuerte, un
destacamento donde se situaban periódicamente fuerzas que
avisaban sobre los movimientos de los indios en caso de peligro de
invasiones. Sin embargo el 26 de abril 1855 la Honorable Sala de
Representantes de la Provincia de San Luis, considerando que el
ser de esta provincia se debe al pastoreo, única industria con que
cuenta, y por consiguiente es de interés promover el progreso y
garantir su seguridad ensanchando las fronteras y fortificándolas,
sancionó una ley que disponía la construcción del fuerte
Constitucional en el lugar denominado “Las Pulgas”, además en su
artículo 3 decía lo siguiente: “En el cerro denominado de Varela se
formará un fuerte, en el punto que el gobierno crea más
conveniente y se denominará “Fuerte Urquiza” (Compilación de leyes de la provincia
de San Luis – Anibal Barbosa)

El mismo año que se sancionó la ley tomó el gobernador Daract
algunas disposiciones (en relación con la construcción del Fuerte
Constitucional) para acelerar los trabajos y asegurar su éxito y se
alejó hacia el cerro de Varela, donde por de pronto se limitó a poner
un destacamento, bajo las órdenes del oficial Pedro Bengolea.
Según parece, a pesar de la ley existente que determinaba la
construcción del fortín Urquiza en Varela, este no llegó a
concretarse y el nombre “Urquiza” que se le había designado no
aparece en posteriores documentos. Solo se limitaron las
autoridades a situar un destacamento del cual quedan los
siguientes testimonios en nuestro Archivo Histórico:
El 1 de enero de 1857 desde Varela Santiago Bengolea, eleva la
lista de rancho del regimiento.
El 29 de julio de 1863 Carmen Adaro desde Varela se dirige al
Gob. de San Luis refiriéndose a un parte del comandante Novillo de
una posible invasión de indios a la provincia. El nueve de agosto
comunica que ha regresado del paso de los Funes y no hay
novedad de indios. El 23 de febrero de 1864 comunica que ha
recibido parte de Chalanta diciendo que los indios han tomado a
Juan José Rojo y después de soltarlo le han dicho que se dirigen al
Lince o la pampa.
Frente a estos acontecimientos el 15 de octubre de 1863 Juan
Gelly y Obes comunica al gobernador de la provincia que se mandó
a proveer por donde corresponde al pedido de armamento y demás
artículos con destino al Fortín “Varela”.
Hacia 1864 la frontera tenía el siguiente dispositivo de vigilancia:
San Luis – Cantón cerro Varela: Guardias Nacionales de
Caballería con 50 hombres, cuyo jefe era el Comandante D. Ignacio
Segovia según datos del Ministerio de Marina y Guerra.
Cinco años después el ministro de Guerra y Marina, Coronel D.
Martín Gainza consideró en el año 1869 corregir la línea de frontera;
en cuanto a la división de San Luis deberían ocupar el cerro Varela
y Plumerillo (allí ya existían cantores o guarniciones militares),
evitando las invasiones sobre esta provincia, efectuadas a lo largo
de los ríos Salado y Desaguadero.









