SAN LUIS DOS VOCES POETICAS ...




SAN LUIS DOS VOCES POETICAS


CESAR ROSALES - ANTONIO ESTEBAN AGÜERO


(Año 2000)






INDICE

ANTONIO ESTEBAN AGÜERO
BIOGRAFIA. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 1
EPILOGO DE LA GOLONDRINA. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 2
CANTATA DEL ABUELO ALGARROBO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 3
CESAR ROSALES
BIOGRAFIA. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 5
CANTO A SAN LUIS NATAL . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 6



ANTONIO ESTEBAN AGÜERO
(1917 – 1970)




BIOGRAFIA


Nació en Merlo, al borde del Comechingones, donde la naturaleza es pródiga
en verdes, pájaros y aires transparentes. Al í se encuentra actualmente su casa natal,
donde la Fundación “Casa de Poeta” se ocupa de conservar la memoria de su obra.

Agüero es la voz poética más reconocida en San Luis. Publicó pocos libros en
vida pero su fama se hizo grande por su actuación pública y su permanente vocación
y dotes de poeta oral.

Cantó a la intimidad y su registro épico lo hizo también celebrar la historia de
San Luis. Su libro “Cantata del Abuelo Algarrobo” hizo célebre a su árbol milenario
que hoy es visitado por numerosos turistas.
Agüero es el poeta local por excelencia. Amó a la tierra donde vivió casi toda
su vida.

El Epílogo de la Golondrina es un poema de juventud donde Agüero expresa
su voluntad de ar aigo.
El fragmento I pertenece a uno de sus libros más conocidos: “Cantata del
Abuelo Algarrobo”.




EPILOGO DE LA GOLONDRINA



La Golondrina no me invita
al viaje.

La Golondrina me invita
a quedarme.
Aquí, en la tier a cansada,
en este aire,
con estos pájaros dulces,
con esta tarde,
que bien sabemos se tiñe
de mi sangre.

No Golondrina: es mejor
quedarse.

¿Qué cosa bel a en el mundo
grande, grande,
habrá mejor que estos montes
en la tarde?
¿Mejor que ser lo que somos?

Sí, Golondrina, es mejor
quedarse,
gastar la vida en un sitio,
gozarse
de ver que el día vuela
como un ave,
de ver los mismos luceros,
el mismo follaje,
la misma Luna y el mismo
paisaje.

Es mejor quedarse,
es mejor llorar en las cosas
familiares,
mejor reír entre el as
y lamentarse,
y recibir lo que nos dan

y darse.

Es mejor quedarse;
que los caminos no inviten
al viaje;
-mis caminos dan vueltas en torno
de la tierra madre,
de esta torre blanca,
de este verde valle-

Yo no conozco las llanuras
ni los mares,
ni las urbes con extraña gente
ni las naves,
sólo sé quedarme
con estos campos,
con estos animales,
con estas gentes conocidas
morenas y vulgares,
con estas piedras bajo el sol
con estos olores vegetales;
y aquí morirme ansío,
con mi risa y mis males,
con mi tesoro de nombres pronunciados
con amor en las tardes…

Sí, Golondrina,
¡Es mejor quedarse!



CANTATA DEL ABUELO ALGARROBO



Padre y Señor del Bosque,
Abuelo de barbas vegetales,
yo quisiera mi canto como torre
para poder alzarla en tu homenaje;
no el canto pequeño de la flauta
dulce, delgado, suave,
la de cantar la rosa y la muchacha,
sino el canto del mar, un canto grave,
con olores de vida y con el pulso
musical y viviente de la sangre.
Algarrobo natal. Abuelo mío.
Hace mil años la paloma trajo
tu menuda simiente por el aire
y la sembró donde Tú estás ahora
sosteniendo la Luz en tu ramaje