5) FORTIN CHARLONE O CHALANTA

La localidad de Charlone ubicada a 55 kilómetros al sur de la
cuidad de San Luis antiguamente era conocida con el nombre de
Chalanta. Los campos de este paraje estuvieron poblados desde el
siglo XVIII, como así lo testimonia el informe de los carreteros
mendocinos en pleito con Serra Canals en 1792: “que igualmente
hay estancias pobladas en el Tala, Chalanta, Lince y en el paso del
río Quinto.”
En las primeras décadas del siglo XIX los pobladores de las
estancias de Chalanta, El Tala y El Lince lograron defenderse del
peligro de las incursiones indígenas realizando regularmente las
recorridas de los campos y en caso de invasión, formándose en
cuerpos de milicianos con los paisanos de la zona. Estos cuerpos
de milicianos se fueron establecidos en los puntos que ofrecieron
mayor ventaja para la vigilancia y la defensa como el cerro Varela,
el cerro Charlone o Chalanta y el cerro El Lince.
Algunos de estos sitios permanecían más tarde, cumpliendo esta
función fundamentalmente de vigilancia como en el caso de las
pequeñas guarniciones del Lince y Varela. En Chalanta en cambio,
se había consolidado el destacamento que décadas después daría
origen al fortín que conformaría la guarnición más importante de la
línea oeste de la frontera de San Luis, durante el siglo XIX.
En el relevamiento realizado en el cerro Charlone se han
registrado testimonios de antiguos habitantes de la zona que
manifestaron tener noticias sobre la existencia en el lugar de una
guarnición, mencionando además, la existencia de un antiguo
cementerio militar que se localizaría en el mismo sitio que ocupa el
actual cementerio de la localidad, que por otra parte ha sufrido el
daño irreparable de los incendios que a menudo hacen estragos en
la zona, borrando los datos registrados en las humildes cruces de
madera.
Evidentemente, Charlone fue un paradero de indios. Prueba de
esto, son los innumerables restos de alfarería y puntas de flechas
que actualmente se encuentran en donde estuvo el fortín, es decir
en la base del cerro, unos cincuenta metros al frente de la actual
escuela en la estancia “El Palenque”.
Existen numerosos documentos que ponen en evidencia la
existencia de una guarnición en Chalanta antes de 1855 y hasta
1890.
Prestaron servicios en este fortín: Felipe Saá, Zoilo Concha,
Feliciano Ayala, Antonio Loyola y otros tantos puntanos
desconocidos de cuyo sacrificios, poco sabemos.

Este fue el fuerte que permaneció más tiempo defendiendo la
frontera desde 1734 hasta 1890.
Aunque el cerro y el fuerte siempre fueron denominados
Chalanta, Chayanta o Chayante, a partir de 1855, y por disposición
de las autoridades, pasó a llamarse Charlone.
El episodio más destacado de los muchos que conmovieron la
vida del fortín sucedió en el año 1869. Un 25 de julio de ese mismo
año desde el fortín Chalanta, el Ayudante Mayor en Comisión don
Juan Varela escribió al señor gobernador que siendo las 7 de la
noche acaba de llegar del arroyo Bruno y viene comisionado por el
Comandante de la guarnición para dar que parte a las 8 de la
mañana de ese día se les ha quitado a los indios cuatrocientas
cabezas de ganado entre mulada, caballada y yeguada.
Que el comandante se marchaba el día anterior a Varela, pero al
recibir el parte del señor Inspector de Policías de una invasión de
indios, “marchó el sol dentro en esa dirección y antes de aclarar
bien el día de hoy, llegó al Arroyo de Bruno con toda la fuerza a sus
órdenes, donde arribó delante de los invasores habiendo un ataque
realizado por los indios y cuyo resultado es haberles muerto un
indio y algunos heridos y la mencionada hacienda que se les ha
quitado.”

Ante tales circunstancias, el ayudante Mayor don Juan Varela
despacha un Chasque reclamando con urgencia un médico y
medicina para atender a los soldados heridos en el combate del
arroyo Bruno. En esta acción resultaron tres soldados heridos y
también el comandante don Antonio Loyola. Desde San Luis es
enviado el Doctor Carlos J. Norton quien será el encargado de
asistir a los heridos. Con este fin el comandante Remigio Suaste,
por indicación del médico Carlos J. Norton, pide al gobierno el envío
de algunos elementos para la atención de los soldados heridos en
el reciente combate. En el pedido figuran media libra de resina, una
botella de licor Barrac, seis libras de azúcar blanco, dos botellas de
vermouth y una libra de chuño, que podía conseguirse en la botica
de Tifoné.
Luego de haber atendido a los soldados heridos el doctor Carlos
J. Norton pasa la cuenta de sus honorarios. Con motivos del viaje
que efectuara al fortín Chalanta. En dicha cuenta figuran catorce
leguas de ida, a razón de cuatro pesos la lengua, y cinco días de
permanencia en el fortín, a diez pesos por día.
El 1 de agostote 1869 el Comandante accidental de Chalanta y
capitán Remigio Suaste se dirige al Sr. Ministro de Gobierno Don
José Napoleón Sosa comunicando que ha recibido el pedido que le
hace el Sr. Gobernador para que dé licencia al soldado Evanjelisto

Muñoz herido en el Arroyo Bruno. Sin embargo por consejo del Dr.
Carlos Norton el comandante prefiere no darle la licencia al soldado
porque de moverlo peligraría su enfermedad, y promete que tan
pronto transcurran 6 u 8 días y pueda montar a caballo con gusto le
dará la licencia.