y la Sombra también cuando la noche
en la larga noche de luceros cae.
Así naciste. Cuando tú crecías
la región era bosque impenetrable,
con oscuros guerreros que danzaban
junto a los juegos al caer la tarde,
y con nombres diaguitas en los ríos,
sobre todas las bestias y las aves,
en cada hierba, sobre cada cerro,
una tierra sin mapas ni ciudades,
donde dioses sedientos presidían
el cortejo y el rito de la sangre
que vertían pintados hechiceros
para aplacar las cóleras solares.
En tiempo aquel la arena numerosa
que festonea las playas litorales
ignoraba las máscaras de proa,
las amarras y el ancla de las naves,
sólo sabía de los pies desnudos
y de la huella digital del ave;
era cuando los ríos conducían
lentas piraguas sobre remos suaves
mas no la ambición del maderero
que asesina al futuro en el obraje
y convierte en silencio de moneda
la rumorosa fiesta de los árboles;
por ese entonces, mientras Tú crecías,
algarrobo natal, Señor y Padre,
la tierra nuestra en libertad vivía
hacia todos los rumbos cardinales,
desde el país del Ona y la Bal ena
hasta el infierno vegetal del Cáncer,
desde el prado que el Ceibo ruboriza
a la región que señoreaba el Huarpe,
sin conocer ejidos ni parcelas,
ni muro torpe o codicioso alambre,
donde el hombre y la bestia convivían
estrechados por lazos fraternales,
y la Luna era Quilla y el Sol Inti,
el día joven y la noche grande.
Así creciste, un día y otro día,
hacia abajo y arriba, penetrante,
con las raíces cada vez más hondas
y la copa más alta y dominante,
en crecimiento que fue dura guerra
sostenida y ganada a cada instante
contra el viento del Sur y la sorpresa
del rayo azul y su puñal tajante,
contra el cierzo de julio que traía
los rebaños de nieve trashumantes,

contra la sed en el ardor de enero,
cuando gentes y plantas implorantes
alzan ojos y hojas a las nubes
por si las nubes sus entrañas abren
y la lluvia se vierte generosa
en licor de celestes manantiales.

Pero ya Tú eres lo que ahora miro!
Algarrobo natal, Señor y Padre!
con estos ojos que el amor habita
y los otros secretos de la sangre:
un árbol rey, un árbol sólo, el Árbol
sin edad en el tiempo y en el aire,
a cuya sombra hace doscientos años
a favor de un designio inescrutable
se fundó mi casona solariega
sobre honrada simiente de linaje.





CESAR ROSALES
(1908 – 1973)




BIOGRAFIA


Nació en la norteña localidad de San Martín en 1908. Razones de orfandad lo
l evaron a alejarse de su tierra a los 18 años. Desde entonces vivió en Tandil, Bahía
Blanca y Buenos Aires, donde fal eció en 1973.
Su obra publicada abarca diez títulos (la mayoría de poesía). Por estos libros
Rosales mereció diversos premios y el reconocimiento unánime de sus pares,
destacándose las valoraciones de Miguel Angel Asturías, Pablo Neruda, Vicente
Aleixandre, entre otros.
El Fondo Editorial Sanluiseño, Editorial del Estado Provincial creada para la
divulgación y fomento del libro del autor local, ha editado recientemente cuatro
títulos en un plan que prevé la edición gradual de la mayoría de sus obras.
Como todos los poetas que realmente cuentan, Rosales escribió una obra
destinada a sobrevivirlo. El poeta vivió fuera de San Luis pero San Luis nunca vivió
fuera de sus poemas. Por el caso del poema “Canto a San Luis Natal” donde su voz
se convierte en un nítido elogio celebrante a su tierra de origen.





CANTO A SAN LUIS NATAL


Ya esta corregido el libro desde lo resaltado
en amaril o hasta donde termina… chochan



I


San Luis… Nueva Palmira del Río Seco, vieja
fundación de la Punta de los Venados:
lejos se perdieron las huellas de mis antepasados
bajo dunas que el viento levanta y desmorona.

San Luis del Chorrillero y el salinar inmenso
del Bebedero, luna espejante del páramo
esculpida en esfinges de sal alucinante
como la blanca estatua de la mujer maldita.

Tu costado sediento moja el Desaguadero
con lengua que es jacinto y otras veces cuchillo
cuya hoja fría corta el seco pan de arena
que alimenta la pena del hombre solitario.

Bastión de las montañas rojizas, grises, albas,
de granito y pizarra, de transparente mica.
Los picos del Rosario como águilas azules
y el Morro con su torso de cariátide trunca.

País de las l anadas y los sonrientes val es
donde abejas y flores hilan la miel balsámica
que el pájaro en la umbría fragante de los mol es
festeja desde el alba con silbos melodiosos.

El rey del bosque sopla su agreste caramillo,
desfleca su cascada de cristal la calandria,
con gorro frigio entona el cardenal un himno
y el zorzal negro teje su madrigal de espuma.

Tierra del mármol verde como un sol de esmeralda
y del wolfram que cuaja su médula en el hueso
de la roca que el ojo de acetileno explora
con su fanal de pálida y fantasmal luciérnaga.

Hablo del norte ardido, casi pulverizado
por el largo estampido de una luz cegadora
donde el aire es zafiro, talismán que preserva
la espectral osamenta de aciaga podredumbre.


Hablo del sur adusto erizado de espinos
y matorrales que arden como crines al viento
cuando un fósforo o un rayo precipitan la chispa
de esa cólera ciega que el incendio desata.

(Yo he visto cuando niño sus fauces crepitantes
devorar matas, bosques, pastizales, sembrados,
y quedar en su furia de hambrienta salamandra
devorando su propia materia incandescente).

Hablo del este idílico sombreado de alamedas
donde el Conlara extiende su lazo rumoroso
y el farallón a pique de los Comechigones
es la fragua del sol y el balcón de la luna.

Hablo del acre oeste de la sabana dura
como estirado cuero de un atabal diaguita,
yermo de jarilla, del retamo y la brea
que destilan resinas de violentos perfumes.

Hablo del centro unido de un cántaro de greda
oculto como el rojo corazón de una fruta
cuyo zumo recibo, cuyo latido asumo
como si el suyo fuese mi profundo latido.

Raíz del astro vivo de mi sangre, corola
imantada de rayos ardorosos y tiernos,
tal un radar de polen planetario que gira
hacia todos los rumbos de la rosa del mundo.

II

Solar de mis mayores, hoy te canto de nuevo,
aunque mi lengua siempre te exaltó jubilosa.
Canté tu luz, tu cielo, tu dolor, tu esperanza.
Yo canté para todos. ¿No escucharon mi canto…?

No es tuya, tierra mía, la culpa si los hombres
cubren alma y sentidos con andrajos de sombra.
Hay pájaros que cantan como ángeles o dioses
y las piedras no escuchan, no los oyen las piedras.

Oh querencia tan grande, tan profunda, tan alta,
como un deslumbramiento de semilla o de estrella:
yo te he cantado siempre, desde cuando entre las flores
contemplaba el misterio de tu cielo estrellado.

En la casa nativa de la niñez dorada
los ojos de mi madre me enseñaron el rumbo

del infinito donde fulguran las Pléyades
como las siete llamas de un candelabro de oro.

En la casa nativa de la niñez mi padre
puso un día en mis manos un puñado de trigo
yo vi que de ese trigo volaba una paloma
con un temblor de espuma fugitiva a lo lejos.

Allí en luz y fragancia creció mi amor y luego
con esa levadura fui amasando el idioma
y así mi amor fue haciendo del pan de la palabra
el sagrado alimento que el hombre necesita.

II

A ti te invoco y canto, San Luis, en estas horas
inciertas y anhelosas de la gran patria madre
en cuyo seno eres como la tibia leche
que amamantó mi infancia desnuda y temblorosa.

Ahora que la antorcha de tu amor me convoca
sostenida por libres corazones y manos,
vuelvo a pulsar las cuerdas de mi oscura guitarra
para cantar tu vida, tu dolor, tu pureza.

En los claros albores de la patria soñada,
cuando Mayo era un astro recién amanecido,
tu forma y resonancia de corazón y de arpa
prefiguraban signos de romántica forja.

Voy a decir entonces tu pasión, tu heroísmo,
tu paciencia, tu hondura, tu delicada fuerza,
cuando un iluminado visionario golpeaba
los viejos aldabones de la ciudad dormida.

Muchos abandonaron esteras y brebajes
que refrescaban siestas hondas como tinajas;
el humeante yantar, pan y lecho dejaron
para seguir los pasos del adalid invicto.

En el vivac nocturno, cuando un viento de zarpas
crispadas arañaban la piel hasta los huesos,
alguien vio en el reflejo más vivo de su espalda
el surco luminoso de un río en las arenas.

Esa visión fue un signo que muchos descifraron
como emblema o imagen de un futuro destino,
y un puñado de mozos paridos por la tier a
arrojaron al viento las primeras semillas.


Así fue como un día en las Chacras de Coria,
en un florido valle de la sierra aledaña,
San Martín armó el brazo de la fogosa hueste
para la clarinada de los Andes.