Otras noticias del fortín Charlone

Existen varios documentos que ponen en evidencia la existencia
de una guarnición en Chalanta antes de 1855: El 4 de junio de 1853
desde Chalanta Andrés Lucero se dirige a don Pablo Lucero
solicitando informes de las noticias de la visita al cantón de
Chalanta del cacique Contreras. Andrés Lucero pide instrucciones
porque tiene la certeza de que el cacique Contreras viene a
demandar al Sargento Moyo que evidentemente ha tenido
problemas con los indios. (Documento Nº 130/12183 Archivo Histórico de San Luis.)-
El 13 de diciembre del mismo año Paulino Sarmiento se dirige al
jefe de policía Juan Barbeito acusando recibo de cinco reses y el 22
del mismo mes comunica que ha recibido abastecimientos para el
régimen de ese cantón
(Documento Nº 132/12406. Archivo Histórico de San Luis.)
Nuevamente Andrés Lucero el 11 de mayo de 1854 desde
Chalanta le comunica al intendente de policía la llegada de unos
individuos de tierra adentro con los cuales viene el cabo Ramón
Sosa (Doc. 135/12602 – A.H.S.L.)
El 2 de junio del mismo año Andrés Lucero comunica a Juan
Barbeito la llegada a Chalanta del cacique Chalao acompañado por
cinco indios. Luego escribe comunicando que un soldado de
lanceros solicita hacerse cura.
(Documento Nº 135/12631-135/12645- Archivo Histórico de San Luis)
Pero fue a partir de 1855 que se va a consolidar Chalanta como
fuerte. En este sentido, ese año una comisión convocada por el
gobernador Daract y presidida por el Coronel Mariano Carreras,
formó un escuadrón de caballería en Chalanta para policía de esta
región, compuesto de cincuenta hombres a cargo del comandante
don Andrés Lucero que había comandado el antiguo escuadrón de
lanceros.
El nueve de enero del año siguiente don Felipe Saá es
designado Comandante del escuadrón Chalanta por fallecimiento
del Teniente Coronel don Andrés Lucero quien había muerto en la
ciudad de San Luis el día cuatro.
En el presupuesto provincial correspondiente del año 1858 se
destina una partida de $30- mensuales para el comandante de la

guarnición de Chalanta y $8- mensuales para su asistente.
Asimismo debían ser abastecidos de carne, por lo cual el
gobernador interino don Juan Pascual Calderón establece la forma
en que debe hacerse el abasto, que estaría a cargo de los vecinos
de los departamentos primero y segundo, quienes mensualmente
debían colaborar asegurándose de conseguir un recibo en el que
constase el número y valor de las especies tomadas, para ser
cubierto por el gobierno en cuanto se recibiese su importe del
gobierno nacional.
En 1859 el Comandante General de Armas de la provincia José
Mariano Carreras, avisa al ministro de gobierno que ya ha impartido
órdenes para que se cumplan las disposiciones del gobernador
interino don Juan Pascual Calderón sobre el movimiento de tropas.
De acuerdo con estas disposiciones el cantón de Chalanta se
confiaba a veinticinco hombres del escuadrón de ese mismo
nombre, que quedarían a cargo del Teniente Zoilo Concha.
Este dato se verifica en la foja de servicios del legajo personal
existente en el Archivo de la Dirección General de Guerra del
Personal Militar de la Nación, sec. “D”, según el cual el Coronel
Zoilo Concha Villegas ha prestado servicios en Charlone, fortín
situado al sud de la provincia de San Luis, para contener las
invasiones de indios ranqueles.
También el coronel Feliciano Ayala estuvo en Chalanta según lo
expresa Reynaldo Pastor: “Ayala es una de esas figuras olvidadas
que merecen un recuerdo. A temprana edad se incorporó al cuerpo
de Dragones y Auxiliares, haciendo sus primeras armas en la
defensa de las fronteras, desde Chaján hasta San Luis, pasando
por La Punilla, Portezuelo, Morro y Posta del Río Quinto. En la vida
del fortín, jugó su existencia en cien entreveros, haciéndose un
lancero de fama por su coraje y serenidad. Más tarde fue
incorporado al “Lancero de los Andes” mereciendo el honor de ser
su Porte Estandarte, con este cuerpo, tuvo a su cargo la custodia
del Fortín Chalanta, al sud de la capital puntana”.
El 6 de octubre de 1862 Jerónimo Blando comunica desde
Chalanta al gobernador de San Luis que ha ido en auxilio de siete
hombres que venían a pie por la travesía, habiéndolos encontrado
en Chischaca, resultaron ser prisioneros tomados por Pavón y
vienen desde Buenos Aires. (Documento Nº 159/16729 – Archivo Histórico de san Luis.)
El 3 de enero de 1863 desde Chalanta Carmen Adaro envía al
gobernador Juan Barbeito las listas de revistas de la guarnición y
solicita el envío de caballos.
(Documento Nº 161/16878 – Archivo Histórico de san Luis.)

En 1864 don Némesis Orozco es designado como Juez de Paz
de Chalanta y don Pancho Muñoz como Teniente Juez.
Este mismo año se realiza en la provincia un censo de población
en el cual figuran un total de 102 habitantes entre los parajes de
Chalanta, Chosmes y Desaguadero.
En 1866 los ranqueles incursionaron en la zona de Chalanta pero
fueron batidos por las fuerzas del coronel don Carmen Adaro en su
carácter de jefe de la frontera.
La frontera en estos años estaba sumamente vulnerable debido
a que las guarniciones de los fortines eran destinadas a la guerra
del Paraguay o se las incorporaba al Ejército del Interior comandado
por Paunero.
Hacia 1867 en Chalanta estaba el Regimiento 1 de Guardias
Nacionales de Caballería que antes de llegar al fortín hacía pasado
por Villa Mercedes y estaba constituido por dos oficiales y veinte
guardias nacionales.
El 10 de febrero de 1869 el jefe del fortín Chalanta Sargento
Mayor Antonio Loyola da parte que en la madrugada de ese día ha
desertado el soldado de Caballería del 1 Departamento Santiago
Círica.
Dos años después el Jefe del Fortín Chalanta don Benigno
Quiroga en medio de una gran sequía expresa que el campo está
muy malo, que hay mucho pasto, pero está seco y la caballada no
adelanta nada.
El 10 de Junio de 1869 el Jefe del Fortín Chalanta don Antonio
Loyola avisa que ha regresado del cerro Varela en donde se
encontraba en persecución de los indios que habían invadido la
represa de los Videlas.
Existen además en el Archivo Histórico otros documentos que
hacen referencia a la vida cotidiana de este fortín. Sólo se han
incluido a modo indicativo los documentos y correspondencias del
periodo 1853-1869.











6) FORTIN EN TALA

Tal como se mencionara anteriormente, la estancia del Tala así
como las de Barranquita y Chalanta pertenecieron desde principios
del siglo XVIII a doña Dominga Guzmán.
Estas estancias se localizan entre los cerros bajos en que
culmina la Sierra de San Luis.



ILUSTRACION 7 – FOTOGRAFÍA DE LA ESTANCIA EN TALA

La Estancia El Tala en donde se estableció el fortín entre 1868 y
comienzos de 1869 se encuentra al pie de los Cerros del Tala a 30
Kilómetros al sur de la Ciudad de San Luis.
En Febrero de 1869, ejerció la comandancia del fortín, el
Sargento Mayor don Antonio Loyola.
A poco de su llegada al fortín, del que se hace cargo con la
promesa del gobernador de la provincia de proveerle de hombres,
caballada, municiones y todo lo necesario para poder cumplir
adecuadamente con la función que se le había encomendado, envía
una parte al Ministro Berrondo en donde se queja de los hombres
que le han asignado para el servicio manifestando “con motivo de
haber recibido algunos hombres que me han mandado para
engrosar las filas y que me son inútiles porque el que no es rengo