Oh Cuyo, en ti germina la aurora americana,
en ti se forja el hierro y se templa el acero,
en ti se borda el paño bicolor de la insignia
cuyo sol de oro inflama los pechos valerosos.

Y tú, San Luis, oscura parcela de la gloria,
ofrendaste mil vidas en aras de la patria
para que el torso joven de la patria tuviese
un tatuaje de fuego y un bautismo de sangre.

Y no cuento los hechos sublimes de tus hijos
que labraron los surcos profundos de la historia
porque ellos están todos inscriptos en el bronce
de la memoria unánime con trazos indelebles.

Un varón de ese temple fue Pringles, firme y alta
columna que sostuvo la libertad flameando
en ese mismo emblema que altivo enarbolara
en las aguas amargas de Chancay, sin rendirse.

Y como él fueron muchos los virtuosos varones
para quienes la patria no era un botín sangriento,
sino una luz sin mácula, un fuego diamantino
que acrisolaba el oro más puro de la estirpe.

Y otro hubo aquí en mis lares que en vez de corvo sable
pulsó con diestra mano la cítara del bardo,
y ése fue Juan Crisóstomo Lafinur, el apóstol
civil, el que cantando sembró la luz patricia.



En un vergel silvestre, donde el aguaribay
moja su cabellera verde en ondas de plata,
San Francisco del Monte alborea entre viñas
y naranjos que acuñan fragantes pomas de oro.

Allí en recio alfarero con la arcilla primaria
dio forma y luz unidas al alma y a la mente
de las ensimismadas criaturas de mi tierra
que sus manos trocaron en ánforas sonoras.

La miel del alfabeto endulzó desde entonces
la rosada caverna del paladar nativo
y sus sílabas fueron sonando por los valles

como el cristal de un río brotado de la roca.

La luz de ese evangelio iluminó los rostros
y todos los oídos se l enaron de música;
luz y música juntas se anudaban perfectas
a la gran sinfonía del sol y de los pájaros.

Luego sólo fue asir ese lampo del alba,
sólo fue oír la nueva y alada melodía
para que hombres y niños acudiesen absortos
a oír el sortilegio de la Buena Palabra.
A la sombra propicia de una añosa arboleda,
una casa de adobe trenzado con su techo
pajizo de dos aguas servía de recinto
al temblor de una llama que el ideal atizaba.

En ella se oficiaba la clara ceremonia
de un culto que era un salmo matinal, casi un himno:
su rocío irisaba la frente de los párvulos
y humedecía el ceño severo del maestro.

La chispa solitaria propagó un vasto fuego,
el fuego fue irradiando un resplandor mas vasto
y así, de pueblo en pueblo, de comarca en comarca,
la luz de uno iba siendo patrimonio de todos .

Por eso, tierra mía, que ofreciste a Sarmiento
la paz y no la roca del dios encadenado,
tú fuiste la primera en cuajar la cosecha
de los haces de trigo de su siembra clarísima.

Y por eso provincia de maestros te llaman;
con esa mies humana fecundaste el desierto.
Quiera Dios que tus hijos alcancen y profesen
el magisterio hermoso del amor y la vida .



Oh querencia tan grande, tan profunda, tan alta,
como un deslumbramiento de semilla o de estrella,
recibe en este canto la voz de mis hermanos
que tu ser acarician con fervor silencioso.

Ellos viven unidos a tu cuenco entrañable,
a la luz con que imantas cada día tus ojos,
a tu agua que es espejo y ablución de sus almas,
a tu aire inmarcesible que todo purifica.

En tu suelo florecen, edifican, engendran,

y ya no es desamparo la desnuda intemperie
cuando el pan que se dora y el vino que se añeja
se conquistan sin odio, sin balbón, sin usura.

Ellos son como frutos que arrebola el estío;
un reluciente anillo ciñe su piel, y el zumo
que cada uno atesora tiene sabor y aroma
del terrón que lo plasma y el tiempo que lo acendra.

Yo tejo tu guirnalda de olvidada provincia
como una antigua madre que oculta su ternura
para que nadie pueda codiciar el tesoro
que guarda para todos en su seno profundo.

Así, cuando retorne al umbral del origen
y sea como todos un puñado de polvo,
podré saciar mis hambres en tu puro sustento
y mi sed en el agua de tu fuente perenne.



* * FIN **

Ya esta corregido el libro desde lo resaltado
en amaril o hasta donde termina… chochan