es manco, y sin armas ningunas”. De igual manera, también había
manifestado que no están completas las municiones y las
caballadas están en muy mal estado. Seis días después, el
Sargento Mayor don Antonio Loyola insiste con otra nota dirigida al
Gobernador sobre el hecho de que no se han completado las
fuerzas que se habían acordado.
A poco comenzar sus servicios a cargo de la comandancia del
fuerte, el Sargento Mayor comprende que las cosas no funcionan
como es debido ni que el gobierno cumple con lo prometido ni la
guarnición del fuerte cumple con su deber. A partir de estos
malentendidos, Loyola se propone poner todo su empeño en lograr
que sus superiores cumplan sus promesas y al mismo tiempo poner
orden y disciplina en sus subordinados para terminar con los
numerosos problemas que estaban afectando el normal
cumplimiento de esa guarnición militar. Sin embargo la tarea no
resultó tan fácil.
El rigor y la disciplina militar contrastaron con la miseria y la falta
de motivación de su guarnición reclutada a la fuerza. Comienzan
irremediablemente, los problemas de las deserciones. Así, el 25-02-
1869, Loyola termina comunicando que ha desertado el Sargento
del 1 Regimiento, Juan Ojeda y que devuelve por inútil al soldado
Rosario Giménez.
Irónicamente, a dos días del primer comunicado, el Sargento
Mayor contesta que el Sargento Juan Ojeda no ha regresado y que
le parece difícil que vuelva sin que lo traigan (a la fuerza). En estas
palabras de Loyola se traslució nuevamente su airado reclamo de
colaboración a las autoridades y al mismo tiempo su poca fe en
obtener una respuesta favorable a sus peticiones.
Al día siguiente, envía de vuelta a dos soldados del Regimiento
Nº 8 por inútiles y comunica que de los catorce soldados que
Carmen Miranda le traía, se había escapado un tal Ramón
Bustamante con todo el armamento a cuestas.
El 2 de marzo remite preso entonces, al alférez Lucero por inútil
al servicio, fundamentando su decisión de esta manera: “Pues es
una comisión tan mezquina como es el cuidar las caballadas no
puede cumplir con lo que se le manda y con oficiales como este no
podré aunque tenga la mejor voluntad cumplir con mi deber”.

Pero las penurias del Sargento Mayor no terminarían tan
fácilmente. El 9 de marzo, bajo un extremo estado de furia,
comunica otra deserción. Esta vez del soldado Pedro Lucero que
había escapado estando en las caballadas.
Comunica asimismo que todo individuo sin licencia firmada por él
sería sin más remitido al fortín.

Pero su empeño no se había sido limitado solo a los aspectos
disciplinarios y al funcionamiento del fortín, sino que cuando hubo
de entrar en acción, Loyola había demostrado siempre una
predisposición poco común y una sobrada contundencia y audacia
en sus decisiones.
El 14 de marzo, el Sargento Mayor comunica el recibimiento de
una nota en donde es avisado de la invasión de un grupo de
gauchos y que posterior a dicho recibimiento, ya había sorprendido
a los gauchos. En tal empresa, Loyola había tomado prisionero a su
capitán Rosario Contreras a quien hace fusilar junto a tres
individuos más. El resto escapa por la escabrosidad del monte. En
esta acción se recupera lo siguiente: dos pistolas, nueve lanzas, un
recortado, 39 caballos y una mula. También, alguna ropa.
En fecha 17-03-69 los partes provenientes del fortín del Tala,
hacen su aparición bajo la firma de Estanislao Lucero, quien había
quedado a cargo del fortín en ausencia de Antonio Loyola.
Un mes después, desde la Comandancia general de Villa
Mercedes, se denuncia la elevada deserción en el fortín el Tala al
amparo de jueces de Paz y Comandantes.
El problema de la deserción siempre había continuado minando
las filas y el ánimo del Sargento Mayor Antonio Loyola. Este
fenómeno era muy común a toda la frontera, pero particularmente
notorio en el Tala. Cabe suponer que pudo haberse debido a la
personalidad de su comandante y a su firme propósito de hacer
marchar las cosas como él creía, era debido.
El 29 de mayo de 1869, cuando Loyola recibe un aviso sobre la
entrada de los indios a la localidad de Balde, ya había comenzado a
denotarse su ánimo abatido por las condiciones de la vida en la
frontera y por su imposibilidad de formar una guarnición como era
necesario. Manifiesta más tarde, que sale al encuentro de los indios
por delicadeza y honor, no debiendo hacerlo porque ya que no tiene
gente, a pesar de haberla reclamado permanentemente.
El 10 de junio de 1869 El Sargento Mayor Antonio Loyola había
comunicado acerca de su espera por el lapso de dos días a la
fuerza de infantería que le enviaban de refuerzo. Inesperadamente,
las fuerzas esperadas, nunca aparecieron. En aquel entonces,
Loyola marchó sin ellas tras los indios, siendo igualmente tarde,
porque al llegar a Varela (Cerro y cantón a unos 60 Km. Del Fortín
el Tala) es enterado de que los indios ya habían pasado el día
anterior. Después de esta decepcionante noticia llega entonces la
fuerza de infantería dejando a Loyola inundado en el total y
desolador desconcierto, obligándolo a escribir acerca de la duda


para con la determinación a tomar. Para esas instancias, los indios
ya habían escapado tierra adentro.
*(Estos datos corresponden a un conjunto de comunicaciones
enviadas por el Sargento Mayor Antonio Loyola durante el año 1869
y que permiten visualizar en parte la vida en el Fortín El Tala.)


7) FORTIN EL SALTO



ILUSTRACION 8 – LA FOTOGRAFIA MUESTRA EL RÍO EL SALTO Y AL FONDO EL
SECTOR DONDE SE ENCONTRABA EL FORTIN


El fortín El Salto fue construido como parte del proyecto de
adelantamiento de las fronteras de la provincia elaborado en 1864
por el Coronel Martín Gainza, y que fue concretado probablemente
por orden del general Arredondo hacia 1869-1870. El mismo fue
ubicado a orillas del río Salto en tierras de la jurisdicción puntana,
custodiadas y recorridas permanentemente por los destacamentos
del Fuerte San José del Bebedero, del cantón del cerro Varela, e
incluso del fortín Chalanta que en sus recorridas de los campos del
sur participaron y dejaron su sangre en el combate del arroyo Bruno
que se encuentra hacia el oeste del río el Salto.
Este combate tuvo lugar en el año 1869 y posiblemente fue lo
que determinó a las autoridades a construir el fortín El Salto.
Pero mucho antes de esta fecha existen testimonios de la
presencia los hombres de San Luis en estas tierras. Hacia 1874-48

el Gobernador Lucero se puso en comunicación con el Gobernador
de Mendoza: Don Alejo Mallea, a fin de celebrar un tratado ofensivo
defensivo contra los salvajes del desierto y en consecuencia, lo
invitaba a una conferencia en el Paso del Desaguadero, para echar
las bases de un convenio. A ese arreglo hace referencia el
Gobernador de San Luis cuando comunica Rosas, haber acordado
con el Gobernador de Mendoza la conveniente colocación de
fuerzas que debían hacer la custodia de los puntos fronterizos de
una y otra provincia, de modo que pudieran auxiliarse mutuamente.
Tendiente a asegurar esos fines de la seguridad común, pedía
autorización para comprar en Buenos Aires unas cien carabinas
mientras encargaba otras tantas a Chile pagadas con los fondos del
tesoro provincial. El armamento fue adquirido y las fuerzas fueron a
situarse al sud del Bebedero, debiendo hacer la policía de la
frontera mendocina, desde la desembocadura del Tunuyán, por el
sud, hasta el río Salado situando un destacamento en el paso del
Tila o Piedritas considerado como límite entre ambas provincias y
en condiciones de correrse sobre el río Diamante.”
(U. J. Nuñez. Efemérides
Puntanas-)
Sobre los orígenes de fortín el Salto existe en el Libro histórico
de la entonces Escuela Nacional Nº 93 del paraje La Horqueta,
Departamento “La Capital”, un informe realizado por la directora
María Isabel Palacios de Fernández, donde consigna lo siguiente
respecto al fortín.
“En la localidad a cuatro kilómetros de la escuela se halla el
“Fortín El Salto” y como esta en la zona de influencia de esta,
inserto también anotaciones obtenidas a su referencia del “Archivo
Histórico de San Luis” y experiencias vertidas por antiguos
moradores del lugar”. Su fundación según investigaciones
ejecutadas, fue entre los años 1868/69 por disposición del general
Arredondo, Jefe de defensa en la región de Cuyo.
Más adelante escribe: “A Lucero y Sosa lo sucedió en el
gobierno Juan Ortiz Estrada (1870/73) dentro de cuyo período tuvo
lugar el asalto al Fortín el Salto, pues esto aconteció el 12 de marzo
de 1871. Los indios eran capitaneados por un titulado, Coronel
Ayala y el capitanejo Epumé, según comunicado elevado por el
coronel Zoilo Concha, con fecha de 20 de marzo de 1871,
(Carpeta 3243 –
exp. 31/871, Archivo Histórico de San Luis.)
Según constancia existente, el fortín estaba a cargo en esa
época, del sargento mayor Don Antonio Loyola. Por un parte
remitido por éste, al comandante general, el malón estaba
compuesto de 800 a 1000 lanzas bien montadas, entre indios y
blancos alzados. En 1871 según noticias llegadas desde Mendoza,


don Felipe Saá cruzaba la cordillera y se proponía reunir tropas
para invadir San Luis.
El 31 de julio, los indios traían una gran invasión que se hace
sentir en toda la línea de fronteras.
El 24 de Mayo de 1948 se inauguran un mástil y un pedestal con
la Cruz, contando para dicho acto con la presencia del Sr.
Gobernador, Don Ricardo Zabala Ortiz; altas autoridades militares,
eclesiásticas, Regimiento y Escuelas.



ILUSTRACIÓN 9 – FOTOGRAFIA DEL PORTAL DE ENTRADA AL MONUMENTO AL
FORTIN EL SALTO.



CONCLUSIONES

En San Luis el conflicto con los aborígenes del sur se originó en
la segunda mitad del siglo XVI a partir de la disputa del ganado
cimarrón y de las tierras de pastoreo entre la comunidad local y
indios del sur.
La defensa de la ciudad se realizó inicialmente con el aporte de
los vecinos y la formación de partidas armadas que salían al
encuentro de las invasiones.
Al aumentar la frecuencia y la peligrosidad de los malones se
organizó la instalación de los primeros fuertes que tuvieron una
función defensiva y de vigilancia ante los ataques de los indios del
sur. La construcción de los mismos generó una primera línea de
fronteras que será adelantada hacia el sur recién a mediados del
siglo XIX con la edificación de nuevos fuertes y el refuerzo de los ya
existentes.

La manutención del fuerte estaba a cargo de los vecinos de la
zona que proporcionaban hacienda periódicamente.
Los fortines contaron siempre con instalaciones y provisiones
muy precarias y sin embargo contribuyen con el sacrificio de sus
guarniciones a asegurar el poblamiento y defensa de la ciudad de
San Luis y de los campos en donde se desarrollaba la ganadería
que constituía la actividad económica más importante de la
provincia.
Entre los fortines de la línea oeste merece especial atención el
San José del Bebedero, que ubicado en el extremo sur de la laguna
del Bebedero desempeñaba la función de atalaya contra las
incursiones de los malones en las estancias cercanas a la ciudad.
Este fue el primer fuerte construido en la provincia y su guarnición
estaba casi exclusivamente por aborígenes que patrullaron la zona
desde los primeros años del siglo XVIII hasta su desaparición
mediados del S. XIX.
Luego de la desaparición del fuerte San José del Bebedero esta
zona al sur de la laguna del Bebedero era recorrida por las partidas
del fortín Chalanta y vigilada desde el cerro Varela.
Por otra parte el fortín de Chalanta o Charlone fue el de más
larga existencia, contando con una importante guarnición en donde
prestaron servicio personalidades como Don Felipe Saa, Zoilo
Concha, el Coronel Manuel Baigorria, y Feliciano Ayala.
Del mismo modo es interesante destacar que en las zonas en
donde se localizan los fuertes se han encontrado numerosos restos
de alfarería, herramientas y armas indígenas. Estos hallazgos
constituyen indicios de la existencia de un contacto de los fortines
con algunos grupos de indios llamados amigos y que generalmente
vivían al amparo del fortín o en algunos casos componían ellos
mismos la guarnición del fuerte como sucedió en el de San José del
Bebedero.
Así también se evidencia cómo algunos fortines han
desaparecido totalmente y su existencia sólo se puede entrever en
los párrafos borrosos de algún documento remoto en nuestro
Archivo Histórico provincial. Otros fortines en cambio como
Chalanta o Charlone de larga existencia, dieron origen a pueblos
como el de Charlone que a principios del siglo XX contaba con
numerosos vecinos, escuela primera, parroquia, Juez de Paz, y
cementerio. Llegó a tener una sala de primeros auxilios que junto
con los demás edificios se conservan en la actualidad pero poco a
poco la emigración de los pobladores buscando un mejor destino en
la ciudad ha ido dejando sin gente la zona.

Los cantones del cerro Varela y del cerro el Lince también
tuvieron larga existencia pero con un destino vinculado
esencialmente a la vigilancia desde las alturas donde se situaban
bomberos que alertaban sobre la posible presencia de grupos
indígenas “tierra Adentro”.
De toda esta línea oeste de la frontera algunos fortines de más
corta existencia ya que fueron construidos en las últimas décadas
del siglo XIX como el Fortín el Salto y El Tala.
Asimismo es necesario destacar que existieron otros fortines en
la línea oeste (Los Molles, Acasape y Plumerito) de los cuales se
han encontrado algunas referencias y que serán objeto de
investigaciones posteriores.
Los fuertes de la línea oeste de la frontera desempeñaron un
papel fundamental en la defensa de la ciudad de San Luis durante
siglos. Surgieron como la primera línea defensiva de la frontera para
custodiar la ciudad de San Luis y desviaron los malones hacia el
Este creando la necesidad de construcción de una nueva línea de
fortines denominada línea del río Quinto.
Esta nueva línea cuyos primeros fuertes fueron San Lorenzo del
Chañar y San José del Morro, alcanzó mayor trascendencia a partir
del establecimiento del Fuerte Constitucional (hoy Villa Mercedes)
que fuera luego comandancia principal de la frontera de San Luis.
La línea del río Quinto se completaba con otros fuertes como
Piedritas o Fraga, San Ignacio, 3 de Febrero, etc. Todos ellos
formaban parte de la extensa línea de fortificaciones que
atravesaba el territorio nacional desde Buenos Aires hasta
Mendoza.
Adquiere asimismo relieve histórico particular la denodada tarea
de los soldados y comandantes de los fortines quienes a pesar de
las
penurias
que
soportaban
cotidianamente,
cumplían
resignadamente custodiando y recorriendo los campos del sur.
A pesar del abandono en que se encontraban obligados a
cumplir en el servicio de la frontera no dudaban en mostrar su
insigne coraje criollo cuando en ocasiones se enfrentaban a los
indios, asumiendo al costo de una disputa en la que siempre salían
perdiendo. El único reconocimiento y recompensa que anhelaban
era obtener la baja para volver a sus hogares.
La vida de estos fortines de la línea Oeste debe ser objeto de
nuevas investigaciones que contribuyen al esclarecimiento y
comprensión de la influencia ejercida en nuestra identidad cultural
por tantos años de convivencia con el conflicto generado por la
guerra de frontera. Asimismo debería reconocerse el valioso aporte
de estas guarniciones de la línea oeste, a la supervivencia de la

ciudad de San Luis jaqueada muchas veces por el despiadado
malón indígena.
Finalmente la reconstrucción de estos fortines o el planteo de
proyectos de edificación de monumentos simbólicos en los sitios en
donde se localizaban antiguamente los fortines constituye una
oportunidad para el desarrollo de un circuito turístico que partiendo
de la ciudad podría pasar por el Lince, El Tala, Charlone y el Cerro
Varela regresando por Beazley a las Salinas del Bebedero para
luego volver a la ciudad. De esta forma quizá se daría comienzo a
un proceso de reparación histórica a esta región pionera postergada
en el olvido.






ANEXO CARTOGRAFICO – LOCALIZACIÓN APROXIMADA DE LOS FUERTES DE LA LÍNEA
OESTE.